La amiga de las estrellas

por Francisco García Olmedo

Laberinto de Borges, San Giorgio Maggiore

Ciencia en la ficción: en esta serie narrativa por entregas, la ciencia no es ficticia y se presenta tal como se discutió en una reunión real sobre Evolución que se celebró en Venecia en 2006. Se cubrieron el universo, la vida, la mente, el lenguaje, la religión y, en menor medida, las artes plásticas y la música. La expresión «ciencia en la ficción» fue acuñada por Carl Djerassi.

En capítulos anteriores: Joan y Edurne han llegado a Venecia para asistir a un simposio sobre evolución. Hay ciertos problemas entre ambos. Joan percibe que Edurne coquetea con Gaetano Porpora y con Steven Pinker. Lisa Randall desarrolla la noción de multiverso. Joan, que ha sido científico y secretario de Estado y ahora se dedica a la divulgación, tiene dificultades para seguir su discurso y se siente empequeñecido ante tanto divulgador famoso como participa en el simposio. Edurne, que es musicóloga, especializada en Stravinsky, directora de un semanario cultural, descubre que ante el universo de Randall sólo le cabe un acto de fe no muy distinto del que en su día hizo ante la historia bíblica de la Creación.

4. La amiga de las estrellas

Porpora no da puntada sin hilo. Lleva toda la mañana tomando notas como un poseso para ver si se inspira para ensartar una de esas aseadas historias lineales con las que viene teniendo tanto éxito, pero la evolución del universo es un tema que se le resiste: el proceso es demasiado enredoso y sus secretos caen bastante a trasmano de su portentosa erudición. Hay demasiadas visiones tangentes, parciales, incompatibles entre sí. Es como si, para construir un túnel, se hubiera empezado a perforar simultáneamente por más de dos sitios. La naturaleza de las partículas elementales, la teoría de cuerdas, la supersimetría o las múltiples dimensiones del universo, ocultas o no, le parecen una mezcla incompatible de piezas descabaladas, una ensalada que no permite componer una imagen congruente. Ha leído con frustración el libro de Lisa Randall y ha esperado en vano aclarar puntos oscuros oyéndola en directo. En la fila de delante puede ver a Edurne.

(Esta española es pieza de excepción. Hace mucho tiempo que no se cruza en mi camino una comparable. La caza furtiva tiene ese inconveniente: uno dispara en la noche a lo primero que se mueve, y con frecuencia la pieza cobrada no es la que uno cazaría a plena luz del día, ayudado por los ojeadores. Es un precio que pago gozoso a cambio de la exención de otros. Yo busco el sexo variado... y en cuanto al juego amistoso, sólo lo justo para arropar la acción esencial. Un mes es una eternidad en el papel pautado de mi calendario, que no se divide en semanas y meses, sino en aventuras. Vittorio me preguntó en una ocasión si no me cansaba de tantas mujeres que no estaban a mi altura, según él, y yo traté de hacerle ver lo equivocada que anda la gente sobre esa cuestión. No es fácil calibrar a una mujer: las hay que lucen bien a cierta distancia y luego su encanto se disipa cuando te acercas, y por supuesto las hay que mantienen su fulgor en cualquier circunstancia, pero son las menos, y lo que ignoran muchos teóricos es la enorme frecuencia con que se producen sorpresas gozosas allí donde más importa. Para saber eso hay que ser cazador furtivo, como yo. No sé si Joan está casado con ella, pero es como si lo estuviera, es como si ya llevaran casados el tiempo suficiente para que hayan aparecido las primeras fisuras. Cuando yo intuyo que hay fisuras, suele haberlas, y casi nunca fallo: es como si mi olfato tuviera el mismo dispositivo que se emplea para comprobar la integridad estructural de las obras públicas. Y si hay algún desconsuelo, ahí estaré yo, cazador a la espera.)

Edurne sigue fascinada por las nociones cosmológicas que por primera vez en su vida le llegan de voces autorizadas y las absorbe con fruición, sin la menor dificultad, porque tienen una enorme fuerza poética y ella no les exige nada más. Ella no pretende entenderlas en el mismo plano que parecen exigir Joan o Gaetano, quienes, como científicos, aspiran a entender y, como no especialistas, están quedándose con tres palmos de narices.

