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El
Guggenheim Bilbao, después del «efecto»
ELENA
VOZMEDIANO
CRÍTICA DE ARTE
La campaña publicitaria ideada para este aniversario se basaba
en la palabra vasca Gu, que significa “nosotros”.
Síntoma de que, a pesar de los avances, el ciudadano vasco aún
no siente del todo como propio el museo. En esas fechas, el mismo gobierno
vasco, junto a Caja Laboral, entregó el “Premio vasco
universal” al Guggenheim —suele concederse a personas,
no a instituciones, y menos dependientes de la administración
autonómica— por su contribución a proyectar una
imagen positiva del País Vasco en el exterior. En los agradecimientos
de rigor, el secretario de Acción Exterior, Iñaki Agirre,
no pudo dejar de mencionar el famoso “efecto Guggenheim” de
transformación urbana y económica, que sigue siendo hasta
hoy la única baza definitivamente ganada.
No todo han sido parabienes. Han visto en este año la luz dos
publicaciones que se han enfrentado a la tarea de hacer balance de
estos primeros años de andadura al margen del discurso oficial.
El primero reúne las intervenciones de los distintos especialistas —artistas,
historiadores, críticos, gestores, sociólogos, arquitectos— que
participaron, en abril de 2004, en un simposio celebrado en el Nevada
Museum of Art de Reno, organizado por el Centro de Estudios Vascos
de la Universidad de Nevada y coordinado por Anna Maria Guasch y
Joseba Zulaika .
Su título, Aprendiendo del Guggenheim Bilbao, seguramente
remite, aunque no se explicite, al clásico Learning from
Las Vegas de Robert Venturi, lo que sugeriría una asociación
con el elevado factor de riesgo de las apuestas —se ha hablado
repetidamente de Krens como “jugador” y se ha considerado
lógico que el Guggenheim acabara teniendo una sucursal en Las
Vegas— y, como añadido, con la tipología de arquitectura
seductora, simbólica, al servicio del entretenimiento y el consumo.
Las aportaciones que encontramos aquí son de altura irregular,
pero tienen la virtud de incluir perspectivas diversas, incluso encontradas,
que fomentan el debate. Desde la visión más política
de Jon Azúa, uno de los artífices del proyecto desde
su puesto de vicelehendakari del Gobierno vasco, hasta el irónico
relato de la artista Andrea Fraser, que recorre el museo guiada por
la pomposa audioguía que se entrega a los visitantes. Algunos
de los textos tocan lateralmente la cuestión, como el del historiador
Serge Gilbaut, que se centra en los viejos planes de expansión
brasileña del MoMA o el de Lucy Lippard, que ni siquiera ha
visto el museo, pero en general proporcionan abundantes datos y proponen
interpretaciones.
El segundo de los libros ahora aparecidos es el de Iñaki Esteban,
filósofo y periodista de El Correo, que elabora una
teoría del “ornamento” partiendo de los significados
que dan a la palabra Adolf Loos y Sigfried Kracauer, para adaptarla
a las funciones políticas, económicas y sociales que
se han atribuido al Guggenheim. El (llevadero) aparato filosófico
con el que se arropa el autor resulta en realidad prescindible en la
explicación de los alcances del museo, que son expuestos con
la suficiente distancia crítica y apoyados en informaciones
sólo disponibles para quienes como él han vivido todo
el proceso desde muy cerca. Sabemos ya mucho, gracias a éstos
y otros escritos, sobre el edificio, la utilización política,
las derivaciones económicas y los usos sociales del museo. Quizá a
estas alturas lo que correspondería sería hacer un análisis
serio de los contenidos del mismo y de sus funciones puramente artísticas.
Ya desde su formulación sobre el papel, ha sido característica
definitoria del Guggenheim Bilbao el subordinar su definición
como museo a los diferentes intereses que concita. Desde la perspectiva
de la crítica de arte, conviene conocer cuál es el modelo
museístico que se ha propuesto, cómo se ha desarrollado
y cuáles son los “efectos” que ha tenido en el terreno
artístico.
¿Debemos aceptar que un museo ya no es en primer lugar, y no lo será nunca
más, un espacio para el arte? El Guggenheim Bilbao es uno de los más
llamativos indicadores en tal sentido. No es que no contenga arte —con
excepciones: vestidos, motos...—, y hasta de gran calidad; es que el
arte es sólo un moblaje glamouroso del gran dispositivo propagandístico-turístico.
De contenido, ha pasado a “envoltorio”, a maquillaje. Una transformación
que afecta sobre todo a los museos de arte contemporáneo. A pesar de
que los museos históricos se han adaptado a los tiempos que corren con
nuevos espacios y servicios destinados sobre todo al turista que las “rejuvenecen” y
las hacen más accesibles, no parece que hoy por hoy corran el peligro
de la radical “disneyficación” que afecta a los de arte
reciente. Se han llevado a cabo en aquéllos algunas intervenciones espectaculares,
desde la pirámide del Louvre a la bóveda acristalada del British
Museum pero, aunque haya una parte del público que —especialmente
durante los primeros meses tras su inauguración— acuda a ver las
novedades arquitectónicas, el contenido artístico, colecciones
de arte antiguo y moderno de reconocido valor, nunca podrá ser oscurecido
por ellas. Eso sí, el ansia de visitantes es palpable. El éxito
de las fotografías de Thomas Struth —que los retrata de manera
casi antropológica—, no sólo en centros de arte actual
sino también en históricos como el Metropolitan y el Prado, habla
de la relevancia que el público tiene en la realidad económica
y social del museo, en su propia definición y en la imagen con la que
se identifica: “el público convertido en obra de arte” ,
en codiciado bien digno de ser exhibido.
El museo de arte contemporáneo es casi siempre de reciente fundación.
Sobre todo en países que, como el nuestro, se han sumado con
retraso a la dotación de infraestructuras para la creación
del siglo XX. Muchas veces el museo nace sin colección. El caso
Guggenheim Bilbao, que dispone sólo temporalmente de una colección
ajena, no es tan singular como podríamos pensar .
Reunir una colección propia es lento, requiere de una inversión
considerable y no es políticamente rentable. En nuestro país
son pocas las instituciones públicas que estén coleccionando
de forma sistemática y, sobre todo, planificada. En algunos
casos hay presupuestos reducidos para el funcionamiento de los museos;
en otros que tienen más medios falta visión de futuro.
El resultado es que buena parte de las obras más importantes
que los artistas españoles producen hoy van a colecciones particulares
o corporativas, y los museos públicos van a depender dentro
de unas décadas de lo que esos coleccionistas quieran prestarles
o donarles, o comprar en el mercado secundario a precios mucho más
altos.
Desde hace años se critica esa pulsión por parte de diferentes
administraciones, desde la estatal a las locales, de construir museos
de arte, olvidándose enseguida del mantenimiento y enriquecimiento
de sus contenidos. Lo que el Guggenheim nos ayuda a comprender es que
lo que precisamente se desea y más se valora es la construcción. “Si
la arquitectura es tan buena como en Bilbao, que se joda el arte” .
Es increíble que un gran arquitecto como Philip Johnson pueda
decir algo así, pero el exabrupto traduce de alguna manera un
estado de opinión muy extendido .
Un giro en las políticas culturales en el que intervienen
al menos dos factores de fondo.
