RESEÑAS

La novela de tu generación   

Isaac Rosa
La habitación oscura
Barcelona, Seix Barral, 2013
248 pp. 18 €

No es lo habitual en la faja de cubierta de una nueva novela española, pero la del nuevo libro de Isaac Rosa contiene información importante para hipotéticos lectores: «Novela» era algo que cabía esperar; «tu» y «generación» puede que hagan saltar las alarmas. La primera palabra imita el uso de la segunda persona del que se vale en ocasiones el narrador, como sucede al comienzo de la novela: «No te quedes ahí. Vamos, entra, ya estamos todos». Así, desde la primera línea nos sentimos atraídos –o compelidos– a adentrarnos en la habitación oscura que sirve de título al libro. Quienes piensen que, a menos que «tú» seas William Faulkner, será extremadamente difícil conseguir construir una narración en segunda persona sin caer en una intimidad que suene en exceso cercana y que intente –sin conseguirlo– prender nuestra atención, se sentirán aliviados al saber que Rosa, en su mayor parte, se resiste a ello. En otros momentos el narrador habla recurriendo al «nosotros» (y al «nosotras»), pero la mayoría del libro está en tercera persona. La consecuencia es que todos nos vemos implicados. Nadie de los llamados potencialmente a leer el libro habrá dejado de sentirse afectado por el tema implícito que late en su interior: el colapso financiero. Lo cual nos lleva a «generación».

Cuando los políticos utilizan la palabra es bien para lamentar la suerte de un segmento demográfico actual que está condenado, bien para señalar con el dedo a algún otro anterior como responsable de haber provocado el caos actual. En otras palabras, es deliberadamente emotiva y difícilmente puede invocarse sin incurrir en una enorme generalización. Aun las novelas clásicas se etiquetan únicamente de forma retrospectiva como definidoras de una generación, de ahí que es posible que se activen nuestras defensas cuando se confiere este estatus a una nueva obra, fait accompli. Rosa ha elegido el colapso como tema –escribe regularmente sobre él para El Mundo y su última novela examinaba cómo había cambiado en los últimos años el mundo laboral–, por lo que no es esta su primera investigación de sus efectos. Pero encerrar a toda una generación en una obra de ficción constituye una aspiración enteramente diferente. Es justo decir que cuando abrí el libro me sentí escéptico.

La habitación oscura es un sótano secreto custodiado por un grupo de amigos jóvenes. Lo han sellado para que no entre una sola rendija de luz utilizando tablas y gruesas cortinas. En cualquier momento del día o de la noche ellos pueden entrar y enterrar sus penas en una sesión de sexo sin compromiso. En el anónimo espacio nunca se sabe con quién estás liándote, ya que no se permite hablar, y hay una regla no escrita por la cual nadie pregunta después nada. Los usuarios pueden ir a tientas por una pared para encontrar un lugar tranquilo en que sentarse, o si no aventurarse al centro de la habitación, con los brazos estirados, en busca de carne amiga. Los primeros años se rememoran con cariño: el centro de la habitación era «una mezcla de todos los cuerpos en uno solo monstruoso que se masturbaba con varios brazos y se lamía a sí mismo». De momento, estupendo. (Los riesgos de hacerse daño, de contraer enfermedades venéreas y de violación se dejan, de momento, tranquilamente a un lado.)

Pero los años pasan y la habitación oscura se convierte más en un «refugio» o «escondite», incluso un «búnker», al tiempo que los alegres jóvenes se enfrentan al paro, las hipotecas impagadas y las relaciones fracasadas. Pase lo que pase, siguen aportando sus contribuciones a la renta colectiva. La habitación es un lugar al que pueden ir para ser ellos mismos. Pablo y Jesús encuentran juntos una homosexualidad que nunca reconocerán a la luz del día; los amantes enfrentados Sergio y Olga inventan ambos excusas para dejar el piso que comparten por la tarde, para acabar reencontrándose en la oscuridad, donde por fin no resulta posible discutir. En la representación de Rosa, el abismo entre el salvaje abandono que los personajes sienten dentro de la habitación y las mentiras, el engaño y la represión que reinan fuera, denota una relación conflictiva con la intimidad en el mundo moderno. Cuando hay consecuencias, apenas podemos mirarnos a la cara unos a otros, parece decir; cuando nos sentimos comparativamente liberados, apenas podemos dejar de tocarnos.

