RESEÑAS

Crimen y compasión

Javier Cercas
Las leyes de la frontera
Barcelona, Mondadori, 2012
384 pp. 21,90 €

El éxito de la narrativa de Javier Cercas se ha asentado, hasta esta última novela, en tres virtudes que no suelen coincidir: ha sabido elegir la mejor historia –entendida como sucesión de peripecias–, la etapa histórica más pertinente y la mejor estrategia narrativa. La notoriedad de su peculiar poética, mediante la que humaniza hechos o períodos de cierta trascendencia, ha provocado que sus obras no se analicen de forma exenta, sino vinculadas con un corpus ya largo cuyo mayor logro fue su notable novela/ensayo anterior, Anatomía de un instante. En sus páginas narraba con detalle y agudeza las causas y consecuencias del golpe de estado fallido del 23-F, centrándose en el coraje y las contradicciones de Adolfo Suárez. En consecuencia, la publicación de Las leyes de la frontera ha generado una considerable expectación, tanto en los lectores como en los medios. Quienes consideren envidiable tal posición olvidan que tras un triunfo casi unánime el autor queda obligado a repetir o superar el logro anterior o, lo que es lo mismo, y desde una perspectiva matemática, las posibilidades de fracaso al menos igualan a las de éxito.

Las probabilidades de decepción aumentan si el autor opta por el riesgo. Pocos experimentarían en una obra que podría suponer su asentamiento en la elite de la narrativa nacional. Sin embargo, Cercas lo hace. Sin miedo, incluso con cierta temeridad, se embarca en un diálogo de casi cuatro centenares de páginas, en el que un escritor no identificado –trasunto del propio autor– interroga a tres personajes sobre la vida de un delincuente de los años setenta apodado el Zarco y toda su troupe. Entre los interrogados, con carácter de coprotagonista, destaca un abogado que en sus años jóvenes formó parte de la banda. Como ocurría en Soldados de Salamina –y en otras muchas novelas de nuestro tiempo, como la exitosa HHhH, de Laurent Binet (Barcelona, Seix Barral, 2011)– muestra el proceso de escritura de una supuesta novela futura. Así pues, la historia elegida es relativamente convencional, incluso conecta con el actual revival de los delincuentes de los años setenta y de las películas de Eloy de la Iglesia, y tampoco resulta extraña su pretensión, claramente metaliteraria, de narrar desde atrás, desde la trastienda. La apuesta aparece en la elección de un punto de vista que renuncia a las facilidades que regalan tanto un narrador en tercera persona como una primera más o menos objetiva.

Digámoslo ya: Las leyes de la frontera no alcanza las elevadas expectativas que ha generado. La primera causa es ese enorme diálogo cuya inevitable oralidad coarta la imprescindible expresividad. El problema se concreta en el excesivo peso de la información directa sobre la creación de escenas y, por encima de todo, en la limitación de la mayor –y muy anglosajona– virtud de Cercas: el dominio del tiempo, la capacidad para convertir un segundo en varias páginas sin pérdida de intensidad. Además, la omnipresencia del estilo directo aproxima demasiado la novela a ese boceto que finge ser, incluso a un tratamiento cinematográfico, y provoca que el lector –a un tiempo interesado, porque los enganches de Cercas logran capturarle, y cansado– añore la futura novela. Se echa de menos, en suma, un cambio de narrador, aunque sea sólo en la parte final de la novela, como ocurría en Soldados de Salamina, la aparición de una voz más segura, menos limitada, que permita la plena utilización de todos los recursos narrativos. El problema se incrementa por el excesivo parecido entre las voces que, es cierto, pertenecen a personajes de similar edad y condición, pero deberían poseer campos semánticos propios que facilitaran su identificación por el lector y asentaran aún más su carácter.

El Zarco –mezcla del mítico Vaquilla y de otros delincuentes de su época–, aunque fuera el ladrón más famoso de sus hipotéticos tiempos, no alcanza la repercusión ni la altura ética del Miralles de Soldados de Salamina ni, mucho menos, de Adolfo Suárez. Es, simplemente, un delincuente juvenil cuya capacidad para conmover es reducida, pese a su nítida progresión y sus adecuados matices (el problema no proviene tanto de la elección –la épica de un quinqui puede resultar tan conmovedora como la de un héroe–, sino de las carencias de un punto de vista que cercena la expresividad). Otra decisión cuestionable es la elección como escenario de Girona, una ciudad bella pero carente de una tradición negra. Aunque en los años setenta tuviera un minúsculo barrio chino, Girona se asocia en la mente del lector con civismo y bienestar, y el narrador elegido por Cercas no facilita en absoluto la creación de un espacio mítico que altere esa idea predeterminada. Si hubiera escogido Barcelona, el imaginario colectivo habría suplido en parte la falta de olores, sabores y escenas. Porque el lector contempla las turbulencias de la España de los años setenta, pero no termina de sentirlas, lo que no implica que la expresividad no exista, sino que no es suficiente. De hecho, cuando la crea, por ejemplo en el despertar sexual iniciático del futuro abogado, el lector se implica mucho más en lo narrado.

Entre los aciertos debe destacarse un final que, como ocurre en Anatomía de un instante o Soldados de Salamina, sabe localizar la emoción del lector: de cualquier lector, sea un lector profesional o un amante de los best sellers. También resalta lo creíbles que son, pese a sus limitaciones, los sentimientos de los personajes, en especial del protagonista femenino, esa Tere que deambula entre la supervivencia y la llamada de los orígenes. No puede olvidarse su excelente dominio del argot callejero, una crítica a la sociedad del espectáculo más que pertinente y la demostrada capacidad de Cercas para la creación de conflictos que combinan repercusiones externas e internas, generando ambigüedades y lazos de muy difícil resolución. Pero el mayor logro de la novela es la presencia de una compasión de la mejor especie: la capacidad del autor para situarse en el lugar del otro, aunque ese otro esté muy lejos, y comprender sus motivos. Para conseguir que un quinqui no sea sólo un quinqui, sino un hombre o una mujer, para lograr que el lector se sitúe bajo la piel de un hombre acosado y entienda que reacciones o actitudes que considera insólitas no son tan extrañas. Una novela, en fin, tan imperfecta como estimulante.

Recaredo Veredas es profesor de escritura en Escuela de Letras y Fuentetaja. Su último libro publicado es el poemario Nadar en agua helada (Madrid, Bartleby, 2012). Colabora con diversos medios culturales y ha sido fundador de la revista digital Culturamas.

24/10/2012

 
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