RESEÑAS

Donde no había porqués

Martin Amis
La Zona de Interés
Barcelona, Anagrama, 2015
Trad. de Jesús Zulaika
312 pp. 19,90 €

Primo Levi acuñó la expresión «la zona gris» para referirse a la penumbra moral de los campos de concentración del Tercer Reich, que intentó cambiar el signo de la historia con una utopía nutrida por la exaltación nacionalista, la fruslería teosófica y un darwinismo torpemente desfigurado. El «Estado-jardín» ideado por un charlatán de cervecería y una caterva de nigromantes –no pocas veces, con doctorado universitario–, sólo duró doce años, pero ha dejado una sombría y duradera huella en la historia posterior. La biopolítica nazi, con sus montañas de cadáveres, se ha convertido en una referencia ineludible en el estudio de la condición humana y en un auténtico reto hermenéutico, pues son muchos los historiadores y filósofos que manifiestan su incapacidad para proporcionar una explicación verdaderamente clarificadora de la psicología de Hitler, mistagogo de un grotesco neopaganismo. Martin Amis (Swansea, 1949) ha elaborado una espléndida novela sobre la horripilante rutina de Auschwitz, que aborda el enigma, pero sin dar una respuesta. Como título, La Zona de Interés añade un matiz a la inspirada fórmula de Levi, según la cual los actos morales se deslizaban hacia la ambivalencia en un territorio marcado por el azar, la violencia y el afán de sobrevivir. Tal vez el mal radical consiste en contaminar el bien, borrando esa inequívoca diferencia que, en circunstancias normales, permite distinguir claramente lo noble de lo perverso, la compasión de la crueldad, el heroísmo del odio. Entre las alambradas, mientras los hornos crematorios trabajaban sin descanso y las chimeneas manchaban el cielo con las cenizas de las víctimas, «todos descubríamos, o revelábamos, impotentes –escribe Amis–, quiénes éramos. Quien era realmente uno. Ésa era la zona de interés». Son las palabras de Golo Thomsen, sobrino de Martin Bormann, el misterioso hombre de confianza de Hitler, que siempre prefirió el poder a la gloria, el control efectivo al boato deslumbrante y huero. Secretario personal del Führer y jefe del Partido Nacional Socialista Alemán (NSDAP), Bormann aparece en las páginas finales de la novela. Es la metáfora perfecta del vacío que latía en el corazón del régimen. Burócrata concienzudo, opaco, intrigante y mediocre, es el reflejo de «Adolf Hitler», el «cero absoluto» de una dictadura inspirada por el nihilismo y la histeria del «todo o nada». En una nota final de agradecimientos, que incluye una breve y enjundiosa bibliografía comentada, Martin Amis señala que es mejor entrecomillar el nombre del dictador, pues así resulta más manejable. De alguna manera, puede decirse que es una esfinge sin misterio ni poesía, pues detrás de su rostro alucinado sólo hay pasiones autodestructivas, como el odio, el resentimiento y la molicie de un artista bohemio y sin un ápice de talento.

Martin Amis ha intentado llevar a cabo algo aparentemente imposible, pero que ya se había ensayado en La vida es bella (Roberto Benigni, 1997): recrear el espanto de Auschwitz en clave de comedia. Eso sí, hay una importante diferencia. Amis rehúye el sentimentalismo, la identificación con las víctimas, la ternura. Por supuesto, no hay ninguna clase de complacencia con los asesinos, unos tipos siniestros, cínicos, banales, sádicos o, en no pocos casos, obscenamente oportunistas, que ni siquiera odian a los judíos, pero que se han apuntado a una sucia marea que les proporciona notables beneficios. Martin Amis hace algo que puede suscitar rechazo o antipatía: reproduce el mundo interior de los nazis, para los cuales los deportados sólo son «piezas», unidades que deben ser clasificadas, explotadas y, finalmente, eliminadas. Ese punto de vista se refuerza con una descripción deliberadamente desapasionada de las víctimas. Szmul, jefe de un Sonderkommando, no parece un ser vivo, con una identidad y una historia, sino una sombra afincada en la cercanía de la muerte. Su mujer permanece oculta en el almacén de una panadería. No se hace ilusiones sobre un reencuentro. Ni siquiera lo desea, pues le resultaría insoportable confesarle lo que ha hecho. Es un personaje deliberadamente plano, que ha asumido su ruina interior y su propia muerte. Se imagina a sí mismo en la cámara de gas, encajonado con otros infortunados, aconsejándoles que respiren profundamente o se acerquen a las conducciones que se emplean para liberar el Zyklon B. Es una criatura deshumanizada, que vive en una «zona gris», inspeccionando los orificios corporales, rompiendo mandíbulas a martillazos y cortando el pelo de los cadáveres con unas tijeras grandes y pesadas. De acuerdo con la interpretación de la Shoah de Giorgio Agamben, es un cadáver que aún respira.

