RESEÑAS

El raro ingenio

José Manuel Caballero Bonald
Examen de ingenios
Barcelona, Seix Barral, 2017
464 pp. 19 €

El placer sostenido que proporcionan las muchas páginas del libro de Caballero Bonald me llevó a un Examen de ingenios anterior, al que el escritor jerezano alude en su nota previa: «El hecho de que el título de este libro copie el del muy divulgado tratado de Huarte de San Juan no tiene otro sentido que el de una oportuna coincidencia onomástica». La alusión, más críptica en lo breve, me hizo recordar que hace casi tres décadas, por la curiosidad de su título, había yo comprado, empezado a leer y abandonado, dejándolo a resguardo en la estantería de inclasificables, el antes para mí desconocido primer Examen de ingenios de nuestra literatura, obra del médico navarro Juan Huarte de San Juan, prologado y copiosamente comentado en 1989 por Guillermo Serés dentro de la colección Letras Hispánicas de Cátedra. En su día, lo compruebo ahora, sólo llegué hasta el final del capítulo IV, la página 247 de un total de 724, donde seguía un marcador de la época señalando una voluntad interrumpida; pero ahí estaba el libro, con la fidelidad corpórea de las bibliotecas de papel, y esta vez, casi treinta años más viejo yo, he dado cuenta no diré que de todos los renglones de la edición ejemplar de Serés, pero sí de la mayor parte del compendio del aplicado doctor nacido en la población de San Juan del Pie del Puerto, también llamada entonces ‒cuando esa zona de la baja Navarra era de dominio español y no francés, como ahora‒ Ultrapuertos.

¿Ha leído en algún momento de su vida Caballero Bonald al sabio de Ultrapuertos, fallecido a finales de 1588, trece años después de la edición princeps del Examen de ingenios para las ciencias, por dar su título íntegro? La pregunta, que es indiscreta, no requiere respuesta. Leído o no, el formidable Huarte, miembro de la especie no infrecuente en España del galeno filósofo, escribió algo que entronca de modo paradójico y quizá azaroso con el segundo Examen de ingenios aquí reseñado, pues, dirigiéndose en su proemio de 1575 nada menos que al rey Felipe II, el autor preconiza, como consejo de súbdito a la Católica Real Majestad, «que se había de establecer una ley: que el carpintero no hiciese obra tocante al oficio del labrador, ni el tejedor del arquitecto, ni el jurisperito curase, ni el médico abogase; sino que cada uno ejercitase sola aquel arte para la cual tenía talento natural, y dejase las demás. Porque, considerando cuán corto y limitado es el ingenio del hombre para una cosa y no más, tuve siempre entendido que ninguno podía saber dos artes con perfección sin que en la una faltase».

Huarte de San Juan refutó en buena medida su aserto anterior, ya que a lo largo de una vida no muy longeva (se le supone nacido en torno a 1529) alcanzó celebridad como médico, fue traducido a las principales lenguas europeas y bien considerado como tratadista civil, siendo mentado por Cervantes en Don Quijote y Persiles y Sigismunda y utilizado para el trazo de El Licenciado Vidriera. Y si su medicina resulta hoy obsoleta, de poca higiene, sobre todo en la parte en que Huarte instruye a los padres para engendrar hijos sabios con las diligencias que «se han de hacer para que salgan varones y no hembras», lo que no ha caducado es el temple de su escritura, jugosa, rica en imágenes y en potencia verbal: prosa de un moralista estricto cuyo don narrativo epiceno lo amplifica, dando a su obra un cuerpo arbolado sin quitarle sustancia.

Caballero Bonald, por su parte, es un escritor de capacidades diversas y bien probadas: poeta, novelista, ensayista, memorialista y hasta divulgador erudito del cante jondo, territorio en el que su pasión y sus conocimientos lo empujaron a hacer de productor musical. No es, sin embargo, la variedad de saberes de Huarte y de registros de Caballero Bonald lo que más nos afecta al leerlos. Ambos son escritores del vuelo alto, de la gran ocurrencia, y en cierto modo de la rareza. No practican la oscuridad ni el barroco tupido, pero en cada página de sus respectivos y tan distintos «exámenes» dan la excelencia de una construcción temeraria, que es el término que aquí elegimos para referirnos a la ausencia de clichés expresivos, a un constante salirse del trillado campo de la palabra en bien de la sorpresa del lector.

