RESEÑAS

El siglo XX: historias para no dormir

Josep Fontana
El siglo de la revolución. Una historia del mundo desde 1914
Barcelona, Planeta, 2017
808 pp. 28,90 €

La historia del siglo XX registra niveles extraordinarios de violencia, de fractura social y de trastorno económico. Sin embargo, también ofrece fenómenos extraordinariamente positivos: un crecimiento demográfico excepcional, que, combinado con el aumento de los niveles de bienestar (reflejados en una prolongación sin precedentes de la longevidad), a su vez consecuencia de avances científicos y tecnológicos asombrosos (aviación, automóvil, teléfono, televisión, Internet, física atómica, electrónica, navegación espacial, medicina, biología y un largo etcétera), representa un logro sin precedentes. Es, además, el siglo de la democracia, de la seguridad social y del Estado de bienestar, de la abolición de la pena de muerte en muchos países, de la lucha, y a menudo el triunfo, de la igualdad sexual, del sufragio universal de ambos sexos, y de tantos otros progresos sociales. Todo esto, en conjunto, convierte a esta centuria en un período cuyas luces cegadoras compensan los aspectos más sombríos. Pero no busque el lector en el libro de Fontana los aspectos brillantes del siglo XX en ciencia, técnica, economía, sociedad, o en lo que sea. En él, los movimientos económico-sociales subyacentes a las grandes tendencias sociales son relegados en favor de las explicaciones políticas circunstanciales y ad hoc; aquí lo que se acentúa son los crímenes y los horrores (que los hubo en abundancia, ya lo hemos dicho); y aquí se señala como el gran culpable último de todos los desastres que se narran al liberalismo, o más bien al «neoliberalismo» (nunca he entendido qué añade en este respecto el prefijo «neo-»). En este libro, además, que cubre el período de las guerras calientes y de la llamada «guerra fría», es decir, que trata un período de antagonismos y de división mundial, el bando «occidental» es claramente el malo de la película, mientras que el mundo comunista es un héroe trágico, que llevó la esperanza a los corazones de los oprimidos e impidió dormir a los poderosos, lo cual convierte su hundimiento en algo sorprendente en los propios términos del libro. ¿Cómo pudo un sistema aparentemente tan justo y deseable degradarse de tal modo y venirse abajo de manera tan ignominiosa como lo hizo el comunismo europeo en la última década del siglo? Tampoco encontrará el lector una explicación satisfactoria de este hundimiento que, según el esquema del libro, sería una anomalía. Las explicaciones que se nos brindan, como veremos, son también circunstanciales.

El libro no cubre exactamente el siglo XX: se inicia deliberadamente con la Primera Guerra Mundial, que, en palabras del autor, «dinamitó el viejo orden», y se termina en 2017, «cuando se celebrará el primer centenario de una revolución que, con sus conquistas, sus errores y su fracaso final, sigue siendo un fantasma que atemoriza aún las noches de los poderosos» (p. 13). El no dejar dormir a «los poderosos», al parecer, justifica los setenta años de dictadura, represión, purgas, hambrunas, mortandades y estancamiento económico que el comunismo infligió a Rusia y que exportó como si se tratara de una forma más alta de civilización, un sistema revolucionario que iba a producir un hombre (un espécimen humano) nuevo y superior.

Para Fontana, la revolución del siglo XX es la revolución rusa o comunista. De la verdadera revolución del siglo XX, la social-democrática, la que trajo el bienestar, la igualdad y la democracia a miles de millones de ciudadanos, apenas habla de pasada, como algo que se anunciaba, pero que se malogró (tampoco se dice claramente cómo y por qué) aproximadamente con el triunfo de Eisenhower en Estados Unidos en 1952 (pp. 274 y 316-317); o, quizá, también cuando Bill Clinton, Tony Blair y Felipe González se escoraron a la derecha y adoptaron «la doctrina de las “terceras vías”», con la cual la socialdemocracia «iba a rendirse, no sin beneficio personal para sus corruptores, al capitalismo más depredador» (p. 522).