Las políticas de exterminio del Reich no se contentaron con aniquilar a sus enemigos reales o imaginarios. Su objetivo primordial era despersonalizarlos, cosificarlos, excluirlos definitivamente de la familia humana. Alisz no es judía, sino gitana. Más exactamente, procede de la comunidad sinti, nómadas que hablan un dialecto del idioma romaní con influencias germánicas. Casada con un oficial de las SS destinado a Auschwitz, su viudez inesperada le despojará de sus privilegios. Viajará a Berlín y volverá como una deportada, con un triángulo marrón invertido, que indica su condición racial. Bhodan sí es judío. Trabaja como jardinero en la residencia del comandante del Lager. Antiguo catedrático de Botánica, sobrevive cuidando flores y garantizando el bienestar de una tortuga doméstica. Cava, abona y riega como un autómata, con la apariencia de quien se ha acostumbrado a una tarea mecánica, donde el pensamiento no desempaña ninguna función. Sólo Dieter Krüger parece vivo, real. Está muerto, pero es una presencia recurrente en la trama. No fue deportado por judío o gitano, sino por ser un intelectual comunista particularmente combativo. Los nazis no lo menosprecian. Simplemente, lo odian y no se cansan de humillarlo, maltratarlo y degradarlo. Sin embargo, sus convicciones políticas no se tambalean y muere como un hombre libre, creyendo en la utopía socialista. Ignora que la Unión Soviética se parece extraordinariamente a la Alemania nazi. Ondean otras banderas, pero también se mata, deporta y tortura.

En este escenario de pesadilla, ¿es posible urdir una comedia? Martin Amis lo consigue mediante un lío amoroso entre Golo y Hannah, esposa de Paul Doll, comandante del Lager. Aunque se habla de Buna, nunca se menciona el nombre de Auschwitz. Buna-Monowitz o Auschwitz III era un subcampo que albergaba la fábrica de caucho sintético IG Farben. Amis ha evitado deliberadamente un topónimo con un carácter mítico, que simboliza el momento más oscuro de la civilización europea o incluso el mal radical. Su omisión se parece al recurso de entrecomillar el nombre de Hitler. En ambos casos, se trata de hacer más abordable lo desmesurado e inconcebible. Auschwitz es un absoluto negativo. Amis no sólo esquiva el nombre de Auschwitz (versión alemana de Oświęcim, la localidad polaca situada al suroeste de Cracovia que los nazis escogieron para construir el más famoso campo de trabajo y exterminio), sino que, además, altera ciertos nombres. Rudolf Höß, comandante de Auschwitz, se convierte en Paul Doll, e Irma Grese en Ilse Grese. Grese era supervisora jefe, la segunda mujer de mayor rango después de Maria Mendel, la jefa de campo o SS-Lagerführerin, sólo por debajo del mismísimo Höß. Los monstruos también flirtean, se enamoran y cometen adulterio. Golo intenta seducir a Hannah, creando algunas situaciones hilarantes, pero creo que la sonrisa se hiela apenas comienza a esbozarse, pues la galantería y la seducción resultan repelentes en un espacio con olor a carne humana incinerada. Hannah no es una fanática nazi, sino la antigua amante de Dieter Krüger, su guapísimo y relativamente joven profesor. Abandonada por el paladín comunista, acaba en brazos de Doll, que desfiló bajo la bandera roja antes de convertirse al nazismo. Atrapada entre dos ideologías, Hannah se deja llevar por las circunstancias. Se casa con Doll y engendra mellizas, pero siente una invencible repugnancia por su marido. Aunque anhela la derrota del nazismo, es difícil simpatizar con ella, pues convive con el genocidio, limitándose a echar el toldo de su terraza para eludir los espectáculos más desagradables.

