RESEÑAS

La vieja Biblia socialista

Richard H. Tawney
La sociedad adquisitiva
Barcelona, Elba, 2016
Trad. de Clara Pastor
224 pp. 21 €

Mientras el mundo católico europeo reaccionaba contra el industrialismo con la fundación de la Unión de Friburgo (1884) y la publicación por León XIII de la encíclica Rerum novarum (1891), simultáneamente, una parte del cristianismo protestante expresaba también su rechazo al capitalismo y al fenómeno que Arnold Toynbee bautizó como la Revolución Industrial. En ambos casos se trataba de poner de manifiesto la incompatibilidad del sistema de mercado con algunos preceptos morales del cristianismo, así como de incorporar al ideario social y económico la concepción del hombre como ser transcendente con un fin último en Dios. Para ser verdaderamente humana, la sociedad y su sistema económico habían de basarse en supuestos antropológicos de carácter religioso. La crítica protestante al sistema de mercado nunca alcanzó la influencia de la Doctrina Social de la Iglesia católica, que llegó a convertirse en un programa de gobierno en diversos países, pero tuvo una influencia decisiva en la socialdemocracia laborista. Desde los escritos socialistas cristianos de John Ruskin o del reverendo Charles Kingsley de mediados del siglo XIX y la Christian Social Union (1889) de Henry Scott Holland y el obispo anglicano Charles Gore, la tradición de la crítica protestante contra el mercado nunca cesó.

Sin embargo, el representante británico del socialismo cristiano más conocido entre los economistas por sus críticas al sistema capitalista fue, sin duda, Richard Henry Tawney (1880-1962). Tawney unía un conocimiento de la economía, muy por encima de la media entre sus colegas, a un reconocido rigor como historiador. En su The Agrarian Problem in the Sixteenth Century (1912) había analizado la revolucionaria transformación causada por la primera desamortización agraria europea, pero, sobre todo, en su Religion and the Rise of Capitalism (1926) expuso en términos económicos mucho más analíticos que su predecesora La ética protestante y el espíritu del capitalismo (1904), de Max Weber, cómo el abandono del mundo tomista y la influencia de la Reforma dieron lugar a un cambio institucional que propició la acumulación de capital, el respeto a los contratos, la frugalidad y el espíritu de empresa y, en definitiva, toda la economía moderna de mercado.

La sociedad adquisitiva fue publicada en 1920 −aunque la versión que ahora se edita está basada en una reedición de la segunda posguerra− y reflejaba, naturalmente, toda la incertidumbre económica a que se enfrentaba el Reino Unido tras la Gran Guerra. De forma breve y bien organizada, Tawney describía en su ensayo, primero, los males morales que aquejan a la economía de mercado y procedía, después, a sugerir −siempre de forma tentativa, respetuosa y ausente de dogmatismos− cómo sanar el cuerpo, no sólo económico, sino también social y político, de un país que había perdido sus valores y puntos de referencia. El propio título del libro abre el camino: la sociedad industrial de mercado es una organización meramente productiva organizada para que sus miembros adquieran productos materiales, pero que, al privar de los valores cristianos al hombre, elimina cualquier sentido transcendente y teleológico a la convivencia social y al quehacer económico. Es fundamental para Tawney (capítulos segundo y tercero) la diferencia entre, por una parte, los derechos como capacidades individuales establecidas por la sociedad liberal de mercado, pero cuyo ejercicio no conduce sino a la adquisición material de bienes y, por otra, las funciones, que él define como actividades con sentido social y colectivo que conducen al bien común.

Una actividad económica es funcional sólo si los individuos que la emprenden trascienden su egoísmo adquisitivo y persiguen el bien de todos: esto es lo esencial para Tawney. Confiar en que la supuesta «alquimia» (p. 43) de la mano invisible del mercado va a transformar los intereses privados en el óptimo público es una ingenuidad peligrosa y estéril. La evolución histórica de la industria, la expansión del mercado y la gran empresa (capítulos cuarto y quinto) han dado como resultado la separación entre gestión y propiedad. Esto ha causado la aparición de una nueva clase de rentistas estériles que mantienen la sociedad en un clima de «guerra social encubierta […] una guerra industrial» (pp. 68-69), mientras una buena parte del esfuerzo colectivo se despilfarra porque la nueva propiedad pasiva conduce el sistema productivo hacia trivialidades y bienes de lujo en vez de hacia la satisfacción de necesidades sociales básicas. El incremento de la desigualdad y la quiebra moral de la sociedad encuentran sólo la solución en «la sociedad funcional» (capítulo sexta) y en «la industria como profesión» (capítulo séptimo). Una sociedad funcional es aquella en la que los hombres reconocen una ley superior a sus propios deseos y redirigen la economía hacia el bien común. Para ello es necesario «abolir aquellos tipos de propiedad privada a cambio de las cuales no se lleva a cabo ninguna función» (p. 119) e incrementar «los impuestos de sucesión hasta que los bienes heredados sean poco más que las posesiones personales» (p. 122). Para Tawney, «el único objetivo que podría unir a todas las personas que forman parte de la industria y prevalecer sobre sus intereses particulares y divergentes sería el de proporcionar un servicio» (pp. 146-147), de modo que la gestión industrial (capítulo octava) habría de estar dirigida por organizaciones profesionales que, a través de empresas nacionalizadas o bajo influencia pública, fuesen capaces de elegir objetivos sociales, controlar los beneficios y pagar salarios justos. Los capítulos finales están dedicados al análisis de las relaciones laborales dentro de esas macroorganizaciones y a la manera de implementar un esprit de corps y un celo profesional capaces de superar los antagonismos tradicionales de las sociedades adquisitivas dentro de las empresas.

