| |
Apología
de la inmanencia
RAFAEL
NARBONA
CRÍTICO LITERARIO
Onfray utiliza argumentos escasamente originales.
No hay otra vida, el alma no es inmortal, es absurdo difamar el
cuerpo, los dioses surgen de una patología colectiva, religión y política
se conciertan para oprimir al hombre. La religión está asociada
a la pulsión de muerte, al desprecio hacia la mujer y al temor
a la diferencia. Incapaz de convivir con el otro, se ha aliado con
el poder temporal para consumar su exterminio. No sin cierto ingenio,
Onfray recurre al insulto para acusar a las religiones monoteístas
de orquestar una ofensiva mundial contra los prepucios. El elogio
de la castidad nace del odio a la condición femenina: «Las
mujeres son demasiado. Demasiado deseo, demasiado placer, demasiado
exceso, demasiadas pasiones, demasiado desenfreno, demasiado sexo,
demasiado delirio» (Tratado de ateología).
Las cartas paulinas son despachadas como «la neurosis de un
aborto». La pluralidad de interpretaciones sólo acredita
el oportunismo de un enfermo con suficiente ambición política
para sembrar de contradicciones sus epístolas. Hay que anticiparse
a los tiempos y adaptarse a lo que venga. Esa perversidad se prolonga
hasta nuestros días. El cristianismo inventó el etnocidio.
Católicos y protestantes confraternizaron con Hitler. El judaísmo
y el islam no son menos deplorables. Las tres religiones constituyen
la mayor amenaza contra la democracia y la paz mundial.
Las sabidurías de la Antigüedad. Contrahistoria
de la filosofía I (2006) es un libro que extiende el
trabajo de demolición a la historia de la filosofía,
que ha marginado sistemáticamente a las escuelas refractarias
al dualismo ontológico surgido de la tradición órfico-pitagórica.
Una línea de pensamiento que adquiere su primera madurez
con Platón y que más tarde florecerá en la
escolástica, salpicando a toda la filosofía posterior
hasta el Siglo de las Luces, no sin ciertas excepciones, como Spinoza
y algún materialista despistado o contumaz. El mérito
más importante de Onfray es su afán en recuperar
a Demócrito y Epicuro, pero su investigación no exhuma
ninguna novedad, salvo ciertos golpes de humor, como recordar el énfasis
de Demócrito en la esterilidad (mejor no procrear porque
es imposible educar) y el onanismo (el amor sólo es una
imbecilidad transitoria). Onfray, que no disimula su admiración
por Nietzsche, repite la pirueta conceptual del eterno retorno:
hay que vivir el instante como si pudiera acontecer una y otra
vez, pero con la sabiduría del que sólo cree en la
finitud. La alegría no puede proceder del pasado ni del
futuro, dimensiones del tiempo que sólo existen en la memoria
o en la anticipación. Esa apuesta no incluye al otro, pues
el yo sufre intolerables perturbaciones al relacionarse con los
demás. El objetivo del filósofo es «el cuidado
de uno mismo», sin prodigar el sufrimiento ajeno. Este hedonismo
no implica desenfreno, pues el placer nos convierte en esclavos
cuando no moderamos sus exigencias.
Ahí está el caso de Diógenes. Su talento para
la provocación («Perro regio, onanista y pedorrero»)
no es digno de imitación, pues desconoce el límite
y el término medio. Además, su desprecio por lo material
no reconoce el legítimo placer de tener. La estela de Bataille
aparece en Onfray cuando recupera el elogio de Medea entonado por
la escuela del perro. Medea no es una mujer letal, sino una maga
con el poder necesario para hacer a los hombres fuertes y vigorosos,
familiarizándoles con lo terrible. De nuevo, sopla el aliento
de Nietzsche, especulando sobre los fundamentos de la moral judeocristiana.
Más perspicaz resulta el análisis de Epicuro, donde
la filosofía se convierte en terapia del cuerpo y el alma.
El papel de la filosofía como medicina curativa no excluye
el suicidio, la opción más oportuna ante el infortunio
o el dolor irremediable. La filosofía no vale nada si no se
transforma en estilo de vida. Esa circunstancia no afecta a lo comunitario,
pues el hedonista anhela vivir oculto, no comprometerse. Sólo
hay que cultivar la amistad, una emoción razonable, que contribuye
a facilitar nuestro tránsito por el mundo. Lucrecio es la
expresión más lúcida del hedonismo. La guerra
y la muerte son la verdadera teleología de la historia humana,
una finalidad sin fin, pero que no se corresponde con el juicio estético
kantiano, sino con el compás de una sinfonía terrorífica.