* * *

Joan vuelve al redil justo cuando empieza la última conferencia de la mañana, a cargo de la astrofísica Margherita HackMargherita Hack moriría a los noventa y un años, el 1 de julio de 2013. En una entrevista grabada antes de morir declaró: «Soy atea en el sentido de que no creo que pueda probarse la existencia de Dios ni tampoco su inexistencia. Creo que todo está en las propiedades de la materia. Si (a mi muerte) me encuentro a Dios, le diré que estaba equivocada»., la amiga de las estrellas, una vida clasificando sus espectros, ordenando sus múltiples categorías, moviéndose de las megaestrellas a las galaxias, de las galaxias a las estrellas; estrellas primitivas, estrellas jóvenes, marrones o rojas, enanas o gigantes, o que se apagan, o que ocupan el halo de la galaxia, o que van, o que vienen. A sus ochenta y cuatro años, habla como si contara un largo viaje a punto de concluir, y luce con la luz propia de una serena despedida. La mañana ha empezado con las fantasías anticipatorias de una estrella emergente, surgida del agua, y se cierra de modo apropiado con una estrella que en su ocaso narra lo visto y lo vivido.

Todavía se adivina en ella el magnífico esqueleto que en su juventud le permitió ganar laureles con sus saltos de longitud y de altura. Nada haría sospechar su educación bajo pautas teosóficas y vegetarianas. Nunca ha probado alimento animal. Mira al público con unos ojos azules que todavía no se han cansado de mirar el universo. Habla sin titubeos, sus palabras surgen espontáneas, con naturalidad, y su discurso apenas se apoya en unas ilustraciones garabateadas a mano alzada con lápices de colores; los técnicos de proyección han tenido que apresurarse para poder incorporar estos dibujos a la rutina del proyector.

Margherita Hack

Joan se siente inmediatamente atraído por la conferenciante, se pregunta cuál será el secreto de la sensación de paz que transmite, y se ve asaltado por una fugaz premonición de que su propia estrella está próxima a la extinción. Odia el cañón de proyección, su dictadura, su capacidad para mostrar en un minuto información que costaría digerir decenas de horas, y su poder para hacer desaparecer al conferenciante. Piensa en ese momento que nada hubiera impedido en toda la mañana prescindir de los que hablan desde el rincón, fuera de las candilejas bidimensionales de esa gran pantalla cuya doble imagen, de busto parlante e ilustración, podría haber viajado perfectamente por las ondas, con gran ahorro de combustible, de billetes de avión en primera clase y de bonos de hotel de lujo, y que, puestos a ello, tampoco Edurne y él hubieran necesitado viajar a Venecia para oír las voces y recibir las ideas que vienen exponiéndose, en cuyo caso no habrían experimentado la belleza de San Giorgio. Sí, Joan odia el cañón y procura siempre prescindir de él en sus conferencias, aunque a menudo los organizadores de estos eventos tuercen el gesto o quedan decepcionados cuando, a la pregunta sobre qué medios audiovisuales va a necesitar, contesta que ninguno, que va a limitarse a intercambiar ideas con el público asistente mediante la más vieja de las habilidades humanas: la palabra hablada.

Los aplausos que marcan el final de la conferencia de Margherita Hack hacen volver a Joan de sus torturadas reflexiones, y su estómago le avisa de que es hora de comer. El público se apresura a salir en dirección al buffet que está preparado en el prado, bajo la sombra de unos falsos plátanos. Joan ve a Edurne entre la muchedumbre, varios metros por delante, acompañada por Vittorio y su mujer.

* * *

Cuando Joan logra aprovisionarse, comprueba que la mesa de Edurne está completa y que quedan pocos sitios libres donde sentarse. Ve un hueco a la izquierda de Lisa Randall, duda un momento y se decide a ocuparlo.

