Si la demografía es el destino…

por Julio Aramberri

Ingeniería social

En julio de 2016, la población de la República Popular china rozaba los mil cuatrocientos millones de personas, lo que la convertía en la sociedad más numerosa del planeta. En demografía, como en tantas otras cosas, China estaba en su apogeo. Como en otras tantas cosas, haber alcanzado esa cima también resultaba una estadística efímera, cuando no engañosa. A partir de 2030 la curva demográfica comenzará a venirse hacia abajo y se colocará en 1,3 millardos en 2050. Las previsiones demográficas que se extienden más allá de los próximos treinta años son, en general, poco fiables, pero, en cualquier caso, Naciones Unidas estima que en 2100 el país contará con novecientos cuarenta millones de habitantes, es decir, habrá perdido unos cuatrocientos cincuenta millones, diez veces la población actual de España. Otras predicciones, mucho peores, hablan de una caída cercana a los ochocientos.

Por edades, China está lejos de formar la típica pirámide en la que sus cohortes van estrechándose a medida que aumenta la edad de la poblaciónUn trabajo aparecido en The Washington Post contiene una interesante comparación gráfica de su evolución desde 1950.. El censo de 2010, el último de los realizados, marcaba un adelgazamiento súbito en el grupo que a la sazón estaba entre cincuenta-cincuenta y cinco años, es decir, los nacidos entre 1955 y 1960. Entre 1960 y 1970 se produjo una recuperación, aunque de intensidad decreciente a medida que corrían los años. En 1985-1990 hubo un nuevo repunte pero, a partir de la última fecha, la base de la pirámide se estrechó espectacularmente. Los nacidos en 1990 que seguían vivos en 2010 eran, en total, veintiocho millones. Los nacidos en 2010, unos trece millones, no llegaban siquiera a la mitad.

¿Cómo explicar una trayectoria tan compleja? La estría formada entre 1955 y 1960 tiene nombre y apellido: la hambruna del Gran Salto Adelante que diezmó a la población, especialmente a la rural. Como en la Unión Soviética de los años treinta, la colectivización agraria impuesta por Mao y frenéticamente impulsada por el Partido Comunista Chino tuvo un coste brutal en vidas humanas. La recuperación ralentizada de 1970-1980 también tiene nombre propio. Es la Revolución Cultural, con su oleada de represión, crímenes y miniguerras civiles, más la migración forzosa al campo de más de veinte millones de jóvenes urbanos que se hicieron notar con una huelga de procreación.

Pero, en ambos casos, la rebaja demográfica fue un daño colateral. La colectivización agraria y la Revolución Cultural no tenían como fin una reducción de la población, lo que sólo se produjo de forma postiza. A Mao Zedong la demografía le traía sin cuidado: «Es muy buena cosa que China tenga una población tan grande. Incluso aunque se multiplicase varias veces, China es perfectamente capaz de hallar una solución. La solución es producir», había dicho el Gran Timonel. Orgulloso de una sociedad que había sabido reproducirse satisfactoriamente durante siglos, Mao veía en su potencial demográfico un acicate para la persecución de sus objetivos más quiméricos.

El triunfo de la revolución mundial en cuya cercanía creía a pie juntillas exigiría enormes sacrificios y China estaba mejor provista que otras sociedades para afrontarlos. Recuérdense las numerosas ocasiones en que Mao despreciaba la eventualidad de una guerra atómica. Si de la población china, entonces cercana a los seiscientos millones, moría la mitad, los trescientos millones restantes sabrían impulsar el final de la lucha de clases en el mundo entero. El socialismo estaba garantizado. Así pues, cuantos más chinos hubiese en el mundo, tanto mejor.

De hecho, el censo de 1982 parecía haber hecho bueno a Mao. Salvo por la ya referida etapa del Gran Salto Adelante (1958-1962), la población china se había multiplicado con rapidez entre 1949 (el año fundacional de la República Popular) y 1972. Es decir, cuando los chinos no se veían obligados a participar en los proyectos de ingeniería social tan caros a sus dirigentes, una mayoría estaba dispuesta a reproducirse, a pesar de la penuria y la escasez que experimentaba en sus condiciones de vida.

En los países desarrollados, los años setenta fueron tiempos de zozobra. Entre sus muchas causas, había algunas directamente ligadas a la demografía. En 1968, Paul Ehrlich, un profesor de Biología en la Universidad de Stanford, había publicado un libro escasamente insignePaul Ehrlich, The Population Bomb, Nueva York, Ballantine Books, 1968 (La explosión demográfica, trad. de Camila Batlle, Barcelona, Salvat, 1993). que sigue citándose hoy por todos los malthusianos irredentos, si esta última expresión es algo más que un oxímoron. El mensaje lo resumía el propio Ehrlich en sus primeras páginas: «La batalla para alimentar a toda la humanidad ha acabado. En los años setenta, cientos de millones morirán de hambre pese a los programas implementados para salvarlos. A estas alturas nada puede impedir una crecida sustancial de la tasa mundial de mortalidad», un desplante apocalíptico que Ehrlich, en vez de desmentir, prefirió hacer desaparecer de ediciones posteriores. Había otras predicciones del futuro igualmente desoladoras, aunque menos dominadas por la misma angustiosa premura de Ehrlich, como, por ejemplo, el informe solicitado por el Club de Roma a un grupo de científicos del Massachusetts Institute of Technology, que también contribuyó al miércoles de ceniza que supuestamente se cernía sobre la humanidadWilliam W. Behrens III, Jørgen Randers, Dennis Meadows y Donella Meadows, The Limits to Growth, Nueva York, Universe Books, 1972 (Los límites del crecimiento. Informe al Club de Roma sobre el predicamento de la humanidad, trad. de María Soledad Loaeza de Graue, Ciudad de México, Fondo de Cultura Económica, 1973).. Según sus autores, las tasas de crecimiento económico y demográfico registradas hasta entonces no podrían mantenerse más allá, si acaso, del año 2100, incluso aunque se produjesen notables avances tecnológicos.

