RESEÑAS

¡Jóvenes españoles, uníos! No tenéis nada que perder salvo las cadenas

José Félix Tezanos y Verónica Díaz
La cuestión juvenil. ¿Una generación sin futuro?
Madrid, Biblioteca Nueva, 2017
261 pp. 19,90 €

Este libro es doblemente interesante. Por una parte, nos ofrece un cuadro de la evolución de la situación vital y de las actitudes y creencias de los jóvenes españoles durante el período de la crisis económica iniciada en el segundo gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero, y continuada hasta nuestros días (2009-2016); y, además, más allá de este panorama sociológico, nos ofrece un autorretrato de las percepciones y los anhelos de la izquierda española encarnada en los juicios de los autores.

Creo que estas dos cuestiones, al margen de si se está de acuerdo con el diagnóstico y con la metodología sociológica de análisis de los jóvenes, o se comulga o no con las creencias de José Félix Tezanos y Verónica Díaz, despertarán la curiosidad del lector y hasta su sorpresa. Eso sí, es obligado avisar desde el inicio de dos inconvenientes de cierta consideración en esta obra: que los jóvenes que aparecen en el libro, salvo alguna referencia insignificante, son únicamente españoles, cuando sería interesantísimo comparar su situación, actitudes y creencias con sociedades vecinas; y que la prosa del libro es reiterativa en exceso y algo impostada, lo que hace pesada la lectura a pesar de la brevedad del libro. Por último, para ser una obra académica, peca de un marcado solipsismo, puesto que todas las cuestiones aledañas a lo tratado en el libro remiten, salvo un par de excepciones, a las obras de Tezanos de las últimas décadas. En suma, que el libro resulta algo limitado, aunque por ello mismo interesante por lo que trasluce.

Si dejamos al margen estas cuestiones formales, la obra ofrece una información útil y básica: el libro nos proporciona una imagen fundada y argumentada de la situación de los jóvenes en España durante ese período y también un retrato de sus preocupaciones y orientaciones políticas; y nos ofrece al mismo tiempo, como he señalado, un autorretrato de los autores, que pienso pueden verse como representativos de la izquierda española, por medio de la valoración que hacen de las situación de los jóvenes y de sus expectativas políticas; así como por su manera de entender la justicia social que se reclama para este colectivo. Empecemos por el retrato de los jóvenes españoles.

Es un lugar común en Estados Unidos decir que lo que diferencia a una persona de derechas de una de izquierdas es que las primeras prefieren resolver por sí mismos sus problemas y las segundas prefieren que se los resuelvan los demás. Pues bien, los jóvenes españoles son de izquierdas. Es decir, culpan de forma difusa a los demás de su situación de incertidumbre y falta de futuro; y fían al Estado y su intervención la solución de sus problemas. Resulta particularmente interesante, y cualquiera que sea docente lo habrá experimentado, la idea muy compartida por los jóvenes estudiantes españoles, y que aparece reiteradamente en el libro, de que ellos han cumplido con la parte que les correspondía con la sociedad y ahora es la sociedad la que está en deuda con ellos. Lo que, traducido a algo más tangible, significa que consideran que haber estudiado es un sacrificio que ofrecen a la sociedad, y no un privilegio sufragado en su mayor parte por todos, y que la sociedad tiene la obligación de ofrecerles un trabajo a la medida de sus expectativas. Esta percepción muy extendida resulta chocante cuando se compara con las opiniones sobre el particular de jóvenes de otros países y muestra una cultura de dependencia de la juventud española sorprendente para un colectivo en el que uno esperaría encontrar un anhelo de independencia. La juventud española no aspira a ser dueña de su propio destino.

Pero, además de ser de izquierdas, los jóvenes españoles participan de la creencia populista de que sus problemas se derivan de la venalidad y de la codicia de los políticos, y que el remedio a su situación de desempleo e incertidumbre es la moralización de la política, esto es, la sustitución de los políticos corruptos por otros honrados y que se ocupen no de lo suyo, sino de lo de todos y, en particular, de ellos, de los jóvenes. Esta doble percepción ‒la de que la solución les corresponde a otros y que los problemas tienen que ver con la maldad de los que mandan‒ hacen que la actitud dominante entre ellos sea la del fatalismo, aunque también la de una incipiente radicalización política que tiene su plasmación en el apoyo sobresaliente que otorgan al principal partido populista de España, Podemos. Asociado a estas creencias sobre el origen moral de los problemas que padecen valoran otros fetiches populistas: que los problemas de la democracia se resuelven con más democracia, esto es, participación, democracia directa, referendos, etc. En suma, que el desconocimiento de la democracia de la que disfrutan resulta desalentador y que traslucen una cultura política tan prosaica que resulta preocupante.

Los autores consideran que los datos arrojados por las encuestas y las entrevistas en profundidad sobre la situación general de los jóvenes españoles permite afirmar que se trata de un grupo social excluido, marginado y abandonado, que se ve privado injustamente de la posibilidad de realizar un proyecto vital, que constituyen una generación perdida, y que están condenados a no ser integrados socialmente, pues ni tienen empleo, ni pueden casarse, ni pueden tener hijos y ni siquiera podrán comprarse una casa (sic). Vamos, que la integración social que valoran los autores, más allá de remitir a un ideal algo conservador, apunta a que, si no es remediado este grave estado de exclusión, estarán sembrándose los fundamentos del desorden social y de la desintegración. Es decir, para los autores, en la historia doliente de la humanidad sojuzgada, la juventud española del tiempo de la crisis ocupa un capítulo principal junto a la clase obrera, o mejor, junto a proletarios y esclavos, es decir, junto a aquellos que han experimentado en sus vidas la degradación más abyecta de la humanidad. Este gusto por la truculencia en las comparaciones nos lleva al segundo tema reseñable del libro: las ideas de los autores, características, me parece, del credo político de la izquierda española.

