RESEÑAS

Genio y figura

José María Aznar
Memorias I
Barcelona, Planeta, 2012
408 pp. 22,50 €

Este primer tomo de las Memorias del que fuera presidente del Gobierno de España, José María Aznar, ocupa el octavo lugar en el cómputo actual de su bibliografía. Cuando tantos historiadores españoles y foráneos se han quejado, con razón, de la escasa afición mostrada por los políticos hispanos a la hora de reflejar en el papel sus ideas y vivencias, cabe certificar que Aznar no se encuentra en el catálogo de los ágrafos. Más bien al contrario: su ya abundante producción escrita refleja una firme voluntad de presentar ante la opinión publica el armazón de sus convicciones y los motivos de sus decisiones y propuestas. Aznar es un político «con libro» –con ya ocho libros, cabría añadir–, voluntariamente comprometido a dejar constancia de las ideas que le guían y preocupado por extraer de ellas la coherencia externa e interna que, de manera evidente, ha querido que su servicio público tuviera. Desde ese punto de vista estas Memorias, que cubren desde su infancia hasta el final del primer cuatrienio presidencial, en el año 2000, se inscriben con naturalidad en una línea narrativa donde el pensamiento siempre acompaña a la acción –porque, como bien se sabe, «las ideas traen consecuencias»– y donde es fácil percibir una comunidad de preocupaciones y objetivos. Desde Libertad y solidaridad (1991) hasta estas Memorias de ahora mismo, pasando por La España en que yo creo (1995) o España puede salir de la crisis (1999), lo que anima al político y escritor es el destilado posibilista, si se quiere regeneracionista, de quien busca el mejor futuro posible para una España en libertad, prosperidad y democracia. Para una España, en la que Aznar a menudo insiste, que sea capaz de recuperar un significativo papel internacional, sola o en compañía de los países que por tradición, cultura y desarrollo forman parte del mundo occidental. De Gaulle comenzaba sus Memorias con aquella conocida frase: «Toute ma vie je me suis fait une certaine idée de la France». Nadie podrá negarle a José María Aznar que en su propio estilo se haya hecho también «una cierta idea de España».

Es precisamente esa «idea de España» la que permea las páginas de estas Memorias, cargadas en su primera parte de notas autobiográficas y, en la segunda, de los vericuetos y vicisitudes de un camino no exento de incertidumbres y sobresaltos, pero que acabó –o más bien comenzó– con la victoria del Partido Popular en las elecciones generales en 1996 y, consiguientemente, con la investidura de José María Aznar como presidente del Gobierno por el Congreso de los Diputados. El cuarto desde que se reinstaurara la democracia en España en 1977.

Arthur M. Schlesinger, Jr., el periodista e historiador recientemente desaparecido, que fuera uno de los mas próximos colaboradores del presidente Kennedy, inició la edición de una serie de breves biografías dedicadas a cada uno de los presidentes norteamericanos y, como preámbulo a las mismas, incluyó un breve y certero texto en el que, situando la trascendencia del primer ejecutivo en la vida nacional, recuerda lo que algunos de ellos opinaron de sus predecesores y pares. Y, así, cita a Franklin D. Roosevelt cuando mantenía que «todos nuestros grandes presidentes fueron líderes de pensamiento cuando algunas ideas en la vida de la nación necesitaban ser clarificadas». Añade Schlesinger: «Washington encarnó la idea de la unión federal, Jefferson y Jackson la idea de la democracia, Lincoln la unión y la libertad, Cleveland, la elemental honestidad». Roosevelt habría mantenido que Theodore Roosevelt y Wilson fueron «líderes morales, cada uno a su manera y en su tiempo, que utilizaron la presidencia como un púlpito».

No sería difícil coincidir en que, si aplicáramos ese recuento valorativo de los próceres patrios contemporáneos, y aunque fuera de forma provisional, Adolfo Suárez quedaría asociado a la implantación de la democracia, Leopoldo Calvo Sotelo a la modernización de nuestra política exterior y de seguridad, Felipe González a la asociación de la socialdemocracia con la monarquía parlamentaria y Aznar a la consagración definitiva del turno electoral como base del funcionamiento democrático. Pareciera como si con ello se alcanzara un trámite menor, pero, en las circunstancias en que Aznar lo conseguía –y tiene razón el expresidente en subrayarlo adecuadamente en el libro–, se trató de una labor titánica y meritoria. A la que aportó convicciones, coherencia y tesón.