Hay una claridad brutal en el ateísmo, que hace retroceder
a la teología: «Cuando el filósofo trabaja, el
sacerdote retrocede». El hedonismo trágico de Lucrecio
invita al hombre a ser como una ciudadela inexpugnable, sin olvidar
que su libertad consiste en «querer lo que se da», sin
codiciar lo irrealizable.
En El cristianismo hedonista, segunda entrega de su Contrahistoria
de la filosofía, Onfray se muestra menos beligerante,
más sereno en el análisis. No rectifica, pero matiza
hasta el extremo de ofrecer una interpretación mucho más
estimable. Al estudiar el gnosticismo, reconoce dos tendencias: el
gnosticismo encrático, que sigue una línea ascética,
y el gnosticismo hedonista, libertinos que contemplan la carne sin
el prejuicio platónico. El cuerpo no es un lastre ni una prisión,
sino un instrumento que nos ofrece la posibilidad de disfrutar. El
interés de Onfray por el gnosticismo no deriva hacia una reivindicación
semejante a la de Harold Bloom, que en Presagios del milenio (1996)
finaliza la obra con un sermón donde se atribuye la imperfección
del mundo a la incompetencia de «ángeles ineptos».
Sin embargo, Onfray y Bloom coinciden en su interés por el Evangelio
apócrifo de Tomás, según el cual el hombre
es un transeúnte en una realidad, cuya comprensión
exige el autoconocimiento. «Si no os conocéis a vosotros
mismos, entonces moráis en la pobreza, y sois la pobreza».
Es evidente que el aforismo repite la sentencia socrática,
un ejercicio de introspección no orientado hacia el desprecio
del cuerpo, sino al conocimiento integral de la condición
humana, incluidos sótanos y cloacas.
En su recorrido por las figuras menores de la historia de la filosofía,
Onfray rescata las tesis sobre la gracia de Simón el Mago,
Valentín y Basílides, que prefiguran la doctrina luterana
de la predestinación, aunque desde insólitas perspectivas:
hay que agotar el mal para permitir la emergencia del bien, no hay
plato más delicioso que el paté elaborado con los restos
de un feto humano, hay que copular hasta la extenuación para
agradecer a Dios el privilegio de poseer un cuerpo. En definitiva,
los actos carecen de importancia. Es indiferente matar, educar o
esforzarse en la santidad. Hay que escatimar o despilfarrar el esperma,
pues su efusión o contención constituyen una expresión
de gratitud hacia Dios. Estas doctrinas pueden englobarse en un movimiento
llamado Espíritu Libre, una corriente difusa, herética,
estrafalaria, que repudia cualquier forma de culpabilidad, incluso
ante los crímenes más horribles, como el infanticidio.
Dios existe, sin duda, pero no como ser personal, antropomórfico.
Casi todos los representantes de este movimiento acaban en la hoguera
y, según Onfray, su raíz común es una ética
de la alegría que celebra el cuerpo, la vida, la materia.
El hedonismo no es un rasgo exclusivamente gnóstico. También
pertenece al espíritu cristiano, pero ha sido desechado por
el fundamentalismo de Roma y el puritanismo luterano y calvinista.
Lorenzo Valla (1407-1457) nos ofrece una visión del mensaje
cristiano que no incluye la antropofagia ni el desenfreno sexual,
pero sí la sencillez de las virtudes teologales: fe, esperanza
y caridad. La providencia de Dios no le convierte en el responsable
del mal, pues su capacidad de prever no implica una relación
causal. La esperanza no debe asociarse al sacrificio, sino a la felicidad,
al placer de existir y estar conforme con uno mismo. La esencia de
Dios no coincide con el celo inquisitorial, sino con la amistad.
El epicureísmo cristiano entiende la relación
del hombre con Dios en términos de amistad y no de temor.
Onfray no oculta su simpatía hacia Erasmo, que ensalza la
locura del verdadero cristiano («pobre, humilde, dulce, pacífico,
generoso»), ni su admiración hacia Montaigne: católico,
justifica el suicidio; casado, aconseja que el marido sea sordo y
la mujer ciega ante posibles infidelidades; envuelto en feroces guerras
de religión, desaprueba la tortura y la violencia; cree en
la trascendencia, sin difamar lo inmanente; habla del inconsciente
y de la herencia biológica, y considera que Dios nos regala
la libido para usarla y no para reprimirla. En La fuerza de existir.