LA ARQUITECTURA, LA MAYOR ENTRE LAS ARTES
El primero es político y económico, medido en términos
de rentabilidad. La crítica de The New York Times Deborah
Solomon, escribiendo precisamente sobre el Guggenheim y citando a Krens,
definía muy bien la situación: “Es más fácil
conseguir dinero para un edificio que para una exposición; el
edificio es permanente. [...] Es más grande que una
obra de arte, y menos misterioso” .
La arquitectura espectacular posee el valor icónico que las
campañas de imagen requieren, no sólo en el contexto
urbano sino también en el mediático, y resulta enormemente
provechosa, como demuestra el “efecto Guggenheim”. “Para
producir un gran salpicón en la piscina de la cultura del espectáculo
actual — ha dicho Hal Foster—, has de tener una gran
piedra que tirar, tal vez tan grande como el Guggenheim Bilbao. Muy
pocas obras de arte individuales podrían desempeñar ese
papel, por no decir ninguna” .
Volveremos sobre el tema del tamaño.
El segundo es la creciente consideración de la arquitectura
como la mayor entre las artes. Lo fue ya en otros momentos históricos
(antigüedad, medioevo) pero, por alguna razón, a partir
del siglo XVIII —justo cuando su estudio y su práctica
se regularizan a través de las Academias— y tras las genialidades
barrocas, entra en un período de modesta presencia en los debates
artísticos. En el siglo XX el arquitecto reaparece en esos debates
pero lo hace en círculos especializados y minoritarios. Hasta
los últimos años. El prestigio social del arquitecto
célebre es mucho mayor hoy que el del artista plástico.
Cada nueva creación de Foster, Hadid, Zaera, Moneo, Ando y no
digamos de Herzog y De Meuron o
el propio Frank Gehry suponen un gran acontecimiento internacional.
El ciudadano aprecia la belleza, la originalidad y la utilidad de su
trabajo y no se escandaliza por sus desmedidas ganancias —como
sí hace cuando se trata de artistas—. El museo es uno
de los géneros arquitectónicos más abiertos a
la experimentación, al lucimiento, y se acepta, justificadamente,
que determinados edificios son en sí mismos obras de arte. Han
llegado incluso a eclipsar el valor artístico de lo que cobijan y,
sobre todo, a ser “la razón de ser” del museo. No
se compite hoy tanto por las mejores colecciones como por los mejores
edificios .
Gehry es en particular contemplado como arquitecto-artista, y su edificio
de Bilbao es considerado por muchos como su obra maestra hasta la fecha.
El mismo Guggenheim dedicó en 2001 una exposición a su
trayectoria y en noviembre de 2005 el Artium de Vitoria mostró en
otra su proyecto para las bodegas Marqués de Riscal. El edificio
de Frank Lloyd Wright para el Solomon R. Guggenheim Museum en Nueva
York fue tal vez el primer ejemplo notable de arquitectura estelar
y artística para un museo, que merece la pena visitar por sí misma —mucha
gente sigue haciéndolo hoy— .
Desde entonces es marca de la casa. Las numerosas tentativas, a menudo
fallidas, de acuerdo entre la Fundación Guggenheim y diversas
ciudades en todo el mundo han producido ya una pequeña colección
de proyectos de arquitectos célebres, en variadas fases de desarrollo.
El septiembre de 2006 se inauguró en Bonn una exposición
con nada menos que veinticuatro propuestas, entre las que figuraban
las de Hans Hollein para Salzburgo y Viena, Arata Isozaki para el SoHo
neoyorquino y Bilbao, Rem Koolhaas para Las Vegas, Zaha Hadid para
Taiwán y Singapur, Jean Nouvel para Tokio, Río de Janeiro
y Las Vegas y Enrique Norten para Guadalajara (México), única
que parece que sí se construirá.
Parece que la arquitectura es un atractivo motivo en torno al cual
organizar exposiciones en los espacios para el arte, y en más
de un sentido. Se exhiben los propios proyectos arquitectónicos —recuérdese
también la muestra de arquitectura española en el MoMA,
por ejemplo, en la que abundaban los diseños para museos— y
triunfan los fotógrafos actuales que la toman como uno de sus
temas principales: Hiroshi Sugimoto, Thomas Ruff, Andreas Gursky, Candida
Hoffer o Günther Förg han “retratado” construcciones
de grandes arquitectos modernos, en imágenes que adquieren un
estatus “meta-artístico”. La arquitectura de Gehry
es especialmente fotogénica, característica que le ha
reportado al Guggenheim muchas páginas en revistas y suplementos
de todo el mundo. No sólo su museo de Bilbao es el centro de
las miradas, claro. Hasta febrero pudo verse en la sala Koldo Mitxelena
de San Sebastián una exposición, “Construir, habitar,
desocupar”, en la que el proceso edilicio de la citada sede para
la bodega riojana es protagonista absoluto de las fotografías
de Adrian Tyler. Y aún más: el verano pasado, el arquitecto
canadiense ideó un aparatoso diseño de montaje para las
fotografías de Sophie Calle en una auténtica colaboración
entre arquitecto y artista .
Los gestores y los administradores ya saben de los beneficios en imagen
que resultan de la colaboración entre fotografía y arquitectura.
La Fundación Telefónica presentó hace unos meses
los trabajos encargados a ocho de los más valorados fotógrafos
españoles, Sergio Belinchón, Bleda y Rosa, Jordi Bernadó,
Manel Esclusa, Aitor Ortiz, Xavier Ribas, Montserrat Soto y Valentín
Vallhonrat para documentar la construcción de su nueva sede
en Madrid, el Distrito C, obra del estudio Rafael de La-Hoz.
*
El museo de Frank Lloyd Wright es también uno de los primeros
que se propuso como “experiencia” y no como conocimiento.
En la publicidad que los museos se hacen, en todo el mundo, abunda
hasta la náusea la expresión exciting museum . Andrea
Fraser se burla de esa oferta de sensaciones extra-artísticas,
y desentraña su significado cuando señala que frente
al sentimiento, por parte del público, de que el arte contemporáneo
es algo difícil de tragar —“un desafío, una
píldora amarga”— la arquitectura espectacular convierte
una vivencia a priori fastidiosa en algo placentero .
Lo excitante y lo placentero tienen connotaciones eróticas que
Joseba Zulaika identifica; las ciudades ya no quieren eso que antes
llamábamos “museo”, sino un “edificio dotado
de una atracción sexual capaz de despertar el deseo de las masas
y que, además, sea un museo” .
La experiencia prometida es menos intelectual que física. Y
en este sentido, es perfectamente coherente el esfuerzo que en los últimos
años han hecho los museos para tener entre sus servicios magníficos
restaurantes liderados por famosos cocineros. En el Guggenheim Bilbao,
por ejemplo, triunfa Martín Berasategui. El “arquiturismo” se
asocia muy naturalmente con el “gastroturismo”.
Esta dimensión sensorial del museo que va más allá de
la relación con las obras es uno de los componentes fundamentales
de los “nuevos museos”, esos que no son ya fundamentalmente
espacios para las artes plásticas. Cuando Iñaki Esteban
utiliza el concepto “ornamento” en relación al museo
de arte contemporáneo, precisa que éste no se diferenciaría
en absoluto de otras tipologías ornamentales como el parque
de divulgación científica —Ciudad de las Artes
y las Ciencias de Valencia, Futuroscope de Poitiers, Forum de Barcelona— y
que nunca podría aplicarse a un hospital o una escuela, por
mucho que se haya cuidado su diseño arquitectónico, dado
que se relaciona con la concepción de la cultura como alternativa
de ocio .
