Las cinco caras de Lisa Randall

por Francisco García Olmedo

Canaletto, San Giorgio Maggiore

Ciencia en la ficción: en esta serie narrativa por entregas, la ciencia no es ficticia y se presenta tal como se discutió en una reunión real sobre Evolución que se celebró en Venecia en 2006. Se cubrieron el universo, la vida, la mente, el lenguaje, la religión y, en menor medida, las artes plásticas y la música. La expresión «ciencia en la ficción» fue acuñada por Carl Djerassi.

En capítulos anteriores: Joan y Edurne han llegado a Venecia para asistir a un simposio sobre evolución. Hay problemas entre ambos. En la vacua sesión de apertura trasciende una cierta militancia contra el creacionismo. Joan percibe que Edurne coquetea con Gaetano Porpora y con Steven Pinker. Al volver al hotel se produce un peculiar acto de reconciliación gracias a los efectos feromónicos de ciertas emanaciones odoríferas.

3. Las cinco caras de Lisa Randall

El mármol de la Piazza di San Marco refulge bajo los oblicuos rayos de un sol en alza. Las palomas no han llegado todavía y nada hace sospechar que, tan solo cuatro días antes, la plaza ha estado bajo dos palmos de agua en un más que simbólico matrimonio con el mar. Milímetro a milímetro, Venecia se hunde en su propio lecho y vive por inercia más allá de su tiempo asignado, dos siglos de decadencia física que han seguido a otros dos de lenta extinción política en medio de un interminable carnaval. Milímetro a milímetro, las aguas del planeta suben de nivel ante la total indiferencia de sus habitantes, sin que se altere lo más mínimo el programa musical que interpreta la banda. Uno de los libros de Joan trata del calentamiento global que dilata los mares y funde los hielos terrestres y nos amenaza con un futuro subacuático. Ahora lo recuerda y le asaltan pensamientos sombríos, mientras camina junto a Edurne en dirección a San Zaccaria, donde les espera el vaporetto chárter que ha de cruzarles a la isla de San Giorgio Maggiore, sede de la conferencia.

Edurne apenas logra superar su falta de sueño y se deja llevar del brazo con placidez. Al encarar la Riva degli Schiavoni, la fresca y vigorosa brisa que frunce las aguas de la laguna logra despertarla del todo y se suelta de Joan, al tiempo que se despereza de forma desinhibida. Cuando se aproximan al embarcadero, ven que se han congregado un buen número de participantes, todos los cuales exhiben ya la credencial de la conferencia. Deciden imitarles, y mientras se cuelgan sus respectivas tarjetas de identificación, se les une Gaetano Porpora, recién desembarcado del vaporetto que ha abordado veinte minutos antes en Fondamenta Nuove, cerca de su casa.

− Digamos buenos días a la joven pareja española… −ironiza Porpora.
− Lo de joven no lo dirás por mí −se apresura a responder Joan, esbozando apenas una sonrisa triste.
− Eres joven… yo soy joven… soy joven aquí, que es donde hay que serlo −insiste Porpora, dándose una palmada en la frente y lanzando al viento su inconfundible carcajada−. Aprende de Venecia, que ha seguido sintiéndose joven durante años después de su muerte.
− Gaetano tiene razón… No te adelantes a lo que te cante el cuerpo: últimamente estás empeñado en anticiparte a los… −dice con viveza Edurne para zanjar la falsa discusión.
− Aquí, el popular y famoso Gaetano Porpora… y aquí, el Porpora español… Buenos días −dice un sonriente Vittorio Leopardi, incorporándose al grupo.
− Ya me explicarás qué es eso de la popularidad y la fama −responde Joan en tono escéptico, justo cuando empieza el embarque para cruzar hasta San Giorgio.

Joan y Vittorio se sientan a proa, mientras Gaetano y Edurne se quedan de pie en la parte central del barco. Joan ha sido siempre sensible a la obra arquitectónica, de una forma un tanto intuitiva, y cuando el barco se aproxima a San Giorgio queda impresionado por su fachada.

