RESEÑAS

De la cima al abismo

La evolución del Partido Comunista de España en tiempos decisivos

Carme Molinero y Pere Ysàs
Entre la hegemonía y la autodestrucción. El Partido Comunista de España, 1956-1982
Barcelona, Crítica, 2017
512 pp. 24,90 €

Alfonso Pinilla García
La legalización del PCE. La historia no contada, 1974-1977
Madrid, Alianza, 2017
416 pp. 23 €

En 1930, en Leipzig, Kurt Weill y Bertolt Brecht estrenaron su ópera en tres actos Auge y caída de la ciudad de Mahagonny, una parodia sobre los vaivenes de la fortuna, el fantasma de la catástrofe siempre inminente y la fragilidad en las lealtades como rasgo ingénito de la naturaleza humana. Un adaptador contemporáneo podría llevar a escena una versión de aquel drama expresionista urdido a cuatro manos por un compositor judío y un dramaturgo comunista utilizando como trama la descripción de la ondulación expansiva y depresiva con final trágico que experimentó el PCE en la segunda mitad del siglo XX. Lo ocurrido con la que fue la principal organización clandestina antifranquista bien da, no ya para un seminario, sino para una especialidad completa en el campo de la politología. ¿Qué ocurrió para que el partido que, tras lograr penosamente sacudirse el estigma demoníaco con que lo cubrió la propaganda de la dictadura y lograr impregnar con su discurso reconciliador tanto al resto de la oposición como a los sectores reformistas que acabaron prohijando ese mensaje como ingrediente fundamental del tránsito sin ruptura, sucumbiese al poco tiempo de la clausura histórica de las tensiones guerracivilistas? ¿Qué pasó para que el partido cuya legalización se convirtió en condición sine qua non y piedra de toque de la sinceridad del proyecto reformista dilapidara en poco menos de un lustro el capital político acumulado durante décadas de lucha?

Los ensayos de Carlos Molinero, Pere Ysàs y Alfonso Pinilla contribuyen a divulgar para un lector interesado de hoy lo que ya intentó explicar −y autoexplicarse, teniendo en cuenta que algunos títulos fueron suscritos por actores del proceso− una literatura que se interrogó sobre ello en caliente desde el estupor inicial, la discrepancia o el desengaño. Gregorio Morán dejó sentada cátedra para mucho tiempo en su clásico, monumental y cada vez más inhallable −hasta que Akal no lo remedie− repaso a la historia del partido de cuyo aparato había sido cuadroGregorio Morán, Miseria y grandeza del Partido Comunista de España, Barcelona, Planeta, 1986.. Lo habían precedido damnificados de diversa índole, como los periodistas Pedro Erroteta y Peru VegaPedro Erroteta y Peru Vega, Los herejes del PCE, Barcelona, Planeta, 1982., y víctimas directas de la autofagia en la cúpula, como Manuel AzcárateManuel Azcárate, Crisis del eurocomunismo. ¿Qué significa hoy ser comunista?, Barcelona, Argos-Vergara, 1982.. Antes, durante y tras su expulsión del PCE −que no de la actividad de comentarista político, de la que no se apeó hasta su muerte−, Santiago Carrillo metabolizó y reelaboró, muy al estilo del personaje, todo aquel período en el que el partido fue él y para él y acabó estando contra élPara no cansar al lector, se le remite a las distintas reediciones de sus Memorias, publicadas por Planeta desde 1994 hasta 2011, y su libro póstumo, Mi testamento político, Barcelona, Galaxia Gutenbeg, 2012. Un estudio sobre el perfil del personaje en Fernando Hernández Sánchez (ed.), «La(s) vida(s) de Santiago Carrillo», informe de la revista Historia del Presente, segunda época, núm. 24 (2914), pp. 5-92..