La moda catastrofista de aquellos tiempos no pasó inadvertida para los reformadores que habían sucedido a Mao en Pekín. La herencia recibida no podía ser más patética Tras tres décadas de construcción del socialismo, China seguía siendo una sociedad abrumadoramente rural. Más del 97% del país contaba con menos de 1,25 dólares diarios, por debajo del umbral de pobreza absoluta del Banco Mundial. China parecía, pues, haber perdido la batalla malthusiana entre las bocas y la comida. Era una sociedad empobrecida que, al tiempo, amenazaba con lanzar al mundo a un número incontrolable de hijos. Si la ingeniería social había llevado a Mao a dislates difícilmente superables, sus sucesores, aun creyéndose más sensatos, compartían su misma fe en ella. Ingeniería significa poner en práctica los hallazgos de la investigación científica básica. Como el marxismo es una ciencia, la ciencia social por antonomasia, sus seguidores no deben tener miedo a embarcarse, por sí y ante sí, en programas prácticos que contribuyan a mejorar las condiciones sociales existentes.

Y el problema fundamental de China en aquellos años de reforma era, decían, que «había demasiada gente» (ren tai duo en la expresión copiosamente utilizada). En la realidad, los dirigentes desconocían las dimensiones cabales del problema que querían solucionar, pero eso les importaba poco. Si la economía de China crecía, el impacto de una tarta mayor sería tanto más contundente cuanto más reducido fuera el número de comensales. Una mejoría rápida en la vida cotidiana resultaría mucho más notable si iba acompañada de un estricto control de la natalidad. Y así surgió la decisión de imponer que las familias no pudieran tener más de un solo hijo. Deng Xiaoping había propuesto la meta de cuadruplicar el PIB per cápita en el año 2000 hasta los mil dólares y los planificadores habían advertido que no sería posible alcanzarla si la política de natalidad no impedía que las familias pudiesen tener dos o más hijos. Ergo… «En esencia −resume Mei Fong, una antigua periodista de The Wall Street Journal particularmente interesada en estos asuntos−, así fue como se gestó la política de hijos únicos: una decisión arbitraria que cambió el curso de millones de vidas»Mei Fong, One Child. The Story of China Most Radical Experiment, Nueva York, Houghton Mifflin Harcourt, 2016, location 800 ss..

El problema fundamental de China en aquellos años de reforma era, decían, que «había demasiada gente» 

La nueva política de familia vino, por supuesto, envuelta en consideraciones presuntamente científicasEn 1979 se celebró en Chengdu, la capital de Sichuán, una conferencia sobre control de natalidad. El lugar se había elegido a propósito porque Sichuán es la provincia más densamente poblada del oeste de China. La conferencia sentó las bases para la política de familia posterior. Uno de sus protagonistas fue Song Jian, un militar especialista en cohetería. Basándose en modelos matemáticos, poco abiertos a los aspectos culturales y afectivos de la vida familiar, Song y su equipo concluían que, si se mantenía un modelo de familia que admitiese dos o tres hijos por pareja, sería de todo punto imposible parar el crecimiento poblacional y cumplir las expectativas de reforma económica. Idealmente, los impulsores de la nueva política estimaban que la población de China debería reducirse a setecientos millones a lo largo del próximo siglo. Espontáneas o no, las conclusiones del coloquio cuadraban a las mil maravillas con las expectativas gubernamentales. Una de las recomendaciones señalaba que el programa tuviese una duración eventual de veinticinco años. Véase Mei Fong, op. cit, loc 857 ss. y pronto se inició una campaña de propaganda favorable en los principales medios de comunicación oficiales, es decir, todos. En septiembre de 1979, el Partido Comunista envió una carta abierta a todos sus miembros para pedirles que diesen ejemplo limitando voluntariamente el tamaño de sus familias a un solo hijo. En septiembre de 1980, la política de hijos únicos se convirtió en obligatoria para toda la población.

La regla de un hijo por pareja no se seguía estrictamente y tenía algunas excepciones. Entre ellas se permitía tener más de uno a los matrimonios en los que ambos cónyuges ya fueran hijos únicos; a las familias rurales; a algunas familias cuyo primer hijo había sido mujer. En algunas etnias minoritarias, como en Tíbet, la prohibición no se aplicaba. Las excepciones, sin embargo, se hicieron cada vez más difíciles de obtener cuando se trasladó a las autoridades provinciales la carga de asegurar su cumplimiento, así que la persecución de los embarazos no autorizados se tornó cada vez más errática y arbitraria. No en balde, las autoridades de menor rango iban a cargar con los gastos eventualmente derivados de un aumento demográfico.