− Espléndida… subrayada por el agua… −empieza a decir.
− Espera a ver el claustro… Sabes que es la última obra de Palladio… −interviene Vittorio.
− Sí, sí… ya leí que se terminó póstumamente…

Desembarcan y se dirigen en grupo hacia una discreta cancela que se ve a la derecha de la armoniosa fachada de la iglesia. Dos porteros van comprobando las credenciales de los participantes y dándoles acceso. Joan, por inercia, no para hasta alcanzar el centro del claustro y, al levantar la vista, queda abrumado por una intensa sensación de bienestar. En definitiva, ése es su principal criterio al enjuiciar una pieza arquitectónica, el de si es o no acogedora. Para que le guste tiene que imaginarse viviéndola; por eso siempre ha estado menos interesado en visitar los grandes palacios reales o ciertas catedrales. Durante un breve momento, se ve pasando los últimos días de su vida en ese espacio mágico. Desde hace un tiempo le asaltan con frecuencia premoniciones sobre el tramo final de la vida y no siempre son tan placenteras como ésa. Joan interpreta esas premoniciones como avisos de que está entrando en la que no duda en llamar «la última edad», expresión que prefiere a otras más benignas.

* * *

Edurne ha preguntado a Porpora por la Manica Lunga, el famoso gran corredor del monasterio, y éste le ha hecho subir por la monumental escalera que da acceso por la derecha a la primera planta. Edurne se enfrenta al túnel iluminado de dimensiones agigantadas por el restringido tamaño de las puertas de las celdas, cuyos preciosos marcos pautan el ritmo exacto de un espacio que se resuelve al fondo en un gran ventanal tripartito que da a la dársena de San Marco.

 Palladio, Manica Lunga, San Giorgio Maggiore

− Esta arquitectura es como la música de Bach… −apunta Edurne.
− ¿Te gusta la música?
− Me dedico a ella.
− Hace mucho tiempo fui alumno de piano en el conservatorio de esta ciudad.
− ¿Conoces a Luca Fasan? Enseña historia de la música… creo. Me gustaría visitarle…
− Sí, sé quién es. ¿Has estado antes en el conservatorio? Está en el Palazzo Pisani, junto al Campo di Santo Stefano.
− Tal vez intente ver a Luca esta tarde… Lo conocí en un congreso y me dio algunas pistas útiles sobre la relación de Stravinsky con Venecia… la Biennale…

* * *

Joan se ha quedado solo en el centro del claustro. Sus compañeros de travesía han desaparecido en dirección al salón de actos. Junto a la cancela, a la izquierda según se entra, un grupo de periodistas y camarógrafos rodean en actitud expectante el embarcadero privado del monasterio, que comunica con la laguna a través de un amplio arco de piedra. Y se produce el milagro. Entra un taxi acuático y desembarca una Venus rubia, como si surgiera de las aguas, dando lugar a un gran revuelo. Se trata de Lisa RandallCosmóloga, investiga sobre teoría de cuerdas y ha ideado el modelo conocido como de Randall-Sundrum. Sus libros tienen títulos elocuentes: Universos ocultos: un viaje a las dimensiones extras del cosmos, El descubrimiento del Higgs y Llamando a las puertas del cielo. Es autora del libreto de la ópera Hypermusic. A Projective Opera in Seven Planes, con música del compositor español Hèctor Parra, estrenada en el Centro Pompidou de París, y comisaria de una exposición de arte que itineró por la Galería 825 de Los Ángeles, la Guggenheim Gallery y el Centro Carpenter de Harvard., joven estrella rutilante de la Física, coautora de los dos trabajos de su especialidad más citados en el último quinquenio y de un libro de divulgación, titulado Pasajes alabeados. Desenredando los misterios de las dimensiones ocultas del universo, que ha sido elegido entre los libros del año por la revista Time. Joan busca en el programa de mano la página en que aparece el currículo abreviado de Randall, junto a su foto en color: grandes ojos azules, melena teñida de rubio, rostro maquillado y labios pintados. Con indignación de algunos, alguien la ha llamado la Jodie Foster de la Física, y es cierto que se da un aire a la actriz, pero el apelativo resulta inapropiado, aunque sólo sea porque la actriz no ha marcado un antes y un después en la historia del cine, mientras que la Randall ha puesto a los exquisitos físicos teóricos contra las mismísimas supercuerdas.

Joan se ha movido instintivamente hacia el reclamo de la Venus emergente y se ha quedado a prudente distancia del barullo junto a las dos únicas figuras que han permanecido inmóviles, ajenas a la acción, casi abrazadas en un paso de tango. Se trata de un reportero-lapa que acerca un pequeño magnetófono, como si fuera una armónica, a los labios de monseñor Marcelo Sánchez SorondoEn 2015, monseñor conserva todas sus funciones vaticanas y ha sido el principal colaborador del Papa en la preparación de la encíclica Laudato si’.

