RESEÑAS

¿Dónde está el baño?
rnY otras dudas existenciales de un estadounidense en Madrid

Ben Lerner
Saliendo de la estación de Atocha
Barcelona, Mondadori, 2013
Trad. de Cruz Rodríguez Juiz
208 pp. 16,90 €

Cuando el joven poeta Adam Gordon llega a Madrid procedente de Estados Unidos con una prestigiosa beca para hacer algo vagamente relacionado (ni él ni nadie saben muy bien qué) con la poesía española, no conoce España, y no habla castellano. Ni siquiera sabe en qué tipo de clima se mete, y se lleva una sorpresa poco grata al descubrir que ¡en Madrid hay invierno! Es el año 2004, y la novela sigue los encuentros y desencuentros de Adam con los madrileños y sus instituciones, museos, fundaciones, restaurantes, bares, etc. Antes de llegar a España, se creía un chico cosmopolita y culto, pero confiesa que ni siquiera sabía que Ortega y Gasset era una misma persona: «Busqué en Internet citas de Ortega y Gasset, de quien en otra época pensaba que era dos personas, como Deleuze y Guattari, Calvin y Hobbes» (p. 181).

Se alquila un modesto ático en el barrio de las Letras, donde pasa muchas noches solitarias leyendo y entregado a la melancolía y a vicios varios, pero el ataque terrorista del 11-M le pilla en pleno ataque maníaco excesivo: en la cama, en una habitación del hotel Ritz, con su novia madrileña. Ernest Hemingway dijo que Madrid era «la capital del mundo», pero, a pesar del amor, el Ritz, la literatura, y la bombas, Saliendo de la estación de Atocha no tiene nada que ver con Fiesta ni con Por quién doblan las campanas. La España de Adam no es la de los toros, la pesca, los telegramas y el coñac Fundador. Es la de los porros, las cañas, las manifestaciones, los farmacéuticos antidepresivos, el correo electrónico y los poetas con melena.

En parte, el éxito de la novela se debe al brillante talento cómico del autor. El personaje de Adam Gordon es misántropo, vanidoso, mentiroso, tímido, e infantil. La novela está contada en primera persona, pero es fácil imaginarnos cómo Adam tropieza por las calles de su barrio, casi como si estuviéramos viendo una película. Su malestar al llegar a una fiesta recuerda la divertida película El guateque, de Blake Edwards, en la que Peter Sellers hace el papel del desorientado Hrundi V. Bakshi intentando pasar inadvertido en Beverly Hills. Adam explica su táctica para encajar en Madrid:

[…] cobré dolorosa conciencia de no ser lo bastante atractivo para el entorno; por suerte tenía una estrategia para tales ocasiones […] abría los ojos un poco más de lo normal, los abría hasta un punto concreto, enarcando las cejas y permitiendo también que la boca se curvara para insinuar una sonrisa. Una vez conseguida la expresión, la mantenía, una expresión que transmitía incredulidad mezclada con familiaridad, un aburrimiento atenuado tan solo por un vago interés antropológico por el entorno, una expresión que contenía una dosis de desdén. (p 29)

A pesar de sus esfuerzos por ser atractivo, no se cree lo suficientemente apuesto para triunfar con las chicas. Para ligar con seguridad recurre a una mentira tremenda y efectiva: que su madre ha muerto. Esta trola tiene precedentes narrativos, es la misma que usa el pequeño Antoine Doinel en Los cuatrocientos golpes, de François Truffaut, para que la profesora no le castigue por faltar a clase. El embuste no sólo cuela, sino que funciona, pero su éxito romántico queda contaminado por el sentimiento de culpa hacia su madre, quien, para colmo, es psicóloga, encantadora y está como una rosa en Topeka (Kansas).

Madrid, tal y como lo vive Adam, es un agridulce caos lingüístico y cultural, entre la poesía, la prosa, el castellano, el inglés, la obra de Federico García Lorca y las conversaciones por Messenger con su mejor amigo, que está en México. Una mesa redonda tras una lectura de poesía le resulta humillante, y decide que «No volvería a repetir el error de hablar a menos que me obligaran, me prometí a mí mismo» (p. 187).

El estilo de vida español le desconcierta. El saludo de los dos besos en la mejilla le sale mal, y siempre acaba, sin querer, besando a alguien en la boca. Hace un esfuerzo por echarse la siesta, por acoplarse a la cultura, para acabar descubriendo que los españoles no se pasan la tarde dormidos.

