RESEÑAS

El mundo, las causas… y Dios

Juan Arana
Los sótanos del Universo. La determinación natural y sus mecanismos ocultos
Madrid, Biblioteca Nueva, 2012
400 pp. 26 €

Antony Flew
Dios existe. Cómo cambió de opinión el ateo más famoso del mundo
Madrid, Trotta, 2012
Trad. de Francisco José Contreras
168 pp. 16 €

Estos dos libros, en apariencia y volumen tan distintos, tienen en común algo más que el hecho de que el prologuista del de Antony Flew sea un discípulo de Juan Arana. Se trata de dos libros que se enfrentan con cuestiones inequívocamente filosóficas, pero también con cuestiones de las que buena parte de la filosofía contemporánea suele apartarse sin razones en exceso convincentes. En cierto modo, pues, son dos libros disidentes, que dan la espalda a lo que ya es una larga tradición de sospecha sobre las posibilidades de la razón, dos libros más antikantianos que poskantianos.

Ambos autores son, y lo dicen con claridad, teístas, y entienden serlo, precisamente, a partir de exigencias racionales derivadas de lo que ellos entienden que exige la ciencia de ahora mismo, de modo que coinciden en algo muy básico: en una concepción del carácter racional y ambicioso que ha de tener toda filosofía, más allá de la complaciente renuncia a pronunciamientos de fondo que es tan frecuente, una coincidencia tanto más notable cuando las tradiciones en que se insertan ambos libros son notablemente distintas, la analítica de Flew y la más metafísica de Arana. En lo demás son libros muy distintos, de rápida lectura y de fácil comprensión el de Flew, de obligada relectura y consulta el extenso y ponderado examen que Arana hace de las distintas cuestiones que las ciencias de la naturaleza plantean a una filosofía que no puede ni debe rehuir abordarlas.

El libro de Flew es la crónica argumentada de una cierta conversión, de una retractación pública de su anterior ateísmo militante que no ha dejado de irritar a quienes, como Richard Dawkins, están promoviendo una campaña que presenta al ateísmo como una consecuencia, a la vez, de la racionalidad y los avances de la ciencia. Flew, que estudió con Gilbert Ryle y pasa por ser uno de los mejores expositores de Hume, había publicado alguno de los argumentarios ateos más conocidos en el ámbito anglosajón, por lo que supuso una auténtica sorpresa su proclamación de haberse convertido al teísmo a raíz de una serie de argumentaciones filosóficas de Alvin Plantinga, de Frederick Copleston o de Terry L. Miethe, que le llevaron a revisar algunas de sus convicciones filosóficas previas y, entre otras, a reprochar al análisis de la causalidad de Hume, exactamente lo mismo que dice Arana en las primeras páginas de su libro, a saber, que el filósofo escocés no tuvo en cuenta su análisis de la primera Investigación en buena parte del resto de cosas que escribió. La mayor sorpresa la dio Flew cuando anunció, en un simposio en Nueva York celebrado en mayo de 2004, que, a su parecer, la biología del ADN obligaba a considerar como necesaria la intervención de alguna inteligencia en el ensamblaje de elementos tan extraordinariamente diversos. Para el último Flew, la existencia de las leyes naturales, el origen de la vida y el comienzo del universo, tal como los contemplamos en la actualidad, obligan a llegar a lo divino de manera completamente racional. En el ámbito académico angloamericano, esta afirmación de Flew, un reputado filósofo analítico, que había sido formal y militantemente ateo hasta ese momento, ha dado lugar a una controversia muy notable de la que aquí apenas ha habido eco alguno, lo que no se subraya porque resulte extraño, pero Flew ha dejado muestras suficientes de que su afirmación de que existe un Ser autoexistente, inmutable, inmaterial, omnipotente y omnisciente no constituyó ni un mal paso, ni un equívoco, ni una muestra de senilidad. Este libro se lee con la facilidad que es característica de la mejor tradición anglosajona, una cortesía que se ha perdido a menudo en algunos enrevesados discursos de otros analíticos, y constituye un repaso muy saludable a esas cuestiones últimas en las que, según Flew, y según el Sócrates de la República, hay que seguir a la argumentación hasta dondequiera que lleve.

Esa misma cortesía con el lector se encuentra a lo largo de las cuatrocientas páginas del libro de Arana, en un texto en que se consigue aunar una cierta amenidad de buen divulgador con el examen detenido y cuidadoso de un buen rimero de cuestiones difíciles y abiertas. Arana se proclama «filósofo de la naturaleza», y se atreve a proponer lo que llama una «epistemología del riesgo», esto es, a renunciar al deseo de rigor, mal entendido, que ha lastrado a la filosofía desde la época de Kant, de manera que por su extenso y perito análisis van desfilando todas y cada una de las cuestiones de las que se habla en los best-sellers de divulgación científica, pero para analizarlos en serio, sin adornos a lo «caso Sokal» ni ligerezas a lo Punset. Estamos ante un libro importante, por el tema y por el autor, porque, pese a su modestia, Arana es un filósofo de verdad, y defiende con bravura y brillantez una serie de ideas originales, como la irrelevancia de los supuestos juicios sintéticos a priori, o el equívoco de perseguir certezas, de manera que no reconoce fronteras naturales entre ciencia y filosofía, que han dependido únicamente de contingencias históricas. Su trabajo se consagra a un tema tan central como difícil: el problema de la determinación y el análisis de las categorías más usuales para entenderlo, mediante palabras tan corrientes como «causa», «ley», «azar», «complejidad», términos que, a fuer de ser abundantemente empleados en el lenguaje común, producen una falsa sensación de que entendemos con claridad lo que quiere decirse con ellos, una creencia cómoda que el lector no tendrá otro remedio que abandonar en cuanto se adentre en estas páginas. De este modo, Arana propone y practica una continuidad temática entre la perspectiva científica y la filosófica, sin que eso suponga ninguna concesión al naturalismo, que es lo que resulta más habitual. Algunos, que suponen que la ciencia consiste en el arte de las verdades fáciles, que maneja certezas, pasan demasiado alegremente a pontificar sobre los problemas difíciles, a los que no saben responder los filósofos, ni los científicos. Arana emplea esta distinción entre lo fácil y lo difícil, no sin advertir que se trata de una cierta simplificación, para legitimar la colaboración entre científicos y filósofos en cuestiones que tal vez no puedan responderse, al menos de momento, pero que no por ello hay que dejar de plantear, ni tampoco, lo que sería peor aún, dar indebidamente por resueltas, suponiendo que haya de haber una única respuesta conforme con lo que se supone indica la ciencia. Creo que esta es una posición que no habría disgustado a Lord Russell, que está netamente emparentada con su distinción entre filosofía y ciencia. Es esta saludable impresión de cercanía entre las cuestiones bien precisas y acuciantes que han de discutir los científicos, y la perspectiva filosófica más amplia, lo que impresiona muy gratamente en la lectura de un libro escrito con gran agilidad, pero que no elude ninguna dificultad, y sabe ser sistemático y erudito en la medida conveniente.