Marcelo Sánchez Sorondo

− ¿Es Benedicto XVI el mismo implacable Joseph Ratzinger que velaba por la pureza doctrinaria? −cree oír Joan que pregunta el periodista.
− Tal vez el cargo que ocupaba le dio una imagen de duro, pero hoy como papa dio un salto cualitativo; entró en otro orden de magnitudes, como dicen los matemáticos −parece que contesta el monseñor en un susurro, y a Joan, lleno de prejuicios en todo lo que concierne a la Iglesia, le entra la duda de si se trata de un salto hacia arriba o hacia abajo, hacia delante o hacia atrás.

Vestido de clergyman, el eclesiástico, a sus más de sesenta años, encarna una figura esbelta, de buena estatura y extremidades alargadas, con una cabeza bien proporcionada, cuyo pelo, ya gris, está en franca recesión. A los ojos de Joan, las mejillas hundidas, las cejas negras, pobladas, y la mirada en permanente estado de alerta, denotan cautela, tristeza, tal vez astucia. El programa de mano indica que Sánchez Sorondo es canciller de la Academia Pontificia de Ciencias y de la Academia Pontificia de Ciencias Sociales, así como Prelado Secretario de la Academia Pontificia de Santo Tomás de Aquino. Para Joan, no cabe duda de que el papa le ha encomendado la misión de mantener a raya a los científicos. Joan se lo imagina poniendo una cara a los miembros no creyentes de la primera de las academias y una muy distinta al cardenal-arzobispo de Viena6. El currículo indica que nació en Buenos Aires, y más tarde se enterará por Gaetano Porpora de que desciende de prominentes dirigentes ultracatólicos argentinos, proclives al franquismo y al nazismo. Esta circunstancia reafirmará los prejuicios de Joan.

Lisa Randall ha atendido brevemente a los periodistas y se dirige ahora hacia el salón de actos, donde en media hora ha de impartir la primera conferencia del día: «La evolución del universo». Joan la sigue a una prudente distancia, atravesando un pasadizo que comunica el claustro con un pulcro jardín. El aula, de considerables dimensiones, está amueblada con el mismo tipo de sillas que le torturaron el cóccix en el palacio ducal y se comunica con el jardín por una cristalera que cubre todo su costado izquierdo. Al jardín le sigue, primero, un prado asilvestrado con algunos plátanos de sombra y, luego, un bosque en toda regla, bien cuidado, que se extiende por toda la isla.

El sistema audiovisual parece de última generación. Una pantalla gigante debe acoger las imágenes de dos proyectores, uno que muestra las ilustraciones gráficas de cada conferencia y otro que enseña en primer plano al conferenciante. Joan se sienta junto a la cristalera y observa distraído los gestos imperativos con que Randall se dirige a los técnicos que han de ajustar la proyección: el sonido debe estar más bien alto, su imagen no debe aparecer de cintura para arriba sino algo más recortada, y así sucesivamente. Ya ultimados los preparativos, con la sesión a punto de empezar, llega Edurne y se sienta junto a Joan.

− Gaetano me ha enseñado el gran corredor, no debes dejar de subir a visitarlo, es bellísimo… Tiene una increíble cultura −dice Edurne.
− ¿Quién? ¿Porpora? La debía tener guardada o la habrá adquirido últimamente. En tiempos no me pareció tan culto o tan dicharachero.
− Gaetano me ha dicho que este año la revista Newsweek ha presentado a Lisa Randall como Who’s Next y que Seed Magazine la eligió icono científico de 2005.
− Sí, eso dice el programa de mano −contesta Joan con un mal humor que casi nunca ha mostrado en toda su relación con Edurne.