Una visión sesgada

Hay que decir de partida que el libro de Fontana refleja una impresionante acumulación de lecturas. El ensayo bibliográfico final, organizado por capítulos, ocupa nada menos que noventa y cinco páginas. No está exenta, sin embargo, de problemas esta manera de presentar la bibliografía, porque impide que el lector conozca la fuente exacta de cada cita o referencia. Otro problema es que esta admirable erudición se pone al servicio de una versión muy sesgada de la historia contemporánea, una visión tremendamente pesimista, que el autor nos presenta como una lucha no entre buenos y malos, sino entre malos (comunistas) y peores (capitalistas); la victoria final de estos últimos justificará, a los ojos de algunos, el tono sombrío que predomina en la obra. Recuerda mucho este libro a la Historia del siglo XX de Eric Hobsbawm, que es también una elegía a la Unión Soviética, a la que se pinta como una especie de ángel caído que protagonizó esa centuria y cuyo hundimiento se considera una tragedia.

El sesgo del libro de Fontana es doble: por una parte, el villano sempiterno es lo que se ha dado en llamar «Occidente», el grupo de naciones europeas y anglosajonas que, capitaneado por los Estados Unidos de América, resulta ser culpable de todos los desastres y explotaciones inicuas de los obreros, los pobres, los habitantes del Tercer Mundo, de todos los «parias de la Tierra». Por otra parte, como ya insinué antes, en este libro se presenta al siglo XX como un período siniestro, lleno de matanzas y de explotaciones, donde todo son sombras y no hay apenas luces. Del enorme crecimiento económico, de la mejora espectacular de los niveles de vida, de la extensión de la democracia, de la mejora de las condiciones de trabajo, de la igualdad, de la difusión de cultura, de la ciencia, insisto, no se nos dice apenas nada. Un lector poco informado puede terminar el libro pensando que este siglo es uno de los períodos más crueles y desoladores de la historia, cuando en realidad, con todos los horrores, guerras y conflictos que en él se desarrollaron, constituye la mejor centuria que ha experimentado la Humanidad. La evidencia de estas mejoras y progresos es aplastante, pero Fontana, lector tan ávido y activo, ha decidido ignorarla, o apenas mencionarla. En mi opinión, fueron precisamente las crisis que el crecimiento y el desarrollo económico y social trajeron consigo las que causaron los graves conflictos que se plantearon. El libro, en cambio, parece atribuirlos a la maldad humana en general, y a la del capitalismo-liberalismo en particular. He aquí un párrafo típico, referente a la Primera Guerra Mundial, que refleja la actitud tenebrista y ominosa que predomina en el libro (p. 124):

La guerra había hecho evidente [...] la insensatez de las reglas del juego social a que los hombres estaban sometidos: les hacía conscientes de la monstruosidad de lo que habían aceptado cotidianamente en tiempos de paz, y les mostraba que la cultura oficialmente admitida formaba parte de este mismo orden establecido que había conducido a la inmolación de millones de jóvenes en las trincheras.

No sé qué evidencia ha encontrado Fontana para sustentar estas afirmaciones. La guerra indudablemente constituyó un shock para las conciencias de los contemporáneos, pero no está nada claro que éstos pensaran que en tiempos de paz habían estado sometidos a una «monstruosidad»: más bien todo lo contrario. Los cuarenta años anteriores al estallido de la guerra fueron una época de prosperidad y bonanza, de aumento de los niveles de vida, al menos en Europa y el continente americano, sin precedentes, un período al que se miró luego con nostalgia (se lo llamó la belle époque) y al que unánimemente se quiso retornar en la posguerra lo más rápidamente posible.

