RESEÑAS

Una visión histórica de la España de ahora

Guillermo Gortázar
El salón de los encuentros. Una contribución al debate político del siglo XXI
Madrid Unión Editorial, 2016,
206 pp. 18,72 €

Este libro de Guillermo Gortázar ilustra a la perfección la idea de que la historia se escribe no tanto por curiosidad sobre el pasado como por una honda preocupación por el futuro, lo que al fin y a la postre, no es sino lo que de ella esperaba Cicerón, que nos enseñase a vivir. Se trata de un nobilísimo intento de dignificar y ampliar el debate político en el que nos movemos, tratando de encontrar las raíces de nuestros errores un poco más allá de lo que, bajo la niebla de un partidismo tan ciego como deshonesto con el interés común, suele considerarse de oficio.

Gortázar comienza su análisis partiendo de una circunstancia del presente, que bien podemos considerar histórica: el hecho de que cerca de nueve millones de votantes, un 34% del censo electoral, dieron la espalda en noviembre de 2015 a los partidos que se han alternado durante los últimos treinta años al frente del gobierno, tras el período que, muy estrictamente, conocemos como la Transición, que terminó en 1982 con el histórico triunfo del PSOE de Felipe González.

Si la historia real nunca ha tenido, de momento, final, a pesar de los Fukuyama, no cabe duda de que este momento singular de la España contemporánea constituye un buen observatorio para diagnosticar seriamente lo que, por decirlo a la manera de Ortega, nos pasa. Uno de los mayores méritos de este libro de gratísima lectura es, precisamente, colocar sobre nuestra historia una lupa que no es exclusivamente nacional, sino occidental, ver lo que ha ocurrido a la luz de los grandes momentos de la historia política occidental que Gortázar considera como una gran conversación entre gentes, en principio, dispuestas a entenderse. Así pues, el libro no sólo se ocupa de la restauración, la dictablanda, la república o el franquismo, sino que fija su atención en un marco europeo mucho más general.

Gortázar apunta que su libro no es sólo la consecuencia de su doble condición de historiador profesional y de político activo, sino de la infeliz circunstancia de que cuestiones que debieran ser tema casi exclusivo de los historiadores, han vuelto a ser asuntos de actualidad, lo que remite inmediatamente, al período revisionista que se inició, tras las dos legislaturas de Aznar, con la victoria de José Luis Rodríguez Zapatero. La idea misma de memoria histórica, y la singular ocurrencia de que deba ser codificada mediante ley, tampoco fue un desafortunado hallazgo de nuestro peculiar expresidente, sino consecuencia directa de que abundaron los sectores de izquierda que consideraban cualquier posible victoria electoral de la derecha como un error de diseño en el sistema, como un fallo estructural de la democracia.

Como buen liberal, en cualquiera de los sentidos del término, excluido el norteamericano, Gortázar sólo trata de dirigirse a las personas de espíritu libre que sean capaces de comprender que todo lo que tiene que ver con la política es, y debiera ser, sinónimo de discusión civilizada, y por eso excluye que su argumento pueda interesar a tres tipos de personas que, para desgracia del editor, abundan sobremanera en la España de hoy: los totalitarios de cualquier cuño, los populistas o los tecnócratas que puedan creer que nuestros problemas nacen de que los españoles dedican pocas horas a leer el Boletín Oficial del Estado (y no digamos los otros boletines que han acabado por hacer tan amargo y doloroso el menester de tales personajes).

Tras un primer capítulo dedicado a estudiar el éxito de las monarquías europeas que supieron lograr el milagro de iniciar el proceso de armonización entre la libertad política y la democracia, Gortázar se enfrenta a las revoluciones continentales y a su influencia en la historia española. Nuestro país, que tuvo la suerte de liberarse de la sangría de la guerra europea de 1914, y disfrutó de un período de crecimiento muy notable, se encontró con que, a partir de 1920, la incapacidad de su clase política hizo que nos abocásemos a una dictadura militar que es el antecedente inmediato de nuestra convulsa historia contemporánea, el fracaso de la República, la Guerra Civil y el franquismo, de forma que, si el autor está en lo cierto, la historia de España pierde pie durante más de medio siglo y no vuelve a recuperar lo que en otras latitudes fue un largo proceso de modernización política hasta 1978. Ese largo período viene, de alguna manera, a coincidir en el plano mundial con el ascenso y el ocaso del comunismo (el otro intento totalitario, el fascismo, perece al final de la Segunda Guerra Mundial), de manera que la recuperación de las libertades políticas en España se lleva a cabo en un momento en el que, afortunadamente, las democracias parecían imponerse en todas partes, en un momento de optimismo que no es exactamente el del presente.