* * *

«Nuestro conocimiento de la Cosmología, la ciencia de la evolución del universo, ha cambiado de manera espectacular a lo largo de los últimos cien años. Me propongo darles una visión general de los principales descubrimientos teóricos y de las observaciones, así como de nuestra comprensión actual de la evolución del universo a partir del Big Bang y a través de la inflación cosmológica». Edurne queda prendida de las palabras de Lisa y se prepara para oír la única narración sobre el origen de nuestro mundo que podría sustituir a la que en su día le enseñaron en Bilbao las monjas del Sagrado Corazón, una narración que hubo de descartar por improbable hace ya muchos años. Su primer sobresalto surge cuando oye que, en el momento del Big Bang, la densidad y la temperatura eran infinitas, y que en esas circunstancias no podían existir los átomos, sino sólo un plasma primitivo de entes subatómicos. Edurne tarda en hacerse a la idea y luego piensa que, si el origen estuvo en el Big Bang, allí no habría sitio para un dios, a menos que fuera infinitamente refractario o él mismo un improbable ente subatómico. ¿Y antes del Bang? Intenta imaginar los antecedentes de ese momento, cuando tal vez un dios infinitamente enfriado, o quizás un comité de dioses faltos de concordia, habría decidido barajar de nuevo, concentrando en un solo punto del espacio todo el detritus generado por errores y desacuerdos, dando paso a un nuevo universo sin dioses, grandes o pequeños. Pero enseguida Edurne se ve sumida en la confusión, cuando Randall afirma con rotundidad: «El Bang ocurrió hace catorce con siete millones de milenios, pero no lo entendemos en absoluto, aunque su ocurrencia se confirmó en 1992»

Lisa Randall

Sigue la narración en un tono más optimista cuando se refiere a que ha sido posible reconstruir lo ocurrido a partir los primeros minutos después del Big Bang gracias a las medidas de la radiación de fondo y otros ecos de aquel acontecimiento inicial. Y Edurne trata noblemente de no ser apeada de un caballo que empieza a galopar demasiado deprisa para su gusto. Puede observarse que las galaxias se expanden, tanto más deprisa cuanto más lejos del observador, que el universo no es estático, sino que también se expande y se enfría al expandirse. En el principio fueron los fotones, y hubieron de transcurrir casi cuatrocientos milenios para que el enfriamiento alcanzara los tres mil grados Kelvin y se iniciara la Era de la Recombinación, en la que de la sopa subatómica surgieron los átomos. Y, más tarde aún, la gravedad generó la estructura. Y concluye: «En nuestro particular universo de cuatro dimensiones, percibimos la gravedad como una fuerza en extremo débil, lo que no le impidió tirar de mí hace un par de años en Yosemite… Cuando me desperté, estaba en el helicóptero con varios huesos rotos...»

Edurne, gracias a la elocuencia de Lisa, tiene la sensación de entender realmente lo que desde hace rato sólo está percibiendo en un plano poético. Sin embargo, cuando la americana viene a decir que lo que se conoce por la sugerente denominación de «inflación cosmológica» es algo que se han tenido que sacar de la manga para explicar muchas propiedades del universo conocido que no se explicarían por las teorías mejor fundadas, no puede por menos de reconocer que se ha caído del caballo, con efectos contrarios a la más famosa de todas las caídas de un caballo. Se da cuenta de que esta narración del origen requiere tanta fe ciega del no iniciado como la que pueda ofrecerle el monseñor que aparece en el programa como presidente de la última sesión de la conferencia. Sus pensamientos derivan entonces hacia otros enigmas que le afectan de un modo más inmediato.

(También Joan y yo empezamos con un Big Bang. La verdad es que a nuestra inauguración no le faltó de nada, ni su Big ni su Bang, ni su prolongado período de inflación cosmológica, pero también es cierto que dejamos pasar las oportunidades de recombinación; la relación se expandió y se enfrió lo suficiente como para que adoptara una configuración más estable. Eso diría esta mujer, Randall o como se llame. Pero ni Joan ni yo dimos los pasos necesarios y ahora me da la impresión de que empieza a ser demasiado tarde. No por mí, que sigo a una temperatura óptima, al menos eso creo, sino por Joan, que parece insistir en enfriarse más allá de lo que pueda imponerle el tiempo o dictarle la fisiología. Empiezo a dudar de que sea recuperable: parece como si estuviera impaciente por evolucionar más allá de cualquier arreglo. Y mis dudas son recientes, pues no han empezado hasta hace unos meses. Joan ha perdido la seguridad en sí mismo, eso es lo que pasa, y, sin confianza, hasta el mejor equilibrista se cae... Si duda, no se sostiene en el alambre, eso se sabe... y ve en mí intenciones y actitudes que me son ajenas por completo. Yo sigo viéndolo como el primer día… Al menos, eso intento. Es verdad que ahora anda más despacio y está siempre pidiéndome que aminore mi marcha; y con frecuencia le come la abulia. Últimamente, para que se avenga a regañadientes a acompañarme a algún espectáculo o para que aceptemos alguna invitación, casi siempre tengo que ponerme muy pesada. Antes no era así, saltaba a cualquier propuesta mía, daba gusto planear cualquier aventura porque siempre aceptaba encantado. Le pregunto qué le pasa y me sale de malos modos con no sé qué historia de que los espejos no engañan. Hasta parece dar muestras de celos, algo de lo que nunca le habría creído capaz.)

