RESEÑAS

Elogio de la ira

Léon Bloy
De un experto en demoliciones. Críticas para Le Chat Noir
Córdoba, Berenice, 2014
Trad. de Teresa Lanero
282 pp. 16 €

Rarísima es la vez que falla el padre Antonio Garmendia de Otaola. Su compilación bibliográfica, publicada en 1949 con el expresivo título Lecturas buenas y malas a la luz del dogma y de la moral, es una guía infalible para elegir autores interesantes, que son casi siempre los que él detesta. Las entradas dedicadas a Luis Bonafoux o a Pío Baroja son un buen ejemplo de su particular «bibliopsicología». Para don Antonio, Baroja era un «autor antiespañol, anticatólico, antihumano», que bien podría haberse dedicado «a la albañilería o a la forja» en lugar de hacer tanto daño con sus libros. Pero pese a sus particulares fobias, el padre Garmendia solía ser imparcial. Que detestara a un autor no impedía valorar obras que pudiera considerar como grandes libros adecuados para la formación de un hombre. De la entrada dedicada a Léon Bloy (1846-1917) podría esperarse que fuera elogiosa para un autor que hizo su particular conversión del ateísmo al catolicismo, pero no termina de convencerle: «católico a su modo, de más daño que provecho […]. Es un hombre falto de humanidad y caridad»; lo que no obsta para que considere uno de sus libros, La sangre del pobre, un intento de «gritar por los desheredados» y de «recoger, en una especie de Miserere, los quejidos de todos los pobres y abandonados». En apenas cuatro líneas, el padre Garmendia trazó una figura compleja, contradictoria y, por tanto, digna de interés.

Puede acrecentarse la curiosidad por Bloy cuando sabemos que fue uno de los autores favoritos de Borges y que formó parte de la valiosa colección La Biblioteca de Babel, de la editorial Siruela. En el prólogo a los Cuentos descorteses, Borges lo definió como «coleccionista de odios» y decía de sus «lóbregas tintas» que hacían recordar los sueños de Goya y de Quevedo. También cabría concebir buenos augurios sobre Bloy cuando encontramos su nombre en varias páginas de Álvaro Cunqueiro. Pamela Jones, personaje de La historia del caballero Rafael, llevaba consigo un ejemplar de La femme pauvre y recitaba un párrafo de gran efecto, y el nombre de Bloy aparece también en algunos de los artículos del gallego, recogidos temáticamente en varios volúmenes por la editorial Tusquets. Hay más. En 1925 César Vallejo le dedicó en París un artículo publicado en el diario peruano El Norte. Lo tituló «De la dignidad del escritor: la miseria de Léon Bloy (Los editores, árbitros de la gloria)», y en él reclamaba justicia para Bloy, víctima «del abuso criminal de los editores y de la indiferencia de los públicos».

Si tomamos como fuente el catálogo de la Biblioteca Nacional, podemos comprobar que hasta 1987, con la publicación de los Cuentos descorteses, solamente se habían editado dos títulos: La sangre del pobre (en 1948, 1967 y 1971) y La mujer pobre (1968). Después, solamente La salvación por los judíos (1985) y de nuevo La sangre del pobre, en 1991. Es a partir de 2000, con En tinieblas, cuando en España comienzan a editarse sus obras: La sang del pobre i altres contes (2001), Cuentos de guerra (2002), Historias impertinentes (2006), Diarios (1892-1917) y Exégesis de los lugares comunes (2007), Cartas a mi novia (2008), de nuevo La mujer pobre, con dos ediciones en 2008, y El alma de Napoleón (2010). Y, finalmente, en 2014, este libro, De un experto en demoliciones.

Para contrarrestar el argumento de autoridad (del que no he abusado; podría haber seguido citando admiradores de Bloy, desde Eugenio d’Ors hasta Juan Perucho o Carlos Pujol), convendría comparar las defensas y elogios del escritor francés con la realidad de sus textos. Tiro por derecho: considero necesarias las defensas y justos los elogios. La editorial Berenice, una de las esenciales de entre las surgidas en España en los últimos años, ha hecho un extraordinario trabajo, junto a la traductora Teresa Lanero, con la publicación de estas críticas que Bloy hizo para diversos periódicos de París, especialmente para Le Chat Noir.

Se estima que París recibió en 2012 unos veintinueve millones de visitantes. No creo que hubiera ni uno solo que dejara de poner sus ojos sobre el gato negro de Théophile-Alexandre Steinlen, el icono que se vende en las tiendas de recuerdos, en los puestos de los buquinistas del Sena y en numerosos lugares de la ciudad destinados al ocio y al turismo. Es omnipresente en llaveros, afiches, pegatinas y otros archiperres y bibelots. El gato preside el cartel destinado a publicitar el cabaret Le Chat Noir, que inició su andadura en noviembre de 1881 en el número 84 del Boulevard Rochechouart. Pocas semanas después, en enero de 1882, hacía su aparición el primer número del periódico homónimo, llamado a ser el faro de Montmartre. Lo dirigía el empresario Rodolphe Salis y su redactor jefe era Émile Goudeau. En verano de ese año, éste pidió a su primo Léon Bloy que colaborara en el periódico. El primer artículo de Bloy se publicó el 5 de agosto. Para entonces, Bloy ya había abandonado su ateísmo militante para convertirse al catolicismo. El romanista Wilfried Engler habla de varias crisis religiosas, la primera de ellas en 1869, cuando se hace secretario del escritor Jules Barbey d’Aurevilly. Su catolicismo fue como su escritura: una curiosa mezcla de visceralidad, ira y misticismo, pilares de un estilo inconfundible que, por ejemplo, detestaba Baroja. Lo consideraba de poco interés y una lectura propia de esnobs. Es natural que no le gustara. Bloy atacaba de frente, mientras que las pullas de Baroja tenían algo de esquinadas. Baroja, por su parte, fue un excelente observador de la bohemia, mientras que Bloy encarnaba perfectamente la figura del bohemio pobre y alucinado, prisionero de la pasión.