La regla, pues, era drástica para la mayoría, con lo que difícilmente podía imponerse sin un alto grado de coacción. La sanción más elemental para quienes tratasen de ser padres por segunda vez y sin autorización consistía en aplicarles multas de entre cinco y diez veces el monto de su renta disponible anual, algo extremadamente oneroso. A las multas se añadieron amplias campañas de esterilización, inicialmente voluntariaSe calcula que solamente en 1983 pasaron por ese trance veinte millones de mujeres., cuyo blanco principal era la población femenina. Durante los años noventa, todas las mujeres que hubiesen dado a luz por segunda vez estaban obligadas a hacerse esterilizar. A menudo, las mujeres embarazadas sin permiso se veían forzadas a abortar, a pesar de que su gestación estuviese bien avanzada y sus futuros hijos fueran perfectamente viablesEn un caso de 2012 que despertó una fuerte reacción social, Feng Jianmei, una mujer de veintidós años, embarazada sin permiso por segunda vez, trató de evitar el aborto que querían imponerle las autoridades, buscando sucesivos puntos de residencia en casas de familiares y amigos. Cuando cumplía los siete meses de embarazo, finalmente la capturaron y la pusieron en la tesitura de pagar una multa imposible (dieciséis mil dólares). Finalmente, la obligaron a firmar una petición de aborto voluntario que se llevó a cabo cuando el feto estaba a punto de nacer. Véase Mei Fong, op. cit., loc 988 ss.. En muchos casos, el aborto se sustituyó por el infanticidio.

La combinación de coacción y casuismo, así como otras nefastas consecuencias de la regla, acabaron por crear una opinión masivamente favorable a su abolición, reclamada desde muchos ámbitos. Desde la venerable Academia de Ciencias Sociales al Fondo Monetario Internacional; desde medios oficiales de comunicación a otros más apartados de la ortodoxia gubernamental; desde miembros del neomandarinato hasta grupos nacionalistas críticos con su gestión; todos coincidían en abogar por la desaparición total de la política de hijos únicos. Las razones aducidas eran múltiples, aunque todas ellas coincidían en subrayar que, si la demografía es el destino, el de China iba a ser particularmente inhóspito.

A la postre, la decisión gubernamental no iba a satisfacer a la mayoría de sus críticos. En octubre de 2015, Pekín introdujo algunos cambios, pesados y contados. A partir del 1 de enero de 2016, las parejas podrían tener dos hijos, ni uno másEs posible que, como han especulado algunos autores, una de las razones para no liquidar de un jalón la política restrictiva haya sido la eventual necesidad de liquidar una enorme burocracia de control cuyo número se estima en medio millón de funcionarios. Su volumen habría añadido un nuevo dolor de cabeza a unas autoridades laborales que tienen que lidiar con el paro generado en otras esferas económicas (carbón y acero) por los excedentes de producción, amén de que despedir masivamente a tantos trabajadores entusiastas de la ingeniería social gubernamental hubiera asestado un golpe contundente a la moral de toda la burocracia.. El Partido Comunista no renunciaba a la ingeniería social ni aceptaba poner en manos de los individuos una de las decisiones más personales que puedan tomarse.

Imprevistos

El Partido Comunista de China y sus órganos de propaganda suelen mostrarse orgullosos de que la regla haya impedido, según dicen, el nacimiento de cuatrocientos millones de chinos y chinas. Es una cuenta galana que omite consideraciones incómodas. Dejando de lado problemas éticos, que no parecen interesar al Gobierno chino, esos millones de cuya eliminación alardea son, ante todo, una cifra basada en la extrapolación abusiva de las tendencias natalistas de la China de los años cincuenta y sesenta, lógicas tras un largo período de guerras exteriores y civiles. Nada permite sostener con seriedad que la rápida tasa de natalidad de aquellos años se hubiera mantenido de haber permitido que chinos y chinas tomaran sus propias decisiones.

Al tiempo, los apologistas del Gobierno evitan discutir los efectos de la llamada transición demográfica, es decir, el paso de altas tasas de nacimientos y muertes a otras inferiores que en otros muchos lugares ha acompañado la conversión de las sociedades agrarias en otras con base en la industria y los servicios. La disminución de la tasa de natalidad en otros países de Asia que no impusieron políticas de reducción forzosa de la natalidadVéase Geoffrey McNicoll, Policy Lessons of the East Asian Demographic Transition. se consiguió con igual o mayor rapidez que en China, sin necesidad de programas de ingeniería social. En 1980, la tasa de fertilidad en la China urbana estaba ya por debajo del nivel de reemplazo (2,1 hijos/mujer). En 2012 había bajado a 1,66, mucho más de lo que habían anticipado los demógrafos del Gobierno cuando lanzaron su política.

Las acciones humanas, muy en especial aquellas que se proponen programas de ingeniería social para reformas carentes de legitimidad democrática y que, como era el caso en ésta, nadan contracorriente, suelen tener consecuencias no queridas y poco alentadoras. Hay quien estima que la decisión de Deng fue un error de magnitud superior al Gran Salto Adelante y a la Revolución Cultural. Aunque sea una comparación difícil de sostener, caben, sin embargo, pocas dudas de que esa política natalicia ha creado problemas mucho mayores de los que se proponía resolver. Al menos tres se han tornado especialmente ariscos: el envejecimiento de la población; el desplome del mercado de trabajo; y el declive de la familia tradicional.