Manifiesto hedonista (2008), Onfray muestra su faceta menos
inspirada: vituperio de la tradición judeocristiana, con argumentos
de manual de bachillerato; incursiones en el terreno de la estética,
manifestando el mismo desprecio hacia Platón, Kant y los herederos
de Duchamp, incapaces de comprender su gesto libertario; reivindicación
de un Nietzsche anticapitalista, sin problemas para admirar el genio
judío y deplorar la sociedad de consumo. En suma: pensamiento
provocador, panfletario, escasamente original, pese a su máscara
subversiva. Lo más apreciable de esta obra son las páginas
autobiográficas, que plantean la relación causal entre
el cuerpo y la filosofía. Las ideas son una prolongación
de la experiencia. Es imposible separar la historia del cuerpo, las
incidencias biográficas del pensamiento. Toda filosofía
es una egodicea, la peripecia de un cuerpo pensante y sufriente.
Onfray no ha inventado el best-seller filosófico,
pero demuestra una enorme habilidad para disfrazar ideas tanto ajenas
como propias, fingiendo una síntesis que derrumba el edificio
de la teología y reescribe la historia de la filosofía,
rescatando obras y autores marginales. Las banalidades se ocultan
bajo una pretendida transparencia y la irreverencia arroja una cortina
de humo sobre el vacío de pensamiento. La ofensiva contra
la teología y la filosofía se limita a redundar en
tesis que ya se habían formulado con prosa más elocuente
y más espesor conceptual. Estas gravísimas limitaciones
no impiden que Onfray se interne en el pensamiento de Erasmo y Montaigne,
elaborando una tesis de indudable originalidad: hay un cristianismo
hedonista, opuesto al odio hacia el cuerpo propagado por el platonismo.
Al margen de polémicas hermenéuticas sobre la tradición
cristiana, Slavoj ÎiÏek nos recuerda en El frágil
absoluto (Pre-Textos) el valor del legado paulino. La Epístola
a los Corintios no puede despacharse como el delirio de un histérico: «Sin
amor nada soy. El amor es paciente; el amor es benigno. Todo lo excusa,
todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta» (13: 4-7). Pablo
de Tarso no excluye, sino que integra: «Ya no hay judío
ni griego; ya no hay esclavo ni libre; ya no hay varón ni
hembra, pues todos vosotros sois uno en Cristo Jesús» (Gálatas
3: 28). Sería absurdo negar las flagrantes contradicciones
que salpican las epístolas paulinas, pero hay un radicalismo
universalizador que ÎiÏek considera digno de preservar
como origen de conceptos más modernos. Al vincular la Declaración
de Derechos Humanos al cristianismo surge de inmediato la objeción
de una ortodoxia encargada de velar la interpretación canónica
de las Escrituras, pero, con independencia de las Iglesias que se
disputan la herencia cristiana, hay un mandato incondicional que
impone no sólo amar al prójimo, sino al enemigo, al
otro en su forma menos comprensible, en cuanto antagonista que pretende
arrebatarnos la vida. No puede despacharse la tradición judeocristiana
sin desmontar los argumentos de Levinas («conocer a Dios es
hacer justicia al prójimo», «el infinito sólo
posee la gloria a través del acercamiento al otro»),
Jankélévitch o Hannah Arendt. Los dos últimos
secularizan el mandato cristiano del perdón para ofrecer la
posibilidad de reescribir el pasado. El perdón instaura «un
orden nuevo; es fundador del porvenir» (Jankélévitch);
permite superar la irreversibilidad de los hechos, ofreciendo la
posibilidad de comenzar de nuevo (Arendt).
Onfray no menciona a los grandes teólogos protestantes del
siglo xx, como Barth, Tillich o Jürgen Moltmann. Moltmann ha
elaborado su teología de la cruz a partir de la
muerte de Jesús, condenado a morir como esclavo. Esa muerte
infame se refleja de diferentes maneras en las cartas paulinas. En
Hebreos, epístola atribuida a otro autor (una vez más,
no importa la letra, sino el espíritu), hay palabras de solidaridad
para las víctimas de la tortura, la mayor indignidad que puede
infligir un hombre a otro: «Acordaos de los presos, como si
compartierais con ellos la prisión; de los torturados, como
si vosotros también estuvierais dentro de su piel» (13:
3). Tras la muerte de Hitler, el cardenal Bertram ofició una
misa por su alma, pero unos pocos días antes había
sido ahorcado Dietrich Bonhoeffer, acusado de participar en la conspiración
de Von Stauffenberg. Su teología secular afirmaba que la responsabilidad
del hombre consiste en vivir como si Dios no existiera, preservando
nuestra irrenunciable y en ocasiones dolorosa autonomía. Dios
es Padre, según Pablo, pero no un padre omnipotente. Dios
no intervino en Auschwitz –especula Hans Jonas– porque
no pudo. Dios no es omnipotente –coincide Slavoj ÎiÏek–,
sino un frágil absoluto. Es ese sentido que Wittgenstein situaba
fuera del mundo, la causa necesaria que explica el ser en vez de
la nada, pero –consciente del sufrimiento desencadenado
con su acto creador– sólo puede aliviar el dolor haciéndose
presencia por medio de su Hijo. La pregunta retórica de Benedicto
XVI al traspasar el infame umbral de Auschwitz («Dios mío, ¿dónde
estabas?»), ya fue respondida por Elie Wiesel: en los cuerpos
destruidos por la rutina del Lager, en las cámaras
de gas, suspendido de una horca, soportando la condición de «musulmán»,
preservando, no obstante, ese resto de humanidad al que se refiere
Agamben. «Dios está incompleto –apunta Jürgen
Moltmann– hasta que experimenta la muerte y el sufrimiento».
