Agosto 2017
Revista de Libros
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RESEÑAS

Después de cuarenta mil libros

Enrique Moradiellos
Historia mínima de la Guerra Civil española
Madrid, Turner, 2016
298 pp. 16 €

La serie de las «Historias mínimas» que presenta la editorial Turner, de acuerdo con un proyecto surgido en el Colegio de México, trata de ofrecer explicaciones de grandes procesos del pasado histórico, realizadas con gran rigor documental y metodológico, pero también con el decidido propósito de no abrumar al lector con referencias eruditas que puedan distraerle del hilo argumental de los acontecimientos. El resultado de este proyecto editorial son ya dos docenas de libros que se ocupan de grandes periodos del pasado, de áreas geográficas determinadas o de actividades humanas de gran interés.

Se trata de libros de bolsillo, editados en rústica, que contienen una información bien aquilatada y más que suficiente sobre los objetos de estudio que abordan. No suelen llevar notas a pie de página, lo que es muy comprensible, pero sería también muy deseable que incluyeran un índice analítico −no sólo de nombres− para facilitar la información de quien se acerca al libro para obtener datos sobre un asunto determinado.

Ni que decir tiene que una publicación de este tipo exige un buen dominio del tema estudiado y que sólo pueden acometerla personas con un magisterio reconocido en relación con el asunto que estudian. Es una circunstancia que puede apreciarse fácilmente con sólo repasar la lista de los libros ya publicados. Y es lo que ocurre también en este excelente estudio sobre la guerra civil española que nos ofrece Enrique Moradiellos, catedrático de la Universidad de Cáceres e investigador muy acreditado en el estudio de aquella terrible experiencia. Su libro sobre Los mitos de la Guerra Civil (2004) o su excelente biografía de Juan Negrín (2006), de los que es muy deudor el volumen que ahora nos ocupa, serían suficientes para conceder a Moradiellos un lugar de privilegio entre los investigadores de la guerra civil española, a la que ha venido dedicándose desde hace muchos años.

Porque de eso trata este nuevo libro de Moradiellos. Es un nuevo estudio sobre la guerra civil española de 1936, un período sobre el que, según nos informa el autor, se habían publicado ya más de quince mil libros en 1986, cuando se cumplieron cincuenta años del inicio de aquel conflicto. Desde esa fecha la cifra no ha hecho sino incrementarse, hasta el punto de que el autor nos informa también de que, a la altura de 2007, se estimaba que se habían publicado ya cuarenta mil libros sobre la guerra. ¿Cuál es la cifra que habría que aventurar a estas alturas, casi diez años después? ¿Cincuenta mil? No parece que ésta sea una estimación demasiado exagerada para quienes seguimos la actividad historiográfica y la investigación que se realiza en universidades y centros de investigación. Frente a esta enormidad, todos los que nos dedicamos a la historia tenemos cuñados y amigos −no siempre coinciden ambas relaciones− que nos preguntan cuál es el libro sobre un determinado asunto del pasado, que puede ser la Reconquista, la colonización española de América, la Inquisición o, como en este caso, la guerra civil española. Y siempre se decepcionan cuando les sugerimos cuatro o cinco títulos.

El libro de Moradiellos tampoco es el libro sobre la guerra civil española −porque no podría serlo−, pero sí es un libro que dejará más que satisfecho a quienes aborden su lectura para buscar una visión ordenada, documentada, ecuánime, sugerente y cuidadosa con los datos sobre aquellos acontecimientos. De hecho, sólo he encontrado tres pequeños errores en todo el texto. El primero no es nada relevante y el segundo se corrige con la simple lectura de las líneas siguientes. El tercero consiste en que Ramiro de Maeztu no fue asesinado en una cárcel de Madrid, sino en el cementerio de Aravaca, aunque, en el fondo, ¿qué más da? Lo verdaderamente relevante, por no decir repugnante, fue el asesinato mismo.