En octubre de 2016, Xinhua, la agencia noticiosa oficial de China, anunciaba una buena noticia: según una estimación gubernamental, la esperanza de vida iba a subir a 77,3 años en 2020 y a 79 en 2030, desde los 76,4 de 2015. Las buenas noticias, empero, tienen también lados menos positivos. Si comparamos la pirámide de edad de 2010 con la proyectada para 2030, esta última muestra una inestabilidad aún mayor que en la primera fecha. Su base, la formada por los grupos de edad menores de cincuenta años, será más reducida que en 2010 y va camino de una disminución vertiginosa en el grupo que cuente de veinte a treinta y cinco años en 2030. En 2010, los mayores de sesenta y cinco años, hombres y mujeres, ascendían a cien millones (8,5% de la población total); en 2030 serán alrededor de doscientos treinta (16%)Datos tomados de Nicholas Eberstadt, The Demographic Risks to China’s Long-term Economic Outlook.. Si la política de hijos únicos iba encaminada a evitar una explosión poblacional, a la postre su resultado −pésimo− ha sido la explosión del grupo demográfico de la tercera edad, también llamado gris (mayores de sesenta y cinco años). Japón ha llegado a una situación similar, pero lo ha hecho con dos importantes ventajas sobre China: una cadencia más lenta y mejores condiciones económicas. La renta per cápita japonesa cuando el país llegó a ese punto era el doble de la prevista para China. Es decir, muchos de los futuros mayores de sesenta y cinco años en China están llamados a vivir en condiciones de penuria. Si durante los años de rápido crecimiento (1980-2004) China sacó de la pobreza a seiscientos millones de personas, es de temer que muchas de ellas vuelvan a esa situación una vez que lleguen a la edad de jubilación.

Acuciado por esa eventualidad, el Gobierno central ha avanzado propuestas para mejorar el sistema de pensiones. Lo mejor que puede decirse es que están animadas por buenas intenciones. Cómo vayan a convertirse en realidad es algo que está aún por ver, y los obstáculos son múltiples. Por el momento, a grandes rasgos, el sistema de pensiones está compuesto por cuatro subsistemas con beneficiarios y coberturas diferentes. Al primero se lo conoce como sistema urbano. Es un régimen contributivo para empresas y trabajadores que cubre fundamentalmente a los empleados de empresas públicas y de grandes empresas privadas, con un total aproximado de 280 millones de afiliados en 2013. A finales de 2012, el Gobierno creó un plan, el sistema rural, también contributivo, para trabajadores rurales que en 2013 cubría a unos 460 millones de personas. En el campo, sin embargo, no hay aportaciones de las empresas, ya que la mayoría de los campesinos son sus propios empresarios. Adicionalmente, otro subsistema, también contributivo, contribuye a paliar eventuales casos de desempleo entre los trabajadores urbanos. Por su parte, los funcionarios de agencias gubernamentales y asimilados gozan de otro sistema especial, éste no contributivo. Cada uno de estos regímenes tiene características propias en lo que se refiere a aportaciones de las partes y cobertura.

En su conjunto, el sistema de pensiones dista mucho de ser satisfactorio; por supuesto, no puede compararse favorablemente con los de los países desarrollados ni con los otros de países con un nivel de renta similar al de China. En concreto, el sistema urbano, que es el más favorable de los contributivos, no llega a una cobertura superior al 35-50% del último salario devengado. Satisfactorio o no, el sistema se ve afectado por otros factores que hacen que su funcionamiento sea errático. A la creciente minoración del número de contribuyentes debida al desplome demográfico, los observadores suman una doble amenaza: aplicación fragmentaria y escasa cobertura financiera.

La administración de las pensiones, aunque teóricamente responda a un plan central, está en manos de los gobiernos locales, que tratan de hacer valer sus prerrogativas en el caso de los más ricos. La provincia de Cantón (Guandong), que tiene una alta renta per cápita, no tiene grandes problemas para pagar a sus pensionistas, lo que no es el caso de otras provincias en declive, como las del nordeste del país, es decir, la antigua Manchuria, su llamado actualmente cinturón de herrumbre. Cantón, lógicamente, se resiste al establecimiento de fondos nacionales de compensación que puedan repercutir negativamente sobre sus propios beneficiarios.

El sistema de pensiones dista mucho de ser satisfactorio; no puede compararse favorablemente con los de los países desarrollados

No fue hasta 1997 cuando China comenzó a establecer un sistema nacional de pensiones. Hasta esa fecha los trabajadores urbanos dependían para su jubilación de las contribuciones de sus antiguas unidades de producción. Para evitar la desaparición de sus pensiones, la reforma de 1997, al tiempo que eliminaba esa carga para las empresas creadas tras la abolición del tazón de hierro, creó unos derechos, por así decir, legatarios, en favor de sus anteriores pensionados. A partir de ese momento, sus pensiones serían cubiertas por los gobiernos locales. Como éstos carecían de fondos de reserva para hacerse cargo de ellas, inmediatamente comenzaron a echar mano de los nuevos fondos contributivos (lo que podríamos denominar la hucha de las pensiones), recaudados de empresas y trabajadores para la futura jubilación de éstos, que así se ven obligados a contribuir por partida doble a un sistema piramidal insostenible.