En la breve historia de la humanidad en que enmarcan su análisis Tezanos y Díaz, el progreso se realiza a través de las luchas de los oprimidos, que, desesperados por la situación social a la que se ven sometidos por las clases dominantes, se movilizan social y políticamente en busca de la destrucción de un orden social que les hace la vida imposible. A través de esta lucha toman conciencia de clase: la pasividad originaria frente a la explotación naturalizada se muda en conciencia de la propia explotación, y esa conciencia alimenta una acción social y política transformadora. Esta teleología, común en la herejía cristiana que conocemos como marxismo, la trasladan los autores a la prognosis de lo que puede suceder con la excluida y marginada juventud española. Si no se atiende la necesidad de su integración social, se producirá una movilización destructiva de consecuencias imprevisibles: «manifestaciones hostiles y acciones cuestionadoras del orden social. Con todos los costes y disfunciones que pueden ir asociadas a ello». Por tanto, hay que hacer algo racional y positivo mientras haya tiempo.

No puede ignorarse, por supuesto, el grave problema del desempleo juvenil en España, pero la idea de que esta juventud vive en un estado de postración tal que se está incubando la destrucción del orden social resulta cuando menos exagerada, y la comparación con la clase obrera producto de la revolución industrial, insostenible. Donde los autores ven exclusión, otros ‒entre los que me cuento‒ vemos hiperprotección. Por ello, utilizar como guía para la integración social el esquema de una idealizada historia del movimiento obrero carece de fundamento. La visión de los autores sugiere que la pulsión destructora de los excluidos produce progreso social cuando encuentra una respuesta integradora en la sociedad, que satisface sus necesidades restableciendo el equilibrio societario. Los jóvenes españoles serían ahora los protagonistas de la historia, aunque los autores nos señalan que sin llegar a desempeñar el papel extraordinario de la clase obrera, la clase universal, que al emanciparse salvaría a la humanidad. La insatisfacción de los jóvenes no da para tanto, pero puede tornarse en toma de conciencia de la propia explotación y alimentar así una transformación que sería radical y destructiva si no se encauza, pero que, convenientemente atendida, podría tener efectos positivos. Si se produce una respuesta integradora de los jóvenes por parte del Estado, se habrá conjurado el peligro de la destrucción de la sociedad y se producirá progreso social.

Este esquema señala, en primer lugar, la nostalgia de una sociedad integrada, como la del Antiguo Régimen, y la dependencia de un relato de caída y salvación demasiado simple. Al mismo tiempo, busca dar continuidad al relato emancipador que alimenta las creencias políticas de la izquierda una vez desaparecida la clase obrera como sujeto sobresaliente de la transformación social. Pero, si algo nos muestra la historia del movimiento obrero, es que poner la cuestión social por delante de la cuestión política lleva directamente al totalitarismo y a la miseria. Esto es, que la mejor manera de abordar los problemas sociales es desde la política y no creando un nuevo mito del sujeto revolucionario.

Además, esta confianza en los jóvenes como sujeto político protagonista también resulta algo anticuada. La nueva izquierda occidental de los años sesenta, una vez constatado que la clase obrera había apagado sus impulsos revolucionarios en la sociedad del bienestar, se orientó hacia los jóvenes y otros colectivos en busca de un nuevo sujeto revolucionario, para constatar que la protesta estudiantil dura hasta la llegada de las vacaciones de verano y se cura con la edad. Es más, todas estas movilizaciones juveniles, desde mayo del sesenta y ocho al 15-M han tenido como correlato político el triunfo político de la derecha.

En suma, que ni hay verdaderos precedentes de los jóvenes como sujetos del cambio en el sentido que lo entienden los autores, ni la lucha de los jóvenes concluirá con una transformación revolucionaria de toda la sociedad. De modo que, en contra de lo que piensan Tezanos y Díaz, las clases dominantes no tienen por qué temblar ante una revolución de los jóvenes. Los jóvenes españoles tienen motivos para el descontento, pero la insatisfacción en una sociedad satisfecha no es lo mismo que la explotación en una sociedad inhumana. Hacer de la insatisfacción de unos sujetos en general sobreprotegidos el aliento de una transformación emancipadora es una considerable exageración propia de un entusiasmo desbocado.

Porque, al contrario de lo que decía el viejo catecismo, los jóvenes españoles tienen todo un mundo que perder y no consta que la insatisfacción por sí misma produzca algo más que destrucción. De modo que, parafraseando la vieja invocación, concluyamos: ¡Jóvenes de toda España, uníos para defender la democracia y no atendáis a los cantos de sirena!

Ángel Rivero es profesor de Ciencia Política y de la Administración en la Universidad Autónoma de Madrid. Su último libro es La constitución de la nación. Patriotismo y libertad individual en el nacimiento de la España liberal (Madrid, Gota a gota, 2011).

13/11/2017

 
COMENTARIOS

Pepe Pótamo 15/11/17 14:21
Y el problema se entiende mejor si tenemos en cuenta que en Europa, ahora mismo, "joven" se es hasta los 50. Tengo 45 años y tengo muchos amigos de mi edadd, +/-7 años, que adolecen de todos los pecados de los que se habla en este artículo.

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