La escritura arrebatada es la constante de los artículos recogidos en De un experto en demoliciones. Sus textos denigratorios parecerían ser la inspiración de las violentas diatribas de un panfletario brutal como el peruano Alberto Hidalgo. Su exageración consigue que el eficaz mecanismo de su crítica no sean sus insultos y procacidades, sino su humor. Puede lograr que dudemos de la obra del autor de turno, pero sólo porque se ríe de él, no porque desprecie su estilo, sus libros o su vida. El humor es el motor de su ira, y eso la hace atractiva. También hay que decir que esa proximidad, ese gusto por la lectura de los textos de Bloy, se consigue porque apenas conocemos a los autores que ataca. ¿Qué sabemos, por ejemplo, de Jean Richepin, Paul Bonnetain o Félicien Champsaur? A los tres los vierte por el sumidero y podemos reírnos a gusto de su forma de hacerlo, porque nada sabemos de ellos. Del primero no hay traducción alguna de su obra de ficción. De los otros, sólo fueron traducidos un par de libros, el último de ellos en 1927. He elegido estos tres nombres al azar, todos ellos del artículo «El hombre de las tripas», uno de los textos más brillantes del libro (e igual de brillantemente traducido). La ira de Bloy logra arrancar carcajadas porque nos parece imposible la capacidad que tiene para barbarizar. Su método es infalible.

A Richepin lo desmonta en el primer párrafo, haciendo público algo bestial que dijo a Bloy en privado. Es un truco muy efectivo y de gran efecto. Al poco parece rearmarlo al elogiar su primer libro de poemas, pero asegura que jamás logró algo igual, y lo hace con una retorcida metáfora, mordaz y definitiva: «Pero no volvió a repetir algo así. En el gaznate sólo tenía ese tono de sapo; aquel magnífico semental de la Fama, tras haber montado una sola vez a esa vieja yegua con trompetas, se quedó extenuado de pronto y subió humildemente al carro del periodismo». Poco nos importa Richepin, aunque podamos tenerle aprecio si sabemos que Brassens puso música a dos de sus poemas; ya sólo tenemos ojos para Bloy y sus salvajes trucos de maledicencia. Continúa párrafo a párrafo demoliendo la obra del literato Richepin: «Ahora ya sólo queda un rayo de su antigua rutilancia: el amor rabelaisiano de la tripa, de lo que llena la tripa y de lo que sale de la tripa. Él ya no habla de otra cosa y cuando combate cuerpo a cuerpo con un gigante le dice orgulloso: “Te voy a sacar las tripas”. La tripa se ha convertido en la antorcha de su espíritu». Ese uso de la repetición nos trae ecos de aquel maestro de la exageración –y, por tanto, del humor– que era Thomas Bernhard. La exageración trasciende la crítica, el sarcasmo y hasta la ira. Todo es, ya y definitivamente y pasado el tiempo, puro humor: «La primera vez que vi a este noble animal, creí que se trataba de uno de esos comuneros supremos que sueñan con hacerse un jergón de cadáveres humanos para sus retozos inmundos».

Pero la ira es útil no sólo para hacer gala de salvajismo y ánimo despiadado. Aplicada a los elogios, resalta aquello que se aprecia. Ocurre, por ejemplo, en el artículo «El aplastamiento del infame», dedicado al músico Charles de Sivry: «Nunca pongo un pie en una sala de espectáculos por culpa del olor a carne humana, que desgraciadamente me asquea. Pero iba a sonar la música de Charles de Sivry, así que valía la pena un poco de extenuación». Fiel a su estilo, continuará aferrado a la desproporción, y tras los elogios llegarán los azotes contra el resto de artistas que completaron la velada. Rubricando el artículo con un nuevo elogio a Sivry, Bloy logra realzar al artista por contraste con las barbaridades anteriores.

He citado antes a Thomas Bernhard. Su absoluta maestría en el uso de la exageración se asienta sobre un principio impepinable: es tan exagerado que su exageración no cansa. Puede agotar su escritura anfractuosa y pueden llevarnos al delirio sus repeticiones, pero pretenderemos leer hasta el final y sin pausas la novela que tengamos entre manos, aunque sea tarea imposible. Bajo esta premisa cabe recordar que los textos de De un experto en demoliciones fueron en su origen artículos y que pasaba un tiempo entre la publicación de uno y otro. Así hay que leerlos, tomando distancia y un respiro entre una diatriba y la siguiente. De no hacerlo así, se perdería la sutilidad de la ira como instrumento del humor: a cambio, prolongamos el placer de la lectura.

Sergio Campos Cacho es bibliotecario, coautor de Aly Herscovitz y colaborador de Arcadi Espada en su libro En nombre de Franco. Los héroes de la embajada de España en Budapest.

25/05/2015

 
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