Las propuestas del Gobierno central para desatascarlo apuntan a un aumento de la edad de jubilación que, en el sector público, está hoy en los sesenta años para los hombres y cincuenta-cincuenta y cinco para las mujeres. Uno de los planes anunciados plantea elevar en cinco años ese umbral para ambos géneros. Pese a que la propuesta no entraría en vigor hasta 2022, el plan ha sido objeto de una feroz oposición, especialmente entre los trabajadores del sector privado. La razón es sencilla de entender: un aumento en la edad de jubilación significa también un aumento de su período de contribución al futuro retiro y la tasa de cobertura final no es tan envidiable como animarles a ese esfuerzo. Al tiempo, si se quedan sin trabajo por la competencia de otros trabajadores más jóvenes, sus beneficios finales no se incrementan durante varios años. Ítem más, dada la aún reducida esperanza de vida para los hombres, muchos de ellos morirán antes de haber cobrado el menor beneficio. Por el contrario, entre los trabajadores con pensiones no contributivas del sector público, son muchos los partidarios de esa extensión de su vida laboral, porque es difícil que puedan encontrarse en paro. Muchos de estos problemas son similares a los de otros sistemas de cobertura social en el resto del mundo, pero la rápida contracción demográfica atribuible a la desnortada política demográfica los agrava sobremanera en la República Popular.

No menos complicadas van a ser las consecuencias en el mercado de trabajo. En los años de reforma y crecimiento (1980-2005), su expansión fue espectacular. La población en edad de trabajar creció en dos tercios, con una media del 1,8% anual, al tiempo que la tasa de participación en la fuerza de trabajo pasó del 60% al 72%. Un dividendo demográfico que multiplicó el crecimiento económico: aumento de la fuerza de trabajo, salarios por debajo de la inflación y elevado nivel de ahorros que facilitaba las inversiones. Pero, en palabras de Nicholas Eberstadt, ese dividendo está ya cobradoÍdem, ibídem.. La población activa llegará a su punto más alto en 2016 y, a partir de 2030, irá disminuyendo a un ritmo del 1% anual.

Adicionalmente, aumentará su edad media, de suerte que los trabajadores más jóvenes perderán peso en el conjunto. El grupo etario 20-30 no pasará de 75 millones en 2030, con una reducción de un 35% con respecto a sus pares de 2010. Al tiempo, la relación entre ese grupo y el de 55-64, que es de tres a dos actualmente, se invertirá en 2030. Como los trabajadores jóvenes tienen un mayor nivel de educación formal, su disminución relativa en el conjunto de la población asalariada no augura nada bueno para ese futuro económico altamente productivo e innovador que el Gobierno chino dice querer impulsar para escapar del cepo de las rentas medias Por el momento, a los jerarcas de Pekín no se les ha ocurrido mejor idea que aconsejar a los trabajadores emigrados a las ciudades industriales que se vuelvan al campo;. Y las reacciones de los medios oficiales reflejan un alto grado de inseguridad y aun de desconcierto.. Todo, pues, parece indicar que la batalla de la fuerza de trabajo está perdida, porque los supuestos cuatrocientos millones de personas que los comunistas chinos se pavonean de haber evitado con la política de hijos únicos harían mucha falta en el presente, pero de ninguna manera volverán.

¿Acaso la nueva política de la parejita podrá mejorar las perspectivas? Por más que la propaganda oficial exhiba sus mejores cábalas y hable de aumentar la población hasta 1,45 millardos en 2030, los efectos del nuevo sistema no se harían sentir hasta, al menos, los próximos veinte o treinta años, es decir, el plazo que las nuevas y más nutridas cohortes demográficas tardarían en incorporarse al mercado de trabajo, si es que acaban por venir al mundo.

Las primeras reacciones –tal vez mudables con el paso del tiempo y con los eventuales beneficios que puedan ofrecerse a los nuevos padres; tal vez no− no han resultado especialmente alentadoras. En 2015, el número de nuevos nacimientos se redujo en trescientos veinte mil con respecto al del año anterior (un 2% menos). Aun oculta por la imposición coactiva de la limitación del crecimiento poblacional, la transición demográfica no ha dejado de hacerse notar en China. Los hijos han pasado de ser un centro de inversión para el futuro a otro de gasto inmediato. Tomando como referencia inicial el año 2015, se calcula que una familia media tendrá que gastar alrededor de treinta mil dólares en la educación de cada hijo recién nacido hasta que cumpla dieciocho años: es decir, alrededor del 15% de su renta anual total (que se sitúa entre diez y once mil dólares). Para las rentas inferiores (entre tres mil y siete mil dólares), que son las que corresponden a la mayoría, el porcentaje asciende al 25,5%. En esas condiciones, todo hace pensar que los objetivos gubernamentales de recomponer rápidamente la población de China se inspiran más en los buenos deseos que en la realidad.

¿Dónde está Confucio cuando tanta falta hace?

Si la política de hijos únicos está llamada a complicar seriamente la actividad económica en el medio plazo, aún mayores y más complejas van a ser sus ramificaciones imprevistas en el ámbito familiar y sobre la sociedad en su conjunto. Su práctica desde hace treinta y cinco años ha inducido un desequilibrio demográfico, tan asombroso como imprevisto, entre los sexos. No sólo ha descendido la natalidad en su conjunto, sino que el número de hombres entre cero y treinta y cinco años es mucho mayor que el de las mujeres de su misma edad. Esa relativa escasez femenina se ha traducido en una creciente apreciación de su valor económico y social, lo que ha acarreado un cambio significativo en sus actitudes ante la familia tradicional y, aunque eso sea algo más complicado de probar, de sus valores culturales y hasta políticos. Las mujeres jóvenes no sólo son menos que sus madres y sus abuelas: tienen mayor educación formal, se han incorporado masivamente al mercado de trabajo y han empezado a contar con una independencia financiera que muy pocas mujeres chinas habían conocido en otras épocas.