El paso del tiempo y la extinción de la cuestión comunista como elemento candente de la agenda política dio la alternativa a los estudios académicos. La crisis de aquel PCE fue puesta en contexto con la de los otros grandes partidos occidentales con que había compartido estrategia por Emanuel TregliaEmanuel Treglia, «Un partido en busca de identidad. La difícil trayectoria del eurocomunismo español», Historia del Presente, segunda época, núm. 18 (2011), pp. 25-41. y Andrea DonofrioAndrea Donofrio, «El final del eurocomunismo y el PCE», Studia Historica, Historia Contemporánea, núm. 31 (2013), pp. 167-191.. Por concluir este repaso, la tesis de Juan Antonio Andrade BlancoJuan Antonio Andrade Blanco, El PCE y el PSOE en (la) transición. La evolución ideológica de la izquierda durante el proceso de cambio político, Madrid, Siglo XXI, 2012., un estudio comparativo de la evolución cruzada de la izquierda entre 1977 y 1982, introdujo en el análisis no sólo la perspectiva orgánica o el enfoque cenital, sino la historia desde abajo, el impacto de los hechos en las bases sin el que la evaluación del veloz proceso erosivo del sustrato militante y electoral comunista resultaría incomprensible.

La lectura del libro de Molinero e Ysàs deja en el lector un regusto a esa melancolía a que se refiere Enzo Traverso en su último ensayoEnzo Traverso, Mélancolie de gauche. La force d’une tradition cachée (XIXe-XXIe siècle), París, La Découverte, 2016.. No por sabido el final, la historia deja de suscitar el interés por una época en la que muchas cosas parecían posibles. No hay en el estudio de Molinero e Ysàs concesiones a la teleología, aunque algunas interpretaciones ajenas a los autores puedan atribuirle un potencial papel ejemplarizante en el tiempo presenteVer la reseña de El Español: «Todo lo que Podemos debería aprender del PCE para evitar su autodestrucción».. El lento, paciente y acumulativo camino al apogeo es descrito siguiendo una cronología precisa y a partir de la conjugación de fuentes emanadas de la propia organización y de testimonios de los protagonistas a distintos niveles. Ambos autores, veteranos conocedores del movimiento antifranquista, sitúan a modo de hitos referenciales algunos de las posiciones tácticas cruciales de la trayectoria del PCE: la apuesta por la reconciliación nacional, la valoración del potencial de las nacientes Comisiones Obreras, el impulso de los frentes de masas −estudiantil, cultural y vecinal−, la política de salida a la superficie para imposibilitar la continuidad de un franquismo sin Franco o el alejamiento de la tutela de Moscú a partir de 1968, que culminó en la formulación del eurocomunismo. Por otra parte, no dejan de desmontar algunas interpretaciones actuales en las que se sustenta una acusación de complacencia con una transición sinónimo de transacción: la supuesta desactivación de la movilización en calles y fábricas, que en realidad se prolongó hasta noviembre de 1976 y que frustró la continuidad del sedicente reformismo del tándem Arias-Fraga; el pretendido abandono temprano de movimientos como el vecinal, que nutriría los equipos de los primeros ayuntamientos democráticos para cambiar las ciudades surgidas del urbanismo salvaje propiciado por el desarrollismo anormativo; o la aportación de los comunistas a los principios sociales contenidos en la Constitución, a pesar de que su desarrollo posterior resultara frustrante por insuficiente. No se ignora que la Transición se realizó bajo la amenaza permanente de la involución y con un peso aún determinante de los sectores reaccionarios en los aparatos duros del Estado. Que el mito posterior la haya idealizado como la tentativa exitosa de impedir que volviéramos a matarnos los unos a los otros no debe hacer olvidar que lo que subyacía en las inquietudes de los actores de la Transición fue un afán de evitar que, quienes podían −como había ocurrido en Chile o Argentina−, tuviesen pretexto para que nos mataran los unos a los otros. De aquellos pelos en la gatera que el PCE dejó para evitarlo se alimentó la madeja de decisiones −reconocimiento de la bandera bicolor y de la monarquía, pactos de la Moncloa, abandono del leninismo...− que, confrontadas con los magros resultados electorales obtenidos a cambio de la muy publicitada moderación, fueron percibidas por las bases como renuncias que iban desnaturalizando a su partido sin otra contrapartida aparente que el esculpido del rostro del secretario general en el imaginario monte Rushmore de la Transición española. El resto es el relato de un proceso de autólisis por desangramiento, resultado de las contradicciones entre un discurso democrático hacia el exterior y el ejercicio de una verticalidad autoritaria en el interior que desembocó en el arrumbamiento al rincón de la irrelevancia en las elecciones de 1982. Acababa aquí una historia y comenzaba otra, que quizá tendrá algún día su continuación.