No cabe en esta reseña, por razones evidentes, examinar el ingenio literario de Huarte, aunque sí hablaremos del de José Manuel Caballero, señalando antes un pequeño muestrario de cultivadores hispanos, para que nadie piense (yo lo pensaba cuando era más ignorante) que el retratismo literario hecho por literatos es un producto de casi exclusiva procedencia británica. El iniciador en nuestra lengua de esta manera de estampar con brillo a los artistas fue Rubén Darío en Los raros, aunque me atrevo a decir que la pauta seguida por Caballero Bonald es más bien la obra cumbre del género, el juanramoniano Españoles de tres mundos, sin olvidar los Retratos contemporáneos de Ramón Gómez de la Serna ni la monumental serie en catalán de los Homenots (Hombrones u Hombres grandes) de Josep Pla, puesto que hablamos aquí no del deber devoto o la venganza airada mostrados por un escritor respecto a otros escritores venerados o denostados, sino de algo de mayor osadía y mejor rango: el retrato al natural de la figura, por encima de la obra concreta o la glosa erudita del retratado, tomada la instantánea, en los mejores disparos de la cámara de Rubén, de Juan Ramón, de Ramón, de Pla o de Caballero Bonald, con la libertad insobornable y la mirada franca del gran retratista.

«Trato de una mujer extraña y escabrosa, de un espíritu único esfíngicamente solitario en este tiempo finisecular [...] de la escritora que ha publicado todas sus obras con este pseudónimo, “Rachilde”; satánica flor de decadencia picantemente perfumada, misteriosa y hechicera, y mala como un pecado»: así expresó Darío su admiración algo pérfida por la hoy no muy leída autora de Madame Venus, a quien en otro pasaje del texto, uno de los más logrados de Los raros, denomina «Rachilde la Anticristesa» de su época, un tiempo no carente de anticristos y demás flores del albañal. Casi todos los raros «rubenianos», veinte en total, lo son, habiendo uno, Paul Verlaine, a quien declara la mayor adoración y concordancia, con algún atisbo de envidia y mortificación por el genio del autor de Fiestas galantes. El excurso apologético lamenta su muerte, pero insiste en profetizarle un futuro de genio primordial de la poesía (no del todo sancionado por la posteridad), siendo lo más brillante de la semblanza lo menos apodíctico, la evocación del viejo dolorido de «pierna lamentable y anquilótica», llena su alma de cicatrices y heridas incurables, y esclavo de la ponzoñosa serpiente del sexo: «Su cuerpo era la lira del pecado», y al andar «hubiera podido buscarse en su huella lo hendido del pie», extrañándose Rubén de que Verlaine el sátiro no luciera «sobre su frente los dos cuernecillos». Lo diabólico también asoma en Los raros (1985), un libro de hermosísima sapiencia lírica en que Pere Gimferrer repitió título clásico, como Bonald con Huarte, aumentando mucho el censo del nicaragüense en un repertorio más exquisito y abismal, que comprende desde la Grecia hermética de Licofrón al decadentismo dipsómano de la España bohemia, y se fija alternadamente en malditos recónditos no leídos por nadie y en la parte oscura de la obra de triunfadores del box office dieciochesco, como Carlo Goldoni o el fabulista Iriarte.

Ni mortificación, ni envidia, ni más diabolismo que el propio hay, por el contrario, en la galería que Juan Ramón Jiménez fue haciendo en abundancia, con desorden, y recopiló Ricardo Gullón en 1969, completando notablemente la original de 1942. Tampoco es Españoles de tres mundos el intento de una restitución histórica localizada en los prohombres de un solo país y una sola cultura, a la manera de los Homenots de Pla, ni el reflejo carnal y profusamente anecdótico de Cansinos Asséns, cuyo extenso panorama memorial La novela de un literato está trufado de retratos tan inolvidables como (en el tomo 1) el de Hoyos y Vinent rodeado de adolescentes sicofantes, protegidos todos, el «erastés» y sus «erómenos», por Carmen de Burgos, «Colombine», o (en el tomo 3) la visita del narrador, en el notorio piso de la calle Padilla, a un Juan Ramón fatuo y olímpico que dice haber puesto todos los huevos de la nueva poesía: «Yo fui quien trajo las gallinas». Es, por cierto, Carmen de Burgos uno de esos nombres que reaparecen aquí y allá, dejando siempre la gana de saber más de ella y poder leerla accesiblemente; Ramón Gómez de la Serna, fundamental retratista del estilo volatinero, hizo de «Colombine» un emocionante perfil, contenido de acrobacias, en tanto que escritora viajera que no «se presta a la angostura de la vida de vecindad, llena de porterías, de cortesanías, de injurias, del polvo de las alfombras sacudidas sobre el vecino», una mujer española que sólo en el extranjero escapa a la persecución habitual, salvándose «de esa noche de la ciudad imposible a las mujeres, pues por todos lados parece que las gritan, que las befan, que las arrastran».

