RESEÑAS

Recuperando al «caudillo de Castilla»

Matteo Tomasoni
El caudillo olvidado. Vida, obra y pensamiento de Onésimo Redondo (1905-1936)
Granada, Comares, 2017
336 pp. 31,50 €

Aunque con considerable retraso y menor abundancia que la llamada falangística −es decir, el conjunto de trabajos sobre Falange Española de las JONS, sus vicisitudes, hechos (presuntamente) heroicos y protagonistas principales, redactados durante la vigencia del régimen franquista o ya durante la democrática por autores situados en el entorno ideológico falangista−, la historiografía académica viene ocupándose desde hace años –a partir de los trabajos pioneros de Stanley G. Payne y de Herbert R. Southworth− de la misma temática. Dentro de este conjunto, y aunque con un ritmo de aparición bastante sincopado, contamos con biografías de los dos líderes principales del, por otra parte, minúsculo mundo del fascismo español de preguerra, en concreto de José Antonio Primo de Rivera y de Ramiro Ledesma. Sin embargo, faltaba un trabajo referido al tercero, al olvidado −como titula su obra Matteo Tomasoni− Onésimo Redondo. Un libro que resulta de un trabajo de tesis doctoral dirigido por un destacado especialista en la historia de los fascismos −incluyendo la Falange−, el profesor Ricardo Martín de la Guardia, y que viene complementado con un prólogo de Ferran Gallego, estudioso de las culturas políticas del fascismo español y autor a su vez de una excelente biografía de Ledesma. El estudio de Tomasoni no es sólo una monografía de gran rigor académico, sino que permite una ágil lectura. A ello contribuye su estructura, dividida entre una primera mitad centrada en los aspectos biográficos del personaje y una segunda que contiene el análisis de su pensamiento político.

Para redactar el libro, ha podido su autor contar con la documentación personal de Onésimo Redondo, en buena parte inédita, gracias a las facilidades dadas por su custodia, Mercedes Redondo Sanz-Bachiller, hija del biografiado, y de Mercedes Sanz-Bachiller, su joven viuda, que le sobrevivió más de setenta años tras su muerte en un hecho de guerra de julio de 1936; y protagonista ella misma de una destacada trayectoria política a partir de ese momento. Es de agradecer, en éste y en otros casos, la amplitud de miras que la facilitación de tal acceso implica por parte de las familias de personajes de nuestra Historia reciente, en claro contraste con las actitudes de negación o de eterna demora, que también se dan, hurtando a la investigación académica fuentes fundamentales.

El Onésimo Redondo que nos muestra Tomasoni es el del tercero en importancia de la tríada formuladora del nacionalsindicalismo; un puesto autoasumido sin, al parecer, demasiado dolor –lo que le diferencia de los ambiciosos Primo y Ledesma− y desde el que no aspiraría nunca a competir con ellos. Un Redondo voluntariamente centrado en sus Valladolid y Castilla, inquieto desde siempre, y permanentemente, por el sindicalismo agrario del cual vivía y que irá más (mucho más) lejos en la militancia católica de la que fundamentalmente procede un José Antonio Primo o, por supuesto, un Ramiro Ledesma. Es el mismo Onésimo que, de manera singular y de nuevo diferenciada de los otros dos, está convencido de la existencia de una conjura o contubernio judeo-masónico-bolchevique ya en curso de ejecución para acabar con España. El mismo que sostiene un antisemitismo no adquirido −como suele decirse− a raíz de su estancia en Alemania en 1928, sino enraizado tanto en la vieja tradición cristiana como en la «moderna» ola antijudía que recorría Europa desde finales del siglo XIX. Ola a la que él contribuyó destacadamente, al difundir, reproduciendo en 1932 y en la primera de las dos publicaciones que dirigió en Valladolid (Libertad) la obra capital de esta corriente, Los Protocolos de los sabios de Sión, la biblia –valga la paradoja− del racismo antisemita, publicada por primera vez en 1905 y reeditada en varias ocasiones.