* * *

Para Joan hay menos novedad que para Edurne en lo que está contando Lisa Randall, pues aunque cae lejos de su especialidad, ha tenido que lidiar con el tema en algunas de las reseñas que escribe para distintas revistas culturales. A menudo ha esgrimido el hecho de que la energía negra y la materia negra, prácticamente desconocidas todavía, representan el noventa y cinco por ciento del universo, para rebatir a los vates que se empeñan en proclamar que el final de la ciencia está a la vuelta de la esquina. A Joan le parece prematuro postular dicho final cuando los físicos ni siquiera se han aclarado del todo con el cinco por ciento del universo que es visible. «Por lo menos tenemos una idea de la magnitud de lo que ignoramos», dicen algunos a ese respecto. Joan ha estado demasiado taciturno para seguir la conferencia al detalle, pero Randall cambia de tono cuando empieza a referirse a sus contribuciones científicas más famosas, y Joan le concede toda su atención, tomando notas lo mejor que puede.

Joan queda anonadado ante la noción de multiverso, dentro del cual nuestro mundo quedaría relegado a mera anécdota o caso particular. Mira a Lisa Randall por completo estupefacto y se da cuenta de que la que contempla es una Lisa que ha quedado confinada en la membrana bidimensional de la gran pantalla y no la que habita en el universo tridimensional, el de la visión, que es la que en realidad habla desde el rincón opuesto de la sala. La Lisa virtual ha eclipsado a la real, y su rostro magnificado se percibe menos seguro, más lleno de tensiones y frunces, y con la sonrisa convertida en un rictus, el semblante propio de una corredora de fondo que se empeña en mantenerse en cabeza, pero sin duda una faz más humana que la que ha creído contemplar más temprano, cuando la vio emergiendo de las aguas.

Joan se pregunta que habrá al otro lado del multiverso y queda perplejo ante la sugerencia de un mundo de siete dimensiones en el que la gravedad sería aún más débil que en el nuestro, de un universo, en fin, en el que no serían posibles las galaxias, las estrellas o los sistemas planetarios y la vida. La cosmología se le figura entonces como un cementerio para la imaginación humana.

* * *

Se anuncia una pausa de media hora; Edurne y Joan salen al jardín, donde se les une Vittorio Leopardi, y se dirigen hacia el claustro. Allí les espera el café y las pastas de media mañana. Hace un día luminoso y cálido, propio del falso verano de los membrillos, aunque atemperado por la brisa fresca que barre la laguna.

− Claudia Tonelli me ha encargado que os invite a la cena para los conferenciantes que se celebrará esta noche en el Palazzo Grassi −dice Vittorio.
− No está lejos de vuestro hotel… Deberéis ir pronto, porque habrá una visita guiada a la colección Pinault.
− ¿Pinault? −dice Joan.
− Sí, François PinaultEl 26 de abril de 2006, durante la exposición aludida conoció a Salma Hayek, la famosa actriz de origen mexicano. En marzo de 2007, ésta anunció que estaba embarazada y comprometida con el empresario francés y el 21 de septiembre del mismo año, dio a luz en un hospital de Los Ángeles a una niña a la que bautizó con el nombre de Valentina Paloma Pinault-Hayek. El 14 de febrero de 2009 se casaron en una ceremonia civil. La boda religiosa se celebró el 26 de abril de 2009., el magnate francés que se ha hecho con el Palazzo. Antes lo tenía Agnelli. Ya sabes, uno de los reyes de la industria del lujo… Gucci, Yves Saint-Laurent y toda la parafernalia.
− Algo creo que he leído sobre esa colección −dice Edurne, mientras se retrasa para emparejarse con Steven Pinker, que les sigue unos pasos más atrás.