− Buenos días, ¿Está libre? −dice Joan, dirigiéndose a Lisa, quien le da ligeramente la espalda, vuelta como está hacia la derecha, conversando en voz baja con una especie de vaquero mal encarado que viste un chaleco de piel negra sin mangas y un enorme sombrero tejano, también negro. Lisa no se da por aludida. Joan no tarda en darse cuenta de que ha ido a caer entre dos universos ajenos que lo excluyen: el de la Randall y otro que está habitado por tres mujeres y dos hombres que hablan un apresurado italiano.
− Oh, Mariko Mori es una ricura… Me encanta la forma en que conecta el mundo interior de nuestras mentes con los mundos exteriores del cosmos… Vive inmersa en la filosofía budista… Sus megalitos electrónicos… Todo lo conecta a través del arte, la ciencia y la tecnología… Me la recomendó Martín Kemp… Martin y yo nos llevamos divinamente desde el primer momento. Vino a Nápoles y triunfamos, hicimos un programa memorable… Me tenéis que creer −dice quien lleva la voz cantante en el grupo italiano, un napolitano que al parecer dirige un programa de difusión de la ciencia, a juzgar por unos comentarios que ha hecho poco antes.

Joan mira a hurtadillas a Lisa Randall, a quien ve en escorzo a su derecha, la quinta versión del mismo personaje que se le ha cruzado a lo largo de la mañana: emergiendo de las aguas, en el papel cuché del programa de mano, tras el podio, en la pantalla y ahora. Vista de cerca y en tres dimensiones, es más angulosa, más huesuda, menos joven y más hosca.

− Profesora Randall, no me conoce: soy Pietro Sansovino, director de un programa popular de proyección social de la ciencia. Quisiera pedirle permiso para escribirle… para organizarle una conferencia. Sería un éxito seguro…
− Escriba si quiere… Pero en dos años, al menos, no creo que pueda hacerle caso −contesta la diva rápidamente y sin cambiar de expresión, volviéndose de inmediato para retomar su conversación con el vaquero.
− No vaya a creer que los científicos pueden andar siempre fuera del laboratorio −remacha el del sombrero en tono despectivo.

Joan se levanta para buscar el postre en el buffet, aprovechando que no hay demasiada cola, y cuando vuelve a su sitio se encuentra con que ha sido ocupado. No tiene más remedio que permanecer de pie mientras consume de un modo un tanto apresurado su trozo de tarta a los tres chocolates. Entonces se le acerca Edurne por detrás.

− Ené, come más despacio, que vas a atragantarte … Ya te he visto en conversación con la estrella −le dice con sorna.
− Sí, sí… pero no he podido competir con John Wayne −contesta Joan.
− No me voy a quedar a lo de esta tarde. Quiero visitar a un colega del conservatorio que conocí en un congreso.
− Así te liberas de esta cárcel de paz. Procura estar en el hotel antes de las siete… Tenemos lo del Palazzo Grassi.
− De acuerdo, de acuerdo −balbucea Edurne mientras emprende el camino de la salida.

* * *

Gaetano Porpora lleva un buen rato como cazador al acecho. El suave oleaje mece el embarcadero flotante donde espera, sentado y leyendo el periódico, a que aparezca su presa designada. Ha sido de los primeros en abandonar el salón de actos y servirse en el buffet. Luego se ha aplicado al primer plato sin prisa pero sin pausa y ha renunciado al postre para salir discretamente a ocupar su puesto de cazador, un puesto óptimo porque intercepta un paso obligado: la única salida de la isla.