Tomasoni recalca el carácter autodidacta de la formación de Onésimo frente a las de los otros dos dirigentes, más ordenadas y conectadas con sectores de las elites intelectuales. También, su querencia por Valladolid y por una Castilla que considera cuna de la nación española y núcleo desde el que debe ser reconstruida y «reconquistada». Muestra al católico militante, formado en el colegio de La Salle y en congregaciones como la de los (jesuitas) luises, para después formar parte, en tanto que miembro destacado, de la Asociación Católica Nacional de Propagandistas de la Fe. Será precisamente gracias a los contactos establecidos con la cúpula de la misma –los hermanos Herrera Oria− como conseguirá pasar un curso académico en Mannheim durante la época de la Alemania de Weimar. Allí conocerá de cerca el que será su primer modelo político, el partido católico por excelencia Zentrum, comprometido, moderno y activo defensor del catolicismo en ese país. Será precisamente a partir de esta experiencia cuando, tres años después, y tras el advenimiento de la República en España, le decepcionará la actitud tomada por el principal partido confesional del país, Acción Nacional, con su aceptación y disposición a trabajar desde dentro para transformar el nuevo régimen. Y más aún le enervará la pasividad con que, a su juicio, vivirá el mundo católico español los ataques −a su juicio anticatólicos− que le dirige el nuevo régimen.

Ante todo ello, y aun siendo ferviente partidario de la separación Iglesia/Estado, postulará Onésimo la creación de instrumentos de lucha política de reconquista nacional que sean capaces de acabar con un Estado que considera antinacional (en tanto que favorecedor de los separatismos) y disolvente del sentido católico y tradicional propio de su identidad; un Estado, el republicano, visto como expresión y avanzada en el país de la antecitada triple (judeo-masónico-bolchevique) conjura/contubernio mundial. Ni más ni menos.

Movido por tal afán, nos explica Tomasoni, y convencido de la necesidad de crear un órgano de lucha basado en la movilización juvenil, creará ya en 1931 un grupo (las Juntas Castellanas de Actuación Hispánica) que confluirá poco después con el grupo de Ledesma (La Conquista del Estado) en las Juntas de Ofensiva Nacional-Sindicalista. A principios de 1934, tales JONS se unificarán con Falange Española para formar Falange Española de las JONS. No será llamado Redondo a integrar el triunvirato dirigente, aunque sí, poco después, la Junta de Mando y, siempre, el Consejo Nacional. Primará en él la dirección de la organización regional castellana, siendo Valladolid su base permanente.

Partidario, como Ramiro Ledesma, de la creación de un amplio frente antidemócrata y antiizquierdista −así como, probablemente, de la aceptación de Calvo Sotelo en el seno de Falange Española de las JONS que, al contrario que José Antonio, Ramiro defendía− seguirá a Primo de Rivera en la escisión de enero de 1935, si bien rectificará inmediatamente. Podrá el convencimiento de que es necesaria la unidad, comenzando por la interna y orgánica. Con su permanencia en Falange, aceptará la jefatura de Primo a todos los efectos. Es más, protagonizará una vistosa sumisión pública al Jefe Nacional, que se la exige tras el paso en falso dado. Se subordinará, seguramente sin pesar, a un José Antonio con quien comparte no sólo los postulados generales nacionalsindicalistas y la opción de la violencia y la acción directa como método de actuación, sino también el profundo sentido católico, la noción de Castilla como cuna de la nación española, la primacía económica del agrarismo y una imprecisa noción de Estado sindical (Estado sindical agrario), aspectos estos dos últimos en los que, además, resulta más que probable que influyese destacadamente en el Jefe Nacional, aunque Tomasoni no lo resalte. El nacionalsindicalismo significa para ambos la expresión de la voluntad de romper la vieja clase política para construir un nuevo Estado, a la vez nacional y social, y para regenerar la nación española, salvándola de las amenazas que se ciernen sobre ella –incluyendo, destacadamente, los separatismos− y proyectándola en un imperio que, para Onésimo, es sobre todo cultural.