Hay dos colas para servirse el café, y Joan acaba con Vittorio en una distinta que la de Steven y Edurne. Esta entra de inmediato en harina, llevada por su insaciable curiosidad, e inicia un interrogatorio en toda regla. Pinker ha debido de responder infinidad de veces a las mismas preguntas, pero no da muestras de incomodidad; al contrario, sonríe amablemente a su bella inquisidora.

− ¿Somos lo que hacen de nosotros en nuestra tierna infancia?
− Eso defienden algunos como políticamente correcto, pero en esta cuestión hay que empezar por separar los aspectos emocionales, ideológicos o políticos de los estrictamente científicos. La naturaleza humana es herencia biológica, así lo cantan los hechos, la organización de nuestra psique es innata y en ella se inscribe nuestra historia… Toda ella, no sólo la infantil.
− ¿Eso quiere decir que nacemos buenos y sólo luego nos corrompen?
− En mi opinión, no nacemos ni buenos ni malos, sino con un repertorio de posibilidades y limitaciones en cuyo ámbito se inscribe nuestra vida y lo que recibimos de nuestros antecesores.
− No hay un alma extrabiológica…
− No hay razones para pensar que existe; las mentes, los cerebros, son artefactos extraordinariamente complicados que han resultado de la selección natural y, como tales, poseen muchas propiedades emergentes.
− Suena en ese caso como si naciéramos con la suerte echada.
− En absoluto. Lo heredado no nos impide ver, pensar, sentir, reír, relacionarnos, apreciar las artes o hacernos las preguntas fundamentales. Una psique innata no niega en absoluto nociones como las de compasión, responsabilidad o propósito… No nacemos esclavos… al menos, no del todo.
− Creo que debo volver a leer su libro −remata Edurne cuando ya están sirviéndoles el café.

* * *

Joan guarda la cola en silencio, afectado por una inquietud difusa que tiene su origen inconsciente en la contemplación de Edurne conversando con Pinker.

(Siempre ha sido así, inquieta y curiosa por el mundo que la rodea, interesada por la vida de los que tiene alrededor, ávida de saber y de experimentar, sin dificultad alguna para relacionarse de un modo natural con cualquier tipo de persona, dispuesta a contagiar su vitalidad, a aprender cualquier baile. Además de su belleza, eso ha sido lo principal de su dádiva, lo que en ella me ha fascinado siempre, lo que me ha hecho mejor. Me he enriquecido con sólo seguirla y emularla. ¿Cómo puede cambiarse ahora el placer en desasosiego, o la confianza en suspicacia? ¿Se aleja ahora de mí? No, creo que soy yo el que empiezo a desacompasarme… Algo se ha atravesado en mi ánimo que me hace dudar de mi capacidad para darle lo que se merece… algo que compense lo que ella me da, aunque sea esa una contabilidad que no puede hacerse… sobre todo, que no debe exigirse. ¿Cómo he llegado a esta situación? Sólo sé que, cuando paseamos, con frecuencia me sorprendo pidiéndole que no vaya tan deprisa. Cada vez más, ella espera, busca, encuentra nuevas experiencias, y yo, cada vez menos. Ahora me ha dado a entender que quiere ser madre... No lo ha puesto en palabras, pero entre nosotros nunca han hecho falta… Ha bastado un leve gesto y no recuerdo qué alusión ante una virgen con niño en la Scuola dei Carmini, el día de nuestra llegada, para que yo haya captado el mensaje. A mí me aterra la paternidad a estas alturas, siempre he sido reacio a ella, y ahora no estoy dispuesto a pasear un hijo que confundan con mi nieto, a sufrir los sobresaltos de añadir uno más… desdeñable como sumando en una humanidad desmandada. Tampoco quiero morir dejando indefenso a un adolescente a medio madurar. He dicho niño… Quizá debía decir niña… Al principio de mi fracasado matrimonio albergué el deseo fugaz de tener una hija, pero de eso hace mucho tiempo… ¡Ojalá el corazón estuviera en un mundo distinto que el cerebro y no se mezclaran unas cosas con otras!)

Vittorio le da un golpecito en el codo para indicarle que le ha llegado el turno para el café y sale entonces de su ensimismamiento.

