RESEÑAS

Contra el absolutismo de la realidad

Sibylle Lewitscharoff
Blumenberg
Buenos Aires, Adriana Hidalgo, 2013
Trad. de Claudia Baricco
270 pp. 17 €

Hans Blumenberg nació en Lübeck el 13 de julio de 1920 y murió en Münster el 28 de marzo de 1996. Entre ambas fechas fue un alumno brillante al que se le denegó el acceso a las universidades alemanas por su condición de «Halbjude» (medio judío); un condenado a trabajos forzados que sobrevivió al nacionalsocialismo y a la guerra gracias a la solidaridad de su empleador; un estudiante de filosofía, germanística y filología clásica en la universidad de Hamburgo; un profesor de filosofía en las universidades de Kiel, Gießen, Bochum y Münster; el primer y más importante representante de la «metaforología» (véase abajo); uno de los filósofos alemanes más importantes del siglo XX.

Blumenberg publicó su primer libro en 1960, un comienzo algo tardío para alguien que había completado su tesis doctoral en 1947 y su trabajo de habilitación tres años después; su Paradigmas para una metaforología daba cuenta de las derivas de su pensamiento en la década anterior al tiempo que avanzaba la que sería su principal aportación a la filosofía de su época. En su fundamento, la idea de que, puesto que habitamos el lenguaje y pensamos desde su interior, este es tanto un instrumento del análisis filosófico como su objeto mismo de estudio, que la filosofía necesita abordar para dar cuenta del mundo. Blumenberg, a quien le interesaba especialmente el tránsito de la Edad Media a la Modernidad, desarrolló desde muy temprano un interés por las metáforas, las alegorías y símbolos y los mitos, en los que no sólo halló un cierto tipo de reflexión sino también (en sus transformaciones, apropiaciones y rechazos) la dimensión histórica del lenguaje y del mundo. Así, historiografía, lingüística, filosofía y antropología eran integradas a un pensamiento singular por su desdén de los límites impuestos tradicionalmente a estas disciplinas, así como por el modo (elegante, irónico) en que ese pensamiento se manifestaba (véanse a modo de ejemplo títulos suyos como La inquietud que atraviesa el río: un ensayo sobre la metáfora [Barcelona, Península, 1992], La legibilidad del mundo [Barcelona, Paidós, 2000], Salidas de caverna [Madrid, Antonio Machado, 2004] y El hombre de la luna [Valencia, Pre-Textos, 2010]). En ese sentido, la obra de Blumenberg es tan notable por lo que dice como por la forma en que lo hace, ya que el rechazo de su autor a la elaboración de categorías lógico-conceptuales y su interés por la metáfora le otorgaron un espesor literario poco habitual en los textos filosóficos.

No es sorprendente, pues, que esa obra haya trascendido los círculos de esa disciplina prácticamente desde comienzos de la década de 1960 para convertir a su autor en uno de los filósofos más leídos y apreciados por los escritores alemanes de la época: por una parte, su estilo es muy literario y se impone a las limitaciones que se tengan como lector de filosofía (la escritora alemana Sibylle Lewitscharoff admitió en una entrevista reciente no haberlo entendido durante décadas sin haber perdido por ello la fascinación, por ejemplo); por otra, su método de trabajo (consistente en apropiarse de un mito o de una metáfora de alta circulación y otorgarle un nuevo significado) es básicamente lo que los escritores vienen haciendo desde el comienzo de los tiempos y la razón de que su trabajo tenga relevancia social, incluso aunque no muchos sean conscientes de ello. Blumenberg es, en ese sentido, un filósofo de escritores, que entiende la producción simbólica (también la que llevan a cabo los escritores) como el modo por antonomasia de estar en el mundo, de reflexionar acerca de él, de comprender su deriva y nuestro tránsito en él.

«Lo fascinante en Blumenberg es su indefinición, por decirlo de algún modo, ya que valoró los logros obtenidos por la modernidad, pero, como el melancólico que era, también contabilizó sus pérdidas», afirmó Lewitscharoff en la entrevista antes mencionada. A pesar de ello, son principalmente pérdidas las que hallan cabida en Blumenberg, la novela con la que la escritora de origen búlgaro obtuvo el último Georg-Büchner-Preis, el premio literario más importante de la literatura alemana: las de la caprichosa Isa, que se enamora de Blumenberg y se suicida cuando este cree que la ha rechazado; las de Gerhard, su enamorado, que pierde a Isa y luego se pierde a sí mismo; las de Richard, que cree encontrar la felicidad en un viaje por el Amazonas y a continuación es traicionado; las de Hansi, finalmente, que pierde su belleza y la razón. A todos ellos los vincula el hecho de ser alumnos de Blumenberg; de algún modo, todos orbitan alrededor del filósofo y tratan de comprender las implicaciones de una de las ideas centrales de su pensamiento: la de que nuestra necesidad de consuelo se funda en la incapacidad de obtenerlo en un mundo en el que la secularización y la adopción de la razón científica no han dejado lugar a la maravilla. Esta se produce, sin embargo: una noche, al levantar la vista de sus papeles, Blumenberg ve un león echado sobre la alfombra de su estudio; su presencia no lo intimida, más bien le infunde «un ánimo extraordinario» (p. 27), y el filósofo empieza a depender de su presencia para realizar su labor.

