RESEÑAS

La transición sumergida

Germán Labrador Méndez
Culpables por la literatura. Imaginación política y contracultura en la transición española (1968-1986)
Madrid, Akal, 2017
672 pp. 32 €

La transición española a la democracia fue un período en el que se sentaron las bases de nuestra sociedad en sus dimensiones sociopolítica y cultural. Frente al discurso celebratorio de esta época fundacional, desde el inicio del milenio es cada vez más abundante la bibliografía que ve esos años como oportunidad perdida para las propuestas de transformación democrática radical, lo que provocó el conocido sentimiento del desencanto. Como es sabido, el discurso crítico de la Transición ha sido asumido por Podemos y así popularizado, mientras que otras voces se alzan para defender y casi endiosar a algunas de sus figuras políticas.

Nacido en Vigo en 1980, y actualmente profesor en la Universidad de Princeton, Germán Labrador había indagado en su primer libro, Letras arrebatadas. Poesía y química en la transición española (Madrid, Devenir, 2009), desde las «poéticas del arrebato» de autores como Aníbal Núñez, Eduardo Haro Ibars, Leopoldo María Panero, Fernando Merlo o Eduardo Hervás, en los sueños de conciliación de literatura y vida que quedaron soterrados por la progresiva institucionalización de la cultura en España. Su segundo libro, largamente anunciado, presenta una ambición mucho mayor, que es la de rescatar y dar voz de nuevo a toda la pléyade de proyectos que podemos llamar, por simplificar, contraculturales, y que alcanzaron su auge en ese intervalo capicúa desde el Mayo francés del 68 hasta el inicio de la segunda legislatura socialista en 1986. Esta recuperación no se pretende mera erudición historiográfica, sino que reivindica la vigencia de esos proyectos. Al comienzo, afirma de hecho el autor de modo desafiante: «Detrás del mito de la transición española hay una doble historia que contar: la de una democracia que no hemos conocido y la del trabajo de hacerla imaginándola» (p. 11).

Si su libro se encuadra en el enfoque, poco común en las facultades hispánicas (pero dominante en las norteamericanas) de los estudios culturales, la literatura tiene aquí un peso especial porque lo tuvo para sus protagonistas: desde Camarón de la Isla, cuyo innovador disco La leyenda del tiempo recupera a García Lorca como portavoz de la esperanza en 1979, a toda una constelación de editores y aspirantes a poetas (desde Valentín García de la Cuesta, malogrado fundador, junto al triunfador Andrés Trapiello, de la editorial Trieste, a José Ribas Sapons, director de la revista Ajoblanco) que vieron en el cónsul Geoffrey Firmin de Bajo el volcán de Malcolm Lowry o en Harry Haller, protagonista de El lobo estepario de Herman Hesse, los modelos de una forma de vida antiburguesa que también hizo asumir como ídolos generacionales a Baudelaire o Artaud, Hölderlin, Kavafis o los poetas beatniks publicados por la revista Star, todo ese «linaje de malditos» que recorriera el ecuatoriano Mario Campaña en un magnífico libro homónimo poco difundido (Barcelona, Paso de Barca, 2013). Poetas tan distintos como Antonio Colinas o Aníbal Núñez imaginaban ser Rimbaud, cien años después de la Comuna de París, y con las cenizas aún calientes de otra revolución parisiense, la de Mayo del 68. Por su parte, un jovencísimo Roberto Bolaño dirigía en Barcelona la revista Rimbaud vuelve a casa.

Y es que muchos jóvenes de esa época, opuestos al nacionalcatolicismo franquista, pero ajenos ya a los programas de los distintos partidos de izquierda, hicieron suya la síntesis de Marx y Rimbaud que proclamara André Breton, pues las consignas de transformar el mundo y cambiar la vida eran una sola. Esta «juventud transicional» se convierte en un sujeto histórico que desafía al Estado, pero también a sus nuevos pretendientes. Labrador dilucida cuatro rasgos comunes de esa generación que la oponen a la anterior: su radical secularización y arreligiosidad; su «acelerada revolución sexual» frente a los roles tradicionales; el rechazo al nacionalismo, que no desemboca en un internacionalismo, sino en «procesos alternativos de imaginación (pos)nacional»; y, finalmente, un neto «pacifismo de signo humanista, antimilitar y abolicionista». La chaqueta de pana de Felipe González no era tanto expresión de su juventud, sino un fetiche que pretendía despertar el reconocimiento en una población demográficamente muy joven respecto a la actual, y que se expresaba mediante sus propios textos, hoy olvidados, y que el autor ha recuperado en un inmenso trabajo de investigación previo a su argumentación. De ¡No estás solo! Manifiesto de BAZOFIA, que circuló a finales de 1968, proclamando la «obligación y derecho de disfrutar de esta vida», democratizando el goce solo accesible a unos pocos, a El libro rojo del cole, publicado en 1979, cuya edición fue secuestrada y cuyo editor fue procesado, poniendo en evidencia los límites de la apertura política, que se expresaba en la persecución policial y estigmatización social de los quinquis, pasotas, macarras, melenudos, yonquis o antisociales.