El Guggenheim Bilbao ha tenido lógicamente muy en cuenta esas
exigencias. En una entrevista ya antigua, Juan Ignacio Vidarte, director
del museo, afirmaba que “la gente acude allí donde se
le presentan ofertas atractivas, y los museos en ese sentido 'compiten'
con otras actividades con las que la gente puede pasar el ocio: el
cine, espectáculos, deporte. [...] Porque ahora están
requeridos por estímulos muy diversos: existe la televisión,
el cine, la cultura audiovisual tiene una enorme extensión,
y eso hace que la gente tenga unos niveles de sofisticación
y de sensibilidad mayores a la hora de captar y catalogar lo que es
bueno y lo que es malo” .
Y ante la pregunta sobre los peligros para el arte derivados de asociarlo
con el ocio, responde: “Eso es algo muy opinable. Normalmente
la gente sabe mejor que los artistas lo que es importante o no lo es
[...] tener una oferta aparentemente muy interesante y elevada pero
que nadie ve, al final no beneficia a nadie”.
Para cumplir con ese programa, en competición con todo tipo
de ofertas de ocio, es imprescindible el alcance mediático,
prioritario en la estrategia del Guggenheim. Como dice Zulaika, el
museo “krensificado” —al estilo de Thomas Krens— se
caracteriza por “obligar a los medios a producir imágenes
espectaculares que fomenten el deseo de los turistas”, en “grandilocuentes
reportajes mediáticos” .
Jon Azúa acompañó su intervención en el
seminario de Reno con una serie de cuadros de resultados —reproducidos
en el libro de Akal—, uno de los cuales estaba dedicado al aumento
espectacular de la atención de la prensa al museo; en él
se informa de que, de 1998 a 2004, se calcula que fue citado más
de 100 millones de veces en los medios .
Iñaki Esteban califica la información periodística
sobre el museo como “un refrito de propaganda institucional:
del museo, la ciudad, las instituciones y los patrocinadores” .
Mejor que mejor: la crítica ha quedado prácticamente
anulada. En otra entrevista, de este mismo año de celebraciones,
Vidarte nos aclaraba cómo se computa el éxito de prensa: “un
estudio que nos hace una consultora y que nos mide en términos
económicos cuánto valen las noticias que aparecen relacionadas
con el museo en la prensa de seis o siete países del mundo.
Los datos son muy alentadores: si fuera publicidad costaría
entre 25 y 30 millones de euros todo el año” .
Me pregunto si estas páginas dedicadas al Guggenheim que está usted
leyendo se incluirían en la cuenta.
MISIÓN ARTÍSTICA
Hay que reconocerle al Guggenheim que nunca ha ocultado sus móviles.
Y, sin embargo, se da en él un curiosa esquizofrenia entre propaganda
y secretismo .
Se dan pormenorizadas cifras de resultados económicos pero todo
lo que se refiere a la gestión artística del museo permanece
en la niebla. Como ha dicho Krens, mientras la marca Guggenheim esté en
la fachada del edificio, la Fundación americana seguirá teniendo
la máxima autoridad sobre el programa de exposiciones y de adquisiciones .
Parece que, en efecto, nadie en Bilbao tiene poder para incidir de
forma efectiva sobre esos programas. Hay una directora de “actividades
museísticas” —lo más cercano a un director
artístico—, Petra Joos, que ha comisariado algunas exposiciones
en el museo y es de suponer que tendrá al menos voz en las decisiones
que se tomen, sin que tengamos constancia de ello. En los últimos
meses las adquisiciones realizadas por el Guggenheim han sido tema
de debate en el Parlamento Vasco ,
en el que la consejera de Cultura, Miren Azkarate, quiso dejar claro
que, aunque la presentación de las ofertas viene de Nueva York,
la Sociedad Tenedora Museo de Arte Moderno y Contemporáneo de
Bilbao S.L. —participada al 50% por el Gobierno Vasco y la Diputación
de Vizcaya— tiene la última palabra y cuenta con sus asesores
propios que avalan las compras .
La rectitud empresarial de esta sociedad acaba de verse gravemente
comprometida al descubrirse el desfalco de cerca de medio millón
de euros cometido por el director de Administración y Finanzas
del Guggenheim, Roberto Cearsolo. Pero ciñéndonos a sus
actuaciones en lo artístico, ¿quienes fueron y quiénes
son esos asesores que mencionaba la sra. Azkárate? Antes de
abrir el museo, en 1993, se creó un equipo formado por Javier
González de Durana, Javier Viar, Kosme de Barañano, Juan
Manuel Bonet, Vicente Larrea y Alfonso Zorrilla, que debía no
sólo aprobar sino proponer adquisiciones. En 1995 se disolvió,
y se contrató al primero de ellos para que juzgara las propuestas
llegadas de Nueva York. Se mantuvo en el puesto hasta 1998. He consultado
a Durana y me ha proporcionado generosamente gran cantidad de información
adicional muy útil para comprender el proceso. Fue él
quien propuso los nombres de quienes integraron la comisión
inicial, que no trabajaba para el museo sino directamente para el entonces
consejero de Cultura, Joseba Arregi —con quien Durana tenía
una relación de confianza tras haberle asesorado entre 1987
y 1991 en temas de museos y patrimonio histórico, Guggenheim
incluido— y que debía funcionar como “escudo” para
frenar con argumentos artísticos a Krens cuando “se pasara
de la raya” en materia museística y política. La
comisión quiso actuar con independencia pero lo hizo infructuosamente,
pues se vio pronto que el americano no iba a aceptar opiniones ajenas
y, sobre todo, críticas con su gestión. Hubo un viaje
a Nueva York de la comisión que resultó hasta ofensivo
para sus componentes por el poco respeto intelectual que se les demostró.
A pesar de ello elaboraron un primer proyecto de colección,
no tanto con obras concretas sino identificando los períodos
más interesantes de una serie de artistas que sería deseable
tener representados en el museo. En 1995 fue nombrada una nueva consejera
de Cultura, Mª Carmen Garmendia, hasta entonces contraria al proyecto
Guggenheim, que tuvo que hacerlo suyo y dejó en manos de Krens
todo el asunto, disolviendo la comisión asesora. Durana, que
estaba entonces dirigiendo la Sala Rekalde, fue contratado para redactar
los informes técnicos y curiatoriales que la administración
vasca necesitaba —surgidos de su seno— para efectuar los
pagos de las primeras adquisiciones para el museo, que aún no
contaba con el personal que pudiera hacer ese trabajo. Las propuestas “venían
siempre desde Nueva York, con piezas fijas y precios ya negociados
y cerrados. Hice unos 40 o 50 informes en los cuales, por lo habitual,
señalaba que los precios me parecían disparatados por
sobreelevados —cuando se suponía que por su ventajosa
posición de museo de prestigio podrían lograr precios
muy favorables—, las obras propuestas no siempre eran interesantes —a
veces eran mediocres— y, sobre todo, no se deducía por
ninguna parte hacía dónde se quería conducir la
colección que se iniciaba. El análisis de mercado que
acompañaba cada propuesta solía estar firmado por la
directora de Sotheby's en Nueva York, empresa con la que Krens hacía
sus negocios, y consistía en una carta suya con membrete de
la casa de subastas en la que, nunca en más de tres líneas,
decía sistemáticamente que el precio le parecía
ajustado a los precios del mercado y que, por tanto, recomendaba vivamente
la adquisición de la obra propuesta”. Esa persona podía
tener muy poca objetividad, según apostilla Durana, quien llama
la atención además sobre el reciente paso de Lisa Dennison —muy
involucrada en las compras para Bilbao— desde la dirección
del Guggenheim a la misma casa de subastas con la que el museo ha firmado
tantas y tan abultadas operaciones. Lo que se dijera en los informes
vascos no importaba, pues se trataba tan sólo de un trámite
administrativo. Cuando en 1998 el museo pudo ya contar con personal
propio se rescindió el contrato de Durana.