(Cómo me gustaban estos días cuando era niño: el aire transparente, el sol tibio, la brisa suave… Eran los más frecuentes, al menos así lo recuerdo. Venecia inundada, azotada por la lluvia o envuelta en la niebla era la excepción, aunque también, si rebusco en la memoria, puedo verme con el impermeable, montando en la góndola que me recogía para ir al colegio, saltando a ella con ayuda de Giuseppe, el gondolero, todo serio y mojado. Luego me dejarían ir solo al colegio en el vaporetto… Giuseppe era un gran tipo… Años al servicio de los abuelos, como de la familia… La figura fuerte de mi niñez, pienso ahora… El sustituto de un padre débil, hemofílico, que no llegué a conocer y en el que no me reconozco, pues en las fotografías aparece bello y esbelto, delicadamente frágil… Una imposibilidad genética; no puedo evitar verme como una combinación imposible… Ya sé, sí, ya sé que las cartas de los genomas de tus padres se barajan en cada generación: quién mejor que yo para tener eso claro, pero no veo cómo ese azar me pudo hacer como soy… «¡Nada de sangre azul! ¡De remero es la que llevas!» Eso me llegó a decir mi madre un día, enfadada por alguno de mis desmanes, borracha como siempre estaba… Pero qué importa todo eso ahora, en un día como el de hoy… Soy como soy, como me he hecho, a fuerza de insistir, de voluntad, de inteligencia… Todo puede suplirse con inteligencia, con astucia… Paciencia y astucia: hay que resignarse a esperar lo que haga falta el momento propicio, sobre todo cuando la presa merece la pena, cuando es pieza mayor, como hoy.)

− Compañeros de huida. Hay que saber huir de vez en cuando −dice Porpora en un falso tono de sorpresa.
−Voy al conservatorio, como te dije, a visitar al profesor Fasan, aunque no le he avisado −dice Edurne.
− Quiero pasar por mi casa. Además, ya me he saturado de tantos astros y galaxias…
− Para ir al conservatorio hay que ir hacia el puente de la Academia… Eso parece en el mapa, ¿no es así?
− Sí, sí, pero yo puedo acompañarte… Será un placer, un placer… No tengo nada a hora fija.
− No quisiera desviarte…
− Tu camino es mi camino… Si no me lo prohíbes…

* * *

Los participantes en la mesa redonda se sientan en el estrado y el moderador dice unas palabras de introducción que terminan insistiendo en que las preguntas o comentarios del público pueden dirigirse a cualquier miembro del panel. Sin embargo, desde el principio está claro que Lisa Randall va a acaparar el interés en toda la sesión. Enseguida se levantan manos en demanda de palabra, y el primer agraciado con el micrófono móvil es un atildado italiano con el pelo cano y vestido de Armani.

− Esta mañana, la profesora Randall ha venido a decir que, como pasa con la evolución biológica, respecto a la evolución cosmológica, los experimentos y observaciones sólo someten a prueba ingredientes de las teorías, no las teorías completas. Esto puede ser así, pero me parece que, en comparación con lo arropada que está la moderna teoría sobre la evolución de los seres vivos, las historias fantásticas que nos ha expuesto usted esta mañana están todas con las entrañas al aire…
− Ruego brevedad en las preguntas… y en las respuestas, por supuesto −ataja con autoridad el moderador.
− Lo que he querido decir es que en uno y otro caso se trata de ejemplos únicos… Una única evolución de lo vivo… Una única génesis del universo, grandes experimentos únicos, sin experimentos control, como dicen los de laboratorio, sin la posibilidad de comparar variantes de un mismo fenómeno, de desvelar algunos de los secretos. Tenemos un único universo y queremos encontrar la mejor explicación posible de sus propiedades.

Lisa se interrumpe ante las numerosas manos que se levantan.

− Yo quiero ir más lejos −dice una mujer con acento francés−. De las teorías de cuerdas se ha llegado a decir que no son ni falsas.
− Bueno, unas veces se adelantan los hechos, las observaciones… Otras se adelantan las teorías, pero siempre hay que conectar con el mundo real, y hay aspectos de las teorías que tal vez nunca puedan someterse a prueba. El acelerador de partículas del CERN, en Suiza, que se pondrá en marcha en 2007, lo mismo nos desvela las llamadas partículas de HiggsEl descubrimiento de la partícula llamada bosón de Higgs fue anunciada por el CERN el 4 de julio de 2012, un descubrimiento que ha sido ampliamente confirmado. En octubre de 2013, Peter Higgs compartió el premio Nobel de Física con François Englert por la predicción teórica de dicha partícula. que no nos revela nada. No lo sabremos hasta que se hagan las observaciones; y si se ven esas partículas, se plantearan más problemas nuevos de los que se resuelvan.