La culpa puede echarse en parte al estilo de vida consumista. Los años que pasan en las vidas de los personajes (en su mayor parte sin nombre) se caracterizan por dos símbolos. Uno es todos esos objetos físicos que no podemos evitar acumular: «Si hoy pensamos en aquel tiempo lo vemos como un enorme desguace, un vertedero por cuya ladera rodó todo lo acumulado […]: electrodomésticos, televisores, ordenadores, teléfonos condenados a la obsolescencia programada». Y el otro es la cuenta del banco: esas pequeñas cifras que revisten una importancia tan grande. El trabajo de Pablo en un banco le permite una clara visión de la debacle económica. «La imagen de un contador numérico girando hacia atrás nos la contó Pablo, y no pretendía construir una imagen fácil: el contador existía, él trabajaba sentado frente a uno, cuyo retroceso observaba día a día, los ingresos y ahorros menguando como un reloj de arena en desagüe incontenible».

Gran parte del primer tramo de la novela está poblado de datos sobre estas posesiones amontonadas y esas cuentas bancarias ondulantes. De un modo que pasa a ser rápidamente predecible, se ven salpicadas por encuentros orgiásticos y/o episodios de escapismo solitario en la habitación oscura. La desalentadora ausencia de párrafos de la prosa se desdice por la facilidad con que se lee; casi con demasiada facilidad. Durante la mayor parte del libro fluye dulcemente sin una pendiente emocional. También se malgastan palabras con el tic de Rosa consistente en triangular la acción desde una serie de puntos de vista que se ponen en duda. Al referirse a un día en el que estalla una risa histérica en la habitación oscura, por ejemplo, tenemos «la risa, el día de la risa. No es probable que todos estuviésemos aquel día, no era sábado, pero si ahora preguntásemos quién recuerda el día de la risa, todos responderíamos, todos creemos haber estado, todos recordamos aquella risa, o quizás hubo varias risas, varios días de la risa y cada uno tuvo su oportunidad. La risa: estaba ya ahí…». Luego, durante la siguiente página y media, habrá dieciocho ejemplos más de las palabras «risa», «risotada» o partes del verbo «reír», además de dos «carcajadas» de regalo. Me recordó a un poema de Craig Raine, en el que el invitado a una cena «winds and turns, precisely blurred, / elaborate, meticulous, six fittings for each word» («da vueltas y se gira, precisamente desdibujado, / elaborado, meticuloso, seis accesorios para cada palabra»).                                                                                                                                         

Estos son los peores fallos del libro. Y son de lamentar, porque la caracterización y la trama, cuando acaban por emerger, logran prendernos: es una pena que hayamos pagado un precio tan alto por ellos. María sufre un ataque de un acosador en la habitación oscura, no tiene sentido ir a la policía, y hay que recurrir de forma imprevista a las capacidades éticamente dudosas de Jesús como hacker. Al final, esto no sólo brindará una oportunidad para descargar su venganza contra el atacante, sino para que la «generación» haga sufrir al establishment como lo han hecho ellos. Si esto suena moralmente subdesarrollado, se añade profundidad por medio de las cuestiones de complicidad y de la culpa individual frente a la colectiva. Al final se arroja luz sobre algunas secciones intercaladas en el libro que describen escenas atisbadas a través de webcams colocadas secretamente en los ordenadores de bolsillo y las tabletas de ciertos directores de empresa. La vigilancia constante, el fin de la privacidad, se presenta como un contrapunto a la habitación oscura, en la que no se ve nada y no puede distinguirse a una persona de otra. En la valoración más generosa de esta novela incoherente, apunta a que esa neurótica polaridad dará lugar siempre a una sociedad en la que podrán correrse las cortinas, pero que nunca se quedará realmente a oscuras.

Ollie Brock es traductor y crítico literario. Ha cotraducido libros de autores como Eduardo Halfon y Javier Montes. Sus críticas han aparecido en The Times Literary Supplement, The New Statesman y Time. En la primavera de 2013 fue traductor residente en el Free Word Centre. Vive en Londres.

         Traducción de Luis Gago
         Este artículo ha sido escrito
         especialmente para Revista de Libros

07/11/2013

 
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