RESEÑAS

Cartas para después de una guerra

Antonio Buero Vallejo y Vicente Soto
Cartas boca arriba. Correspondencia (1954-2000)
Madrid, Fundación Baco Santander, 2016
526 pp. 20 €

Se presenta en este volumen un epistolario prácticamente desconocido hasta ahora: el que mantuvieron el narrador Vicente Soto y el dramaturgo Antonio Buero Vallejo por espacio de casi cincuenta años, desde finales de 1954 hasta la muerte del segundo en el año 2000. No es exagerado comenzar diciendo que su interés es extraordinario.

La amistad entre ambos se había forjado en la tertulia que desde 1945 se reunía en el madrileño Café Lisboa los sábados por la noche. Soto abandonó España en 1954 y se instaló en Londres, en busca de un futuro profesional y económico más estimulante que el de la España de posguerra. Las cosas allí tampoco serán fáciles, aunque combinando el trabajo de oficina con la traducción alcanzará un aceptable bienestar económico. En esos meses de soledad y extranjería, el valenciano decide recuperar epistolarmente la amistad con el hombre al que aprecia y el escritor al que admira: Antonio Buero Vallejo. Este le responde, algo cauto al principio, vencido rápidamente por la franqueza y contagiosa energía de Soto. Se inicia así una relación sustentada fundamentalmente en las misivas (ambos lamentan verse muy ocasionalmente y siempre sin tiempo), pero sólida e intensa a pesar de la distancia.

La extensión del conjunto de cartas es tal que el volumen sólo recoge aproximadamente la mitad, tal y como explica su editor, Domingo Ródenas de Moya. El acierto al llevar a cabo la selección podemos inferirlo no solamente por el valioso contenido de las cartas publicadas desde diversos puntos de vista (el humano, el literario, el político), sino también porque, leídas de principio a fin, el conjunto no se resiente de lagunas informativas que hagan incomprensibles alusiones o comentarios. Contribuye a que así sea la pertinente introducción en la que el editor nos pone al corriente de la amistad entre los dos escritores y de las circunstancias que jalonan el intercambio epistolar, así como la síntesis que precede a cada una de las cuatro secciones en que distribuye las cartas, resumiendo y contextualizando los acontecimientos del período y los temas que aparecen en las cartas. La edición de las mismas va limpia, sin notas; estas no se echan en falta gracias a la información que precede a cada una de las secciones. Tan solo algunos nombres propios o apellidos se añaden pulcramente entre corchetes, con lo que el editor cumple su compromiso de ofrecer el epistolario «sin mediación ni interferencia».

El contenido del epistolario es de una riqueza extraordinaria, que rebasa el interés meramente complementario a la obra respectiva de Buero y Soto, aunque, desde luego, el investigador encontrará anotaciones de gran interés para el estudio de la obra de uno y otro. La sucesión de cartas va conformando una narrativa a dos voces sorprendentemente amena, donde lo vital y lo literario se entretejen de manera apasionante, y que cautiva al lector por muchos motivos.

En primer lugar, porque las cartas componen una pintura en la que no sólo se representa la mustia, desalentadora España de la posguerra, sino el panorama más amplio –no menos desalentador− del nuevo orden mundial bajo el imperio de la Guerra Fría (que de paso ayuda a entender la posguerra española en un contexto más amplio). Comentarios de sucesos que podríamos tomar por anecdóticos adquieren la altura de «signos» de un tiempo: así, las notas de Soto sobre la histeria colectiva suscitada por los satélites (p. 27) o por los Beatles, su inicial entusiasmo por la energía nuclear (p. 32), o la fascinación de Buero por los «platillos volantes» (p. 29), nos revelan facetas desconocidas de dos intelectuales españoles de posguerra, mucho menos autárquicos, mucho más atentos al ritmo de la modernidad de lo que durante demasiado tiempo habíamos creído.

