RESEÑAS

Espada y la venenosa faloides de la leyenda

Arcadi Espada
En nombre de Franco. Los héroes de la embajada de España en el Budapest nazi
312 pp. 19,90 €
Madrid, Espasa, 2013

«La memoria de los diplomáticos europeos que trataron de salvar la vida de las comunidades judías cuajó por esa película. Se trata del mérito de La lista de Schindler y del cine de la historia, en general. La otra cara del mérito son los problemas que tiene cualquier escritor cuando vuelve sobre un hecho que el cine ha narrado y comprueba con desesperación que escribir es corregir»: esta declaración de intenciones colada in medias res resume tanto el tema como la intención del laborioso libro que acaba de publicar Arcadi Espada. Durante cinco años, el periodista barcelonés, que se ha ganado a pulso la personalización terca del escrúpulo en el discernimiento entre fiction y faction, ha indagado en la gloria poco esclarecida que corresponde a un reducido grupo de inequívocos franquistas, capitaneados por el embajador Ángel Sanz Briz, que se jugó la vida por salvar la de millares de judíos durante el invierno caníbal que en 1944 desató el terror en la capital húngara, gobernada por asesinos de razas y asediada por criminales de clases. Por ese infierno minuciosamente recreado por el cine se movieron Sanz Briz y su equipo de justos –la secretaria Elisabeth Tourné, el abogado húngaro Zoltán Farkas y el judío italiano Giorgio Perlasca– y por aquel escenario semivelado se mueve, separando la leyenda de los hechos, la navaja de Espada para hacer aflorar una verdad histórica mucho menos provocadora de lo que parece: que hubo virtud no ya bajo el franquismo, sino directamente en su nombre. A estas alturas de trayectoria –heredera del talante antisectario de un Chaves Nogales–, al autor le importa poco contradecir la historiografía oficial antinazi que en toda Europa –no sólo en España– ha patrimonializado la izquierda, aunque ello le acarree la incomprensión de los que viven cómodos en la estricta simetría.

Porque En nombre de Franco logra acreditar que hubo «franquistas buenos»: heroicos, de hecho. Que Sanz Briz fue uno de los primeros diplomáticos europeos en alertar con un detallado y puntual informe de la puesta en marcha de la Shoah cuando nadie aún le daba crédito. Que, amparado oficialmente por la cadena de mando que, a través del falangista Javier Martínez de Bedoya, llegaba hasta el mismo ministro de Exteriores, Francisco Gómez-Jordana, usó la condición neutral de España en la contienda para expedir pasaportes españoles a judíos húngaros en trance inminente de deportación a los hornos nazis. Que la jerarquía franquista, evidentemente, no impulsó esta estrategia projudía por meras razones de humanidad, sino por cálculo político, pues su respaldo a las gestiones salvíficas de Sanz Briz se hizo más expreso según crecía la evidencia de que el Eje perdería la guerra. Que Sanz Briz abandonó la legación con el permiso del Gobierno español ante el riesgo cierto de muerte que corría cuando los rojos –a los que había combatido en la guerra civil española– entraran en Budapest, tras asegurarse que 2.295 judíos se hallaban sanos y salvos al día de su partida. Que su sucesor en la embajada, Giorgio Perlasca, continuó la labor salvadora y más tarde quiso atribuirse en los periódicos y en sus libros todo el mérito, encaramando su propia figura sobre la supuesta cobardía del español huido, cuya elegancia personal le impidió en vida blasonar de su gesta y cuya memoria no ha conocido el enaltecimiento debido hasta la publicación de este libro.

La historia, como se ve, es digna del mejor cine de drama histórico. Ahora bien, aunque a rebufo del obvio interés narrativo por los Schindlers del siglo, el trabajo de Espada no puede oponerse más a la deformidad focal que lastra a la película –como a cualquier película–, según la cual parece que, efectivamente, los judíos se salvaron. Y no: en números redondos, sabemos que el heroísmo constituyó la anécdota y la categoría el éxito munchiano del exterminio. Sin embargo, todos –incluso Arcadi Espada– somos sensibles al halo de la épica, mucho más cuando se trata del Holocausto. Por eso, para no perder nunca de vista el principio de indeterminación heisenberguiano –que altera las premisas de la Física tanto como las del Periodismo–, el autor elige acertadamente un género híbrido entre el reportaje y el diario de trabajo, que va presentándonos, en capítulos alternos, lo mismo la exposición narrada de los sucesos contrastados como los caminos vivenciales por los que llega o no a contrastarlos, avisando siempre que se aleja de lo documental para aventurarse en el terreno movedizo de la conjetura, lo que también es deber de un periodista.

Esta fórmula obsesivamente autoconsciente, marca de la casa, resueltamente entregada a la primera persona, aúna las grandes aportaciones del Nuevo Periodismo: la reflexión metaperiodística combinada con una alta exigencia estilística –con ese fraseo sincopado, fibroso, que acostumbra en su prestigioso blog– y una cierta inclusión gonzo del periodista en la historia. Espada compatibiliza todo eso con un indesmayable escrúpulo por sortear «la venenosa faloides de la leyenda», escrúpulo que a ratos se vuelve cargante incluso para el autor: «Fotografiar me resulta violento. Imaginar me resulta antipático y cada vez más inmoral. No sé qué voy a hacer en esta vida», confiesa. Y es que confrontado, por ejemplo, con el siniestro vacío estepario de Birkenau, Espada se resiste siquiera a alzar el vuelo estilístico del lirismo trágico que cualquiera emplearía para describir sus sensaciones en semejante lugar, y opta por el enmudecimiento casi radical a lo Adorno. Ocurre, sin embargo, que las sensaciones de un periodista, su capacidad desatada de adjetivación y registro sentimental también pueden ser decisivas para cumplir vívidamente con la canónica misión de trasladar una determinada realidad ya pasada al lector. Y es que, como reconoce hacia el final de la obra, «los hechos no bastan». Está uno audazmente tentado de aconsejar al veterano escritor que se suelte de vez en cuando la melena literaria, porque yo he sospechado siempre en Arcadi Espada al estilista naturalmente dotado para la metáfora que se ciega voluntariamente el venero interior de la brillantez por un prurito profesoral largamente ejercido e inculcado. Y, de todos modos, acaba soltándosela. ¿Qué va a hacer uno si no en esta vida, que concede tan pocas oportunidades al heroísmo fáctico?

Jorge Bustos es licenciado en Teoría de la Literatura por la Universidad Complutense, aunque ejerce el periodismo en diversos medios, de la crónica parlamentaria a la tertulia deportiva o la crítica literaria.

10/04/2013

 
COMENTARIOS

José Ignacio 16/05/13 16:37
Esta historia la conocía yo desde hace mucho, por un libro de Ricardo de la Cierva, "Secretos de la historia", en él incluso se afirma que en la sinagoga de Nueva York siempre se recuerda el nombre de Francisco Franco en gratitud.

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