El balance del comunismo

Otro problema se plantea cuando se habla de la revolución rusa. «La revolución de 1917 marcó profundamente la historia del siglo, alimentando las esperanzas de los de abajo y convertida, al menos en sus temores, en la mayor amenaza para los de arriba», nos dice Fontana (pp. 58-59). Aceptando por un momento que la gran protagonista del siglo XX sea la Unión Soviética, uno se pregunta por qué «un nuevo modelo de praxis revolucionaria [...] que se presentaba como la base de una nueva organización social en que el poder debía ir de abajo a arriba [y que mantuvo] por muchos años la ilusión de que un orden político y social más igualitario y más justo era posible» (p. 58), que era «más justo y equitativo, más beneficioso para la gente común» (p. 477), fracasó tan estrepitosamente. ¿Es que ese orden más igualitario y beneficioso en realidad no es posible? Y, si lo es, ¿qué fue lo que falló? ¿Por qué se convirtió la utopía en una pesadilla tiránica, ineficiente y quebrada? El libro no nos da respuestas claras. En algún punto se insinúa que la culpa la tuvo Stalin al asumir todo el poder en sus manos cuando con Lenin la dirección había sido un poco más colectiva (no mucho, porque el Politburó era un grupo muy reducido, de siete hombres –todos los cuales, dicho sea de paso, salvo Lenin y Stalin, murieron por mandato de este último‒ y era nombrado por el Partido, no elegido por el pueblo). También se sugiere en otro punto que el cerco internacional a que se sometió a la Unión Soviética durante la Guerra Civil (1918-1921) y en los años que siguieron creó un clima de desconfianza y una obsesión persecutoria que contribuyó a la feroz represión que culminó con las purgas de 1937-1938 y que desembocó en una dictadura personal. Pero la cuestión nunca se encara de frente: ¿era viable y deseable el sistema político, económico y social que instauró la revolución rusa y que luego exportó, velis nolis, sobre todo a los países de la Europa oriental? Y si lo era ¿a qué puede atribuirse que se desviara y descarrilara como efectivamente ocurrió? Las respuestas que se dan a estas cuestiones son incompletas y circunstanciales.

Y las preguntas son importantes. Al final del libro se nos dice que el capitalismo va «a la deriva, [y] amenaza con desmoronarse» porque es injusto, explotador, ineficiente, porque es causa del «apogeo de la desigualdad», y debe ser sustituido «algún día [por] un “proyecto popular transnacional” que vendría a ser equivalente a la “revolución socialista mundial” que Lenin invocaba en 1917 [y que estará] protagonizada [...] por fuerzas surgidas de abajo, de las luchas cotidianas de los hombres y las mujeres» (pp. 648-649). Pero, ¿qué garantías tenemos de que ese «proyecto popular transnacional» no va a constituir un fracaso tan grande como la «revolución socialista mundial» de Lenin? El libro de Fontana no nos ofrece explicaciones muy tranquilizadoras. Es decir, en esencia, no ofrece ninguna explicación.

Fontana reconoce que el propio Gorbachov era «consciente del atraso económico de la URSS» (p. 477) y que «el Imperio soviético se desmoronaba» (p. 490); en esta misma página también nos dice que

los gobiernos «socialistas» de los países de Europa central y oriental no habían conseguido establecer sistemas políticos capaces de satisfacer las aspiraciones populares de libertad y democracia, aunque había protagonizado una auténtica transformación social: en todos ellos se crearon sistemas de beneficios sociales en el terreno de la salud y las pensiones, se aseguró el pleno empleo [...] y se desarrolló un sistema educativo que transformó los niveles culturales de sus sociedades. Estos avances pudieron sostenerse gracias un progreso económico que durante veinticinco años [no se aclara cuáles] tuvo tasas de crecimiento cercanas al 4% anual.

El lector se preguntará cómo, con tan sólidas credenciales, los sistemas comunistas (o socialistas) de Europa del este se derrumbaron al unísono, en unos pocos meses del verano y otoño de 1989. La explicación vuelve a ser circunstancial: se habían endeudado «como marinos borrachos para comprar bienes de consumo». Con esta explicación tan banal se despacha el hecho de que todo el sistema comunista europeo se viniera abajo como un castillo de naipes. Y aún nos enteramos de que la «mitificada» caída del muro de Berlín (que, por cierto, no sólo se había construido para evitar la huida de ciudadanos hacia el oeste, sino también para «dificultar las numerosas actividades de espionaje y subversión que se organizaban desde la zona occidental», p. 341) «fue un acontecimiento puntual», debido a un error de un funcionario del Gobierno de Honecker. Lo cual no es óbice para que se nos informe inmediatamente de que un dirigente soviético escribió en su diario que con este acontecimiento puntual, «una época entera de la historia del “sistema socialista” ha llegado a su fin» (pp. 492-493).