La lectura de Los sótanos del Universo nos enfrenta decididamente con problemas y dificultades desde la primera página, aunque el autor se abstiene de crearlos fomentando confusiones; Arana admite sus creencias, pero eso no le impide ser imparcial, intelectualmente honesto, y rigurosamente respetuoso con los autores de los que discrepa, ni le lleva a ser demasiado complaciente con las soluciones que supuestamente podrían parecerle más verosímiles, cercanas o deseables. Su trabajo está lleno de hallazgos históricos y conceptuales, y supone una aproximación muy convincente a la actitud intelectual de los buenos científicos, que siempre han sido más pragmáticos y posibilistas que dogmáticos y doctrinarios. De su excelente análisis de temas tan complejos podría decirse lo contrario de la estupenda cita que aduce de Diógenes Laercio sobre un filósofo estoico que era apaleado por orden de un tirano: «Sólo machacas el cuero que contiene a Anaxarco, a Anaxarco no consigues tocarlo». Orden, certidumbre, estructura, determinismo, reducción, discontinuidad, emergencia, diseño, evolución, contingencia o finalidad no sólo son palabras que aparecen abundantemente, sino que se convierten en temas que se examinan a fondo, en peleonas cuestiones que se ven sometidas a una inquisición sostenida, pero siempre atractiva. Por supuesto, pueden discutirse muchas de las sugerencias y afirmaciones de Arana, porque el libro no es sino una enorme, docta y civilizada polémica, pero cualquier lector con ganas de saber más sobre la abigarrada complexión física y biológica de la realidad, y sobre la historia de los conceptos con que nos referimos a ella, quedará agradecido por el completo recorrido temático e histórico que nos ofrece nuestro autor en un libro que es una gran incitación a pensar, y a que crezca en nosotros la admiración por la maravilla que es el mundo, y la esperanza que eso nos pueda sugerir, dicho sea para acabar coincidiendo con lo que piensa Flew.

José Luis González Quirós es profesor de Filosofía en la Universidad Rey Juan Carlos.

31/01/2013

 
COMENTARIOS

Fran Saurí 01/02/13 20:12
Saludos.

Desde mi muy modesto conocimiento de la obra de Kant, me chirrían ciertas afirmaciones sobre éste a la hora de situar los libros que reseñas. Si te he entendido bien, estos dos libros van contra la forma kantiana de entender la razón dado que, desde ésta, se “sospecha sobre las posibilidades de la razón” y la filosofía carece de un carácter suficientemente “ambicioso”.

En efecto, creo que tienes razón en decir que Kant sospecha de las posibilidades de la razón. Pero no dice que no la usemos para hacer lo que hacen Flew y Arana. Porque eso sería olvidar los usos hipotético y regulativo de la razón. Lo que creo que dice Kant es que tales productos de la razón no se pueden presentar como ciencia.

Sí que hay fronteras entre ciencia y filosofía, lo que pasa es que, puestos a filosofar, debemos dejar que la razón nos lleve. Tanta razón tiene Dawkins en presentar al ateísmo como UNA consecuencia de la ciencia, como Flew tiene razón en presentar el teísmo como OTRA. Como bien dices, se trata de posturas filósoficas: la postura de Dawkins se llama naturalismo y la de Flew y Arana se llama teísmo. Y es precisamente Kant quien señaló que ambas son racionales, pero no podemos decidir entre ellas científicamente.

Afirmas que la ciencia a veces no puede responder “pero que no por ello hay que dejar de plantear, ni tampoco, lo que sería peor aún, dar indebidamente por resueltas, suponiendo que haya de haber una única respuesta conforme con lo que se supone indica la ciencia.” No creo que la distinción de Kant entre razón vaga y razón equivocada esté muy lejos de esto que dices.

Finalmente, no digo que muchas filosofías no estén faltas de ambición. Pero también hay que recordar permanentemente que la estela kantiana está ligada a la sospecha contra el intento de imponer a los demás los productos de la propia fe y la propia razón.

Carlos Campos 04/02/13 16:43
No soy un experto en la materia a debate pero sí un, creo, buen lector preocupado por el debate en cuestión. Y tengo que confesar que he leído con sumo interés y atención el libro de Antony Flew, y que no me ha conmovido y mucho menos convencido. Ni lo más mínimo. Me ha parecido bastante pueril y como escrito sin convicción.

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