A partir del tercer capítulo, Gortázar se centra en el devenir español, una vez que sus breves y muy sustanciosos resúmenes de la historia mundial le dotan del marco político y conceptual más favorable a su visión liberal de la política. Sus análisis del primer tercio de nuestro siglo, la época a que ha dedicado Gortázar mayor trabajo como historiador profesional, son extraordinariamente breves y sustanciosos, y merecen lectura detenida porque destilan realismo y buen sentido. Luego viene la España de Franco, todavía un difícil ejercicio para cualquiera que pretenda un mínimo de objetividad. El juicio de Gortázar termina con un nueve para las sombras del período y un cuatro para sus luces, destacando, entre ellas, la extensión de la educación obligatoria y el sistema de pensiones, pero sin dejar de subrayar que aquel régimen era absolutamente incompatible con la modernidad europea, de forma que, a la muerte de su titular, se abría de nuevo el campo político con una paradoja notable: era, a la vez, algo inevitable y deseable, pero su resultado se antojó siempre extremadamente incierto.

El primer escollo serio con el que ha tropezado el propósito de lograr una democracia liberal, o, como dice la Constitución en su artículo 1, una monarquía parlamentaria, es la conversión de nuestro sistema político en un Estado de partidos, en aquello que definió Gerhard Leibholz como la transformación del Parlamento en un lugar en el que «se reúnen comisionados de partidos vinculados a las decisiones de éste, para dejar constancia de decisiones ya adoptadas en otros ámbitos, en comités y congresos de partido», de forma que el legislativo se confunde con el ejecutivo, y deja de ser un lugar de debate y acuerdo.

Gortázar toma la expresión de Manuel García Pelayo y titula de este modo, «La democracia. La deriva hacia el Estado de partidos», su capítulo sexto, las treinta páginas destinadas a diseccionar los problemas que ahora mismo nos acucian. El análisis de Gortázar, aunque tiene experiencia propia en estos asuntos, debe mucho al excelente libro de Javier Pradera sobre la corrupción, un texto de 1994 que no se publicó hasta 2013, lo que por sí solo es una muestra más de la gravedad del problema que padecemos al respecto, una mezcla casi deletérea de partitocracia con sectarismo que ha hecho virtualmente imposible la adecuada fusión de la democracia con la libertad política y que hay que analizar a la vista de la preferencia cultural por la igualdad frente a la libertad de una gran parte del electorado, tanto a la izquierda como a la derecha.

La corrupción le parece a Gortázar no tanto una enfermedad como un síntoma de una democracia en buena medida malograda por la deriva de los partidos hacia su identificación con el Estado, y la anulación de casi cualquier lazo con la sociedad civil, por la adopción de dinámicas internas puramente cesaristas, que olvidan de manera deliberada cualquier forma de limitación de poder recogida en los Estatutos respectivos, pura letra muerta, y también mediante la creación de un espacio prácticamente exento a la vigencia de la ley común. En su virtud, se ha impedido cualquier forma de democracia y control por parte de los ciudadanos respecto de las decisiones que adopten los partidos, por arbitrarias que puedan ser y por contrarias que resulten a las opiniones e intereses que se supone que debieran representar. Gortázar analiza con calma las fases de este asalto a cualquier forma de poliarquía, que ha supuesto, a la vez, la mayor deslegitimación de la soberanía nacional a favor de una creciente pujanza de los poderes territoriales, cada vez más entregados al doble absolutismo de su razón nacional y su interés clientelar como partido.

Como es natural, en una situación así, el Parlamento deja de ser una institución central, y la monarquía parlamentaria de que habla la Constitución se queda en una mera definición verbal. Desde que en febrero de 1982 se aprobó el reglamento del Congreso, el Gobierno controla el Parlamento, y no al revés, porque la posibilidad misma de cualquier iniciativa individual de los diputados ha quedado completamente laminada por un nuevo autoritarismo que se considera legitimado por los electores.