Joan piensa que más vale que acabe viéndose algo, lo que sea, partícula o fantasma, porque después de todo el dinero y esfuerzo que ha costado el artilugio, sería un despilfarro que no acabe sirviendo nada más que para saber qué error no cometer en el futuro. Se pregunta por qué no se organiza un esfuerzo del mismo calibre que el del CERN para paliar el hambre en África, aunque luego sólo sea para saber que la siguiente vez habrá que intentarlo de otra forma. Empieza a sentirse somnoliento, quizá porque ha abusado del vino en la comida, y aprovecha un cambio de tercio en el coloquio para evadirse en dirección al hotel.

* * *

Edurne y Gaetano han desembarcado del vaporetto en San Zaccaria.

− Será mejor que evitemos San Marco; podemos seguir por la riva… −sugiere Porpora.
− Sí, no nos vayan a obsequiar las palomas.
− ¿Obsequiar?
− Cagar, si lo entiendes mejor. Ayer le hicieron un regalo a Joan y estuvo apestando toda la noche. Está furioso con las palomas, obsesionado con el tema.
− Son tan antiguas en Venecia como los venecianos… Al menos, eso dicen.
− Lo serán, pero yo no les veo la gracia.
− Tampoco a los venecianos se nos ve la gracia a primera vista… O eso queremos creer.

Tuercen ahora para buscar la Calle Larga Ventidue Marzo. Edurne rebusca con insistencia en el bolso.
− ¿Has perdido algo?
− No… Creía tener un cuadernillo con lápiz, pero he debido dejármelo en la maleta. Compraré uno antes de entrar al conservatorio.
− Aquí cerca, un poco más adelante, hay una tienda que los tiene de todos los tipos… Incluso los famosos Moleskine que les gustan a muchos escritores.
− Yo no tengo manías.
− Yo sólo las tengo para algunas cosas que me importan.

Llegan a una tienda vetusta en la que se venden artículos selectos de papelería, figurillas antiguas de barro y libros turísticos usados. Edurne no sabe de pronto qué cuaderno elegir y se demora preguntando precios; y mientras tanto, Gaetano curiosea una guía Baedeker de Italia Septentrional, editada en 1913, y comprueba por varios detalles que todavía mantiene gran parte de su utilidad. Luego parece acordarse de algo y se dirige al propietario de la tienda, a quien hace una pregunta en voz baja. El otro asiente y vuelve al cabo de unos minutos con un sobre que parece contener un folleto.

− Toma, puedes llevárselo a Joan como regalo tuyo −dice Porpora, entregándole el sobre a Edurne.
− ¿De mi parte? Según lo que sea −contesta indecisa−. Vita segreta dei piccioni di San Marco −añade, leyendo la portada del librito algo mugriento que ha sacado del sobre.
− Lo publicó a su costa Vito Torcello, hace ya casi un siglo. Supongo que ahí tiene Joan todo lo que se sabe sobre sus enemigos. Digo que supongo porque yo no lo he leído.

Edurne se siente desorientada mientras atraviesan el Campo di San Maurizio en dirección al de Santo Stefano. Luego siguen por la calle Spezier y se encuentran a la izquierda con el descomunal Palazzo Pisani, sede del Conservatorio Benedetto Marcello. El interior del edificio decepciona: la falta de limpieza, los grafitis, el desaliño general que lo hacen indistinguible de tantos deteriorados edificios docentes como se ven en los países del sur de Europa. El conserje les indica cómo llegar al despacho de Luca Fasan y allí encuentran a éste, quien les recibe con gran efusión.