Amargo final para un partido cuya legalización por el gobierno de Adolfo Suárez, el 9 de abril de 1977, es una de esas fechas emblemáticas del imaginario de la Transición, hasta el punto de que, por ejemplo, nadie recuerda con semejante precisión e intensidad en qué día fue legalizado el PSOE. Sobre aquel cruce del Rubicón por el presidente que provenía del Movimiento Nacional y el secretario general del partido erigido en epítome de todo lo cautivo y desarmado en abril de 1939, y sobre sus intríngulis, trata el libro de Alfonso Pinilla. También sobre este episodio existen obras precedentes, siendo la más conocida la de Joaquín Bardavío que contribuyó a bautizar la efemérideJoaquín Bardavío, Sábado Santo rojo, Madrid, Uve, 1980.. Pinilla pone en valor el archivo personal de uno de los demiurgos decisivos en la construcción de la relación entre Suárez y Carrillo: José Mario Armero. Testimonio importante, qué duda cabe, pero que se constituye en casi el único −desde luego, como fuente primaria−, acompañado de un muy reducido compendio de fuentes bibliográficas a las que se remite reiterativamente a pie de página. El autor manifiesta una explícita simpatía por los personajes y por su altura de miras, algo que no deja de enviar guiños al presente en el momento en que apareció el libro, marcado por la parálisis en la búsqueda de un gobierno estable. No cabe duda de que, entre ambos, partiendo de posiciones antagónicas que ninguno se encargó de ocultar a priori, se estableció un grado de compenetración mucho mayor que el que, por separado, mantuvieron con Felipe González. Y ello a pesar de que este compartiera con Carrillo una ubicación ideológica más cercana y una colaboración previa en organismos unitarios, como la Platajunta o la Comisión de los Nueve, y de que con Suárez hubiese la interlocución fluida que se supone entre el jefe de gobierno y el líder de la oposición parlamentaria a partir de junio de 1977. Se trataba, quizá, de la empatía de quienes eran conscientes de que, en caso de involución, serían los primeros sobre los que actuaría la vindicta ejemplarizante de sus enemigos. La tarde del 23-F estuvieron muy cerca de confirmar sus temores.

El ensayo de Pinilla es una clásica muestra de historia política por arriba y esa contradanza de personalidades que se cortejan en busca de un acuerdo sorteando prejuicios, obstáculos y abismos transmite un cierto regusto a obra ya leída de antemano. Pero no por eso deja de interpelarnos, aunque sea de forma indirecta o por las reflexiones que se derivan a posteriori. El conocimiento histórico se nutre de la acumulación de estratos de evidencia, pero, ¿cuánto más está oculto en paradero desconocido? Dicho de otro modo: al igual que los de Armero, ¿dónde están los archivos personales de Suárez y Carrillo? Porque existir, seguro que existen. ¿Hasta cuándo la inveterada costumbre en nuestro país de que los archivos de altas personalidades se vayan con ellos a casa? ¿Qué nos queda por saber de los acontecimientos cruciales de la Transición, al margen de lo que en su momento aflore por el levantamiento del secreto oficial? ¿Por qué podemos acceder online a lo que la CIA elaboraba para el Departamento de Estado norteamericanoLos documentos desclasificados de la CIA pueden descargarse en formato PDF. y sólo sabemos de su puño y letra lo que los protagonistas de aquel período tuvieron a bien escribir sobre sí mismos para embellecer una trayectoria? ¿Cuándo podrá establecerse, con evidencia primaria, lo sucedido con los otros Mahagonnys −comenzando por la propia UCD− que fueron devorados por el sistema de partidos de la segunda restauración? Aunque es de temer, ya que empezamos citando a Kurt Weill, que sobre estos interrogantes sobrevuele durante mucho tiempo el silbido de la balada de Mackie Messer...

Fernando Hernández Sánchez es historiador y profesor en la Universidad Autónoma de Madrid. Es autor de Comunistas sin partido. Jesús Hernández, ministro en la Guerra Civil, disidente en el exilio (Raíces, 2007), Guerra o revolución. El Partido Comunista de España en la Guerra Civil (Barcelona, Crítica, 2010), Los años de plomo. La reconstrucción del PCE bajo el primer franquismo (1939-1953) (Barcelona, Crítica, 2015), El bulldozer negro del general Franco. Historia de España en el siglo XX para la primera generación del XXI (Barcelona, Pasado y Presente, 2016) y, con Ángel Viñas, El desplome de la República (Barcelona, Crítica, 2010).

19/06/2017

 
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