ENSAYOS
Cervantes, los moriscos y la esencia de España
por Antonio Feros

En el prólogo biográfico a sus Novelas ejemplares (1613), Cervantes recordaba a sus lectores que «fue soldado muchos años, y cinco y medio cautivo, donde aprendió a tener paciencia en las adversidades». Los cinco años que Cervantes pasó cautivo en Argel (entre 1575 y 1580) fueron una experiencia a la que se refirió también en varias obras de teatro, como Los baños de Argel y Los tratos de Argel. Estas obras, y especialmente la última, como nos ha recordado Jordi Gracia, son «literatura comprometida en el sentido pleno de la palabra, [...] es alegato ideológico y es autocrítica de cautivo superviviente [...] una obra empapada del olor, el dolor, la vida cotidiana y la piedad por quienes sobreviven en condiciones inhumanas y aspiran a la vez a no degradar su condición, ni humana ni cristiana» . Las experiencias de Cervantes con lo «moro» fueron también colectivas, como parte de una sociedad con una fuerte presencia de una minoría musulmana, identificados desde comienzos del siglo XVI como moriscos, una situación sin paralelos en otros países europeos de la época. Cervantes se refirió a esta presencia morisca en muchas de sus obras.
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El homínido que aprendió a cocinar
por Alberto Ferrús

Los mitos tardan en morir. Nos habían dicho que los humanos tenemos un cerebro desproporcionadamente grande para el peso de nuestro cuerpo y eso nos hacía especiales. También nos dijeron que tenemos cien mil millones de neuronas, células especializadas en la transmisión rápida de señales, y diez veces más de otras células que cumplen funciones de apoyo bajo el nombre genérico de células de glía. Nos explicaron, incluso, que la evolución del cerebro siguió un curso ascendente de complejidad por el procedimiento de sumar nuevas estructuras sobre las más ancestrales hasta alcanzar la cúspide: Homo sapiens, nosotros. La única especie que, llegados al día de hoy, algunos creen que ha dejado de evolucionar. Estas afirmaciones aparecen no en textos populares poco rigurosos, sino en libros con los que se ha enseñado a generaciones de universitarios en todo el mundo. Se trata del «estado de opinión». Sobre estas verdades oficiales del momento han crecido leyendas populares tan extravagantes como las que señalan un «cerebro reptiliano» en las zonas más profundas de nuestro cerebro o, plenamente en el terreno de lo ridículo, que, puesto que tenemos diez veces más glía que neuronas y son estas últimas las que ejecutan la actividad cerebral, cabría afirmar que «sólo utilizamos la décima parte de nuestro cerebro para pensar».
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Lectores contra el monstruo: el periplo de Finnegans Wake
por Ismael Belda

Si Ulises había sido un libro sobre el día, éste sería un libro sobre la noche. Muy pronto, en aquellos primeros días de 1923, comenzó a llamar a su nuevo proyecto «el monstruo». En su vida por aquel entonces, mientras la criatura iniciaba su lenta formación, caía una especie de anochecer. Su matrimonio hacía agua; su hija Lucia mostraba los primeros síntomas de la enfermedad mental que terminaría por engullirla; Ulises había sido, para su gran satisfacción, un escándalo y objeto de un culto instantáneo, pero las ventas no daban beneficios, y el esfuerzo de terminarlo, unido a su rampante alcoholismo, había causado daños irreversibles a sus ojos, enfermos desde su juventud.
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El combate literario del siglo XX
por Martín Schifino

Al abrir el número del 15 de julio de 1965, los lectores de The New York Review of Books encontraron artículos sobre la filosofía de Hegel, el puente de Brooklyn, una biografía de Arthur Symons, la Segunda Guerra Mundial y la historia de la brujería. Es de suponer que algunos les interesaron más que otros. Muchos habrán reconocido la importancia de una recensión sobre dos volúmenes titulados Sobre la escalada armamentística. Metáforas y escenarios, y La guerra nuclear. El inminente impasse estratégico; el debate incumbía a todos. Pero el tema más explosivo acabaría siendo el que menos lo parecía: la traducción al inglés de la novela en verso Eugenio Oneguin, de Aleksandr Pushkin, realizada por un compatriota del poeta, el novelista emigrado Vladimir Nabokov. La reseña estaba firmaba por el crítico norteamericano quizá más eminente de entonces, Edmund Wilson, y llevaba el título de «El extraño caso de Pushkin y Nabokov», un guiño a Jekyll y Hyde que anunciaba una monstruosa relación entre autor y traductor.
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Los conservadores y la revolución 
por Álvaro Delgado-Gal

La Revolución Francesa ha generado hechos diversos, unos más notorios que otros. La Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, La Marsellesa, la escarapela tricolor o el asalto a la Bastilla forman parte del repertorio que los niños aprenden en las escuelas o el cine escenifica en la pantalla. Pero hay un segundo lado. La Revolución produjo también el conservadurismo: puede decirse que no empieza a haber conservadores, tal como ahora se entiende el concepto, antes de las reacciones y resistencias despertadas en Europa por las novedades del 89 y sus secuelas. Inició la ofensiva un diputado británico, Edmund Burke. La palabra, que no la idea, aparece unos años más tarde, en unos papeles aderezados por Mme de Staël durante los amenes del Directorio. La hija de Necker propone que se contenga a los jacobinos por el lado izquierdo, y a los absolutistas por el derecho, interponiendo entre ambos un «Cuerpo Conservador» de notables designados de por vida. La intención, evidentemente, es conciliadora: se trata de acompasar el tic-tac de la historia, no de volver hacia atrás las manillas del reloj. 
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