* * *

Vittorio y Joan, ya con las tazas en la mano, pasan a un segundo claustro, de dimensiones parecidas al primero y con cuatro cipreses en el centro, pero sin su gracia singular; y de ahí se dirigen al antiguo refectorio, un salón de techos altos y regulares dimensiones que aparece lleno de ordenadores y muy concurrido, pues han situado en él la sala de prensa y televisión, pieza neurálgica de la conferencia. En la antesala han instalado una librería provisional en la que, sobre grandes mesas, se exponen ejemplares de los libros de divulgación publicados por muchos de los conferenciantes. Joan hojea varios de la astrónoma Margarita Hack, entre ellos su popular biografía L’amica delle stelle. Luego queda prendido en el best-seller de Marc Hauser, Moral Minds y, cuando lo suelta sobre la mesa, se topa con Gaetano Porpora en el papel de cancerbero de sus propias obras completas, más de una docena de títulos, la mayoría de los cuales aparecen por partida doble, en las versiones italiana e inglesa, además de un par de ellos editados también en Alemania.

− Ya te dije… Aquí el amigo Porpora es nuestro científico estrella −dice Vittorio, dirigiéndose a Joan y dándole una palmada en la espalda a Gaetano.
− Sí, sí, ya veo.
− Lo que ves no es más que la punta del iceberg… Están las conferencias… y la televisión… Tendrías que haberlo visto en la serie que dirigió. En hora punta, además… El único en nuestro país que ha logrado vender ciencia a esas horas, y no será porque otros no lo hayan intentado.
− Yo también… −empieza a decir Joan, pero se frena.

En realidad, Joan había participado en infinidad de programas de televisión. Al principio aceptaba las invitaciones por curiosidad, pero fue enfrascándose en debates con los representantes de diversos grupos anticientíficos, más o menos radicales, cuya abundancia y variedad no había sospechado hasta entonces, y siguió en la brecha, más porque lo creía su obligación que por placer. Tuvo que aprender a usar los mismos trucos y trampas dialécticas que sus oponentes, y esto le causaba desazón y enfado en las horas que seguían a los enfrentamientos. Cuando al fin decidió rehusar nuevas invitaciones, no había llegado a ser un personaje reconocido popularmente.

− ¿Sobre qué tratan tus libros? −pregunta Porpora.
− Es curioso, pero hemos escrito sobre los mismos temas: las células madre, la reproducción asistida, el genoma humano, los OGM… Incluso en varios casos coincidimos hasta en los títulos…
− Aquí hay una gran demanda de este tipo de libros…
− No tengo yo la impresión que eso pase en mi país… En cualquier caso, quizá yo no vendo lo que debiera porque me empeño en sobrecargarlos. Por lo que veo, tú despachas cada tema en poco más de cien páginas.
− Mi truco consiste en reducir cada tema a su puro esqueleto, para luego darle cera y sacarle brillo −dice Porpora con cierta autocomplacencia.
− Su truco, en realidad, fue hacerse más popular que la Carrà en televisión. La televisión apaga a unos y enciende a otros. A Gaetano lo encendía: era todo naturalidad, haciendo chistes, enlazando por la cintura a las azafatas medio desnudas… Aquel programa era hasta inmoral… Así vende libros cualquiera −castiga Vittorio, muerto de risa.
− Alguna gracia tendrán los libros, digo yo −dice Joan, tratando de quitar hierro a lo dicho por Vittorio.

Joan no daba crédito a la imagen del Gaetano Porpora que tenía ante sí, hasta el punto que llegó a pensar que éste debía ser otra persona diferente de la que había conocido en Bruselas tantos años atrás. Parecía como si se tratara de gemelos univitelinos adoptados por familias diferentes: aquél, tan triste, quizá criado por unos padres en exceso jacarandosos, y éste, tan dicharachero, educado por unos padres tristes.

− Ya digo… Yo procuro escribir para que se me entienda −insiste Porpora.
− Sí, quizás eso sea importante… pero acuérdate de aquella cena en Bruselas, cuando Prigogine y Swinnerton-Dyer admitieron que no entendían buena parte del primer libro de Hawking. A mí se me quitó un peso de encima, porque yo lo había comprado en el quiosco de prensa de un aeropuerto y andaba frustrado por no entenderlo. En España se vendieron trescientos mil ejemplares y un especialista escribió que en el país no debía de haber más de diez personas capaces de entenderlo −dice Joan, acalorado en exceso.
− Bueno, parece que nadie sabe por qué se venden unos libros sí y otros no. Dicen que ni importan las críticas, buenas o malas −interviene Vittorio, con un ligero tono de impaciencia.

