RESEÑAS

Clásico (y transgresor) en vida

Mario Bellatin
Obra reunida
Madrid, Alfaguara, 2013
632 pp. 19,50 €

Muy pocos escritores son distinguidos con la publicación de su obra reunida o completa, menos aún en el transcurso de su vida. Algo en nuestras instituciones literarias hace que esa publicación sólo se produzca cuando es, de algún modo, superflua: cuando la circulación del nombre del autor y de su obra llevan a pensar en que el movimiento opuesto, de retracción y de concentración, es natural y deseable. No es el caso de Mario Bellatin, de quien Alfaguara publica en España un primer volumen de Obra reunida: el autor es aún relativamente joven (nació en Ciudad de México en 1960), su producción sigue siendo regular y (más importante aún) su nombre sólo es conocido por los lectores más exquisitos de la literatura en español.

La publicación de Obra reunida hace de Bellatin una anomalía, lo que, por otra parte, es lo que se dice de él desde sus comienzos: Mathieu Lindon afirmó, por ejemplo, que sus textos «son de una rareza minuciosa, erudita y elaborada» y Francisco Goldman sostuvo que «todo el mundo habla sobre inventar el propio lenguaje, pero Mario Bellatin en realidad lo logra». No se trata tan solo de la radical inventiva de los argumentos de sus novelas, que lo vinculan, aunque lejanamente, con el argentino César Aira: según dice Goldman, «cada libro suyo es como un juguete, oscuro, radiante y punzante, como una construcción de Marcel Duchamp hecha con palabras».

La mención a Duchamp es acertada. Bellatin ha llevado al ámbito de la literatura el tipo de intervención artística que inaugurara el francés en 1917 con la exhibición de un urinario y su trabajo es deudor del giro conceptual en el arte contemporáneo (por ejemplo, sus novelas Lecciones para una liebre muerta y El Gran Vidrio aluden explícitamente y desde su título a las obras de Joseph Beuys y el propio Duchamp). En ese sentido, y más que ningún otro autor latinoamericano, Bellatin trasciende el ámbito literario para erigirse en artista conceptual. Por una parte, sus textos reúnen elementos heterogéneos (fotografías principalmente), cuyo uso desplazado pone en cuestión la unidad y la autonomía del texto literario, así como la función del escritor como «creador» (en la obra de Bellatin, este es a menudo un compilador, un montajista o un curador en el sentido artístico). Por otra parte, el autor (como en la acción directa, el body art y el happening) tiene menos interés en el resultado de la escritura que en el proceso de escribir: «Es terrible que se pierda el disfrute del hacer, del crear, para situarse sólo en la evidencia de la prueba», ha afirmado.

Bellatin, finalmente, es más un artista contemporáneo que un escritor, porque desdibuja de forma permanente los límites entre lo literario y lo que supuestamente no pertenece al ámbito de lo literario mediante performances que a menudo incluyen el uso de vídeo, prótesis médicas, actores y, en una ocasión famosa, perros, que ponen de manifiesto una doble circulación: el escritor es el resultado de la obra, al tiempo que esta es tal en virtud de la intervención del escritor; el texto literario participa del arte contemporáneo, al tiempo que el arte contemporáneo aparece en el texto y le otorga su forma y su modo de circulación, como ejemplifica el proyecto de «Los cien mil libros de Bellatin»: cien breves textos impresos y encuadernados por el propio autor en tiradas de mil ejemplares numerados y firmados que Bellatin se encarga de vender en sus apariciones públicas. Su vinculación con el arte contemporáneo es tan estrecha que, como observa el crítico peruano Salvador Luis Raggio Miranda en su introducción al reciente Salón de anomalías: Diez lecturas críticas acerca de la obra de Mario Bellatin (Lima, Altazor, 2013), el programa literario de Bellatin podría ser descrito «a partir de las ruinas de lo que anteriores discursos entendieron era el concepto de arte», por adoptar la definición de arte que ofrece Arthur C. Danto.

Al parecer, Bellatin se propone poner en cuestión (convertir en ruinas, se diría) nociones tradicionales como «autonomía», «originalidad» e, incluso, «texto» y «autoría», para que de ellas surja una nueva forma de producción artística, con el resultado de una desestabilización de los valores dominantes en el campo literario que pone a la totalidad de su obra (también las dieciséis novelas o nouvelles que conforman la Obra reunida) del lado del vanguardismo más radical.

En ese sentido, y a raíz de su radicalidad, Mario Bellatin es el escritor menos apropiado para ser distinguido con la publicación de unas obras completas (de hecho, «escritor», «publicación» y «obra» son tres de las nociones que el autor más cuestiona), y sin embargo, muy pocos libros recientes parecen tan necesarios como esta Obra reunida, publicada originalmente en México en 2005 y cuyo mérito principal radica en reunir novelas dispersas en ediciones originales a menudo inencontrables publicadas en sitios como Santiago de Chile, Ciudad de México, Barcelona, Lima y Buenos Aires. Se trata de una cala en la obra de Bellatin desde 1993 hasta el presente, que incluye novelas publicadas en diversos sitios y editoriales, como Salón de belleza (Lima, Jaime Campodónico, 1994, y Ciudad de México, Tusquets, 1999), Damas chinas (Surco, El Santo Oficio, 1995, y Barcelona, Anagrama, 2006), El jardín de la señora Murakami (Ciudad de México, Tusquets, 2000), Jacobo el mutante (Ciudad de México, Alfaguara, 2002), 2011), Flores (Santiago de Chile, Matadero-LOM, 2000, y Barcelona, Anagrama, 2004), La escuela del dolor humano de Sechuán (Ciudad de México, Tusquets, 2001), Underwood portátil. Modelo 1915 (Lima, Sarita Cartonera, 2005) y La clase muerta (Ciudad de México, Alfaguara, 2011).

Fragmentaria, provisional, disruptiva, desterritorializada, profusa, opuesta al realismo, ambigua, multidisciplinaria, anómala, indiferente al placer estético del lector: la obra de Bellatin es un desafío a los hábitos y a las nociones establecidas en torno a la literatura; es el tipo de literatura potencialmente susceptible de sacudir al lector común. Su publicación a modo de Obra reunida (que el autor ha calificado como «terrible»: «Es terrible constatar que otorgarle al que escribe el nombre de escritor permite que se tenga la sensación de encontrarse frente a alguien que puede ser comprendido en algún punto») no normaliza esa obra ni la hace apropiada para el gusto medio; antes bien, permite que su potencial desestabilizador llegue a más lectores, y esa es una magnífica noticia.

Patricio Pron es escritor argentino. Sus últimos libros son El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan (Barcelona, Mondadori, 2010), Trayéndolo todo de regreso a casa. Relatos 1990-2010 (La Paz, El Cuervo, 2011), El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia (Barcelona, Mondadori, 2011) y La vida interior de las plantas de interior (Barcelona, Mondadori, 2013). Escribe también regularmente un blog de entrevistas en Revista de Libros.

17/12/2013

 
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