Desde entonces, no hay un responsable visible. A través del
acta de la mencionada comparecencia de la consejera en el Parlamento,
que fue llamada para que explicara cómo es que se perdieron
seis millones de euros por una mala gestión en compra de divisas
y por qué el Guggenheim se negaba a decir cuánto ha costado
cada obra adquirida ,
nos enteramos que han desempeñado ese papel, en distintas operaciones,
Carmen Giménez y Robert Rosenblum (ambos conservadores del museo
en Nueva York), Francisco Calvo Serraller (muy cercano a Giménez),
Rainer Michael Mason y Matthias Bärmann (colaboradores de Barañano,
que ha tenido desde la sombra mucha mano en el museo), Phyllis
Tuchman, Hans Ulrich-Obrist, Emmanuel Guigon, Fernando Castro Flórez
y Juan Manuel Bonet.
He pedido a Fernando Castro Flórez que me confirmase si efectivamente él
ha avalado alguna compra del museo y me ha dicho, sorprendido y enojado,
que no es cierto. También a Hans Ulrich Obrist, que responde
categóricamente: “Nunca he pertenecido a ningún
comité en Bilbao, no he tenido ningún tipo de relación
con el Guggenheim y no conozco a la gente que trabaja allí.
El único contacto que tuve con el museo fue cuando me pidieron
que escribiera un pequeño texto sobre Gilbert and George para
un catálogo, y lo hice. Estaría mal que el gobierno vasco
extrapolase que ese escrito para un catálogo significa que soy
asesor del museo”. ¿Cómo puede utilizar la consejera
sus nombre? ¿Se trata de una mentira deliberada para justificar
la pasividad de la Sociedad Tenedora? Juan Manuel Bonet, por el contrario,
ratifica que sí escribió en una ocasión un informe “puntual
y breve”, a petición de Vidarte, para la adquisición,
cree recordar, de una obra de Chillida, y alude con humor al “secretismo
inicial” de los tiempos en que formó parte de la comisión
asesora, cuando, en sus frecuentes visitas a Bilbao, “si me encontraba
en la calle con algún amigo o conocido, tenía que hacer
como si hubiera ido a tomarme unos pinchos. Etapa en la que vimos bastantes
cosas —tanto en España, como en Nueva York y Alemania— pero
no llegó a comprarse nada”.
Krens, siempre tan franco, explicaba así el proceso actual: “Hay
cierto grado de discreción y cierto grado de transparencia final.
Cuando introducimos una propuesta de adquisición nuestros curadores
escriben un argumento para documentar por qué es importante.
Entonces obtenemos tres estimaciones por escrito de reconocidos expertos
como Sotheby's, Christie's y alguien más independiente que testifican
su valor. Con la tasación del mercado en la mano hago una presentación
al comité que tiene que aprobar la adquisición. No aprueban
todo lo que proponemos, aunque sí la mayoría de las cosas,
porque están muy documentadas y hechas muy profesionalmente,
y finalmente se convierten en parte de los documentos públicos,
pero no llevamos a cabo este proceso en la prensa nacional ”.
Y ¿qué se ha comprado en estos años? La colección
actual se compone de 85 obras de 47 artistas que han
costado unos 90 millones de euros. Muy pocas para diez años.
En ajustadas palabras de Javier Viar, actual director del Museo de
Bellas Artes de Bilbao e integrante de la primera comisión asesora
del museo vecino, se trataría de una colección pequeña
comprada a “precios americanos” .
La cual tiene como una de sus misiones prever un “contenido” para
el museo en caso de que, dentro de otros diez años, cuando concluya
el plazo del acuerdo con la Fundación Guggenheim, éste
no se renovara. Si continúa el ritmo de compras actual, pongamos
que el Guggenheim Bilbao poseerá 170 obras en 2017. Un pobre
acervo, por importantes que sean las piezas. El MUSAC de León,
que se inauguró en abril de 2005, tiene en la actualidad 910
obras de 316 artistas, con un presupuesto anual para adquisiciones
de un millón y medio de euros. Dentro del País Vasco,
se considera que la colección más sólida es la
del Artium de Vitoria, con sólo 400.000 euros anuales para adquisiciones
y centrada en arte español y vasco, pero con una experiencia
de décadas —heredada del Museo de Bellas Artes de Álava—,
una constancia y una atención a los artistas que despuntaban
en cada momento que han dado sus frutos.
¿Cómo se entiende desde Nueva York lo que debe ser la colección
de la sucursal vasca? De los 47 artistas representados en la colección,
20 son españoles. Es una buena proporción. Aunque Zulaika diga,
exagerando sólo un poco, que sólo se compra a los españoles
que viven en Nueva York o están en el mercado americano .
El impacto directo en el mercado del arte español es pequeñísimo,
y en el vasco prácticamente nulo pues, para efectuar las compras, se
prefieren las casas de subastas internacionales y las galerías de Madrid.
La liaison de Krens con Sotheby's es notoria. El episodio quizá más
reprobado de su carrera es el de la venta, a través de esta casa de
subastas, de varias obras importantes de la colección Guggenheim —Kandinsky,
Chagall, Modigliani— para hacer frente a las dificultades financieras
de la institución. En la sucursal de Viena compró también
obras de Beuys para el Guggenheim Bilbao que luego resultaron ser falsas .
Examinado lo comprado, se podría deducir que son dos los principales
criterios que rigen las compras: la firma y el tamaño. Desde
un principio, se decidió que en el museo sólo entrarían
artistas de primera categoría. Son, en efecto, casi todos bien
conocidos, bien situados en el mercado y con obras pictóricas
y escultóricas de marcado carácter objetual. Cualquier
colección desearía tener en su catálogo al 95%
de ellos, aunque no siempre con las piezas de Bilbao. La firma es importante
no sólo como garantía de “inversión” sino
también porque funciona como “marca”, característica
muy apreciada en el contexto del consumo, también el cultural.
Lo gracioso es que a veces parece haberse comprado por metros cuadrados.
No tanto grandes obras de arte como obras de arte grandes. Los más
de 10 metros de largo del Warhol, los 7 del Rosenquist, los 4'5 del
Rothko, los 11 del Gilbert and George, los 6 del Tàpies, los
8'5 del Urzay... o los 12 que suman los nueve paneles de la última
adquisición del museo, de Cy Twombly, que han costado entre
20 y 22 millones de euros, sobrepasando en mucho el presupuesto anual.