La familia china no era sólo un sistema de parentesco y de regulación del intercambio de mujeres entre grupos y linajes, sino un pilar fundamental de la economía agraria dominante en China hasta bien entrado el siglo XX. Durante siglos las familias extensas fueron la institución básica de la vida social, pero esa estructura institucional ha comenzado a declinar con rapidez por mor de la revolución demográfica.

Aunque muchos de los rasgos de la vida familiar cambiaron a lo largo de los siglos, algunos aspectos fundamentales han permanecido invariables. Ante todo, la china era una familia patrilineal, es decir, dominada por varones cuyo linaje se remontaba a un antecesor masculino, generalmente el padre de su familia quien, a su vez, descendía de otro antecesor masculino. Se trataba de familias extensas en las que generalmente convivían tres y hasta cuatro generaciones. Al tiempo se caracterizaba por ser patrilocal: las mujeres casadas pasaban a establecerse en el domicilio de sus maridos, abandonando a su propia familia. A la muerte del paterfamilias, el patrimonio se repartía entre los hijos varones, quienes solían fundar a su vez otras familias de rasgos semejantes. Aunque la partición de las herencias solía ser igualitaria, a menudo el primogénito se quedaba con una parte mayor y con el domicilio familiar, de suerte que a menudo otros hermanos más jóvenes se amparaban en su seno. Las mujeres no heredaban salvo que fueran solteras o el linaje masculino se hubiera extinguido. De forma similar a lo que ocurría en Roma, el poder del cabeza de familia era omnímodo.

Por diversas razones, entre ellas la necesidad de asegurar el éxito reproductivo de los linajes en tiempos de gran mortalidad infantil, la poligamia era común en China. Según sus medios económicos, un varón podía tener varias esposas, entre las cuales la primera gozaba de precedencia sobre las demás, ya que era responsable del gobierno de la casa y sus hijos prevalecían sobre los demás a la hora de heredar. A menudo, el gineceo incluía también concubinas, es decir, compañeras sexuales que, amén de procrear eventuales herederos (sus hijos se adscribían como propios a la primera esposa), servían para hacer ostentación del rango social de sus señores.

El epítome de esa estructura era la Ciudad Prohibida de Pekín, donde residió el Hijo del Cielo durante las dinastías Ming y Qing. Allí se albergaban varios cientos de concubinas, muchas de las cuales acababan sus días sin haber conocido varón. Su único amante posible, el emperador, se movía dentro de un gineceo en apariencia ilimitado, pero a la postre reducido por su propia pujanza sexual y por sus ataduras afectivas. El emperador Kangxi (1654-1722), el más prolífico de los de la dinastía Qing, dejó tras de sí veinticuatro hijos y doce hijas (otros y otras murieron sin sobrevivirle), pero sólo (?) se le conocen sesenta y cuatro esposas y concubinasVéase Jonathan D. Spence, Emperor of China. Self-Portrait of K’ang-Hsi, Nueva York, Vintage Books, 2012.. Ahora bien, si dejamos a un lado estos rasgos de exotismo que picaban la curiosidad de misioneros y observadores occidentalesVéanse Hans-Jürgen Döpp, Voluptés orientales, Nueva York, Parkstone International, 2012, y las fabulaciones de Edmund T. Backhouse en su Décadence Mandchoue, Hong Kong, Earnshaw Books, 2011., y excitaban también sus acerbas críticas, la mayoría de los matrimonios en las clases subalternas eran monógamos.

Esas familias extensas tenían una importancia central en la economía rural de China y eran las unidades básicas de producción, de ahí que la mayoría de los matrimonios fueran arreglados por las familias de los contrayentes, sin espacio para el amor romántico. Adicionalmente, la familia abarcaba también otras funciones de educación formal y moral, regulación de afectos o seguridad social que en China no han sido asumidas por agencias más o menos públicas hasta finales del siglo XX. El papel central de la piedad filial en la obra de Confucio y, luego, en la de sus seguidores durante las dinastías Song y Ming, no es más que un reflejo de regulación de esos menesteres.

Finalmente, la familia patrilineal y patrilocal otorgaba una prima de supervivencia a los varones sobre las mujeres. Muchas de ellas eran abortadas o sacrificadas tras su nacimiento para hacer sitio a futuros herederos masculinos. Este arreglo inmemorial comenzó a cambiar con la fundación en 1949 de la República Popular. Para el Partido Comunista y para muchos de sus admiradores, el maoísmo tuvo un papel decisivo, especialmente por la mayor autonomía de la que gozaron las mujeres en la nueva sociedad. Suele aducirse a su favor que Mao recordó oportunamente un antiguo proverbio chino («Las mujeres sostienen la mitad del cielo») y que la llegada al poder de los comunistas acabó con el vendaje de los pies de las mujeres; con la poligamia y el concubinato; y con la prostitución. También que impulsó la incorporación masiva de las mujeres a la mano de obra. En suma, Mao habría sido un gran promotor del papel social de las mujeres.

