RESEÑAS

El humo ciega tus ojos

José María Guelbenzu
Mentiras aceptadas
Madrid, Siruela, 2013
432 pp. 19,95 €

Si algún improbable crítico positivista del futuro Mundo de la Información se dedicara a contabilizar el número de veces en que los personajes de ficción de la antigua literatura encienden un cigarrillo (o consumen alcohol, pues ambos gestos parecen ir necesariamente de la mano), seguramente las novelas de José María Guelbenzu ocuparían un lugar de privilegio en ese hipotético Libro Guinness de los récords literarios. Desde los ya lejanos años de El mercurio hasta esta última, por ahora, novela del narrador madrileño, las criaturas novelescas que viven en su obra no dejan pasar ninguna ocasión, en soledad o en compañía, en la que no se vean envueltos por el humo que desprenden sus cigarrillos o los efluvios que emanan de sus copas. Esto, desde luego, es una marca de época, es constante en la literatura de esa generación, y en el cine del siglo XX que nos ha alimentado a todos, y sus resonancias van desde la denuncia indirecta de la asfixiante sociedad española del franquismo, de la que sólo podía escaparse momentáneamente por medio de los refugios imaginarios permitidos –entre los que se encontraban, desde luego, el alcohol y el tabaco, pero también, en ocasiones, la literatura–, hasta el valor simbólico que adquieren como objetivación del desamparo y el desconcierto de los personajes. No es extraño, pues, que su presencia sea constante en los novelistas de la generación de Guelbenzu, aunque en este último el fenómeno sea más intenso, como si el autor no supiera imaginar una escena sin que, en algún momento, sus personajes se aferren a un cigarro o a una copa. Cuando leo sus novelas, mi sensación es que las escenas están siempre envueltas en humo, lo mismo que el mundo interior de sus personajes. La confusión y el desplazamiento que son constantes en su vida psíquica parecen manifestarse en esa bruma que permanentemente les rodea.

Y, además, está la novela negra, claro. Mucho de ese humo proviene del cine en blanco y negro, surge de los labios de Humphrey Bogart o de Robert Mitchum, de las páginas de Raymond Chandler y Dashiell Hammett, de los clubes de jazz y del existencialismo. Expresa el desencanto, el desconcierto y la disidencia. Y la novela negra es uno de los principales elementos narrativos en Mentiras aceptadas. Desde El sentimiento (1995), Guelbenzu había acostumbrado a sus lectores a dos tipos diferentes de novelas: obras más ambiciosas literariamente, de introspección psicológica y vuelo lírico, como Un peso en el mundo o El amor verdadero; y una serie de novelas policíacas, como No acosen al asesino o La muerte viene de lejos, en las que el estilo se simplificaba en favor de una trama convencional de investigación criminal. Ahora, con esta nueva obra, parece Guelbenzu haber decidido que las dos formas pueden fusionarse en una sola novela, aunque me parece que la mayor parte de los problemas que presenta proceden, precisamente, de ahí, en especial del hecho de que el elemento «negro» se usa más como pastiche que como instrumento eficaz al servicio de la intención del autor, a la vez que su presencia parece contaminar también al estilo, aligerándolo. En otras palabras: los elementos propios de la novela negra, al recibir un tratamiento paródico, tienen como consecuencia que la novela entera pierda fuerza, que el lector no acabe de creerse sus planteamientos ni, desde luego, a sus personajes, además de provocar una serie de inverosimilitudes y contradicciones de las que hablaremos más adelante.

El tema de la novela son las «mentiras aceptadas» sobre las que estamos construyendo el mundo, la hipocresía económica, social y política que, al mismo tiempo que consentimos, parecemos asumir como inevitable. Y un género muy fértil para este tipo de denuncias ha sido siempre la novela negra. A buen seguro, Guelbenzu, como su personaje Justo Paleta, escritor de ese tipo de obras, cree que «la novela negra tenía una misión que cumplir denunciando las corruptelas de la sociedad contemporánea […]. Paleta era un fanático de la novela negra clásica que, en su opinión, tan eficientemente había retratado la podredumbre moral y económica de su sociedad» (p. 384).

La novela cuenta la historia de Gabriel Cuneo, guionista de series de televisión, divorciado de Isabel, con la que tiene un hijo, Martín. Isabel se ha vuelto a casar con un alto ejecutivo de un banco, al que, posteriormente, abandona, en una maniobra que implica tenebrosas luchas financieras por el poder en las que ella desempeña un papel esencial, para ser la amante de un personaje aún más rico y poderoso, el «magnate» Perfecto Alumbre, una especie de self-made son of a bitch, que parece modelado teniendo en mente la imagen de Jesús Gil (la primera vez que oímos hablar al personaje, en una reunión con Gabriel y su productor, que buscan su apoyo financiero para un proyecto cinematográfico, el individuo se expresa así: «Asín que dices que nos hace falta una esnosis… un esnosio… un….»; lo que el hombre quería decir era «sinopsis»). La principal preocupación de Gabriel es el bienestar de su hijo, al que quiere sacar de ese ambiente malsano en que lo cría su madre. Este mundo de maniobras financieras, escándalos de prensa amarilla, luchas por el poder, sobres que cambian de mano con información comprometedora, sexo y ambición despiadada es el material narrativo que permite a Guelbenzu utilizar los mecanismos de la novela negra, mientras que la lucha de Gabriel por conseguir sacar a su hijo de ese mundo le sirve para tratar el otro gran tema de la novela, el de la relación padre-hijo, éste de tinte más psicológico y personal, cuya relevancia se afirma ya desde la cita de Virgilio (que es también el nombre del padre del Gabriel) que encabeza la novela y que se relaciona con una de las obsesiones del novelista: la imposibilidad de transmitir la propia experiencia («Sí, eso es la experiencia: una cadena de errores», p. 146; «la experiencia no es más que la historia de uno mismo: un asunto personal», p. 368).