− La bella española, ¡qué sorpresa! Y el profesor Porpora… No sabía… −exclama, dándole primero la mano al profesor y luego abrazando a Edurne.
− Siento venir sin avisar…
− Recibí tu e-mail, pero no sabía qué día… Te he conseguido una copia de la carta de Stravinsky al cardenal Roncalli y otra de la contestación de éste. Menuda se armó con el Canticum Sacrum. No el público en la basílica, pero sí la crítica… Llegaron a describir el estreno como «asesinato en la catedral»… Bueno, tú ya lo sabes, y el profesor Porpora también, que es músico y, sobre todo, veneciano.
− A mí la música serial… Ese Stravinsky no me… −intenta opinar Porpora.
− Eso deben de pensar muchos, porque no se oye −interrumpe Fasan.
− Hay piezas que no gustan porque no se oyen y que no se oyen porque no gustan −dice Edurne.
− También las hay que se oyen mucho y se odian mucho. Al Stravinsky neoclásico le han llamado de todo: acróbata, chupatintas… hasta fascista −apunta Fasan.
− Las cartas, entonces… −empieza a decir Edurne.
− Tenías que haberme avisado. Las tengo en casa y te las enviaré por correo. Ahora tengo que irme, en pocos minutos empieza uno de los conciertos de graduación.

Conservatorio Benedetto Marcello

La visita ha terminado antes de lo que se había figurado, y Edurne se encuentra así con un par de horas libres. Gaetano se ofrece enseguida a enseñarle algunos rincones menos conocidos de Venecia y salen al Campo di Santo Stefano, una plaza brillantemente iluminada por el sol, muy amplia si se compara con otros espacios abiertos de la ciudad.

Edurne tiene en algunos momentos la sensación de que están perdidos, pero Gaetano sabe siempre dónde están y va mostrando un edificio tras otro, describiéndolos con ingenio. En un par de ocasiones ha llamado a un timbre, se ha identificado y les han franqueado el paso a un pequeño jardín o a un salón lujoso. Llevan un buen rato sin rumbo aparente, cuando a Edurne le llama de pronto la atención el Palazzo Widmann-Rezzonico, con su atractiva fachada.

− Es frustrante que no esté abierto al público −dice Edurne con énfasis.
− Puedo enseñarte hasta el último rincón de uno muy parecido. Es también del XVII y está sólo unas calles más allá −ofrece Gaetano con una expresión de astucia.
− ¿De verdad? Sería estupendo.
− Vamos entonces.

Edurne ha contestado impulsivamente, sin darse cuenta de que lo que en realidad le ha ofrecido Gaetano es visitar su propia casa.

* * *

Desde el estrecho pasadizo que bordea el canal, a través de una pesada puerta de madera, Edurne entra en la mansión, dando un inesperado salto retroactivo de tres siglos. En la amplia estancia con la doble escalera al fondo no hay nada que la vincule con cualquier tiempo reciente. Hay cuadros de regulares dimensiones que tapizan las paredes y, a izquierda y derecha, grandes espejos ovalados multiplican hasta el infinito la solería de piedra, la alfombra persa, los bermejos cortinajes con sus brocados, la incierta penumbra de la estancia.