La solución que atisba Gortázar para esta clase de deformaciones está en una reforma del sistema electoral, una tesis bastante extendida entre los críticos liberales del sistema, que observan, acertadamente, que se ha producido una ausencia casi completa de la función representativa, sustituida por la sumisión omnímoda al poder del partido, que es quien otorga el beneficio de estar en las listas electorales. Es en este punto en el que, al entender del crítico, cabría hacer una objeción de fondo al excelente discurso del autor. Para empezar, la reforma supondría cambiar completamente los términos del pacto constitucional, es decir, que no parece nada fácil de alcanzar, pero es que, además, aunque puede que resolviera alguno de los problemas presentes, es sumamente probable que crease otros aún mayores. Un sistema electoral no sólo ha de ser representativo, sino que ha de facilitar la formación de un gobierno, y cabe dudar de que el particularismo español, que aflora en cualquier tensión territorial, diese paso a un cóctel muy representativo, pero absolutamente inmanejable. Tal vez la única solución, de ardua consecución en cualquier caso, esté en que los partidos decidan aceptar su papel constitucional, que está muy claro, permitan que se avance en su porosidad, transparencia y controles internos y legales, y se reforme el reglamento del Congreso para permitir una libertad al diputado que nadie negaría al ciudadano corriente. La reflexión de Gortázar supone, en cualquier caso, una notable contribución a uno de los debates imprescindibles, a esa apertura al futuro que preocupa a cualquier historiador serio.

Gortázar concluye subrayando que en la España actual, como en la de los años setenta, hay una amplia mayoría de españoles partidarios de la reforma, y opuestos a rupturas quiméricas. No será fácil acertar, pero para hacerlo se hacen imprescindibles reflexiones, serenas, abiertas y lúcidas como la que se ha hecho, con pulso firme, a través de esta revisión del pasado, de lo que nos ha traído hasta aquí: «El Estado, como obra de arte, es caro, delicado y frágil», nos dice Gortázar, y es claro que la mejor manera de preservar sus beneficios sin que sus costes nos aplasten es un gobierno democrático, controlado por un parlamento representativo que garantice la seguridad y la libertad, sin ser abusivo, un objetivo que nunca podrá lograrse si los españoles no abandonamos las trincheras y nos disponemos a hablar de todo con la serenidad, acuidad y respeto al discrepante con que se han escrito el centenar y medio de páginas del libro.

La obra está estupendamente editada y se acompaña de un buen índice de nombres y de una relación de obras que el autor considera muy recomendables para hacerse cargo de lo que está en juego, del futuro que nos espera.

José Luis González Quirós es profesor de Filosofía en la Universidad Rey Juan Carlos. Su último libro publicado es La comprensión de la vida humana. Historia, ciencia y libertad (Madrid, Noesis, 2014).

13/02/2017

 
COMENTARIOS

peter 14/02/17 11:12
El problema, como siempre, está en la solución porque ver los errores del sistema es algo evidente. El poder, que permite llevar adelante tu programa; la estabilidad, que significa confianza y orden para prosperar; la representatividad, que refuerza en su base al sistema, lo legitima, son aspectos que pueden estar enfrentados.

Edward Baker 15/02/17 16:03
La partitocracia no es de ahora sino de la Restauración, consecuencia de la debilidad de la sociedad civil española de esa época. Pero ocurre que en la segunda década del siglo XX España no es la de 1875, pues ha iniciado un proceso de modernización prácticamente en todos los órdenes salvo el estado y esa España ya no cabe en el corsé que había diseñado Cánovas cuarenta años antes. Aquel estado fracasó estrepitosamente a partir de 1917, momento en que se inició una crisis de legitimidad que derivó en una dictadura improvisada (la llamada dictablanda, la de Berenguer y Aznar, se produjo a la caída de Miguel Primo de Rivera); un intento de República con democracia; una guerra civil y cuarenta años de dictadura nada blanda, por cierto. Aquello que llamamos Transición fue precisamente el proceso que, a partir de la muerte del dictador, finiquitó los sesenta años de gravísima crisis política, institución y social.
Ahora, si la partitocracia del sistema canovista fue la respuesta a una sociedad civil débil, la de la democracia actual responde a una circunstancia parecida, pues la dictadura de Franco no reforzó precisamente la veta civilista de la sociedad española. Por el contrario, se produjo una vez más una problema gravísimo de representación, cosa inevitable en las partitocracias. De ahí el "no nos representan" del 15M, que entre otras cosas es la constatación severamente empírica de una hecho política.
La respuesta, el surgimiento de dos partidos nuevos, es sana pero está la respuesta y están los partidos en su infancia. De ahí la confusión del panorama.

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