Las contradicciones como ésta se multiplican en el libro. Bashar al-Ásad, el presidente de Siria durante la cruenta guerra civil que allí se libra, «está lejos de la brutalidad del absolutismo saudí o de la dictadura egipcia de al-Sisi, protegidos por los Estados Unidos» (queda implícito que al-Ásad es menos brutal por ser aliado de Rusia, aunque muchos lectores se asombrarán de que a un dictador con la ejecutoria –y la estirpe‒ de al-Ásad se lo considere menos brutal que otros). Sin embargo, a continuación se nos dice que «la brutal respuesta que Asad dio a la revuelta [...] [la] transformó en una confusa guerra civil» (pp. 581-582).

En otro punto se nos dice que la Iniciativa de Defensa Estratégica (SDI en sus siglas inglesas, la llamada «Guerra de las Galaxias») de Ronald Reagan tenía como finalidad romper el equilibrio estratégico entre Estados Unidos y la Unión Soviética, forzando a esta última a aumentar sus gastos militares «hasta arruinarse». Esto es sin duda lo que ocurrió y es quizá el gran éxito de la política internacional de Reagan. Pero Fontana no está dispuesto a reconocer este éxito a un «actor de limitada inteligencia [y] poca capacidad de concentración» (p. 451). Para ello se ve obligado a escribir frases tan confusas y contradictorias como la siguiente (p. 459):

Este argumento, repetido con frecuencia por la historiografía de la guerra fría, tiene cierta validez en términos generales, pero no para un momento concreto como éste, donde los móviles fueron el miedo obsesivo [que la Administración de Reagan tenía a los rusos] [...] [N]o hay que otorgar ninguna credibilidad a la ilusión de que esta política de aumento del gasto militar, y mucho menos aún el desafío de la SDI, contribuyese al hundimiento de una economía que se enfrentaba ya con anterioridad a graves problemas.

La debilidad de estos argumentos queda resaltada unas páginas más adelante (pp. 476 y 480) cuando, hablando de las dificultades a que se enfrentaban los dirigentes rusos, nos dice que estaban obligados «a hacer frente, además de a una situación económica difícil, a la agresividad de Reagan [...] Los problemas surgieron por la pretensión de Reagan de seguir desarrollando el sistema de defensa de la SDI, resistiéndose a cualquier concesión en este terreno».

En el penúltimo capítulo, «La era de la desigualdad», se nos pinta un presente muy negro en torno a la Gran Recesión del siglo XXI. Crecimiento del desempleo, caída de los salarios, desigualdad creciente, debilitación de los sindicatos, etcétera. Y se añade (p. 606): «La caída de la remuneración del trabajo en relación con su productividad es un fenómeno universal, que contrasta con la tendencia de los años felices que siguieron a la Segunda Guerra Mundial, en que se producía un avance paralelo de la productividad y de los salarios». Pero el lector se pregunta: «¿Qué años felices?» En el capítulo sobre la posguerra, que se titula significativamente «El inicio del siglo americano», no se nos habló de «años felices», sino de «crisis social en Estados Unidos», con «inflación y millones de obreros en huelga», «clima de enfrentamiento social», empresarios que querían «dar marcha atrás en las concesiones que se había visto obligados a hacer en tiempos de guerra» y Truman afirmando que «los obreros se han vuelto locos y los empresarios están cercanos al delirio en su egoísmo» (pp. 272-274). Mientras tanto, Europa estaba «sumida en la pobreza y el hambre». «El hambre comenzó a hacer estragos en Francia, Italia y Alemania, mientras en Gran Bretaña el paro aumentaba amenazadoramente». Hubo un resplandor de esperanza, pero no podía durar: «En Gran Bretaña la victoria de los laboristas puso en marcha el Estado de bienestar [...] y reforzó la capacidad de acción de los sindicatos, que por un tiempo creyeron que podían transformar la economía. Hasta que el gobierno laborista optó por dedicar los recursos a construir bombas atómicas y a armarse para la guerra fría» (pp. 268-270). Pues estos parecen ser los «años felices» de la posguerra.