Lo mismo cabe decir de la escultura monumental dentro y fuera del museo:
los impresionantes hierros de Richard Serra, las Venus españolas de
Jim Dine (más de 7'5 metros de altura—, el perrito de
Jeff Koons (más de 12) o la descomunal araña de Louise
Bourgeois... Las dilatadas dimensiones de los espacios arquitectónicos
piden, parecen pensar los responsables de las compras, obras gigantes.
Los nuevos museos, como señala Andrea Fraser, tienen la obsesión
de crecer. Los grandes espacios y el arte grande atraen al gran público .
Curiosamente, dice también Fraser, los dos espacios para el
arte más grandes de Europa, el Fish del Guggenheim
y la Turbine Hall de la Tate Modern, se dan en “grupos
museísticos” que siguen la política de expansión
mediante sucursales. El tamaño es uno de los factores clave
de la espectacularización. Hal Foster saca conclusiones de esta
tendencia, expresada de forma consumada en el Guggenheim Bilbao, que
afecta a la correcta comprensión de las obras de arte: “Como
otros muchos nuevos museos, sus espacios colosales están diseñados
para alojar el arte de 'campo expandido' posterior a la II Guerra Mundial
de Andre, Serra, Oldenburg y sus variados sucesores. En realidad, estos
museos falsifican el arte: utilizan la gran escala de la escultura,
concebida para desafiar al museo, como pretexto para inflarlo hasta
convertirlo en un gigantesco espacio-espectáculo que se traga
al arte y no digamos al espectador” .
Pero la colección propia es, supuestamente, un complemento para
la gran colección Guggenheim internacional. Se podría
pensar que la mera posibilidad de que el ciudadano vasco y español
pueda gozar de las colecciones de Nueva York y Venecia justifica plenamente
la operación. Sería cierto si verdaderamente hubiera
en Bilbao una presentación continuada y nutrida de esas colecciones.
Pero no es del todo así. A veces no hay nada. Las exposiciones
temporales ocupan gran parte del espacio disponible y, como dice Esteban,
las presentaciones de la colección permanente americana, que
se suelen limitar a un artista o un momento histórico, no pasan
habitualmente de las veinte obras .
Tal vez lo ocurrido en Bilbao haya decidido a las autoridades venecianas
a rechazar en abril de 2007 el proyecto del Guggenheim para la Dogana,
en favor del coleccionista francés François Pinault: “la
propuesta de la Fundación Guggenheim no especificaba qué obras
estarían expuestas permanentemente en el museo” dijo Luigi
Bassetto, director de Patrimonio en Venecia, a France-Presse. Por contra,
el proyecto para Abu Dabi, con sus graves contradicciones, va adelante
y a partir de ahora muy directamente supervisado por Thomas Krens .
El pasado noviembre se comunicaron datos del acuerdo: el gobierno del
emirato nombrará un comité que administrará las
adquisiciones y los encargos para crear la colección propia “aunque
los profesionales del Guggenheim en Nueva York harán recomendaciones”.
Krens ha reconocido que no tendrá “carta blanca” .
Así iba a ser en Bilbao.
*
Es evidente que la exposición temporal es, después del
edificio, la gran herramienta de atracción de visitantes. Y,
tras los fastos de la apertura del museo, fuente inagotable de actividad
política y de patrocinio, a través de inauguraciones,
ruedas de prensa, cenas ...
Pero también el programa de exposiciones se decide en Nueva
York. Y aquí, el compromiso con el medio artístico vasco
y español brilla por su ausencia. Si en la colección
encontrábamos más o menos un 40% de nombres españoles —aunque
la proporción de la inversión total en adquisiciones
sea mucho menor—, el repaso pormenorizado de las muestras realizadas
en estos diez años resulta muy decepcionante en cuanto al apoyo
a lo propio. Pero es muy instructivo porque revela que sí existen
unas ideas rectoras.
En primer lugar, las grandes exposiciones históricas, realizadas
por motivos estratégicos para la Fundación Guggenheim,
que son sólo tres: las dedicadas a China, Rusia y el imperio
azteca, más una de autobombo, Art in the USA . Las
negociaciones con los gobiernos de esos países para instalar
sucursales en ellos explican la insólita atención a esas
venerables culturas por parte de un museo de arte contemporáneo.
En segundo, muestras fáciles, de relleno, que se traen en bloque
de otros museos con los que la fundación tiene acuerdos de colaboración:
el Hermitage de San Petersburgo —Rubens y su época— el
Kunsthistorisches de Viena —la de obras maestras que se inaugurará en
2008— o la Albertina —De Durero a Rauschenberg; Miguel Ángel
y su tiempo—. En tercero, también de conveniencia
para Nueva York, colecciones particulares que la fundación
codiciaba: la Blake-Purnell de arte figurativo —que ha acabado
en el Boston Museum of Fine Arts— y la famosa de Eli Broad —quien
en enero anuló la prometida donación al LACMA en Los
Angeles, días antes de que se inaugurara allí un anexo
que lleva su nombre, el Broad Contemporary Art Museum, y ha decidido
ahora que se limitará a prestar obras a distintos museos—;
en el caso de la colección de fotografía de Henry M.
Buhl, miembro y ex-presidente del Comité de Fotografía
del Guggenheim de Nueva York, se trató, deduzco, más
bien de un agradecimiento por la dedicación y los fondos para
adquisiciones que ha entregado al museo. No tengo noticias, por el
contrario, de que el Guggenheim tenga compromisos o intereses declarados
en relación a la colección de Jean Pigozzi, con la que
se montó 100% África. Cuarto tipo de exposiciones,
las que no son de arte pero se venden a cambio de un buen patrocinio
y atraen muchos visitantes: las motos y Armani. Quinto, las más
interesantes, que analizan relaciones artísticas y culturales
o profundizan en un momento histórico, como Pintores, escultores
y la cámara, Arquiescultura o Amazonas de la vanguardia. Sexto,
las más abundantes, presentaciones monográficas de artistas
célebres, la mayoría americanos: Rauschenberg, Frankenthaler,
Warhol, Serra, Salle, Calder, Clemente, Paik, Rothko, Rosenquist, Dubuffet,
Kiefer. Séptimo, arte vasco y español, que se cuentan
con los dedos de las dos manos: Iglesias, Chillida, Valdés,
Oteiza, Palazuelo, La torre herida por el rayo, Incógnitas.
Cartografías del arte contemporáneo en Euskadi y Chacun à son
goût. No se deben considerar exposiciones las mínimas
presentaciones de fondos propios de Saura, Miquel Navarro, Lazkano,
Jáuregui, o las colectivas Arte contemporáneo vasco
y español y Transparencias, ésta con sólo
cinco obras también pertenecientes al museo bilbaíno.
El libro de Iñaki Esteban, que es muy crítico en algunos
aspectos y además refleja justamente la ausencia de crítica
en los medios de comunicación hacia las interesadas operaciones
de la Fundación Guggenheim a cuenta de los vascos, no censura
sin embargo la falta de enjundia del programa expositivo del museo.
En su opinión, como el Guggenheim se justifica por su función
cultural hace lo posible por mantenerla. El autor rechaza dos extremos
evidentes: que el museo de Bilbao sí es una sucursal del neoyorquino y
que se ha rendido al espectáculo a través del “aligeramiento
de contenidos” .