Dios sufre y ese sufrimiento le aleja de los atributos que le han
acompañado durante siglos. Dios no es un déspota ni
un César. No puede hablarse de Absoluto después de
Auschwitz. Escribe Moltmann: «Hablar aquí de un Dios
absoluto lo convertiría en una nada destructora. Es una blasfemia» (El
Dios crucificado). ÎiÏek, que en una entrevista reciente
se confesaba escéptico sobre la existencia de Dios, considera
necesario conservar el legado cristiano, pues el mandamiento de «amar
al prójimo» «nos impone siempre hacer más
y más [...]. Y no meramente en su dimensión imaginaria;
ni tampoco en su dimensión simbólica (el sujeto abstracto
de la Declaración de los Derechos Humanos), sino como a Otro
en el abismo de lo Real, al Otro como una presencia propiamente inhumana,
irracional, radicalmente mala, arbitraria, repugnante. Este Otro
enemigo no debe ser castigado (como pide el Decálogo), sino
aceptado como un prójimo» (El frágil absoluto
o ¿Por qué merece la pena luchar por el legado cristiano?).
Onfray arremete contra una concepción estereotipada del cristianismo
o, más exactamente, contra el conservadurismo clerical. Desde
su punto de vista, los aspectos positivos de la tradición
cristiana proceden de su comercio con otras ideas, pero en la matriz
sólo hay odio a la vida, el placer y la materia. Más
que en el terreno de la teología o del laicismo racional,
se mueve en las aguas siempre turbias de la polémica fácil,
provocadora, escandalosa y sin sustancia. Es posible un laicismo
cristiano, semejante al de ÎiÏek, o un judaísmo
racional y crítico, como el de Levinas, Hans Jonas o Jankélévitch.
Las utopías que dibujan un futuro perfecto
suelen desembocar en un trágico infortunio, pero la perspectiva
teológica
de un mañana que recoge el sufrimiento de las víctimas
y las devuelve a la Historia para restituir su presencia forma parte
de ese espíritu utópico que se rebela contra la impunidad
de la injusticia y la irreversibilidad del tiempo. Erwin Schrödinger
afirmaba que el notorio ateísmo de la ciencia surge de una interpretación
de la realidad basada en la percepción del mundo físico,
pero esa percepción olvida que el mundo físico sólo
existe por y a través de la conciencia. «Lo que construimos
en nuestras mentes no puede tener (así lo siento) un poder dictatorial
sobre nuestra mente» («Ciencia y religión»).
Se alegará que esto es misticismo, acepta Schrödinger,
pero Kant ya estableció la diferencia entre conocer y pensar.
Dos siglos más tarde, ha prevalecido la concepción de
la verdad de las ciencias empíricas, pero ese criterio no es
menos provisional que nuestro conocimiento insuficiente de lo real.
La incapacidad de la física para unificar sus teorías
en un paradigma revela que sólo hemos roturado una parte del
cosmos. Mientras tanto, nos queda la metafísica, tan desacreditada
por la posteridad de Kant, pese al amor que éste le profesaba.
No es la primera vez que un hombre contribuye a la destrucción
de lo que ama. Habrá que esperar a tiempos más propicios
para lo meramente hipotético. Los libros de Onfray suenan a
anticlericalismo trasnochado. Hay que agradecer su transparencia, su
fervor antiacadémico, su humor, pero nada de eso le exime de
su tendencia a simplificar, a despachar el fenómeno religioso
con argumentos endebles. Su propósito de liberar al hombre del
yugo de las religiones monoteístas no se muestra demasiado atinado
a la hora de escoger compañías. Su apología de
Nietzsche nos obliga a citar una de sus frases más desdichadas: «Los
débiles y malogrados deben perecer: artículo primero
de nuestro amor a los hombres. Y además se debe ayudarles a
perecer» (Ecce Homo). ¿Hay algún pensador
que reivindique la administración de este legado?.
|
|