Occidente culpable

La introducción ya deja claro quiénes son los villanos de esta historia:

La historia de la humanidad está [...] llena de momentos de lucha por la libertad y la igualdad, de revueltas contra los opresores y de intentos de construir sociedades más justas, aplastados por los defensores del orden establecido [...]. Uno de esos intentos de transformación social, que se inició en Rusia en 1917, ha marcado la trayectoria de los cien años transcurridos desde entonces. La amenaza de subversión del orden establecido que implicaba el modelo revolucionario bolchevique determinó la evolución política de los demás, empeñados en combatirlo y, sobre todo, en impedir que su ejemplo se extendiera por el mundo. Fascismo y nazismo, por ejemplo, nacieron como respuesta a la amenaza comunista [...]. Respuestas más positivas [...] fueron los avances conseguidos en muchos países por el movimiento obrero en alianza con la socialdemocracia [...] los avances sociales del Estado de bienestar cumplieron la función de servir como antídoto contra la penetración de las ideas del comunismo [...]. A partir de los años setenta del siglo pasado, sin embargo, esa trayectoria cambió para dar paso a la reconquista del poder por las clases dominantes [...] saludada por los intelectuales al servicio del sistema con augurios de que el triunfo de la democracia liberal y de la economía de mercado iban a significar el inicio de una nueva era de progreso e igualdad [...]. No ha sido así, de modo que hoy [...] nos encontramos en una situación de empobrecimiento económico y ante el panorama de una desigualdad creciente que se traduce en un empobrecimiento general.

¿«Empobrecimiento general»? Quién lo diría.

Queda por saber quiénes son los causantes de tanta iniquidad y tanto empobrecimiento, quiénes son los «opresores», «los defensores de orden establecido», «las clases dominantes». Esto no queda meridianamente claro en el texto; al parecer se da por sabido. Aparte de algunas alusiones ocasionales a J. P. Morgan o a los hermanos Rockefeller, hay poca concreción en la identificación de quiénes componen las clases dominantes. Quienes sí quedan muy claramente identificados, sin embargo, son los gobernantes de los países occidentales, y en particular los presidentes de los Estados Unidos. De la larga lista de éstos, empezando por Wilson y terminando por Trump, sólo se salva uno: Franklin D. Roosevelt. Ya hemos visto cómo caracteriza Fontana a Reagan. No hay espacio en esta reseña para enumerar todos los epítetos que se dedican a todos los distintos presidentes. Valgan unos ejemplos: «racista» (Eisenhower y Nixon), «cínico» (Kennedy), «manipulador» (Johnson), «incompetente» (Carter), «fraude» (Clinton) y «una gran mentira» (Obama). Excuso mencionar lo que se dice de los peores presidentes, como los Bush o Trump. Se ofrecen, además, referencias nada halagadoras de la vida privada de algunos de ellos. De la de Lenin, sifilítico, o la de Stalin, cuya esposa se suicidó y cuya hija huyó a Occidente, incapaz de soportar a su padre y a su país, nada se dice.

No cabe duda de que, en los enfrentamientos de la Guerra Fría, los gobiernos occidentales cometieron numerosos errores, vilezas y crímenes, al igual que lo hicieron los gobernantes soviéticos. Ya supondrá el lector que en libro de Fontana los primeros se destacan, mientras que los segundos se olvidan o se excusan. Pero hay algunas atribuciones y afirmaciones que resultan llamativas. Por ejemplo, es bien sabido que la Unión Soviética creó un grupo de países satélites en Europa Oriental, y que trató de aislarlos del Occidente capitalista. Esto fue lo que Churchill denunció en el famoso discurso del «Telón de Acero» (Iron Curtain) de marzo de 1946. Pues bien, ¿quién tuvo la culpa de que los soviéticos dividieran Europa? Los Estados Unidos, naturalmente, que crearon el Plan Marshall para acelerar la reconstrucción de un continente devastado; pero, nos dice Fontana, este Plan «no sólo implicaba una penetración económica, sino también cultural [...]. Fue la percepción de la amenaza que implicaban la doctrina Truman y el Plan Marshall lo que llevó a Stalin a endurecer el control sobre los países de su entorno» (p. 298). Esto es realmente sorprendente por muchas razones; la más asombrosa de todas es que tanto Stalin como Churchill tuvieran dones de presciencia, porque el Plan Marshall se anunció en junio de 1947, un año y tres meses después de que Churchill denunciara la existencia del Telón de Acero. Es decir, según Fontana, los efectos se dieron un año y pico antes de la causa. Además, por supuesto, el «Plan Marshall tuvo efectos positivos para la economía estadounidense [...], mientras que su importancia real en el inicio del rápido proceso de crecimiento europeo en los años cincuenta es algo que ha sido largamente debatido». Aquí convendría una cita de una autoridad que avale la afirmación de Fontana, porque si hay algo cercano a la unanimidad en la historia económica contemporánea es en el beneficio que la ayuda del Plan Marshall aportó a la economía de Europa Occidental.