La derrota electoral de la UCD en 1982 y su consiguiente desaparición dejaron esparcidas y sin liderazgo reconocido a las huestes del centro y de la derecha en España mientras el PSOE parecía instalarse en una eterna e invencible hegemonía. Tan así era que la sensación de desánimo cundía entre aquellos, cada vez más numerosos, que contemplaban con aprensión cómo el socialismo demostraba más voluntad de régimen a la mexicana que de partido democrático a la occidental. Es Aznar el que, con tanta fuerza como habilidad, se muestra capaz, primero, de abrir una vereda a la esperanza de la recuperación, más tarde de articularla en una fuerza política unida y coherente y, finalmente, de conducirla hasta el éxito electoral y el poder. En 1988, en una sonada conferencia en el Club Siglo XXI, el entonces presidente de la Junta de Castilla y León, denuncia la «sensación de fatalidad que recorre la vida española», dada «la creencia de que no hay una forma cierta de vencer al Partido Socialista». En 1989 aparece el Partido Popular, que, desde las estructuras transformadas de Alianza Popular, vuelve a reunir gran parte de los jirones dispersos –conservadores, democristianos, liberales, «azules»– que habían constituido en su momento la columna vertebral de la UCD. En 1991, Aznar es elegido para presidir la nueva formación. En el trayecto quedaba la prudencia con que Aznar había sabido tratar la presencia de Manuel Fraga, la generosidad de éste para renunciar a su difícil carrera nacional, los métodos de que se sirvió el nuevo presidente para que los antaño fraternales adversarios se integraran de manera razonablemente cómoda y la reivindicación de una apuesta ideológica de síntesis que ofrecía al electorado español una alternativa de eficacia y progreso. El mismo Aznar había desgranado su programa de gobierno en fecha tan temprana como 1987, cuando llega a la presidencia de Castilla y León y apuesta por una «España fuerte y cohesionada […] por un modelo social y económico de libertad […] y por la eficiencia y austeridad en la gestión pública» (p. 122).

La narración de la acción gubernamental en el primer cuatrienio de Aznar, precedida por la dedicada a la contundente oposición con que el autor fue poniendo de relieve las insuficiencias de los últimos gobiernos de Felipe González, constituye una demostración práctica de las premisas ideológicas con que el futuro presidente del gobierno había construido su plataforma y en la que no faltan las referencias a la nueva capacidad internacional española, las medidas de rigor económico que facilitan nuestra adhesión al euro como miembro fundador y la rotundidad de la política antiterrorista del período. Es cierto que, como él mismo dice al titular uno de sus capítulos, le guió «la regeneración, no la revancha» (p. 248). No es menos cierto que la España con que Aznar se encontró al llegar a la Moncloa se veía aquejada gravemente por la inmoralidad de los comportamientos públicos, por la pobreza de las cifras económicas y por el agotamiento de una determinada manera de hacer política. Las Memorias lo relatan sin recrearse en la suerte, pero sin esquivar su gravedad, prefiriendo los apuntes de la nueva gobernanza y de sus alcances. Como buen ejemplo, sirva el párrafo que José María Aznar dedica, en su realidad y en su simbología, a la participación de España en el euro: «Entrar en el euro fue una gesta colectiva, que demostró que los españoles somos capaces de conseguir grandes logros cuando somos convocados a un proyecto común de avance y modernización. Demostró que España no era “diferente” ni estaba condenada a languidecer en la periferia de las grandes decisiones y los grandes hechos históricos. Que así como ningún país tiene el monopolio del éxito, tampoco ninguno está sentenciado al fracaso. Que el futuro depende del acierto o del error de las decisiones que tomamos, individual y colectivamente» (p. 271).