La extensión del intercambio de misivas en el tiempo hace de ellas también un vehículo idóneo para apreciar, en su paulatino día a día, los cambios –políticos, sociales, literarios− desde los años cincuenta hasta el reciente 2000, contemplados casi siempre con un escepticismo que no renuncia por completo a la esperanza, pero no se deja llevar por el entusiasmo. El relato de la Transición corre parejo al de las amenazas de muerte sufridas durante ese mismo período por Buero, de manera que la celebración de la libertad que airea cierta prensa es vista por los amigos con reserva, como desencantada será también la valoración del panorama cultural de la democracia.

Hilado con esta crónica histórica de la segunda mitad del siglo, las cartas ofrecen un panorama de la vida literaria de la época inevitablemente parcial y pesimista, pues tanto Buero como Soto expresan sus opiniones sobre los cenáculos de poder (editoriales, premios, críticas) con la sinceridad y el escozor de quienes se ven fuera de ellos. Encontramos, bajo la particular forma del epistolario, una crónica pormenorizada y dilatada en el tiempo de las dificultades de Buero para estrenar sus obras, rodeado como se sentía por la «verde envidia» de los vencedores (p. 47), pero también por la mezquindad y la incomprensión de quienes que, desde la misma izquierda, lo acusaban de «posibilismo» y de plegarse a las condiciones del régimen. La conocida polémica con Alfonso Sastre aparece en estas cartas con todo lo que tuvo de enfrentamiento personal enconado, y asistimos en directo a la amargura del dramaturgo al ser objeto de críticas tan injustas como tachar de «cierto posibilismo monárquico» a Las meninas (p. 51). Queda atestiguada también, a lo largo de los años, la frustración de las expectativas de Buero de recibir una adecuada atención crítica fuera de España (por ejemplo, la decepción cuando Lawrence Olivier rechaza representar En la ardiente oscuridad «alegando excesiva amargura» [p. 59]), o el rechazo que suscita en ambos amigos la actitud del mundo hispanoamericano hacia España. Está también en las líneas que Buero dirige a Soto la ruptura con Arrabal, cuyas críticas tienen el sabor de una traición que le duele especialmente por ser la de un amigo. Y cuando al fin –tarde y mal− llegan los reconocimientos, la reacción no será de conmovida vanidad, sino de ironía: el Premio Nacional de las Letras, en 1996, le pilla a Buero «en batín», y le hace confesar: «No hay que hacerse ilusiones; sospecho que me lo habrán dado por verme ya irremediablemente viejo» (p. 517).

Lo dicho hasta ahora puede producir la impresión de que el epistolario es sólo el depósito de las amarguras de ambos. Aunque en cierto modo sí lo fue, el tono dista mucho de ser acre. Junto a todos los sinsabores que uno y otro se comunican, está también, inasequible al desaliento, el mutuo estímulo para no abandonar la esperanza de seguir creando: «Escribir, crear, confiar, mientras suspiramos con melancolía porque el planeta nos desconoce y juega al fútbol» (p. 156). Cuando un amigo flaquea, el otro está pronto a levantar su ánimo.

Y es que un valor de este epistolario que se añade a los ya mencionados es el despliegue de dos personalidades subyugantes, que se retratan en unas cartas de las que se desprende un jugoso estudio psicológico. Y en este punto es preciso señalar, sin desmerecer al gran dramaturgo que fue Buero, que la gran revelación del libro es Vicente Soto, el narrador a ratos perdidos que araña tiempo a las madrugadas para escribir antes de acudir a su trabajo en una oficina londinense, que en 1966 recibe el Premio Nadal por La zancada y después sufre largamente la incomprensión de editores y la indiferencia de los críticos ante sus títulos. La bibliografía sobre los dos escritores con que Ródenas acompaña su introducción es especialmente necesaria en el caso de Soto, cuya recuperación, aunque iniciada, aún no ha paliado satisfactoriamente la larga desatención hacia su obra.