Vittorio se volvió hacia la sala de conferencias y Joan se quedó un buen rato manoseando los libros expuestos. Cuando hizo ademán de despedirse de Porpora, éste le preguntó.

− ¿Cuándo os volvéis a España?
− Volvemos el domingo por la tarde.
− Entonces podéis asistir a una fiesta de disfraces que doy en mi casa el sábado, después de la clausura.
− No creo… no tenemos disfraces…
− No hace falta, se os entregarán a la entrada.
− Lo consultaré con Edurne −dijo Joan, haciendo un gesto de despedida.

El día es dulcemente cálido. Le da pereza volver al salón de actos y pasa de largo, inclinándose por explorar el hermoso bosque de laureles y pinos que se le ofrece a la vista como guardián de incontables secretos. Se dirige hacia el extremo opuesto de la isla por un camino a la orilla del Canale delle Grazie, que separa a la isla de la de la Giudecca. No hay un alma, no hay ni palomas, cuando se sienta en un banco vacío, reconfortado por la idea de que a esas horas no debe de caber un alma en la Piazza di San Marco.

(Escribir es coleccionar ideas… como el que colecciona mariposas para ensartarlas en esos alfileres que se pinchan sobre una lámina de corcho… eso sí, según un cierto orden… no tengo más remedio que seguir escribiendo para sobrevivir, para mantener la lucidez… nunca lo hice para alcanzar la popularidad… la fama… merecería quizá tener más lectores, pero tengo los suficientes para poder seguir… y siempre hay algunos que me dicen algo que no esté guiado por la mera cortesía… eso me basta para seguir en la brecha… Me va bien ocuparme de temas concretos, bien definidos, manejables, problemas que tienen solución… mientras lo hago evito que me asedien las preguntas que no sé contestar, los interrogantes que me angustian, lo que ahora me preocupa y nunca me había preocupado.)

Luego Joan sigue distraído su paseo ribereño hasta que le sorprenden unos brazos que gesticulan ardorosamente una decena de metros más adelante, como si surgieran de detrás de un arbusto. Parecen ajenos a cualquier vínculo corporal, entes autónomos que imprecaran violentamente a las aguas de la laguna. Joan se aproxima a ellos con cierto sigilo y empieza a oír una voz que se expresa en inglés en un tono vigorosamente declamatorio. Y se desvela el misterio: un hombre de mediana edad, que luce una cuidada barba rubia y que por sus ropas tiene pinta de proceder del otro lado del Atlántico, sostiene unos papeles en la mano y los lee. El programa de mano revela que se trata de Ian Tattersall, del Museo de Ciencias Naturales de Nueva York, quien al parecer está ensayando la conferencia que ha de leer al día siguiente.

(Torturarse así es el precio del estrellato, un precio que quizá yo no soy capaz de pagar, piensa Joan.)

28/01/2016

 
COMENTARIOS

m.martin 07/02/16 19:48
Muy bien la descripción que hace muy fácil y agradable la lectura.

Ana 25/12/16 18:59
¿¿Un dios infinitamente enfriado??

El problema de muchos físicos fisicalistas es que no están por la labor de entender lo que la filosofía lleva milenios explicando: que Dios y universo son dos entidades que no pertenecen a la misma categoría ontológica. Les dejo cita del físico William D. Phillips:

"Como físico, observo la naturaleza desde un punto de vista particular. Veo un universo ordenado, hermoso, en el que casi todos los fenómenos físicos pueden ser entendidos con unas pocas y simples ecuaciones matemáticas. Veo un universo que, de haber sido construido de una manera ligeramente diferente, nunca habría dado a luz a las estrellas y los planetas. Y no hay ninguna razón científica por la cual el universo no podría haber sido diferente. Muchos buenos científicos han concluido con estas observaciones que un Dios inteligente ha decidido crear el universo con esta propiedad hermosa, sencilla y vivificante. Muchos otros grandes científicos, sin embargo, son ateos. Ambas conclusiones son posiciones de fe".

William D. Philips fue premio Nobel de Física en 1997.

Saludos y felices fiestas.

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