La historia abarca casi un año de la vida de sus personajes, entre febrero y diciembre de 2005, y no es casual que la novela se abra en invierno, con una gran nevada, y se cierre también en esa estación. La primera escena va a marcar el tono ominoso que se desprende de su trama y de sus personajes: Gabriel contempla, mientras desayuna en una cafetería, un accidente de tráfico en el que muere un niño e, inevitablemente, piensa en su hijo. En su arranque, parece que en la novela va a predominar el estilo simbólico e introspectivo tan familiar para los lectores de Guelbenzu (la nieve o las figuras de mariposas talladas en los cristales de las ventanas como manifestación de la fatalidad y el destino, las repeticiones asociadas a dos personajes diferentes –Isabel y María, amante fugaz e historia de amor fracasada de Gabriel–; o la imagen congelada de la estatua de Colón señalando el horizonte), pero, progresivamente, va dejándose de lado este estilo, sobre todo cuando entran en escena el resto de los personajes, que pierden sustancia individual en favor del subrayado de sus rasgos más típicos (el abogado sin escrúpulos, el periodista de chismes rijoso y corrupto, el financiero ignorante y brutal, la femme fatale inverosímilmente encarnada por el personaje de Isabel, etc.). Pero la mejor manera de explicar por qué todos estos personajes y estos elementos narrativos reciben un tratamiento contradictoriamente desrealizador es hablar de Justo Paleta, el escritor de novela negra. Ya su mismo nombre suena a falso, pero es que toda su vida lo es: trata de vivir como uno de los detectives de las novelas que ama, y se compra gabardinas que no le abrigan, consume alcohol hasta altas horas en tugurios infectos, y se enamora de una rubia sensual (a la que conoce en una cinematográfica escena, cuando ella atrapa con la mano un vaso de gimlet que Justo ha lanzado por la barra del bar) que, inevitablemente, lo llevará a la desesperación cuando decida largarse con el periodista Mario Pescador (que se dedica, precisamente, a pescar cuanta suciedad puede, y vive de esa carroña). Este abandono dispara la creatividad de Justo Paleta, que empieza a escribir como venganza una despiadada novela negra –en la que él es el detective protagonista, por supuesto– inspirada en la conspiración que protagonizan Alumbre e Isabel, la ex de Gabriel, pues Pescador está intentando obtener de ellos algún beneficio mediante el chantaje. Guelbenzu no nos ahorra la prosa de Paleta y, en capítulos alternados, se incluyen las páginas de su novela Ciega violencia (otro título debido al ingenio de Justo Paleta: Los hombres duros no beben té), repleta de tópicos, prosa funcional y violencia tan gratuita que está claro que la intención de Guelbenzu es hacer un pastiche de ese tipo de lenguaje (talento éste del pastiche que ya ha demostrado sobradamente el novelista a lo largo de su dilatada carrera como narrador). También da a la novela un aire metaliterario (recuérdese que Gabriel Cuneo es también escritor: a su pluma se deben la serie de televisión El amo de su casa y el culebrón Vencida de amor), pues la trama y personajes de Mentiras aceptadas reaparecen, mutatis mutandis, en las de Ciega violencia. Esto, sin embargo, lejos de enriquecer a la novela, la perjudica, porque ese tono paródico acaba por aparecer también –en mi opinión, involuntariamente– en las escenas serias, que abundan en inverosimilitudes e incoherencias. Por ejemplo, ¿es verosímil que un personaje como Isabel, una mujer inteligente, desde luego ambiciosa, pero decididamente con clase, acabe con un personaje como Alumbre, que basa su fortuna en la extorsión y la violencia, y es un compendio de vulgaridad? Se diría que la necesidad de que en la trama haya una mujer fatal, belle dame sans merci que arrastra a todos los hombres a la perdición, ha tenido como víctima la credibilidad del personaje de Isabel. Lo mismo podría decirse de la relación de Mila, la exmujer de Perfecto Alumbre, con Antón Patriarca, o de las innumerables casualidades que relacionan a todos los personajes. En otras ocasiones hay escenas que se contradicen entre sí: en un capítulo, Perfecto Alumbre encarga al abogado Perea que se ocupe de Mario Pescador, pues el periodista pretende chantajear a Isabel, mientras que en otro posterior es el propio abogado quien advierte a Isabel de los manejos del chantajista, y entre ambos deciden que es mejor que Alumbre no lo sepa. La impresión es que el novelista no termina de tomarse en serio todos esos elementos, y por ese camino es muy difícil que pueda hacerlo el lector.

En un momento de la novela, Gabriel siente algo que lo reconcome, y Guelbenzu lo expresa en una frase hermosa: «era la necesidad de entender el camino por el que el mundo al cual pertenecía como simple ser humano se dirigía al futuro» (p. 126). Esa debería ser la ambición de cualquier novela, de cualquier obra literaria. Es una lástima que esta novela de José María Guelbenzu no lo logre, cegada como está por el humo de sus propias convenciones.

Pedro López Murcia es escritor y autor de El asesino temporal (Madrid, SM, 1998).

22/02/2014

 
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