Recordando la frase de Balzac según la cual la novela debía ser «la historia privada de las naciones», Germán Labrador pretende recuperar la historia de los perdedores de la Transición, que opone, con un continuo pathos antiinstitucional y con la benjaminiana «melancolía de izquierdas» analizada en un libro reciente por Enzo Traverso, a la historiografía escrita por quienes, habiendo creído también en los excesos revolucionarios, supieron adaptarse al Termidor de los años ochenta. El profesor gallego afirma no querer mitificar, pero sí reconocer la existencia de fusiones inéditas «entre prácticas letradas y cultura popular, entre corrientes internacionales y tradiciones propias, sin cuya coincidencia resulta imposible concebir algunas de las formas artísticas más logradas en la época» (p. 92). Espacios que rastrea a través de las crónicas de Pau Malvido en la revista Star o de Pepe Ribas en Ajoblanco, y que tras su breve esplendor degeneraron, como resume, «de las comunas hippies y los ateneos libertarios a los tugurios quinquis, y de las plazas del rollo transicional a los guetos yonquis de los años ochenta» (p. 91). El destino de Pau Malvido (cuyo nombre oficial era Pau Maragall Mira) le sirve de ejemplo paradigmático de esa drástica bifurcación de caminos entre apocalípticos e integrados: mientras su hermano, como alcalde de Barcelona, ejercía de maestro de ceremonias en los fastos de 1992, Pau Malvido fallecía dos años después, dentro de una ola inaudita de mortalidad juvenil, consecuencia del SIDA o la heroína, pero también de un elevado número de suicidios.

Pero aunque el autor pretenda evitar la mitificación, esta es inevitable, como lo es el que, siguiendo el concepto acuñado por Guillem Martínez en CT o la Cultura de la Transición (Barcelona, Debolsillo, 2012), caiga en una dicotomía por la cual se ensalza lo marginado frente a lo que obtuvo un reconocimiento oficial, hablando en términos éticos, de «coherencia» u «honestidad» frente al «cinismo» de quienes «vendieron su alma», pero pocas veces justificando estéticamente la entidad de las obras de los primeros. Así, para el lector de poesía mejor predispuesto, es obvio que no toda la producción de Leopoldo María Panero es del mismo valor, como lo es que la obra de Antonio Gamoneda, por ejemplo, está a otro nivel que la de Aníbal Núñez o Eduardo Haro Ibars, pese a que las vidas de éstos fueran más interesantes que la de aquél.

En su libro, aunque sean frecuentes los solapamientos, Germán Labrador distingue entre dos «generaciones» juveniles: la de 1968, o juventud antifranquista, y la de los jóvenes de 1977, en gran medida impermeables a los discursos de partido y más radicales en sus prácticas vitales. Frente a una historiografía que mira desde arriba y habla de «aperturismo» franquista, Labrador reivindica que fue la acción de los primeros la que creó un espacio independiente donde florecieron publicaciones y acciones artísticas extremadamente novedosas, y que tenía como rasgos definidores la aspiración a la emancipación política colectiva, la socialización de la cultura y la producción de una estética nueva. «Autonomía, democratización y creatividad»: lemas que, para Germán Labrador, reaparecerán brevemente cuarenta años después, durante la ebullición del 15-M, después de haber sido ahogados por la institucionalización de la cultura en los años ochenta. Y si el Estado franquista reaccionó a aquellos espacios de disidencia con la Ley de Peligrosidad Social (1970), el Gobierno del Partido Popular lo hizo con la Ley de Seguridad Ciudadana (más conocida como «Ley Mordaza»), aprobada en 2015.

El autor nos hace oír voces que expresaron el estado de aquellas juventudes, tan extrañas para sus mayores, como las de José-Miguel Ullán en Soldadesca (1979), Ramón Irigoyen en Los abanicos del caudillo (1981) o Xaime Noguerol en Irrevocablemente inadaptados. Crónica de una generación crucificada (1978), publicado por La Banda de Moebius, editorial underground madrileña cuyo catálogo, como el de la barcelonesa La Cloaca, son imprescindibles para respirar el aire de esa época. El poemario de Noguerol, convertido en espectáculo por Cucharada, influye a su vez en la fundación de la banda de rock gallego Siniestro Total, en un tránsito entre lírica y cultura popular entonces absolutamente natural.