Pretende demostrar su postura poniendo como ejemplo las dimensiones
casi inabarcables de la exposición de China. Sin embargo, la
mayoría de las exposiciones han sido pequeñas y perfectamente
asimilables. Es verdad que no pueden calificarse de “traca festivalera” ,
pero tampoco se puede hablar de una línea seria de trabajo expositivo.
Y me parece que yerra, mostrando poco aprecio por la creación
actual, cuando dice que el Guggenheim Bilbao ha tenido “inclinación
a mostrar lo más efectista del arte contemporáneo, un
aspecto inevitable dentro del mismo panorama artístico de nuestros
días, en el que ya nadie se dedica a las miniaturas flamencas
o a similares realizaciones logradas con talento y paciencia” .
GU
En cualquier caso, como dice Zulaika, si una exposición no llega
al medio millón de visitantes se considerará un fracaso.
Cifras que, piensan los responsables del museo, los artistas locales
no podrían conseguir .
A día de hoy, el Guggenheim no ha logrado normalizar sus relaciones
con el medio artístico vasco. El Gu de la publicidad
cumpleañera no acaba de convencer. Todo deriva de que, como
concluye Andrea Fraser, el Guggenheim Bilbao es menos el resultado
de una política cultural que el producto de una política
económica .
La artista demuestra haber comprendido bien la esencia del proyecto
cuando explica que el partido nacionalista firmó un acuerdo
que excluía lo nacional pero implicaba una maniobra anti-Madrid .
En este sentido, y en ningún otro, resulta coherente el prolongado
empeño por parte de los responsables políticos del museo
de trasladar el Guernica a Bilbao, subrayado por Esteban .
Los artistas vascos no se sienten vinculados al museo, e incluso llegan
a profesarle animadversión. Cuando Juan Luis Moraza intentaba
el año pasado montar en tiempo record su Incógnitas.
Cartografías del arte contemporáneo en Euskadi , se
encontró con que varios artistas destacados se negaron a llevar
sus obras al Guggenheim. Desde el museo no se ha fomentado la producción
y los profesionales no han sido invitados a involucrarse en sus dinámicas.
El hecho de que no haya en él apenas personal dedicado al trabajo
más puramente artístico —como dice Esteban, hay
sólo dos comisarios fijos en plantilla, frente a los muchos
abogados y economistas contratados — no
favorece el diálogo con comisarios, críticos, artistas...
Como casi todo el trabajo curatorial se hace en Nueva York —e
incluso allí el protagonismo del comisario se supedita a la
marca Guggenheim — apenas
ha habido especialistas españoles en las exposiciones del museo:
González de Durana, Kosme de Barañano, Manuel Borja-Villel,
Txomin Badiola, Rosa Martínez y Juan Luis Moraza han sido, creo,
los únicos que han firmado alguna muestra. El museo bien podría
mantener un pequeño programa de formación de jóvenes
comisarios. No lo hay, como tampoco se ha favorecido, hasta ahora,
el debate en su seno. Un museo de arte contemporáneo activo,
eficiente y comprometido debería ser siempre un centro de arte
desde el que se apoya la creación, funcionando como punto de
encuentro no sólo de los profesionales del arte con sus pares,
sino también de éstos con el público. Pero el
nuevo museo turístico no está para eso.
La publicidad institucional del museo prometía convertir Bilbao
en un gran centro cultural y artístico. Decía Jon Azúa
que “liderar el mundo de los museos atrae y afianza la presencia
de artistas, de educadores, coleccionistas, gestores, gobiernos, patrocinadores,
ejecutivos y, sobre todo, fomenta la imaginación”. Algo
de esto sí ha habido, según me confirma Ignacio Múgica,
uno de los directores de la galería Carreras Múgica,
antigua Colon XVI, que abrió cuatro años antes de que
se inaugurara el Guggenheim. Antes del museo, para el mundo del arte
internacional Bilbao no existía. Ahora, cuando una galería
va a una feria en el extranjero es fácil que sus interlocutores
sepan dónde está la ciudad e incluso la hayan visitado,
comprobando que hay vida artística en ella. Es menos difícil
convencer a un artista foráneo, dice el galerista, para que
exponga allí, y a los coleccionistas europeos —y españoles— les
da menos pereza desplazarse, por lo que las ventas se han animado bastante .
Luego veremos cómo ha afectado al coleccionismo local. Es también
verdad que en el País Vasco se han creado nuevas infraestructuras
artísticas en estos años —Artium y Montehermoso
en Vitoria; los museos de Chillida y Oteiza, Sala Kubo en el Kursaal
y Tabacalera en San Sebastián...—. En Bilbao se ha desdoblado
la sala de la BBK, se ha creado el centro de producción BilbaoArte
y ha abierto alguna galería, aunque siguen siendo muy pocas:
ocho en el plano-agenda “Bilbao Contemporáneo”.
Ya está.
También se auguraba la proyección internacional del arte
vasco. No parece que los artistas vascos hayan traspasado fronteras
gracias al museo, aunque se reconozca el mayor movimiento que mencionaba
Múgica. Anna Maria Guasch constata que el Guggenheim “no
se hizo vasco”, a pesar de las promesas de Krens, y que la cultura
vasca no ha influido en el programa del Guggenheim internacional .
Sólo Oteiza e Iglesias han llegado a la sede neoyorquina con
individuales, y las obras de artistas vascos que posee la bilbaína
nunca aparecen en las publicaciones de la constelación Guggenheim.
Es muy significativo el relato que el periodista Kim Bradley hacía
en Art in America de su experiencia como invitado de las autoridades
vascas cuando se abrió el museo: “aparte de visitas superficiales
a las esculturas públicas de Chillida y al Museo de Bellas Artes
de Bilbao, no se nos hizo mención de la escena artística
actual, de artistas, galerías o espacios alternativos, otros
museos regionales o escuelas de arte” .
En este último año ha habido algunos signos que indican
al menos una nueva disposición. Que se hayan organizado dos
colectivas dedicadas al arte vasco en un solo año constituye
todo un récord. En marzo de 2007, el museo puso en marcha junto
a la mencionada agrupación de galerías un sistema de
apoyo al coleccionismo particular entre los “Amigos del museo” —que
son muchos, más de 16.000 —:
el Club de Compra Bilbao Contemporáneo, con sólo dieciséis
obras ofertadas, dos por galería y un sistema de pago por cuotas
mensuales. La respuesta fue casi inaudible: no llegaron a la docena
las obras vendidas (con un precio de 1.000 o 2.000 euros), pero los
galeristas están contentos porque el museo ha demostrado que
desea apoyar su labor, y esperan que en la próxima campaña
se explique mejor la disponibilidad de obras adicionales y haya más
interesados .
Ignacio Múgica, a pesar de que el negocio va mejor, tiene claro
que no han surgido muchos más coleccionistas en Bilbao y que
pretender que el Guggenheim invierta una parte de su presupuesto de
adquisiciones en las galerías de Bilbao es “pedir imposibles”.
Y, sin embargo, al museo no le costaría mucho hacerse con una
buena representación del arte vasco de las últimas décadas.
Con lo que han costado los Twombly sobraría pero, pensando en
el futuro, con que se reservara una décima parte del presupuesto
anual de compras para los artistas vascos se podría ir avanzando
rápidamente.