A mi entender, nada hay tan lejos de la realidad. No se trata de negar la evidencia de los cambiosIncluso una crítica del maoísmo tan feroz como la de Jung Chang en Wild Swans. Three Daughters of China. Nueva York, Touchstone Books, 2003, capítulo 6 (Cisnes salvajes. Tres hijas de China, trad. de Gian Castelli, Barcelona, Circe, 2003) reconoce el papel de los comunistas en esos cambios., ni tampoco de aducir argumentos ad hominem sobre el comportamiento sexual del Gran TimonelSobre este punto hay una amplia documentación en el libro de Li Zhisui, The Private Life of Chairman Mao. The Memoirs of Mao’s Personal Physician, Nueva York Random House, 1996 (La vida privada del presidente Mao. Memorias del médico personal de Mao, trad. de Carlos Pujol, Barcelona, Planeta, 1995)., pero nada permite convertir a Mao ni a los comunistas chinos en anacrónicos campeones del feminismo. Lo que a Mao y sus seguidores les interesaba, como él mismo resumía en el pasaje citado al principio de este texto, era un crecimiento de la fuerza de trabajo que hiciese posible el de la producción. A la sexualidad sólo podía justificarla la procreación, otra forma de la producción final. Los intereses afectivos y eróticosChina cuenta con una larga tradición de literatura e imaginería erótica. El clásico mejor conocido es The Plum in the Golden Vase, 5 vols., Princeton, Princeton University Press, 2013. de las personas aisladamente consideradas, hombres y mujeres, le tenían sin cuidado. Lo que a él le importaba eran sólo esas grandes masas de seguidores entusiastas, indistinguibles, salvo por las coletas de las mujeres, y asexuados bajo su uniforme conocido como el traje Mao. Pronto pasarían a formar parte de la armada de los trabajadores. Números perfectamente fungibles y prescindibles todos ellos si lo exigía la ocasión. «Los impulsos sexuales propios de los jóvenes eran brutalmente reprimidos y, en algún caso, acarrearon la pena de muerte para quienes cedían a ellos, especialmente entre los guardias rojos», apunta un testigo de aquellos fastosRichard Kirkby, Intruder in Mao’s Realm. An Englishman’s Eyewitness Account of 1970s China, Hong Kong, Earnshaw Books, 2016.. El único sentimiento aceptable entre los sexos era la camaradería, hasta el punto de que, en aquel erial de los afectos, las películas venidas de Corea del Norte representaban un oasis. A menudo sus épicos héroes y heroínas enlazaban la pasión revolucionaria con sus historias de amor. Indudablemente, chinos y chinas mantenían relaciones afectivas y sexuales, como lo atestigua su número de hijos en aquellos tiempos, pero sólo se justificaban si se mostraban dispuestos a entregarse con una pasión aún mayor al sol que iluminaba sus vidasDe entre la literatura crítica del maoísmo, los análisis de Simon Leys siguen siendo insuperados. Véase en especial su Les habits neufs du président Mao, París, Champ Libre, 1971 (Los trajes nuevos del presidente Mao, trad. de Daniel de la Iglesia y Enrique Escobar, Barcelona, Tusquets, 1976)..

Aunque hay otras, ha sido la demografía, no el maoísmo, la causa principal de los cambios perceptibles en el panorama familiar de la China actual. Cuando se sigue la evolución de la pirámide demográfica a lo largo de los años de la reforma (entre el censo de 1982 y el de 2010), inicialmente el número de hombres excedía al de mujeres en los años anteriores a la jubilación y esa relación variaba después. Son tendencias bien conocidas universalmente. La proporción global entre sexos suele estar en 105-107 hombres por cada cien mujeres, pero la esperanza de vida suele ser mayor para ellas. Sin embargo, en China se produjo una desviación alarmante de la media en las cohortes nacidas después de 1990. La proporción entre sexos, que en 1982 era ya de 108/100, pasó a 115/100 en 1994, para llegar a un cenit de 121/100 en 2004. En 2014 había descendido a 113,5, pero aún seguía siendo la tasa más desproporcionada del mundoLa reducción se debió, ante todo, a nuevas medidas coactivas. Dado que las ecografías permitían saber con anticipación del sexo del feto y que éste tenía más posibilidades de ser abortado si era femenino, el Gobierno prohibió su realización.. La estimación más aceptada que en los últimos treinta años han nacido entre veinte y treinta y cuatro millones más de varones que de hembras.

Se trata de un seísmo cuyas consecuencias son poliédricas y aún difíciles de ponderar. No sólo, como se suele hacer creer, por el negro porvenir matrimonial que espera a esos millones de hombres, especialmente de medios rurales, a lo largo de los próximos veinte y treinta años; más allá, la familia china tradicional, patriarcal y extensa, agoniza y eso va a plantear serios problemas al régimenNicholas Eberstadt, China’s Family Planning Goes Awry.. Las tendencias se muestran aún poco definidas, pero van haciéndose notar con mayor fuerza a medida que pasa el tiempo y a pesar de los intensos esfuerzos oficiales por oscurecerlasMuchos de los que siguen están tomados de publicaciones oficiales que remiten a encuestas de opinión de diversos organismos y cuya metodología no es posible controlar. Conviene, pues, tomarlos con el imprescindible grano de sal. En cualquier caso, contribuyen de modo importante a la formación de la opinión pública local..