Junto con el antisemitismo, distingue a Onésimo de José Antonio y de Ledesma un mayor conservadurismo. Nos explica el autor cómo en el primer Redondo lo importante no es tanto el fascismo (de hecho, rehúsa participar en la aventura de El Fascio, por considerar la iniciativa extranjerizante) como la realización de una revolución hispánica que favorezca la conservación del sentido tradicional y espiritual de la nación; su salvación y resurgimiento; y la necesidad de implantación de la justicia social por la vía del sindicalismo nacional. Su pensamiento se inspirará sobre todo en Menéndez y Pelayo, Juan Donoso Cortés, Jaime Balmes, Ernest Renan, el padre Ayala, Ramón Nocedal, Ramiro de Maeztu y Georges Sorel, entre otros.

A través de la parte estrictamente biográfica del libro podemos seguir los orígenes familiares de Redondo, estrechamente relacionados con el campo y la agricultura; su formación y cruciales años universitarios; su proyección profesional como secretario del Sindicato de Agricultores de Remolacha de Castilla la Vieja, muy ligada a su interés político; su vida junto a Mercedes, que incluye el exilio en Portugal a raíz de una sanjurjada en la que no participa; su militancia en Falange y encarcelamiento en marzo de 1936, así como la liberación el 18 de julio de 1936 de la cárcel de Ávila y la recuperación de la dirección efectiva de la Falange castellana y de sus milicias, ahora en guerra. También, su muerte en un encuentro con milicianos de la Columna Mangada de camino al Alto del León (Segovia), seis días después de salir de la cárcel. Una de las muchas aportaciones informativas y analíticas que presenta el libro es la estrecha relación de Onésimo con su hermano mayor, Andrés, que se erigirá tras su muerte en efímero heredero político. O el personaje de Javier Martínez de Bedoya, que sí sigue a Ledesma en la escisión de 1935 y que, a partir de otra «experiencia alemana» promoverá, junto con Mercedes Sanz-Bachiller, la creación del Auxilio de Invierno en Valladolid, después llamado Auxilio Social y extendido a toda la zona nacional. Un Bedoya que no será ni ministro ni subsecretario, tras ser propuesto en varias ocasiones, y que acabará desposando a la viuda del caudillo de Castilla, es decir, del propio Onésimo.

El libro de Tomasoni, impecablemente investigado, está pidiendo a gritos una revisión tipográfico-formal más cuidadosa. Ello no resta mérito alguno a un trabajo que resulta excelente tanto en su planteamiento y realización como por el hueco biográfico que viene a llenar, representando sin duda un punto de inflexión fundamental en el conocimiento académico de la figura política de Onésimo Redondo. Es de esperar que, tras las biografías académicas de los tres pequeños-grandes del mundo del fascismo de preguerra, vengan otras más, dedicadas a otros miembros de la dirección de las JONS y Falange Española de las JONS de los años republicanos, hasta la Unificación del 19 de abril de 1937. Incluyendo, por supuesto, al partido único del régimen de Franco. Esa Falange Española Tradicionalista y de las JONS-Movimiento Nacional que perduró cuarenta años (ni más ni menos que hasta abril de 1977), y de cuyos varios jerarcas nos queda aún mucho por saber.

Joan Maria Thomàs es Investigador ICREA Academia y profesor de Historia Contemporánea en la Universidad Rovira i Virgili. Sus últimos libros son El Gran Golpe. El “caso Hedilla” o cómo Franco se quedó con Falange (Barcelona, Debate, 2014) y José Antonio. Realidad y mito (Barcelona, Debate, 2017).

10/07/2017

 
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