  Las Memorias no se agotan en su proyeccion filosófica y política, y contienen numerosas y enriquecedoras referencias sobre el «personaje» Aznar, el siempre tan dado a la púdica ocultación de sus afectos o animadversiones. Y en ello el autor se muestra detallado en el catálogo de acompañantes, generoso con los amigos y próximos, educado pero preciso con los adversarios y un punto sarcástico con vecinos y ajenos. Que cada cual saque sus lecciones y consecuencias de la lectura, por demás aconsejable, de unas páginas que mucho dicen sobre la historia reciente de España, y no precisamente de aquellas sobre las que los comentaristas habituales han volcado su ansia de morbo, probablemente sin haber tenido la paciencia de leer todo el volumen. Como muestra, dos botones. El primero, que se encuentra en la página 188 del libro, donde Aznar afirma que la presencia de Baltasar Garzón en las listas socialistas a las elecciones generales de 1993 fue, en realidad, un segundo plato al no haber conseguido que fuera Adolfo Suárez el que ocupara el codiciado puesto. Escribe Aznar: «González había intentado fichar como número dos nada menos que a Adolfo Suárez. Los agasajos de González a Suárez llegaron a ser tan notorios y sus relaciones con el aparato del partido, y concretamente con Alfonso Guerra, tan malas, que llegó a circular el rumor de que pretendía fundar en España un Partido Demócrata el estilo de los Estados Unidos». El segundo, que dice mucho sobre la fibra moral del autor, se encuentra en la página 44, al referirse con pena al fallecimiento en julio de 2010 de Félix Pastor Ridruejo, persona importante y respetada en los albores de Alianza Popular, por la que Aznar profesaba afecto y consideración, y apostillar: «Siempre tendré con él una deuda de gratitud. Y debo decir que me hubiera gustado que, tras su muerte, la actual dirección del Partido Popular hubiera tenido el gesto de reconocer la importancia histórica de su figura para el partido».

Como era inevitable, estas Memorias, como cualesquiera otras que se precien, tiene su ladera explicativa –que los escépticos siempre considerarán justificativa– y son proclives a provocar entre los no partidarios desdén y crítica, entre los seguidores nostalgia y entre todos polémica. El mismo Aznar reconoce (p. 291) que en su trayectoria política «hay aciertos, errores y cosas que se podían haber hecho de manera distinta o mejor». No dice cuáles, pero sus detractores, dentro o fuera del corral que le es propio, se han apresurado a señalarlos: la supuesta debilidad con los nacionalistas vascos y catalanes derivadas de la cortedad de los números con que el PP ganó las elecciones en 1996; los contactos de su gobierno con una ETA disfrazada bajo las siglas del Movimiento Nacional de Liberación Vasco (MNLV); o el mismo sistema de designación del que habría de sucederlo al frente del PP, y eventualmente en la Moncloa. Los incondicionales no ocultan su frustración por el temprano anuncio de la autolimitación de mandatos, que redujo a ocho años los que Aznar pudo haber residido en la Moncloa –y que, naturalmente, incluyen la convicción de que, con Aznar como candidato, a pesar de las terribles circunstancias de 2004, las elecciones de aquel año no se hubieran perdido–. Y eso que todavía no hemos llegado a Irak.

Los habituales de la especulación afilan sus artes sobre las razones que José María Aznar hubiera podido tener para hacer públicas, aquí y ahora, unas Memorias que por necesidad habrían de resultar madera para el fuego de las hipótesis. Mantendrán unos que no se ha ido del todo. Otros, en la misma longitud de onda, sostendrán que las recientes páginas contienen un cifrado mensaje de aviso dirigido a los actuales inquilinos de la Moncloa. Alguien, más allá, por el contrario, pensará que las Memorias equivalen al cierre definitivo de la puerta, al funeral debido al que se fue, al entierro de cualquier aspiración de futuro. Quién sabe. Probablemente, ni siquiera el mismo Aznar. Lo que sí cree saber es que tiene cosas que contar sobre un reciente, importante y esperanzador período de la historia de España. El que él presidió. Y lo hizo, parafraseando lo que Schlesinger predica para los grandes presidentes norteamericanos y sustituyendo la referencia a los Estados Unidos por la de nuestro país, «poseído por una visión de una España ideal. La pasión de los grandes presidentes, en el momento en que ponen sus manos sobre el timón, es dirigir la nave del Estado hacia el puerto de su elección […]. La política, en última instancia, es un proceso educativo, una aventura en persuasión y consenso». La que, con todos los aciertos y errores que cualquier obra humana trae consigo, dirigió Aznar desde la presidencia del gobierno de España. Y de la que estas Memorias son un fiel reflejo.

Javier Rupérez es embajador de España. Sus últimos libros son El precio de una sombra (Barcelona, Destino, 2005), El espejismo multilateral: la geopolítica entre el idealismo y la realidad (Córdoba, Almuzara, 2009) y Memoria de Washington: embajador de España en la capital del imperio (Madrid, La Esfera de los libros, 2011).

 

03/01/2013

 
COMENTARIOS

Alfonso 17/11/13 00:55
El buen criado no echa en la calle las faltas de su amo.

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