Golo Thomsen es especialmente repulsivo: arribista, desleal, prudente hasta el cinismo y la cobardía, sin otra preocupación que su bienestar y con la miseria interior del donjuán, hambriento de nuevas aventuras porque no conoce otra forma de encadenar los días. Es un superviviente nato. No le importa cambiar de bando ni traicionar a sus amigos. Carece de conciencia moral y sólo utiliza su inteligencia para acumular bienes materiales o complacer a su libido. Paul Doll es un monstruo, pero su perversidad es anodina, mezquina, rutinaria. Organiza las selecciones en la rampa con el mismo espíritu de un comerciante en una feria de ganado. No ve seres humanos, sino material útil o desechable. Es ridículo, pomposo, vengativo. Al igual que Höß, se compadece de sí mismo y asegura que el fondo tiene corazón. No es un sádico, sino el gerente de una fábrica cuyo negocio consiste en destruir la vida humana. Grese sí es una sádica, una niña malcriada que disfruta con su poder, matando a latigazos a los que no cumplen sus órdenes con premura. Amis no profundiza demasiado en el personaje, que sólo aparece puntualmente, repitiendo con cualquier pretexto «Schnell!», la misma expresión utilizada poco antes de ser ahorcada por Albert Pierrepoint, el célebre verdugo británico. Grese, que subió al patíbulo con sólo veintidós años, se ha convertido en un icono del bondage, un dato inquietante que corrobora el poder de fascinación del mal. El mal gratuito es especialmente cautivador, pues acontece con el aura del misterio. Matar por codicia o afán de poder es repugnante, pero matar por un odio ciego, místico, irracional, resulta perturbador. Amis recurre a la metáfora de un gato que juega con su presa por placer y pega un zarpazo a la mano que lo alimenta. Animalizar el mal es una manera de deshumanizarlo o, dicho de otro modo, de transformarlo en un fetiche, empujándolo hacia el terreno de lo lúdico e irreal. La mente humana suele complacerse con las fantasías perversas, pero se distancia de ellas, alegando que sólo le agradan como pirueta formal. Sin embargo, el mal no es un fenómeno natural, sino un hecho moral protagonizado por el ser humano, que se atribuye el derecho de considerar a ciertos grupos como excedentes. Cuando llega la orden de exhumar los cadáveres enterrados en fosas comunes y destruirlos por completo, Paul Doll entiende la medida en aras de la precaución, pero otro oficial manifiesta su estupor: «el porqué aún se me escapa, Komandant. Quiero decir que, cuando ganemos, se supone que vamos a seguir haciendo muchas más cosas de estas que estamos haciendo ahora, ¿no? Los gitanos y los eslavos, etc.».

Doll se considera «un hombre normal con sentimientos normales», pero apunta que en el Nuevo Orden «ser amable con los judíos es ser cruel con los alemanes». Cuando una de sus hijas le escatima un beso porque está muy concentrada en sus juegos, le recrimina: «Eres una chiquilla muy cruel». Su honor consiste en hacer bien su trabajo, no en ser humanitario. El Sonderkommandoführer Szmul también reflexiona sobre sus actos. No ha diseñado el exterminio, pero es una pieza fundamental de su engranaje. Piensa que su única justificación es actuar como testigo, pero se pregunta si es posible narrar el horror de forma creíble. ¿Cómo contar que una niña judía de cinco años abraza a su hermano, susurrándole al oído que es su mamá mientras avanzan hacia la cámara de gas? Los judíos que colaboran con los nazis por comida, un lecho y unos meses más de vida se convierten en seres de ultratumba. Sus miradas no dicen nada, pues «los ojos son las ventanas del alma, y cuando el alma se ha ido los ojos también quedan vacíos».

Boris, amigo de Golo y oficial de las SS con varias Cruces de Hierro, alberga dudas sobre la racionalidad del exterminio: «Oí que estaban matando a pacientes psiquiátricos en Königsberg. ¿Por qué? Para liberar camas. ¿Para quién? Para todos los soldados que se habían derrumbado psíquicamente por matar a mujeres y niños en Polonia y Rusia. Pensé: Mmm…, no todo lo que debería estar bien lo está en el Estado alemán». Sin embargo, sus vacilaciones no son la nota dominante. Uno de sus camaradas advierte a un grupo de soldados polacos condenados a morir de un tiro en la nuca que cualquier gesto de resistencia se castigará con el asesinato de sus familias: «Ya sabéis cómo somos». Doll asiente, murmurando: «Ese es el nacionalsocialismo». Golo Thomsen sólo empieza a cuestionarse las políticas de exterminio cuando la derrota parece irreversible: «Cuando el futuro mire hacia atrás a los nacionalsocialistas, los considerará tan exóticos e inverosímiles como a los carnívoros de la prehistoria». Doll piensa que el nacionalsocialismo representa la superación definitiva del bien y del mal, una nueva era sin valores arcaicos ni sentimentalismos. Martin Bormann suscribe las tesis de los historiadores nazis: los antiguos griegos en realidad eran escandinavos, Cristo no era judío y los arios descienden de los antiguos moradores de la Atlántida, semidioses que perdieron su naturaleza divina al mezclarse con razas inferiores. Cuando todo se desmorona, sólo Grese conserva su arrogancia. Su orgullo infantil no cede ante la perspectiva de la muerte. Incluso miente sobre su edad por coquetería, quitándose un año. El resto pide perdón por sus crímenes, esperando clemencia, o se ofrece a colaborar con los vencedores.