− Aquí me crié con mis abuelos.
− ¿Y tus padres?
− Mi madre murió cuando tenía diez años. A mi padre no lo conocí, aunque, a decir verdad, ni siquiera sé con certeza quién pudo ser, estoy casi seguro de que no fue el hijo único de mis abuelos, pero ellos se fueron a la tumba sin desvelarme ese secreto. Eso sí, me quisieron y me educaron como si fuera de su sangre.
− Parece como si entre estas paredes nunca hubiera entrado el siglo XX.
− Algo entró de mano de mi abuelo, pero yo lo hice salir poco a poco cuando lo heredé y me vine a vivir aquí. Sólo la biblioteca ha evolucionado con los tiempos: el resto es el mundo de mi infancia, cuidadosamente recuperado y detenido. De modernidad, bastante tengo con las conferencias, los libros que escribo, la televisión… En esta casa nunca ha entrado la televisión, no se ha visto ninguno de los vulgares programas en que he participado.
− Pareces una persona muy contradictoria.
− Todas lo somos en mayor o menor grado. ¿Tú no lo eres?
− No creía serlo hasta estos últimos días… ¿Fuiste feliz aquí? Quiero decir, de niño…
− Sí… mucho, aquí dentro sí, pero fuera no… En el colegio me llamaban Rospo, que quiere decir sapo, y tuve que aprender a defenderme. Me pasaba el día levantando unas pesas que había improvisado… Aquí, en esta casa, era distinto: mis abuelos me querían y me daban libertad… Enseguida descubrí la biblioteca…
− Yo, en cambio, siempre fuera de casa, de internado en internado, primero Francia, luego Inglaterra… Mucha Inglaterra.
− Tu inglés da gusto oírlo, el mío no lo entiende nadie.
− Pero es el idioma de tu trabajo… ¿Por qué dejaste la investigación? Eras profesor en Turín.
− Estuve entre los iniciadores de la ingeniería genética, senté una de sus bases, y al principio éramos pocos, pero luego vinieron en masa las termitas, los anglos, y se confundió la investigación con el atletismo… Todo el mundo empeñado en ver quién meaba más lejos… Además, la experimentación es todo lo atractiva que quieras, sin duda, te permite avanzar sobre seguro, paso a paso, pero al final se acaba viendo el mundo por una rendija demasiado estrecha…
− Sí, puedo entenderlo, pero tú te fuiste al otro extremo…
− Lo admito. Puestos a ello, decidí hacerme especialista en todo lo divino, lo humano y algunas cosas más… −dice Gaetano sonriente, mientras abre la puerta de la biblioteca−. Éste es ahora mi laboratorio.

Han alcanzado la planta noble del palazzo. Dos ventanas grandes dan luz a un ambiente de pesadas cortinas de color rojo oscuro, estanterías de caoba y mesas de un estilo inglés. Hay libros hasta en el suelo y en los asientos de algunas sillas, y el moderado desorden corrobora lo que acaba de afirmar Gaetano.

Pasan luego a un amplio salón de baile con una cristalera que lo comunica con una loggia de tres arcos. Se ve un pequeño jardín con dos cipreses. En el salón todo está en un orden perfecto, los espejos y candelabros sin una mota de polvo. A ambos flancos de la puerta, dos cuadros de buen tamaño representan a los abuelos de Gaetano vistiendo de gala en plena juventud. El terciopelo verde con remates dorados de las cortinas luce vivamente, iluminado por los rayos del sol poniente.

− No da la impresión de que se haya usado últimamente.
− Al contrario, doy fiestas con frecuencia. Me gusta dar fiestas. Ya te habrá dicho Joan que daré una después de la clausura. Os aseguro que lo pasaréis bien si os animáis a venir.
− Tendrás un piano en algún sitio. ¿Sigues practicando?
− Por supuesto, practico, practico siempre, y tengo toda una sala de música.

Recorren un largo pasillo y entran en una estancia cuyo centro lo ocupa un gran piano y en la que puede verse también un clave y, en sendas hornacinas, un violín y un violonchelo. Por la amplia ventana se ve una hermosa vista de la cúpula de Santi Giovanni e Paolo. Edurne se sienta al piano e intenta con mediano éxito tocar de modo improvisado la partitura que reposa sobre el piano, una danza húngara de Brahms.

− ¿Nunca pensaste en ser concertista?
− Supe desde muy pronto que carecía del talento y la fe en mí misma que hacen falta. Pero claro que me hubiera gustado. Toca tú, que seguro que lo haces mejor que yo.

Gaetano Porpora no se ha hecho de rogar y ha ocupado la banqueta del piano con autoridad. Sus manos gruesas, desmesuradas, que parecen fuera de escala frente a las teclas, adquieren una ligereza inusitada en cuanto empiezan a tocar. Está oscureciendo y de pronto, justo cuando está a punto de concluir la pieza, se encienden los focos que iluminan la fachada y la cúpula de la iglesia.

− Se me ha hecho tarde. Quedé en volver al hotel antes de las siete −reacciona Edurne algo apurada.
− Tienes tiempo. Puedes volver en el vaporetto. Te puedo acompañar al embarcadero, pero también podríamos continuar esta velada. 
− Sí, podríamos continuarla entre estas cuatro paredes, pero ahí fuera hay un tiempo que no se detiene jamás…

04/02/2016

 
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