Otro episodio atribuible a la perfidia occidental es el bloqueo de Berlín de 1948-1949. Tras la guerra, Alemania quedó dividida en cuatro zonas: francesa, inglesa, estadounidense y soviética. Lo mismo se hizo con Berlín, que estaba enclavada en la zona soviética, lo cual era una fuente de dificultades. Los soviéticos habían esperado que norteamericanos e ingleses se retiraran y que Alemania quedara a la larga bajo el control soviético. Al ver que, en contra de sus expectativas, franceses, ingleses y estadounidenses habían decidido construir una nueva Alemania (Occidental) unificando las respectivas zonas, los soviéticos aplicaron presión sobre Berlín, el punto más conflictivo, al que los occidentales tenían acceso por tierra y aire a través de la zona soviética. Cuando la Alemania Occidental (la futura República Federal) creó una nueva moneda, el Deutsche Mark, y la introdujo también en el Berlín Occidental, la hostilidad soviética aumentó, hasta el punto de bloquear las comunicaciones terrestres entre Alemania Occidental y Berlín. Esto causó unos meses de tremenda tensión, ya que se temía una ruptura de hostilidades. Los aliados organizaron un puente aéreo, que los soviéticos no interrumpieron, para abastecer Berlín. Ambas partes temían el estallido de una nueva guerra mundial. Al final, los soviéticos suspendieron el bloqueo y el Deutsche Mark se impuso en todo Berlín. A la larga, esta situación condujo a la construcción del muro en 1961. Pues bien, ¿quiénes fueron los culpables de esta situación, según Fontana? Los occidentales, naturalmente, por introducir en Berlín la nueva moneda, lo cual «causaría una evidente confusión», porque coexistirían «dos monedas distintas». Naturalmente, lo que preocupaba a los soviéticos no era esa pretendida «confusión», sino que los berlineses atesoraran los Deutsche Marks y que a la larga los marcos orientales cayeran en desuso, como ocurrió hasta que se construyó el muro. Y, en general, los rusos temían que una Alemania Occidental próspera y democrática constituyera un imán irresistible para los alemanes orientales y una fuente de desprestigio para la ideología comunista, como así fue.

Como ya vimos, según Fontana, el Muro de Berlín no sólo se construyó para impedir la fuga de ciudadanos hacia la República Federal, sino también para dificultar el espionaje y la subversión que se organizaban desde la zona occidental. Como si a los espías les fuera a detener un muro. A quienes encerró el muro fue a los pobres ciudadanos de la Alemania Oriental. Pero se trata, una vez más, de culpabilizar a Occidente.