Aunque lógicas, deslumbran ocasionalmente las coincidencias de los personajes en el bosquejo ‒no siempre coincidente‒ de sus rasgos. Cuesta creer, así, que los compañeros de generación o amigos algo más jóvenes (Alberti, Dámaso Alonso, Neruda, Celaya, Hierro) retratados con bellísima prosa por Vicente Aleixandre en Los encuentros, un florilegio de escritores vivos y muertos muy dado al encomio, pero no por ello falto de agudeza y significación, sean los mismos plasmados, caso de los tres primeros, por Juan Ramón, o más tardíamente, esos cinco, por Caballero Bonald. En Aleixandre, el silencio suele implicar un olvido concienzudo o un perdón benigno. El de Rosa Chacel, por ejemplo, o el de Juan Gil-Albert, que fue amigo de sus amigos más jóvenes y no tuvo su «encuentro» «aleixandrino». Claro que el magnífico escritor de Alcoy siempre llevó consigo, en el exilio y en el retorno, un halo de reserva, evocado por Juan Malpartida en un libro de semblanzas también aparecido este año, Margen interno (Madrid, Fórcola, 2017). Haciendo una lectura muy pertinente de Tobeyo o del amor, una de las mejores obras de Gil-Albert, se lamenta el misterioso silencio sobre los años mexicanos del autor, que Malpartida achaca con justicia a la incultura biográfica de nuestras letras. El contraste lo da Caballero Bonald, en una de las viñetas más chispeantes de Examen de ingenios, al hablar de la quebradiza compostura de los años finales del poeta alicantino, que, todavía lúcido de cabeza, «daba la impresión de que si se sentaba en una butaca de buen porte podía ser absorbido hasta ese fondo textil del que sólo se libran los robustos».

Juan Ramón no aparece entre el reparto de ingenios de Caballero Bonald, aunque figuran en su libro coetáneos del onubense (Baroja, Azorín, Eugenio D´Ors), y por cronología y condición viajera bien podrían haber coincidido ambos y delineado el autor de Ágata ojo de gato al de Platero y yo. Es un juego inevitable comparar los daguerrotipos cuando se tienen a mano tantos de tan buenos artífices. Jiménez, con sibilina prosopopeya, reveló en el prólogo para la edición de 1942 que a sus pobladores de los tres mundos (el mundo español, el americano, el de los muertos) había pensado en un principio clasificarlos, separando «las siluetas en retratos y caricaturas, retratos de los entes más formales y caricaturas de los más pintorescos, pero pronto comprendí que la división era innecesaria y que todos los retratos podían ser caricaturas». Poco se asocia, en general, lo caricaturesco con lo «juanramoniano», y es lástima, pues así se oscurece el fondo humorístico que hay en el autor del Diario de un poeta recién casado. La justificación que da, en el mismo prólogo que estamos citando, lo subraya; la caricatura es «donde entra mejor el barroquismo, y soy barroco en muchas de ellas», aunque añade, enalteciéndose a sí mismo, «pero con el complemento constante del derecho lírico».

La fusión del garabato con la metáfora funciona a menudo hipnóticamente en Españoles de tres mundos, un libro que nunca se permite la peripecia, y en el que todo es médula o precipitado. Versos graciosos arropados con la indumentaria sublime del vidente, tanto en el ditirambo, y hay mucho, como en la malicia sesgada al reencontrar a Cernuda en Madrid un día de 1927, «su morenía la noto más malaya», destacar en Rosa Chacel su nombre «por otro lado de heroína criminal de amor», situando de gallega trájica «negra de ropa y pena», «loca con su ritmo interior», a Rosalía de Castro: «Toda Galicia es un mojado manicomio, donde se tiene encerrada ella misma». Pero también sabe ser deslenguado sin disimulo, al menos en los perfiles, que podrían esconder alguna venganza privada, de Jacinto Benavente y Ramón Pérez de Ayala, quien «se trae a sí mismo elaborado y desasido, en el bolsillo del gabán inglés», y fuma tan largo que «se diría que querría fumarse y echarlo en humo, lo circundante», sentenciando lapidariamente: «Su prosa está vaciada en una tumba».