Vidarte parece más receptivo a las demandas del mundo artístico:
si Moraza, un artista relativamente bien tratado por el museo, aceptó hacer
el comisariado mencionado fue a cambio de un compromiso por parte del
director de ser constante en el “seguimiento museográfico
del contexto regional” a través de exposiciones “temáticas,
históricas, proyectivas, retrospectivas, personales, colectivas,
culturales, etc.” .
La muestra de Moraza, que era sobre todo documental, se concibió como
un “prefacio” de un proyecto de “confección
progresiva de una cartografía del arte moderno y contemporáneo
en el País Vasco”. Además, el mismo artista ha
dirigido en estos meses un ciclo de conferencias y mesas redondas titulado Artes
suspensivos. Foro de arte contemporáneo en el País Vasco en
el que han participado artistas y especialistas de diversas generaciones
y que han tenido como marco el salón de actos del museo.
Lo que no ha cambiado es la clarísima vocación empresarial
que el Guggenheim Bilbao ha tenido desde su misma concepción.
Necesita al gran público pero, en la misma medida, necesita
al capital. Por una parte tiene la presión de la autofinanciación
y por otra debe cumplir la promesa de funcionar como imán para
inversores en la ciudad. Jon Azúa define el Guggenheim como
símbolo del “apoyo a los congresos económico-culturales
de primer nivel” y “fuerza motriz de las compañías
vascas” .
Como dice el artista Hans Haacke, citando un folleto del Metropolitan, ““El
negocio del arte conoce el arte de los buenos negocios” .
El trabajo de captación de patrocinadores realizado por el Guggenheim
ha tenido repercusiones —cada cual opinará si positivas
o negativas— en la extensión de la práctica del
patrocinio en la región, que ha llegado con menos dificultad
que antes a otras instituciones artísticas; éstas, por
otra parte, se ven obligadas a competir con el atractivo y la presencia
mediática del museo de Bilbao para seducir a sus benefactores .
La atención prioritaria a las empresas es una consigna heredada
de Nueva York y reforzada en el contexto vasco. La web del museo neoyorquino
presenta sus actividades en este terreno con una expresión de
significado inconfundible “Corporate entertaining” y con
la siguiente explicación: “En sus cinco diferentes ubicaciones —incluye
Bilbao—, el Museo Guggenheim ofrece varios espacios arquitectónicos únicos
para que los miembros corporativos —se refiere a sus patrocinadores— reciban
a sus clientes, colegas, empleados y otros invitados”. En Bilbao,
los espacios disponibles son el atrio, el auditorio, el vestíbulo,
la cafetería y el aula de educación. El departamento
encargado de atenderles tendrá mucho trabajo: son 148 los miembros
corporativos, entre instituciones y empresas. A pesar de ello, el porcentaje
de autofinanciación del museo descendió en 2007 del 75%
al 65%.
Lamentablemente, los vascos visitan cada vez menos el museo: sólo
un 6% de los visitantes en 2007, unas 60.000 personas. El precio de
la entrada, que debe ser el más caro de España (10,50
euros), seguramente habrá influido en la falta de fidelidad.
Algo que debería preocupar a los responsables políticos,
pues los museos —los de antes y los de ahora— tienen la
obligación de trabajar para los ciudadanos, no para los políticos
o sus patrocinadores. Y más cuando se nutren de nuestros impuestos.
Estamos en un momento extraordinario en cuanto al interés que
un público cada vez mejor informado muestra hacia el arte contemporáneo.
Una buena gestión museística debería aprovechar
ese deseo de aprender y de participar defendiendo una misión
y una programación en las que el contenido prime sobre el continente.
El Guggenheim es lo que se firmó que fuera: el margen de maniobra
es limitado, pero existe la posibilidad de que desde la sociedad vasca
y desde sus órganos de gobierno se exija mayor transparencia
y una vocación de servicio público más clara.
La ocasión de imprimir un giro al museo se ha presentado. El
28 de febrero se hizo público que Thomas Krens abandonaba la
dirección de la Fundación Guggenheim para centrarse en
el proyecto de Abu Dabi. Continuará siendo “consejero
para asuntos internacionales”, lo que seguramente prolongará en
alguna medida su influencia en Bilbao, pero las condiciones en las
que se ha producido su cese hacen pensar que ya no llevará la
voz cantante. El patronato de la fundación ha dejando de apoyar
sus desproporcionados planes expansionistas, y se muestra más
preocupado por restituir al museo de Nueva York el prestigio perdido
y, sobre todo, por las enormes dificultades para encontrar un buen
director para él, tras la marcha de Lisa Dennison en julio,
mientras Krens estuviera al mando. Aquí tardaremos en sentir
los efectos del cambio. La empresa cazatalentos Phillips Oppenheim
debe buscar al sucesor de Krens —a la vez que intenta localizar
un sustituto para Philippe de Montebello en el Metropolitan—,
y habrá que ver hacia dónde quiere caminar la “constelación” Guggenheim.
Vidarte y sus patronos políticos disponen de unos meses para
replantearse sus objetivos y sus procedimientos, y mantener después
un diálogo más equilibrado con los estadounidenses.
Autor éste
del primer estudio sobre la génesis del museo, publicado
por Nerea en 1997: Crónica de una seducción:
El Museo Guggenheim Bilbao.
“Art’s
audiences become artworks themselves”: así titulaba
Michael Kimmelman su crítica de la exposición de
Struth en la galería Marian Goodman. The New York Times, 10
de abril de 2007.
Ahora
mismo se trabaja en Venecia en el acondicionamiento de la Dogana
para la colección del francés Pinault; en Berlín,
el grueso de los expuesto en la Hamburger Bahnhof pertenece al
polémico Friedrich Christian Flick; en Valladolid, tenemos
la Colección Arte Contemporáneo en el Patio Herreriano.
"When
the building is this good, who gives a fuck about the art?" Philip
Johnson, citado en "53 Design Classics," One Magazine,
april/mayo de 2001), p. 64.
Esteban
lo cita y puntualiza que, de momento, el museo no puede prescindir
del arte. O sí. Se extiende el formato “Centro de
interpretación”, que encanta a ayuntamientos y comarcas
con algún atractivo natural o patrimonial, y que se monta
con unos cuantos paneles interactivos, proyecciones e ingenios
tecnológicos. Y ya hay quien se atreve a llamar museo a
algo que no lo es ni por asomo, como el MAM o Museo Abierto de
Mérida, con diseño de Rafael Mesa, que es sólo
un centro de información y recepción de turistas,
con tienda y restaurante.
Deborah
Solomon, “Is The Go-Go Guggenheim Going, Going...”,
The New York Times, 30 de junio de 2002. Cita también
al pintor Frank Stella, que ve otras motivaciones: “La gente
que pone el dinero confía en el valor del edificio; saben
que no les están timando. No quieren gastar 60 millones
de dólares en un Van Gogh porque piensan secretamente que
la propiedad inmobiliaria los vale y el cuadro no”.
Hal
Foster, “Why all the hoopla?”, London Review of
Books, 23 de agosto de 2001.
Se
acaba de inaugurar el Caixaforum de Madrid, con diseño de
Herzog & De Meuron. La rueda de prensa estaba atestada, con
numerosos corresponsales extranjeros que jamás se habrían
molestado en ir a conocer cualquier otro centro cultural de una
caja de ahorros española. Estaban allí por la arquitectura.
Y, de nuevo, el conservador programa con el que arranca el centro
-¡esculturas de Mitoraj!-contrasta con la decidida apuesta
por la vanguardia arquitectónica.