Sería muy largo enumerar la retahíla de casos y conflictos cuya responsabilidad se atribuye a Occidente con los argumentos más peregrinos. Hasta el infame pacto Ribbentrop-Molótov de 1939, por el que la Unión Soviética y la Alemania nazi se dividieron la Europa Oriental, resultó ser atribuible al gobierno británico (p. 223). Pero no me resisto a mencionar la vigente guerra de Siria, que se debe, cómo no, a «la intervención de Estados Unidos, Arabia Saudí y Turquía», junto a la brutalidad de al-Ásad (p. 581). Hay que aclarar que la creencia de Fontana es que la Unión Soviética fue una potencia benévola, casi bobalicona, largo tiempo liderada por Stalin, que era un pánfilo que «no tenía ninguna intención agresiva», que tenía «fe en la superioridad a largo plazo del socialismo» y que confiaba en unos partidos comunistas que, «por lo menos en Europa, habían abandonado cualquier tentación de asalto revolucionario del poder [...]. Fue la continuidad de las amenazas norteamericanas lo que les obligó a armarse» (pp. 291-292). Rusia ha sido digna sucesora de la Unión Soviética en cuanto a inocencia e inocuidad. Así ha ocurrido en Siria, donde «Estados Unidos ha intervenido continuamente» (p. 583), mientras Putin se limitaba a aconsejar a al-Ásad que se desprendiera de «su arsenal de armas químicas», aunque al fin se ve obligado nuestro autor a reconocer que Rusia colaboró abiertamente con al-Asad con durísimos bombardeos y que «fuerzas especiales enviadas por Putin colaboraban con su ejército de tierra». Pero el peligro es siempre el gobierno estadounidense, cuyo objetivo primordial parece ser «el acoso a Rusia» y «la renovación de la guerra fría.» (p. 585). Ya puede imaginar el lector que las invasiones rusas en Georgia y Ucrania han estado provocadas por la política de Estados Unidos y de la Unión Europea, cela va sans dire...

Hasta los asesinos degolladores del ISIS tienen aspectos aceptables en tanto que se oponen al mundo occidental. Conquistaron una base territorial en Siria e Irak donde «han gobernado efectivamente [...] proporcionando a sus habitantes un mínimo de servicios y un sistema judicial basado [en la sharía] [...]. ISIS [...] se convirtió en un foco de atracción de jóvenes [...] que acudieron a sumarse a esta revuelta antioccidental y anticapitalista, como alternativa a una sociedad que les margina y no les ofrece esperanza alguna para el futuro. Desde 2011 miles de jóvenes se integraron en sus filas, atraídos por la fascinación que ejerce una revolución, asociada a un estilo de vida igualitario» (p. 580). Los califatos, ya se sabe, son modelos de igualitarismo y de gobierno efectivo; y si no, que les pregunten a los supervivientes de Mosul o a las víctimas del reciente atentado en las Ramblas de Barcelona, que el ISIS se ha atribuido. De las espantosas degollinas masivas perpetradas por el ISIS, filmadas y exhibidas en todas las televisiones, Fontana no nos dice nada. En cambio, sí nos habla, sin referencia directa, de una milicia armada y financiada por Estados Unidos que hizo un vídeo «decapitando a un niño» (p. 583). Es un ejemplo más, de entre los muchos que contiene este libro, de la historia asimétrica que practica Fontana.

Es una verdadera lástima, porque el autor de esta obra es un hombre muy capaz y un estudioso incansable, que puede escribir páginas magistrales. En este mismo libro, las referentes a la Segunda Guerra Mundial (capítulo 6) constituyen una pequeña obra maestra. Pero cuando se deja dominar por sus filias y sus fobias acaba produciendo libros como éste en su conjunto, que, con exactamente los mismos mimbres, pero manejados sine ira ac studio, hubiera podido ser una obra casi definitiva en lengua española.

Gabriel Tortella es catedrático emérito de Historia e Instituciones Económicas en la Universidad de Alcalá. Sus últimos libros son La revolución del siglo XX (Madrid, Taurus, 2000), Los orígenes del siglo XXI. Un ensayo de historia social y económica contemporánea (Madrid, Gadir, 2005), con Clara Eugenia Núñez, Para comprender la crisis (Madrid, Gadir, 2009) y El desarrollo de la España contemporánea. Historia económica de los siglos XIX y XX (Madrid, Alianza, 2011), con José Luis García Ruiz, Clara Eugenia Núñez y Gloria Quiroga, Cataluña en España. Historia y mito (Madrid, Gadir, 2016) y Capitalismo y Revolución. Un ensayo de historia social y económica contemporánea (Madrid, Gadir, 2017).

09/10/2017

 
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