Ha sido la demografía, no el maoísmo, la causa principal de los cambios perceptibles en el panorama familiar de la China actual

La primera institución en sufrir las consecuencias ha sido el matrimonio. El número de nuevas licencias matrimoniales, que había subido considerablemente en los años de mayor bonanza económica (2005-2010), ha caído en los tres últimos años hasta los doce millones. Es lógico, porque el desplome demográfico y el exceso de hombres han disminuido el número relativo de candidatos femeninos.

También ha contribuido a la tendencia el aumento de edad de los cónyuges en su primer matrimonio. La edad legal para contraerlo es de veinte años para las mujeres y veintidós para los hombres, pero la real ha ido dilatándose con el tiempo. En 1982 estaba en 24,1 años; en 2010 subió a 24,8; y en 2015 llegó a los 26, a pesar de la tradicional insistencia de las familias en que sus hijas casen jóvenes y de las campañas de la Federación China de Mujeres con el mismo finEntre otras menos notables, esa institución ha extendido que las mujeres que no hayan contraído matrimonio antes de cumplir veintisiete años son desechos, un remoquete que ha cuajado en la opinión pública.. El retraso, sin embargo, no se debe a que la iniciación sexual de ambos géneros se haya tornado más tardía, antes al contrario. Una encuesta reciente apuntaba que los nacidos después de 1995 habían tenido su primera experiencia sexual a los diecisiete años, cuando sus antecesores nacidos en 1980 habían esperado hasta los veintidós. En 1989, señalaba otra encuesta, sólo un 15% de chinos había mantenido relaciones prematrimoniales; hoy, al parecer, el porcentaje ha ascendido al 71%. Todo lo cual encaja con un decreciente interés por la virginidad femenina y por la fidelidad conyugal que expresan algunos grupos de mujeres universitarias. Si actitudes similares formaban parte del imaginario masculino habitual, tradicionalmente mucho más permisivo, su extensión entre las mujeres es muy reciente.

Aunque menos que en Japón, también va creciendo el número de mujeres dispuestas a permanecer solteras por voluntad propia. En 2015, el número de personas no casadas en China se situaba en doscientos millones (incluyendo a los que estaban por debajo de la edad legal para casarse). El porcentaje había ascendido del 6% en los años noventa a 14,6% en 2013. Entre ese grupo, 58 millones vivían independientemente y se estima que ese número llegará a los 132 millones en 2050. Un 36,8% de las mujeres no casadas en 2015 opinaba que el matrimonio no era imprescindible para una vida feliz. Aunque los datos son muy imprecisos, y a pesar de la vergüenza social y de los inconvenientes legales que afrontan, el número de parejas no casadas que han decidido tener hijos está igualmente en aumento.

Un efecto de la relativa pérdida de importancia social del matrimonio que asusta a las autoridades es el aumento de los divorcios, que han crecido mucho durante los últimos doce años. En 2012, 3,1 millones de parejas se divorciaron superando por primera vez el número de matrimonios contraídos. En 2013 fueron 3,5 millones y en 2014, 3,6 millones.

La creciente independencia financiera de las mujeres y la educación narcisista de los hijos únicos se han convertido en los sospechosos habituales para explicar esa tendencia. Hay también quienes apuntan a los llamados matrimonios desnudos, es decir, los contraídos sin la autorización o el consejo de los padres y sin pensar en las eventuales consecuencias financieras del amor romántico, que serían más frágiles. Esta última explicación tiene, sin embargo, un radio muy corto. Pese a los cambios, muchos padres siguen insistiendo en considerar el matrimonio como un pacto de intereses económicos y empujan a sus hijos, sobre todo a sus hijas, a atar al máximo los detalles. Precisamente la relativa escasez de mujeres ha tendido a reforzar esta tendencia. Si en épocas anteriores se esperaba que las mujeres aportasen una dote a la familia de su marido, hoy son los varones que se encuentran en el mercado de nupcias quienes tienen que demostrar solvencia económica, generalmente resumida en la propiedad de la futura vivienda conyugal, a la que van sumándose, con intensidad variable según las clases sociales, otros imprescindibles objetos de deseo, como un coche, financiación de una boda rumbosa y de la luna de miel, promesas de futuras vacaciones y otras ventajas económicas. El matrimonio se ha convertido así para muchas mujeres en ocasión para un importante salto hipergámico.

Finalmente, conviene recordar las voces que empiezan a abogar por el reconocimiento de la homosexualidad y otras identidades sexuales, evitar la discriminación de sus miembros y darles la posibilidad de contraer matrimonio. Aunque el Gobierno arrastra los pies, la mera reclamación de esos derechos lo coloca en una situación difícil.

La preocupación del neomandarinato es palmaria. Hace tan solo unas semanas, el presidente Xi Jinping recordaba la necesidad de impulsar las virtudes de la familia china y de convertirlas en un cimiento decisivo del desarrollo nacional, el progreso y la armonía social. Faltando a la verdad y al otro cimiento decisivo de todas esas cosas –el pensamiento anticonfuciano de Mao Zedong−, Xi insistía en que «los valores familiares tradicionales están grabados en las mentes y corren por la sangre del pueblo chino». Las familias que sueñen con practicarlos podrán hacer realidad el sueño chino de rejuvenecer a la nación y asegurar su felicidad.

Son buenos deseos del presidente que enfilan una cuesta arriba. Para hacerlos realidad, Xi tendrá que torcer el destino que sus antecesores y él mismo se han impuesto con sus frenéticas decisiones demográficas.

02/01/2017

 
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