Las cartas de Soto cautivan al lector por su vitalismo y su estilo coloquial y aparentemente desenfadado, pero en el que alienta una aguda sensibilidad literaria. Resultan un documento impresionante del exilio, por la evolución en directo que muestran desde el inicial entusiasmo por la vida cívica de Londres a la comprensión de que no es oro todo lo que reluce, y la aceptación de una nostalgia sin solución, consciente como es de que, por más que se cumpliese el anhelado deseo, «ni dejaría de irritarme horriblemente mi país, ni dejaría de añorar este» (p. 49). Entre medias, una ácida crónica del sueño British que al comienzo le había deslumbrado. Los deseos de volver repetidamente expresados por Soto encontrarán siempre la misma respuesta en Buero: es mejor echar de menos España desde Inglaterra que regresar para vivir día a día la cicatería cultural del franquismo.

Más conmovedora aún que la añoranza de la tierra resulta la fidelidad a una vocación literaria que se mantiene firme por encima de la ocupación alimenticia en una oficina. Soto no pasa por alto las mezquindades de un mundo literario que no termina de franquearle la entrada, pero no permite que el resquemor se adueñe de él, y las despacha con sus característicos «no pasa ná» o «fuera». Y hasta en momentos de profundo desánimo sabe que su papel es el de levantar la moral a su amigo: «¿Sabes qué? Pues que a pesar de todo no está nada mal esto de estar vivo» (p. 347). Buero, usualmente más pesimista que Soto, le corrige, sin embargo, cuando este desfallece: «¡Qué vamos a monologar! Nuestra correspondencia ha sido, y es, un diálogo mucho más auténtico que tantas innumerables charlas de cada día» (p. 300).

Estas Cartas boca arriba constituirán un documento imprescindible cuando nos decidamos a replantear la historiografía de la literatura española de posguerra: un terreno aún en sazón, donde el propio Domingo Ródenas ha realizado ya notables aportaciones, como Derrota y restitución de la modernidad, 1939-2010 (con Jordi Gracia; Barcelona, Crítica, 2011), el séptimo volumen de la Historia de la literatura española dirigida por José-Carlos Mainer. Es una tarea urgente. Pese a que tanto Buero como Soto probaron el sabor amargo de verse incomprendidos y arrumbados por los jóvenes, que los consideraban ejemplares vetustos de un mundo viejo con el que no querían tener nada que ver, ambos presentan hoy sorprendentes afinidades con los escritores actuales, y sus obras pueden ser leídas desde ángulos novedosos que completen una lectura hasta ahora excesivamente lastrada por el marco contextual de la posguerra. No se trata de ignorar la dimensión política e histórica del teatro de Buero, que es evidente, sino de reparar, además, en que obras como La Fundación o El tragaluz participan de planteamientos plenamente vigentes, como la duda sobre la realidad, la entidad holográfica de nuestro mundo, etc. Y en que Soto es posiblemente el primero que narra desde la autoficción –aunque él no la llame así− la investigación de un episodio de la Guerra Civil en Tres pesetas de historia.

Cuando acometamos esa tarea de restitución, el presente epistolario será una pieza angular por la información histórica, literaria y personal que nos brinda. Al margen de ello, es una lectura conmovedora sobre una amistad que se mantiene, sobre el tiempo y la distancia, hasta el final. Los lectores actuales, habituados a la narrativa de no ficción, comprenderán que no hay desenlace más terrible que el de un epistolario cuando este lo interrumpe inevitablemente la muerte, y llega la última carta, ya no al amigo –situado donde ninguna carta llega−, sino a la familia. Queda –monumentum aere perennius− el testimonio de una fidelidad triple, de cada uno a sí mismo, al amigo, y a la literatura, mantenida por correspondencia «en tiempos inciertos, de dureza, átomos y crueldad» (p. 75).

Carmen Morán Rodríguez es profesora de Literatura Española en la Universidad de Valladolid. Es autora de Figuras y figuraciones femeninas en la obra de Rosa Chacel (Málaga, Diputación de Málaga, 2008), Los nuevos mapas. Espacios y lugares en la última narrativa de Castilla y León (Valladolid, Cátedra Miguel Delibes, 2012) y Juan Ramón Jiménez y la poesía argentina y uruguaya en el año 48 (historia de una "antolojía" nunca publicada) (Madrid, Visor, 2014).

17/04/2017

 
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