Guasch
y Zulaika citan a Vittorio Magnano Lampugnani: museos como obras
de arte que albergan otras obras de arte, en segundo plano. “Aprendiendo
del Guggenheim Bilbao. El museo como instrumento cultural”, Aprendiendo
del Guggenheim Bilbao, p. 16.
En
el citado artículo de Solomon: “As Krens says, 'The
Frank Lloyd Wright building is the greatest work in the collection'”.
Sophie
Calle mostró la serie Exquisite Pain. El montaje
se hizo en la sala Rotonde1.
Guasch
y Zulaika (p. 17) señalan que es James Cuno —“Against
the Discursive Museum” en Peter Noever (ed.), The Discursive Museum,
Hatje Cantz, Viena, 2001 p. 45— quien ha definido ese
paradigma del “exciting museum”.
Andrea
Fraser, “No es un lugar maravilloso?”, en Aprendiendo
del Guggenheim Bilbao, p. 45.
Joseba
Zulaika, “Bilbao deseada”, en Aprendiendo del Guggenheim
Bilbao p. 163.
Iñaki
Esteban, El efecto Guggenheim, p. 17. Guasch y Zulaika
(p. 15) sitúan el origen de la “museificación
globalizada” en el Centro Pompidou de París, que descubrió un
nuevo tipo de público, “más cercano a la industria
del turismo y la revitalización de las economías
urbanas”.
Entrevista
de Estibalitz Ezkerra en Euskonews & Media, nº 91,
15 de septiembre de 2000.
Jon
Azúa, “El Guggenheim Bilbao: estrategias coopetitivas”, Aprendiendo
del Guggenheim Bilbao, p. 95.
Entrevista
de Maite Redondo en Deia. En la web del periódico,
sección “Especiales”.
Esteban,
p. 141: “dinero público y decisiones privadas”.
Entrevista
de Mercedes Gallego. Especial “10 años”, El
Correo Digital. En la web del periódico, sección “Especiales”.
Como
dice Esteban (p. 27), el debate cultural sobre si es un museo espectáculo
no importa. Pesan más los ataques políticos y económicos
que son los que llegan a los periódicos y a la arena política.
Se
puede consultar el acta de su intervención en la web del
Parlamento Vasco: www.parlamento.euskadi.net/pdfdocs/publi/3/07/05/20040511.pdf
Y
no la convencieron: sigue siendo secreto, aunque sí se conoce
el gasto global, de unos seis millones de euros al año.
Entrevista
de Mercedes Gallego. Especial “10 años”, El
Correo Digital.
Javier
Viar, “El Guggenheim, un socio para las artes”,
Aprendiendo del Guggenheim Bilbao, p. 112.
Zulaika,p.
165. También Viar señala la conexión con Nueva
York como criterio de compra (p. 113).
El
autor calcula un 15% del espacio para la colección (pp.
70 y 76). El año que viene, según ha anunciado el
propio museo, sólo habrá una presentación
de la colección permanente de los museos Guggenheim: un
conjunto de instalaciones de Matthew Ritchie, David Altmejd, Candice
Breitz, Omar Fast y Alexandra Mir.
Abu
Dabi impide la entrada al país a ciudadanos israelíes
o de cualquier otro país que tengan sellos de Israel en
su pasaporte. Se da la circunstancia de que el Guggenheim fue fundado
por una familia judía, posee obras de numerosos artistas
de tal confesión y, en su sede árabe, será diseñada
por el judío Gehry, como ha subrayado Jerry Saltz. Además,
sus leyes persiguen la homosexualidad (y hay tantos artistas de
esa condición sexual y tantas obras que la reflejan) y su
sensibilidad no permite la exhibición de desnudos (qué decir
de su abundancia en el arte occidental moderno y contemporáneo).
Krens tendrá que salvar situaciones difíciles, aunque
la respuesta de los intelectuales estadounidenses ha sido mucho
menos airada que la de los franceses, que tendrán que ver
cómo el Louvre abre sucursal en Abu Dabi.
Información
de Robin Pogrebin en The New York Times, 14 de noviembre
de 2007.
Esteban,
p. 75: cada vez que han existido negociaciones serias con un país
para llevar allí el Guggenheim se ha dedicado una gran exposición
a su cultura. Pasó también con Brasil, que no llegó a
Bilbao.
Zulaika,
p. 169: la cesión de soberanía política es
impensable, pero aceptable la cesión de soberanía
cultural.
La
propuesta de Rosa Martínez, tan lejana a la visión
del arte vasco que tiene el museo, había producido vértigo
a Vidarte y quiso contextualizarla con una selección de
la colección propia. Moraza propuso otra cosa.
Esteban,
p. 70. El Guggenheim Bilbao no se presenta, dice, como un modelo
de museo sino como un modelo de gestión.
Lo
dijo Lisa Dennison cuando fue nombrada directora en Nueva York.
Tyler Green, “Krens Relinquishes The Ramps! Ms. Dennison
To Feed Starved Gugg”, The New York Observer, 2
de octubre de 2005: “Con Krens, las exposiciones blockuster se
organizaban desde la cumbre y la tarea curatorial era escasa. 'Creo
que nuestros comisarios merecen seguramente mayor visibilidad y
prominencia de las que obtienen, sea por una razón u ora',
dijo Dennison. 'Me parece que si me preguntara quiénes son
los cinco comisarios estrella en el MoMA le podría contestar
tal, tal y tal. Pero no me parece que el hombre de la calle en
Chelsea pueda nombrar cinco comisarios estrella en el Guggenheim'”.
Además,
el Artium, el Museo de Bellas Artes de Bilbao e instituciones públicas
como la Diputación de Vizcaya son activos coleccionistas
del joven arte vasco que más abunda en estas galerías
locales.
Anna
Maria Guasch, “Museos globales versus artistas locales”, Aprendiendo
del Guggenheim Bilbao, p. 197. El propio museo, opina Guasch,
es un non-site, desvinculado de la ciudad; una adaptación
del diseño de Gehry para el auditorio Walt Disney Hall en
Los Ángeles. Y sus contenidos no tienen nada que ver con
la tradición artística vasca.
Kim
Bradley, “The deal of the century - opening of the Guggenheim
Museum Bilbao, Spain”, Art in America, julio de
1997.
El
tercer museo europeo con más amigos, después del
Louvre y la Tate Gallery.
Petra
Pérez, de la galería Vanguardia: “Que el museo
haya puesto a nuestra disposición la posibilidad de hacerlo
conjuntamente e informar desde sus publicaciones, es una oportunidad
que no podemos desaprovechar”.
Carta
de Juan Luis Moraza a los artistas en Euskadi, publicada en diversos
medios de comunicación.
Hans
Haacke, “El Museo Guggeneheim: un plan de negocios”, Aprendiendo
del Guggenheim Bilbao, p. 118.
Viar,
p. 109: mientras el Guggunheim tiene 31 patrocinadores, el Museo
de Bellas Artes sólo 9. Y 14.000 amigos en el primero frente
a 1.600 en el segundo (datos de 2004). Viar hace una crítica
velada a su vecino al hablar de la “realidad socioeconómica
particular del Guggenheim” y al apuntar que “buena
parte de las actividades del Guggenheim se realizan a puerta cerrada
y de espaldas a otras realidades circundantes”.
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