RESEÑAS

Ignacio de Loyola, el mediador

Enrique García Hernán
Ignacio de Loyola
Madrid, Taurus, 2013
544 pp. 20 €

Ignacio de Loyola es el fundador de la Compañía de Jesús, confirmada por el papa Paulo III en septiembre de 1540. Ignacio, como toda la Compañía, ha estado siempre acompañado de la polémica, con glosas laudatorias al mismo tiempo que juicios demoledores. Leyenda áurea y leyenda negra han salpicado de adjetivaciones de todos los colores la figura de Ignacio de Loyola y su propia creación, la orden religiosa más alabada y la más denostada, quizás por su singular vocación de modernidad, que la ha puesto en el ojo del huracán por su visibilidad ante la opinión mediática y su involucración política en los retos y desafíos de la proyección pública. La capacidad de integración de la Compañía, a lo largo de su historia, en los problemas de cada presente vivido, gozado y sufrido, parece ciertamente responder a la compleja personalidad de su fundador, aquel vasco de Loyola nacido en 1491, en el marco de la cúspide política del reinado de los Reyes Católicos, y muerto en 1556, cuando acababa la trayectoria imperial de Carlos V y empezaba el tiempo político de Felipe II. Canonizado el 12 de marzo de 1622, junto con Francisco Javier, Teresa de Jesús, Felipe Neri e Isidro Labrador, ya entonces era un personaje sobre el que se habían escrito varias aproximaciones biográficas.

Durante su vida, tomaron notas sobre él discípulos y amigos suyos (Laínez, Polanco, Ribadeneyra, Nadal…), especialmente el padre Luis González de Cámara, que escribió, de pleno acuerdo con Ignacio, la Autobiografía de éste. En 1567, Borja ordenó que se retiraran estos papeles para dejar que fuera el padre Ribadeneyra quien escribiera una Vida de Ignacio, que, con la escrita por Giampietro Maffei, sería fundamento básico de la historia oficial del fundador. Y es que, en la vida de éste, había no pocos perfiles cóncavos y oscuros. Había sufrido varios procesos, desde 1526 a 1538, que cuestionaban su doctrina y hasta su práctica moral. Ignacio tuvo demasiados enemigos fuera de la Compañía, e incluso dentro (el caso de Nicolás de Bobadilla es el más significativo). Los juicios que al respecto de Ignacio vertió Melchor Cano han quedado como ejemplo de acritud y animosidad personal. La imagen del fundador de la Compañía desde el otro lado fue sublimada por los suyos, que lo convirtieron en el Antilutero, el capitán de la Iglesia contrarreformista. Fueron escribiéndose diversas biografías del ya santo en el siglo XVII (Francisco García, Niccolò Orlandini, Juan Eusebio Nieremberg, Gabriel Henao y, sobre todo, Bartoli), que aportan poca información nueva, pero cargan de maravillosismo y de relieve épico la vida de Ignacio, hasta el punto de que la biografía de Nieremberg llegó a estar en el Índice de Libros Prohibidos de 1646 por propiciar con sus glosas excesivas el perfil de caballero andante a lo Quijote, que curiosamente capitalizarían algunos de los críticos en el siglo XVIII (como el francés Hércules Rasiel de Selva).

El antijesuitismo se desbordó a caballo de la estrategia descalificadora que llevaron a cabo los protestantes en el siglo XVII y los ilustrados en el XVIII. Los estigmas de la hipocresía, el laxismo moral, la ambición política, el monopolio de la enseñanza, la avaricia económica, circularon profusamente antes y después de la expulsión e impregnaron al padre de la Compañía. En el siglo XIX, la polarización ideológica de carlistas y liberales en España incidió especialmente en la valoración de los jesuitas en general y de Ignacio en particular. La obra del exjesuita Miguel Mir (1913) marca un hito en la crítica documental a la Compañía y fue replicada por Ramón Ruiz Amado (1914) en un texto que constituye una extraordinaria reivindicación de la figura del de Loyola.