Pero lo que más le deprime es ver a otros norteamericanos, los que plagan los museos con su estribillo de «¿Dónde está el baño?», los estudiantes que se quejan de la comida, los de «mediana edad con sus riñoneras y sus sombreros de pescador», los «mochileros barbudos» que hacen gala de prescindir del agua corriente y, lo peor de todo, los que son como Adam mismo:

[…] reservaba mi antipatía más intensa para aquellos estadounidenses que intentaban no desentonar, que trababan amistad con españoles y evitaban la compañía de sus compatriotas, que se negaban a hablar inglés, y que, cuando hablaban español, exageraban el ceceo peninsular. Al principio no me di cuenta de la presencia en Madrid de esos estadounidenses más discretos, más sutiles, pero a medida que fui convirtiéndome en uno de ellos comencé a percatarme de su abundancia; estaba felicitándome por almorzar con Isabel en un restaurante sin turistas, felicitándome por conocer la España auténtica, que sólo definía por negación como un espacio libre de estadounidenses, cuando mi mirada se cruzaba con la de un hombre o una mujer de otra mesa, de veintipocos o treinta y pocos, rodeado o rodeada de españoles, reticente en comparación con el resto del grupo y que fumaba con aire un poco huraño, y entonces lo sabía, los dos sabíamos de inmediato que estábamos cortados por el mismo patrón. (pp. 52-53)

Tras la inocencia y la gracia de un joven extranjero despistado se esconden preguntas más serias y sensibles: ¿qué es la poesía? ¿Cómo se relaciona la literatura de una lengua con la de otra? ¿Qué valor tiene el arte? ¿De qué sirve viajar a otro país, aprender otra lengua? ¿Qué hace un joven poeta de Kansas a principios del siglo XXI delante de un cuadro flamenco del siglo XV en el Prado? ¿Cómo debe uno responder a un atentado terrorista en tierra ajena? Intenta ir de pasota indiferente, pero le traiciona la pasión por las palabras, en cualquier lengua. Lo que más puede disgustarle es la poesía mala calidad, y descubre que, entre los poetas españoles actuales, no son todos del nivel de García Lorca ni de Miguel Hernández. En un recital de poesía, se escandaliza ante la obra de un poeta español que va de Poeta, y que «pronunció lo que supuse que correspondería al título del primer poema: “Mar”. Para mi sorpresa, resultó del todo ininteligible, un esperanto de clichés: olas, corazón, dolor, luna, pechos, playa, vacío, etcétera, recitados de forma tan empalagosa que me pasó por la cabeza la idea de que el aparente fervor fuera paródico. Pero entonces leyó el segundo poema, “Distancia”: montañas, cielo, corazón, dolor, estrellas, pechos, río, vacío, etcétera» (p. 40).

El antihéroe de Lerner tiene mucho en común con otros protagonistas frágiles norteamericanos, como Holden Caulfield, de El guardián entre el centeno, de J. D. Salinger, o Esther Greenwood, de La campana de cristal, de Sylvia Plath. Al igual que estos antecedentes literarios, Adam tiene una crisis de identidad, quizás intensificada por encontrarse en el extranjero, pero no debido a ello.

También tiene un lejano antepasado español. Como Don Quijote, Adam se lamenta de no haber nacido en alguna utópica edad de oro: «Felices los tiempos en que el cielo estrellado era el mapa de todos los caminos posibles, tiempo de una integración social tan perfecta que no hacía falta ninguna droga para unir al héroe con todo» (p. 75)

Pero resulta que en la época del Prozac, Internet, y de los atentados controlados por teléfono móvil, sigue habiendo literatura. La buena noticia es que un joven poeta como Ben Lerner haya podido publicar esta primera novela –sin agente literario– con una pequeña editorial norteamericana. Sin grandes aparatos publicitarios, ha sido un éxito espectacular de crítica y de ventas. Gracias a la cuidada traducción de Cruz Rodríguez Juiz, llega al castellano. Un pequeño milagro para tiempos imperfectos.

Soledad Fox Maura es profesora de Lenguas Románicas en el Williams College, en Williamstown (Massachusetts). Su último libro es Constancia de la Mora: esplendor y sombra de una vida española del siglo XX (Sevilla, Espuela de Plata, 2008).

06/03/2013

 
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