La historia continúa su marcha, pero las matanzas no cesan: Hiroshima, Corea, Vietnam, Bosnia-Herzegovina, Ruanda, Chechenia. Los crímenes de Daesh muestran un estrecho parentesco con el nazismo, pero el motor del exterminio no es racial, sino religioso. En el epílogo, Amis recoge unas palabras de Primo Levi: «No hay racionalidad en el odio nazi; es un odio que no está en nosotros; es un odio ajeno al hombre». Una de las supervivientes del genocidio ruandés afirma algo parecido: «Si se queda uno demasiado anclado en el genocidio, se pierde la esperanza. Se pierde lo que se ha conseguido salvar en la vida. Se corre el riesgo de contagiarse de otra locura. Cuando pienso en el genocidio en momentos de tranquilidad, reflexiono para saber dónde colocarlo dentro de la existencia, pero no encuentro ningún sitio. Quiero decir sencillamente que no es nada humano». Es imposible cuestionar la autoridad moral de las víctimas, pero la historia humana está llena de matanzas. El odio no es algo patológico, sino una emoción primaria que sólo necesita un pretexto para aflorar. Odio al adversario ideológico, al enemigo de clase, al hereje, al que se disputa el afecto de la persona amada. En nuestra herencia genética hay violencia, quizá porque es un eficaz mecanismo de supervivencia, especialmente en épocas de escasez. Las ideologías exacerban ese sentimiento. En los años treinta, Francia disponía de grandes colonias en África y Asia. Reino Unido era un gran imperio. Alemania consideró un derecho natural ocupar el Este de Europa y llevar a cabo el exterminio de los judíos, un viejo sueño de las naciones cristianas, que no perdonaban al pueblo deicida su papel en la muerte de Jesús de Nazaret. El «buen odio al judío» aún existía en mi infancia. Hablo de los años sesenta, cuando se estimaba que «perro judío» era el peor agravio imaginable. Hoy día sigue hablándose de «judiadas». La literatura de Baroja y Valle-Inclán está salpicada de comentarios antisemitas. La «guerra contra los judíos» no es una aberración de la Alemania nazi, sino un gravísimo pecado colectivo. Jan Karski, católico, polaco y el primer mensajero de la Shoah, aseguraba que el genocidio judío era el segundo gran pecado de la humanidad después del asesinato de Caín. A veces, nuestra historia y nuestros actos nos resultan tan inaceptables que atribuimos sus estragos a pasiones irracionales, pero, desgraciadamente, la pasión de matar al otro, al diferente, es uno de los signos de identidad de nuestra especie.

La Zona de Interés es una magnífica novela. Martin Amis es un escritor valiente, incisivo, ocurrente, con una prosa ágil, fluida, y con una indudable maestría para construir personajes, crear atmósferas y empujar el relato. Su novela es una rigurosa y original incursión en la política criminal de la Alemania nazi y sus numerosos aliados, pues ucranianos, letones, bielorrusos, rumanos, polacos, croatas, húngaros, búlgaros y franceses participaron en el exterminio de judíos, gitanos y otras minorías, a veces con un entusiasmo sobrecogedor. Sería absurdo hablar de la novela definitiva sobre el genocidio perpetrado por los nazis, pues probablemente nunca existirá nada semejante. En la literatura nunca se llega a una hipotética cumbre. Sin embargo, quien quiera escalar la montaña de la Shoah, deberá transitar por estas páginas, aceptando que los ejecutores materiales eran hombres y mujeres como nosotros, intoxicados por el odio, la estupidez y la barbarie.

Rafael Narbona es escritor y crítico literario. Es autor de Miedo de ser dos (Madrid, Minobitia, 2013) y El sueño de Ares (Madrid, Minobitia, 2015).

18/01/2016

 
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