Se decía de Tawney que estaba rodeado de un aura de santidad y prudencia. Era un ferviente anglicano que apenas manifestaba sus sentimientos religiosos y un héroe de guerra −había sido herido dos veces en la batalla del Somme− que no presumía de ello. Su pertenencia a la Sociedad Fabiana y a la London School of Economics −donde fue profesor de Historia Económica durante más de tres décadas− se hace notar en la moderada visión religiosa de Tawney sobre la sociedad. Mantuvo con prudencia la hipótesis, difícilmente rechazable, de que la ausencia de esperanza en la trascendencia empobrece nuestras vidas, y mostró siempre dolor, aunque no reproche, hacia el descreimiento religioso. Ausentes estaban de sus ideas los agresivos dogmas marxistas y la firmeza asertiva de la Doctrina Social de la Iglesia. Mostraba claramente su indignación con los males que veía en el sistema, pero la prudencia acompañaba a todas sus propuestas para remediarlos. La sociedad adquisitiva era, en suma, una llamada de alerta para el rearme moral de una sociedad que a la salida de la Gran Guerra temía que se avecinase un cambio profundo, y no necesariamente a mejor. Era una denuncia honesta y bien expuesta, una alarma frente a una situación inminente.

Y, sin embargo, el ensayo de Tawney estaba plagado de los errores típicos del enfoque socialista. Para empezar, como muchos fabianos, ponía en cuestión los efectos beneficiosos de la Revolución Industrial, el crecimiento espectacular de los salarios y la eliminación de la pobreza, e incurría en el error común de presentar a la Inglaterra preindustrial como ejemplo de armonía y prosperidad. Confundía, además, el grado de competencia con la cantidad de competidores. Al crecer el tamaño de las empresas y disminuir su número, Tawney identificaba el oligopolio con la cartelización y la fijación de precios; aceptaba la visión popular de entreguerras −especialmente desde la publicación de Modern Corporation and Private Property, de Adolf A. Merle y Gardiner C. Means− de que la separación entre gestión y propiedad era el final de la empresa capitalista, porque los gestores no sabrían (y no estarían interesados) en invertir, adaptarse y competir, mientras que los accionistas se convertirían en propietarios pasivos, indolentes recolectores de rentas ricardianas −concepto que Tawney usaba incorrectamente− de la misma forma en que lo hacían los terratenientes ingleses de un siglo antes. A pesar de conocer la obra de Adam Ferguson y Adam Smith, Tawney frivolizaba sobre las consecuencias no buscadas en órdenes complejos y despreciaba los efectos del libre mercado como mera «alquimia» sin fundamento que había de ser sustituida por un ordenamiento externo de carácter público.

La sociedad adquisitiva no se ganó el apelativo de «la Biblia socialista» sin razón. Tras la retórica prudente de Tawney se desplegaba un ideario arrollador contra la libertad de mercado y los derechos individuales, y se cuestionaban, siempre de manera respetuosa, eso sí, los principios básicos de la sociedad abierta. Para empezar, Tawney −que había sido profesor en Glasgow y conocía a la perfección la Teoría de los sentimientos morales de Adam Smith− empezaba negándole al sistema smithiano cualquier basamento ético y, a pesar del valor moralizante que puedan tener los sentimientos religiosos en la sociedad, no entraba a demostrar por qué el temor (o el amor) a Dios ha de ser necesariamente un incentivo más fuerte para el comportamiento solidario que el temor (o la adhesión voluntaria) al cumplimiento de un sistema de leyes regulador del intercambio y los contratos que persiga el comportamiento predatorio e incentive la benevolencia. Pero quizá la propuesta más preocupante del ensayo era su idea de las organizaciones profesionales, que habían de controlar la economía de la mano del Estado. No sólo no se explicaba cómo estas organizaciones establecerían su política de salarios −Tawney despreciaba el concepto neoclásico de la productividad marginal−, sino tampoco la de beneficios y riesgos. Las organizaciones profesionales de Tawney, además, tendrían una estructura interna harto sospechosa: bajo el mismo techo se coordinarían los intereses de trabajadores, cuadros directivos y propietarios del capital, todo bajo la orientación y control del Estado y con la colaboración de los sindicatos. La fórmula tendría un gran porvenir años después en otros lugares de Europa.

La sociedad adquisitiva tuvo un gran éxito. De hecho, llegó a convertirse en libro de texto en muchas escuelas hasta bien entrada la segunda posguerra y fue muy influyente en el establecimiento del Estado del bienestar años después con William Beveridge. A pesar de su prudencia y ausencia de dogmatismos, la cuestión para el lector actual es su relevancia frente a nuestra situación. Contrariamente a la opinión del prólogo que incluye esta edición −y que favorece más bien poco al libro− las observaciones de Tawney son de poca ayuda hoy día. Nuestra crisis actual no procede de la idolatría al valor absoluto de la propiedad privada, sino más bien al contrario: del asalto de lo público contra ella a través de regulaciones y fiscalidades confiscatorias. De hecho, la fuerte crisis de la que no acabamos de salir está en buena parte basada en la intervención pública −la expansión monetaria descontrolada de los bancos centrales, el incremento del gasto público y el endeudamiento− que tan querida era para Tawney. La publicación hoy de La sociedad adquisitiva nos confirma que existe el progreso en el pensamiento económico.

Pedro Fraile Balbín es catedrático de Historia Económica en la Universidad Carlos III de Madrid.

06/02/2017

 
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