Los extremos valorativos en España durante la Segunda República respecto a Ignacio y la significación de la Compañía los representan bien las obras de Segismundo Pey Ordeix, desde la crítica, y la de Zacarías García Villada, desde la glosa. Siempre con la polémica a cuestas, las ideologías de signos opuestos desbordadas y escasa aportación de documentación nueva, la figura de Ignacio de Loyola necesitaba, como pocos personajes en nuestro país, una biografía que superara las hipotecas corporativas y confesionales, pisara fuerte en el terreno de la investigación en los archivos y bibliotecas, y nos trazara en el siglo XXI una imagen bien definida del polivalente personaje.

Esa biografía la ha escrito Enrique García Hernán, investigador científico del CSIC y experto conocedor de la historia de la Iglesia y de la propia Compañía, que refleja bien en sus excelentes libros sobre Francisco de Borja. García Hernán recorre la vida de Ignacio desde su identidad inicial de Íñigo –el nombre de Ignacio lo adoptó en 1531 y alternó los dos hasta 1546, año en que se decantó por este último– hasta su muerte, prácticamente solo, en Roma en 1556.

Se nos clarifican sus orígenes familiares (el menor de una familia de trece hijos) y sociopolíticos (paje de Felipe y Juana cuando llegan a España en 1502, trabajo en la escuela del contador Juan Velázquez, relaciones en la corte) y especialmente se incide en sus contactos con la beata del Barco de Ávila, Sor María de Santo Domingo. El autor del libro aborda, sin timideces, temas, un tanto tabúes, como la vinculación de Loyola con el alumbradismo y los problemas derivados de su enfermedad, la ocena o rinitis atrófica. Analiza, asimismo, la vertiente militar de Ignacio en la defensa de Pamplona frente a los franceses y sus heridas en mayo de 1521, que le hicieron perder parte de su pierna derecha. En marzo de 1522, la vida de Ignacio da un giro copernicano. Se examina la estancia en Cataluña como «la nueva vida alumbrada» de nuestro personaje, el sueño de Jerusalén y su vocación de peregrino encauzada finalmente hacia Castilla (Alcalá, Valladolid y Salamanca) y la Universidad de París. Extraordinario es el análisis que se nos hace de la estancia en París, con la impregnación cultural que implica y la red de relaciones que daría lugar al nacimiento de la Compañía. El retorno a España se plantea como una «vuelta a casa para recomponer su imagen» tras las peripecias parisienses y el viaje a Italia a la busca del escenario mejor para lograr la proximidad del papa en plena encrucijada católico-protestante.
La configuración institucional de la Compañía es desmenuzada en el marco de las complejas relaciones de España y la Santa Sede, con el apoyo extraordinario de Margarita de Austria, hija natural de Carlos V. El libro de García Hernán se detiene prolijamente en examinar todo el entorno masculino y femenino de Ignacio, sus compañeros, sus amigos incondicionales (Pedro Ortiz y Miguel Torres) y sus enemigos (Melchor Cano y Juan Martínez Silíceo) y especialmente las mujeres que lo rodearon, alguna de las cuales fue jesuita (como Juana de Austria). Por último, se hace un balance impecable de los éxitos y fracasos de Ignacio y su hundimiento final. En definitiva, el Loyola de García Hernán fue, ante todo, un mediador, «un puente entre dos extremos, un reconciliador de hombres enfrentados, matrimonios desavenidos, enemigos mortales, ideas contrapuestas, doctrinas sospechosas y creencias imposibles, un equilibrista de las difíciles convivencias». Entre el Renacimiento y el Barroco, entre España y Roma, entre el Íñigo doméstico y el Ignacio viajero, entre la vida contemplativa y la activa, entre Dios y los hombres. La gran aportación de García Hernán es, a partir de su extraordinario conocimiento de la bibliografía y de las fuentes documentales, poner de relieve esas capacidades superlativas de Ignacio de Loyola para saber conjugar contradicciones, superar fosos de separación, conquistar espacios de encuentro y conciliación.

Ricardo García Cárcel es catedrático de Historia Moderna en la Universidad Autónoma de Barcelona. Sus últimos libros son La construcción de las historias de España (Madrid, Marcial Pons, 2004), El sueño de la nación indomable. Los mitos de la guerra de la Independencia (Madrid, Temas de Hoy, 2007) y La herencia del pasado. Las memorias históricas de España (Barcelona, Galaxia Gútenberg, 2010).

22/10/2013

 
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