Sibylle Lewitscharoff nació en Stuttgart en 1954 y recibió el Premio Ingeborg Bachmann por su segunda novela, Pong (1998), a la que siguieron, entre otras, Montgomery (2003), Consummatus (2006) y Apostoloff (2009), por la que obtuvo el premio de la Feria del Libro de Leipzig. A excepción de esta última y de Blumenberg, el resto de su obra permanece inédita en español, lo que posiblemente se deba a la visión consuetudinaria (y aún vigente entre muchos de los editores en esta lengua, desafortunadamente) de que la literatura alemana es rigurosa, lenta, improbable en extensiones menores al medio millar de páginas, impermeable al humor. No es el caso de las de Lewitscharoff, que, de ser verdad el prejuicio mencionado antes, sería la menos alemana de las escritoras alemanas contemporáneas. Un buen ejemplo de ello es Apostoloff, el viaje que dos hermanas alemanas de origen búlgaro realizan a la tierra natal de su padre, un ginecólogo de esa nacionalidad que se suicidó cuando ellas eran niñas, para depositar sus cenizas en un panteón en Sofía; tras haber cumplido con su deber filial (en realidad, la fantasía de un entrepreneur búlgaro que necesita llamar la atención sobre su nueva empresa de servicios fúnebres), las hermanas recorren Bulgaria en la compañía de un chófer llamado Apostoloff, un joven búlgaro que pretende contagiarlas de su entusiasmo ante las bellezas de su país. Pero las bellezas de Bulgaria sólo existen en la imaginación de los patriotas búlgaros, y a la narradora del libro (la hermana menor, atrincherada en el asiento trasero del coche) no le queda otra alternativa que enumerar fábricas en ruinas, edificios de monumentalidad soviética prácticamente abandonados, restaurantes de música estruendosa con camareras vestidas como prostitutas, residencias de lujo obsceno habitadas por mafiosos sentimentales, etcétera; todo ello con una de las voces narrativas más extraordinarias de la novelística alemana reciente (sólo comparable, pienso, a la de la notable Mejillones para cenar, de Birgit Vanderbeke), una voz caracterizada por el sarcasmo, pero también por la convicción de que «no es con el amor con lo que puede mantenerse a raya a los muertos, sino sólo cultivando un sano odio».

Que Lewitscharoff es una autora dotada de una sorprendente capacidad para cambiar de registro queda de manifiesto si se compara Apostoloff con Blumenberg, puesto que el paroxismo sarcástico de la primera de estas novelas y su velocidad (que es la velocidad con que los paisajes apocalípticos de un país que ha sido víctima del comunismo soviético, primero, y de su propia corrupción e impericia, después, se deslizan ante los ojos de los viajeros) se han convertido en el tono sereno y contemplativo que preside la segunda de las obras. A pesar de su león, Blumenberg no es una novela fantástica ni una obra que dé respuestas con facilidad; tampoco es una biografía de su protagonista: Lewitscharoff se cuidó de no incluir en su libro ni una sola cita textual de la obra de Blumenberg, y los datos biográficos, siendo reales (incluyendo el interés del filósofo por los leones, que lo ocupó en los últimos años de su vida), son presentados aquí de forma indirecta, como si la autora considerase un sobreentendido que son del conocimiento del lector o que no le importasen.

Para comprender por qué aparece el león en la vida de su protagonista (de qué es metáfora, puede decirse), y qué es exactamente ese limbo beckettiano en el que los personajes se reúnen al final de la novela, parece necesario recordar la importancia que Blumenberg otorgaba a las metáforas, a las que (como sostenía anteriormente) consideraba un basamento del lenguaje filosófico que no podía ser reemplazado mediante conceptos. En ese sentido, el león parece la forma metafórica en que Blumenberg se libera de lo que denominó «el absolutismo de la realidad», una forma de saberse a salvo de sus imperativos e incluso del imperativo biológico, lo que resolvería la cuestión del consuelo: si el león existe (y, de hecho, para Blumenberg existe) todo es posible, incluyendo la posibilidad (por improbable que parezca) de que no todos los trabajos hayan sido en vano y que la obra de un hombre pueda salvarlo de la extinción y el olvido, en particular si ese hombre renuncia a la acción y a la autodeterminación para inclinarse por la aceptación de la maravilla y su goce. Es lo que sucede con Blumenberg, que es una excelente novela, una novela filosófica que, a diferencia de tantas novelas en español publicadas en los últimos años, no lo es por el hecho pueril de tener un filósofo como protagonista, sino por la importancia de las preguntas que propone a su lector y por el tipo de enriquecimiento para este que entraña el tratar de responderlas.

Patricio Pron es escritor argentino. Sus últimos libros son El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan (Barcelona, Mondadori, 2010), Trayéndolo todo de regreso a casa. Relatos 1990-2010 (La Paz, El Cuervo, 2011), El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia (Barcelona, Mondadori, 2011) y La vida interior de las plantas de interior (Barcelona, Mondadori, 2013). Ha escrito también un blog de entrevistas, «Antología en movimiento», en Revista de Libros.
 

11/03/2014

 
COMENTARIOS

sapo 28/10/16 02:53
sapò

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