¿Es la edad un antídoto para el mal de la bondad dispensada a troche y moche? No todos los autores aquí traídos a colación escribieron sus semblanzas en el crepúsculo de sus días, pero sí queda claro que los noventa cumplidos ya por Caballero Bonald le han sentado de maravilla al centenar de personas examinadas de ingenio por él. He aquí una vejez que no es postrimería, sino glorioso juicio forjado con desfachatez inteligente, evitando el escritor ser pendenciero, mezquino o condescendiente. Cuando los retratados son amigos suyos reconocidos, Carlos Barral, Francisco Brines, Alfonso Costafreda, José Agustín Goytisolo, o antiguas amistades rotas por piques y divergencias (Cela, Vargas Llosa), la pincelada sigue siendo atemperada, imparcial, sin desquite ni empleo del tono lloroso que le estaría admitido en buena ley hablando de compañeros de viaje fallecidos en plena travesía. De alguien tan cercano a él como Juan García Hortelano trasmite a la perfección la mezcla de bonhomía y sarcasmo en su carácter, a la vez que hace un apunte conciso, ajustado, de su obra literaria. Y el gran novelista que también es Caballero brota sin parar; en un episodio de mucha intriga siguiendo por la Carrera de San Jerónimo a Azorín, «momia andariega», en la exactísima «pinta de cabecilla tártaro» de José Hierro, o en el fogonazo preciso de Aleixandre recibiéndolo en su saloncito, «todo sonreído y azulado». Es un gran logro narrativo de este Examen de ingenios el esmero, nunca redicho (como a veces lo es Juan Ramón), puesto en el físico de sus «personajes»: memorable, en su hiperrealismo sin crueldad, la estampa de la delgadez o fealdad de José Luis López Aranguren, que al gesticular, «cosa frecuente, se le notaba mucho el esqueleto por debajo de la ropa y parecía que le faltaba piel para cubrir tanto hueso», procurando el amabilísimo filósofo que «la risa, no siempre dibujada con precisión, mitigara los defectos compositivos del rostro».

Se tiene la sensación leyéndolo de que, aun siendo somero, ningún rasgo esencial del retratado se le escapa; un privilegio de los maestros del retratismo, tanto pictórico como literario. De Llorenç Villalonga puntualiza el aspecto de «caballero que lo mismo podía pertenecer a una logia masónica que a la Adoración Nocturna», siendo incisiva y un tanto pérfida, seguramente con razón, la silueta de Leopoldo Panero padre; la perspicacia también la muestra al describir al mayor, Juan Luis, y al menor de sus hijos, Michi, «un chisgarabís que se valía de la frivolidad para no pasar desapercibido». Discrepo, sin embargo, de manera rotunda de su valoración de Leopoldo María, en quien sólo ve a un «pobre diablo plomizo y enfermo, con su malditismo alterado y sus iluminaciones expresivas a cuestas». Caballero Bonald, por lo que se trasluce en el texto, debió de verlo, tal vez de lejos, en la enfermedad, y leerlo únicamente en su decadencia. Antes de una y otra, Leopoldo María fue el mayor talento de su generación, en la que no escasean, y creador de muchos versos que han de permanecer en el canon encima de otros más generosamente ponderados por el autor de Descrédito del héroe.

Sucinto y elocuente, el autor es capaz siempre de resumir en cuatro folios la efigie o la labor, o ambas cosas, de formidables escritores de nuestra lengua, de cantaores, actores, toreadores (una de las mejores es la de Rafael de Paula), equiparando su arte sin categorizar, trátese de Paco de Lucía o de Paco Ayala, la Niña de los Peines o el tanguista Borges, de la apartada estrella infantil Marisol o de un Bergamín rebotado, en el divertido cuento de un almuerzo parisiense con una llamativa nómina de pepes en el que Pepe Bergamín sólo tuvo ojos para Pepa Flores.

Alguien que disfrutó mucho este Examen de ingenios me había dicho que el libro era sosa cáustica. No lo creo. En España, hablar de las personas ‒sobre todo las muertas‒ sin afeites ni composturas pasa por maldad; la tienen las semblanzas de Américo Castro (jugosísima), de Tàpies, de Bryce Echenique, sin que ninguna sea ofensiva. Y no hace falta estar siempre de acuerdo con la nota puesta al examinando por un examinador tan hueso, que a un escritor sin duda notable como Francisco Umbral le da sobresaliente cum laude a la elegía un tanto cursi de Mortal y rosa. Pero el vallisoletano fue un hombre ingenioso y el gaditano cumple con su propósito de censar ese don, empleándose él como tracista, carpintero, orfebre y perito en lunas ajenas. Todo lo que Huarte de San Juan veía imposible en un solo ser y Caballero Bonald aúna.

Vicente Molina Foix es escritor, traductor y cineasta. Sus últimos libros son El abrecartas (Barcelona, Anagrama, 2010), El hombre que vendió su propia cama (Barcelona, Anagrama, 2011), La musa furtiva. Poesía, 1967-2012 (Sevilla, Fundación José Manuel Lara, 2013), El invitado amargo (con Luis Cremades; Barcelona, Anagrama, 2014), Enemigos de lo real (Escritos sobre escritores) (Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2016) y El joven sin alma (Barcelona, Anagrama, 2017).

13/11/2017

 
COMENTARIOS

Francisco Muñoz 15/11/17 18:45
Vicente Molina, usted parece renegar de la azoriniana prosa desnuda. La suya queda demasiado vestida, tanto que bien podría aplicárse el dicho popular que habla de aquella mona que se vestía de seda sin dejar de parecer mona. Compórtese, señor, no dé latigazos al pobre y esforzado lector que es capaz de llegar hasta el final

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