Tampoco va a encontrar nada nuevo el lector en el libro, porque no es esa la intención de quienes han diseñado una colección en la que sólo se persigue ofrecer al público una puesta al día del estado actual de la investigación sobre el proceso que se aborda, y eso sí que se consigue plenamente. De ahí también la renuncia a exhibir el aparato crítico que fundamenta lo que se afirma en el texto, aunque hubiera sido deseable introducir en él algunas pistas sobre el origen de muchas de las citas que en él se insertan.

Para ofrecer una imagen acabada de lo que hoy se sabe sobre la Guerra Civil, Moradiellos la articula en ocho capítulos que recogen los aspectos más significativos de aquellos años. Lo abre con un interesante ensayo historiográfico de lo que han sido los grandes jalones de una historia que empezó a escribirse cuando todavía estaba muy vivo el recuerdo de los hechos −no se olvide que el gran libro de Julián Zugazagoitia se publicó ya en 1940, poco antes del fusilamiento del autor−, pero que alcanzó un primer momento de esplendor a comienzos de los años sesenta, con la obra de hispanistas como Joan Maria Thomàs, Stanley Payne, Gabriel Jackson, Herbert Southworth, Burnett Bolloten, Pierre Broué y Émile Témime. A ellos se sumarían, pocos años después −sin tener tampoco que esperar a la muerte de Franco− historiadores españoles como Carlos Seco Serrano, Ricardo de la Cierva o los hermanos Salas Larrazábal, que realizaron también aportaciones de primera calidad,

El capítulo dedicado a la República, que tal vez no hubiera necesitado un tratamiento tan pormenorizado, acierta plenamente en la caracterización de «las tres erres» (reforma, revolución, reacción): tres proyectos políticos que terminarían por demostrarse incompatibles entre sí y que arruinaron la posibilidad de dar estabilidad al régimen republicano. En ese sentido, tal vez habría que matizar el carácter fascistizante de la derecha española, más inclinada durante los años republicanos a soluciones de tipo corporativo o de una simple restauración monárquica. Otro acierto de Moradiellos es el de remitir la sublevación militar de julio de 1936 a la cadena de pronunciamientos militares que habían venido sucediéndose en España desde el siglo XIX. El precedente más inmediato era el que había protagonizado Miguel Primo de Rivera y su planteamiento parece ser el modelo de los militares que se sublevaron en julio de 1936.

Ese pronunciamiento fallido llevaría inexorablemente hacia un conflicto armado, que algunos de los protagonistas de la sublevación pretendieron caracterizar como una cruzada religiosa. La verdad es que ya va siendo hora de liberar a Enrique Plá y Deniel, obispo de Salamanca en aquel momento, del sambenito de haber puesto en circulación la idea de ver la guerra como una nueva cruzada religiosa, porque ni fue él quien inventó la imagen ni fue el primero en utilizarla. La idea de salvar la civilización cristiana occidental estaba ampliamente asentada en los ambientes intelectuales europeos de aquellos años y el mismo Miguel de Unamuno la utilizaría a la semana de producirse la sublevación militar, cuando se constituyó el nuevo Ayuntamiento de Salamanca. De ahí a hablar de cruzada había sólo un paso que no tardarían en darlo durante las semanas siguientes algunos otros obispos como los de Pamplona, Zaragoza y Santiago.

El propio cardenal Gomá, que era el representante del Vaticano en la zona sublevada, redactó un informe, a mediados de agosto de 1936, en el que caracterizaba el conflicto como «la lucha entre España y la Antiespaña, la religión y el ateísmo, la civilización cristiana y la barbarie». Y el general Miguel Cabanellas, al realizar por esos mismos días el nombramiento del marqués de Magaz como representante de la Junta Nacional de Defensa ante la Santa Sede, se refirió a «un movimiento nacional que tiene tanto de cruzada religiosa como de rescate de la Patria frente a la tiranía de Moscú».