En medio de un discurso denso, plagado de referencias bibliográficas y acotaciones teóricas que pueden hacer perderse al lector menos avezado, destaca la brillantez en el análisis de trayectorias concretas, como la de Rafael Chirbes, quien hubiera podido perfectamente ser uno de esos perdedores de la Transición, destino que conjuró a partir de su primera novela, Mimoun (1988), una historia que hubiera podido ser la suya, la de la impotencia de un escritor, como lo fue la del protagonista de La educación sentimental de Flaubert, convertida en piedra de toque para Las reglas del arte de Pierre Bourdieu. No fue casualidad que la obra novelística de Chirbes, crítica continua de las sombras de la Transición, obtuviera un reconocimiento oficial unánime coincidiendo con la crisis del modelo económico que había sustentado el orgullo del establishment. O la de las historietas de Superlópez, del dibujante «Jan» (Juan López Fernández), que desde su memoria antifranquista presenta un contrapunto crítico a los hitos del 23-F, la movida madrileña o los fastos de 1992 en Sevilla y Barcelona.

Aunque quizás el mayor valor del libro sea su manera de devolver al escenario a aquéllos para quienes su mayor obra de arte fue la vida propia, performers como el célebre José Pérez Ocaña en Barcelona o el olvidado Rafael Pintos, alias «Wladimir Dagossán», conocido como «Draculín» entre sus vecinos de Pontevedra, que llevaron al extremo unas ansias de otra vida que en esos años no eran excentricidades, sino que estaban en continuidad con la mayoría. La constelación de vidas que puntúa la obra de Labrador, sin caer en lo enciclopédico, da una imagen suficiente, aunque centrada sobre todo en Madrid, Barcelona y Galicia.

El libro está escrito con pasión por alguien que, aunque ahora felizmente «transterrado» en una de las universidades más prestigiosas del mundo, en su momento se sintió a la fuerza desterrado. De ahí que en sus palabras preliminares llame la atención sobre el destino de una generación de investigadores que, formada en la universidad pública española, ha tenido que emigrar a otros países, en una fuga de cerebros que, cuantitativa y cualitativamente, no tiene precedentes desde el exilio republicano de 1939. Frente al exitoso en ventas El cura y los mandarines. Historia no oficial del Bosque de los Letrados. Cultura y política en España 1962-1996 (2014), de Gregorio Morán, la obra de Germán Labrador (incomparablemente más rigurosa), aunque comparta su rechazo al discurso autocomplaciente que representan, por ejemplo, Jordi Gracia desde la historia literaria y Javier Cercas desde el ensayo-ficción, no aspira a sustituir, sino a completar nuestra visión del período, a mostrarnos que, en las sombras, quedaron signos de una cultura que aún muestra el fulgor de lo indómito.

Mario Martín Gijón es profesor de Didáctica de la Lengua y la Literatura en la Universidad de Extremadura. Es autor, entre otros, de los libros Una poesía de la presencia. José Herrera Petere en el surrealismo, la guerra y el destierro (Valencia, Pre-Textos, 2009), Los (anti)intelectuales de la derecha en España. De Giménez Caballero a Jiménez Losantos (Barcelona, RBA, 2011), La patria imaginada de Máximo José Kahn. Vida y obra de un escritor de tres exilios (Valencia, Pre-Textos, 2012) y La Resistencia franco-española. Una historia compartida (1936-1950) (Badajoz, Diputación Provincial, 2014). Es coordinador, junto a Rosa Benéitez Andrés, del libro Lecturas de Paul Celan (Madrid, Abada, 2017).

11/09/2017

 
COMENTARIOS

luis armengol romero 13/09/17 18:15
habiendo conocido de primera mano muchos nombres propios de la llamada "cultura de la transición" me atrevo a lanzar una hipótesis algo provocativa ¿y si todos ellos estuvieran lejos de la "alta ciltura"? ¿y si todo eso de mezclar la literatura con la vida fuese una pura majadería? ¿y si todos los shows, happenings y demás zarandajas del arte conceptual nada tuviesen que ver con el cánon de la "alta cultura"? ¿qué revistas y publicaciones de aquella época han aguantado el paso del tiempo? ¿por qué todos aquellos "malditos" nos hacen hoy sonrojar?

las preguntas podrían continuar...


muchas gracias

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