Los capítulos dedicados a la evolución política de los dos bandos resumen con precisión las dificultades que se presentaron en los dos lados para adaptar la vida política a las exigencias de una guerra. En el bando sublevado, llevaría a la constitución de una dictadura militar que tuvo que dotarse de un programa político unificado, en un difícil equilibrio entre las incitaciones totalitarias que llegaban de Alemania y de Italia o las reclamaciones de un simple retorno a posiciones conservadoras de carácter monárquico. En el bando republicano, por el contrario, se desbordaría desde el primer momento la convicción de estar realizando la revolución proletaria que algunos líderes habían venido predicando desde el verano de 1933. En ese sentido, el estallido revolucionario del verano de 1936 haría imposible la unidad política y, sobre todo, la unidad militar que permitiera albergar alguna esperanza de victoria de las armas republicanas. Estas no recibieron otra noticia alentadora que la victoria en la defensa de Madrid, en noviembre de 1936, mientras que los proyectos de defensa dinámica que concibió el general Rojo (Brunete, Belchite, Teruel) irían desinflándose tras unos primeros resultados prometedores. En esas circunstancias la batalla del Ebro se demostraría decisiva, pues dejó toda la zona republicana a merced de las tropas franquistas.

Ninguno de los dos bandos podría haber realizado aquel enorme esfuerzo sin contar con apoyos exteriores y sin movilizar enormes recursos que dejarían al país y a la sociedad española extenuados durante muchos años. De ahí la enorme importancia de la dimensión internacional de un conflicto que Moradiellos coloca acertadamente en el contexto de lo que Enzo Traverso ha caracterizado como el gran conflicto civil europeo de la Europa de entreguerras. Como es bien sabido, Alemania e Italia se volcaron en apoyo del bando sublevado, mientras que la República sólo pudo contar con el oneroso apoyo de la Rusia soviética. El Reino Unido y Francia se escudarían en el Pacto de No Intervención para rehuir una ayuda a la República que podría resultar perjudicial para sus intereses nacionales.

El resultado, como describe Enrique Moradiellos en el último capítulo, sería el de un enorme costo, tanto en aspectos materiales como de vidas humanas y de sufrimiento de los españoles. La economía española no pudo considerarse recuperada hasta mediados de los años cincuenta y las huellas de aquella violencia siguen indelebles en nuestro tejido social. Abandonada, hace ya mucho tiempo, la cifra simbólica del millón de muertos, Moradiellos sitúa en torno a setecientos mil la cifra total de víctimas, producto acumulado de las acciones de guerra (entre ciento cincuenta y doscientos mil), de la represión que se sufrió en los dos bandos (ciento cincuenta y cinco mil) y de la sobremortalidad derivada del hambre y de las pésimas condiciones de vida (de trescientos cincuenta a trescientos ochenta mil).

A esas pérdidas definitivas habría que añadir la drástica disminución de la natalidad durante los años del conflicto y, sobre todo, un exilio que separó definitivamente de España a más de doscientas mil personas. Ellos fueron los «transterrados» de los que habló José Gaos, y la gran mayoría de ellos terminara sus días fuera de España. Nada, en conjunto, que no se sepa ya desde hace tiempo en torno a la página más triste de nuestra historia de España. Pero no se confundan: la calificación de «mínima» sólo se debe esta vez a una manera de denominar la colección. En este libro hay verdadera historia.

Octavio Ruiz-Manjón es catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad Complutense. Es autor de Fernándo de los Ríos. Un intelectual en el PSOE (Madrid, Síntesis, 2007) y Algunos hombres buenos (Espasa, 2016) .

30/01/2017

 
COMENTARIOS

Ramon Salvat 01/02/17 13:35
Un comentario: si el autor se refiere al historiador Joan Maria Thomàs, - solvente especialista en el estudio del Falangismo- como hispanista, y lo sitúa junto a historiadores no españoles, comete a mi entender, un error, pues es natural de la isla de Mallorca y profesor de una universidad catalana.

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