El club de los científicos de melena fluyente

por Francisco García Olmedo

Piazza di San Marco, Canaletto

Ciencia en la ficción: en esta serie narrativa por entregas, la ciencia no es ficticia y se presenta tal como se discutió en una reunión real sobre Evolución que se celebró en Venecia en 2006. Se cubrieron el universo, la vida, la mente, el lenguaje, la religión y, en menor medida, las artes plásticas y la música. La expresión «ciencia en la ficción» fue acuñada por Carl Djerassi.

En el capítulo anterior: Joan y Edurne llegan a Venecia para asistir a un simposio sobre evolución. En la sesión de apertura conocen al científico y divulgador veneciano Gaetano Porpora y al psicólogo evolutivo Steven Pinker, profesor en Harvard. Gaetano y Steven parecen prendados de Edurne. El espíritu de la reunión es contrario al creacionismo.

2. El club de los científicos de melena fluyente

Cuando Joan está a punto de entrar en el amplio cortile, un toque en el codo le hace volverse para darse de cara con su amigo Vittorio Leopardi y, unos escalones más arriba, su guapa mujer, Francesca. Vittorio es un antiguo colega, profesor en la Universidad La Sapienza de Roma, con el cual ha mantenido una relación asidua.

− No esperaba verte en esta conferencia. En realidad, esta es más una reunión para jóvenes y jubilados, como yo estoy a punto de… −dice Joan.
− Nos ha invitado Chiara Tonelli. Ya estuvimos en la anterior y nos quedaron ganas de volver. Estuvo muy bien la del año pasado.

Tras Vittorio empezaron a aparecer caras conocidas de antiguos colaboradores, ahora investigadores independientes, a quienes Joan había tratado a lo largo de los años en sus frecuentes visitas a Roma. La alegría de este encuentro inesperado dio paso enseguida a la triste constatación de que su propósito de estar a solas con Edurne, en completo anonimato dentro de un grupo de desconocidos, se había visto frustrado en más de un frente. Unos camareros de librea proveyeron al grupo de esbeltas copas de spumante prosecco y se formó un amplio corro en el que Joan quedó atrapado.

− Es bueno el ministro, ¿eh? −exclamó Vittorio a las primeras de cambio.
− Sonaba como un cura decimonónico −dijo Joan, interpretando que Vittorio hablaba en broma.
− No, en serio, está cambiándolo todo. A mí me ha nombrado representante en Italia en el programa Marco, en Bruselas. Tengo buena impresión de lo que piensa hacer.

Cambiarlo todo: eso es lo que había pretendido Joan, pensando que iba a ocupar el cargo durante varios años. Le habían dicho que en ese tipo de puesto había que actuar como si se fuera a estar toda la vida, y eso era lo que había hecho, aplicándose sin descanso a escribir borradores de leyes y otros textos normativos, pero nunca llegaron a discutirse donde contaba, porque apenas desempeñó el cargo durante ocho meses.

La carrera científica de Joan no había carecido de distinción, pero a los cuarenta y cinco años era ya incógnita despejada y se había convertido en una rutina que empezaba a frustrarle. Fue en ese momento cuando un buen amigo suyo, hombre del partido en el poder, fue nombrado secretario de Estado y le propuso que colaborara con él en calidad de asesor. Joan aceptó sin pensarlo. Año tras año, ascendió en ese mundillo por acumulación de cargos y fue poco a poco siendo conocido por todo aquel que se dedicaba a la investigación experimental, las artes o las humanidades, hasta que un buen día su jefe ascendió de secretario de Estado a ministro. Hubo toda suerte de rumores sobre quién sería el nuevo secretario de Estado. Estaba tardándose en cubrir la vacante porque, al parecer, diferentes facciones del partido apoyaban a candidatos distintos. Fue probablemente el estancamiento de esta pugna lo que acabó determinando que Joan fuera el elegido, a pesar de no estar afiliado al partido. Ocho meses más tarde, su jefe y amigo, el ministro, fue cambiado de ministerio y Joan hubo de volver al humilde banco de investigador y bajarse del coche oficial.

A Joan, su cese le dejó anonadado, sin saber qué hacer después de más de un lustro fuera del día a día del trepidante mundo de la investigación biológica, un mundo que había sufrido una verdadera revolución en su ausencia: de los grupos pequeños, en los que era más fácil entenderse, se había pasado a los grandes equipos multidisciplinares que requerían técnicas empresariales para su gestión; la calculadora de bolsillo y la pipeta habían cedido el protagonismo a la informática y la robotización de las operaciones de laboratorio, y los proyectos modestos, llevados con una contabilidad flexible y aproximada, se habían convertido en macroproyectos de abultados presupuestos, severamente auditados. Con objeto de recuperar fuerzas, pidió un año sabático, que le concedieron. Sin embargo, se dio cuenta enseguida de que había perdido el tren de la investigación de forma irreversible, de que no iba a ser capaz de partir de cero, de encontrar un buen tema de investigación o de reunir a su alrededor a un equipo humano de altura. Tuvo consciencia de que se había convertido en un marino que había perdido la gracia del mar, un capitán sin credibilidad a quien difícilmente volverían a encomendarle el gobierno de una hermosa nave y que carecía del carisma para reclutar una tripulación competente. Esta constatación no tuvo los efectos devastadores sobre su autoestima que podría haber tenido, porque Joan estaba convencido de que en su último puesto había descubierto su verdadera vocación, el nicho en el que sus dotes innatas podían encontrar el máximo juego, la actividad que más satisfacciones podía brindarle, y en ningún momento perdió las esperanzas de que, a no tardar, su amigo iba a buscarle acomodo en un puesto de similar envergadura al que había dejado. Por eso no dudó en abandonar toda veleidad investigadora, y dedicó el resto del año sabático a preparar el curso de Biología General que le correspondería explicar cuando se reincorporara de modo efectivo a su cátedra. Al principio había subestimado el esfuerzo que esto le supondría, pero afrontó con gusto la tarea de familiarizarse con los cambios radicales que habían afectado a los textos de introducción de una materia que le pareció mucho más atractiva que como la recordaba.

Durante los más de dos años que su amigo se mantuvo en una posición de poder se presentaron distintas oportunidades para que Joan reencontrase lo que ya consideraba su verdadero destino, pero por razones diversas dichas oportunidades fueron evaporándose una tras otra. Mientras siguió creyendo en su futuro, mantuvo casi intacto su círculo de amigos y conocidos, aunque no faltó algún adulador profesional que, tan pronto como cesó en el cargo, se apresuró a manifestarle su enemistad. Siguieron llegándole un buen número de invitaciones a dar conferencias y a participar en mesas redondas o en programas de televisión relacionados con los temas que había tratado como secretario de Estado, y él procuraba no perderse los actos de esa índole que protagonizaban sus antiguos colegas. Edurne siguió siendo la mejor valedora y agente en sus relaciones sociales y, cuando paulatinamente Joan empezó a perder la fe en su ansiado destino, fue también Edurne quien, sin proponérselo, compensó en gran medida ese vacío que podría haberlo llevado a la depresión.

Los altibajos de las sucesivas oportunidades fallidas le provocaban una considerable tensión nerviosa, que tendía a agravarse en los largos períodos de tiempo libre de que ahora disponía, por lo que un día, en parte por sugerencia de Edurne, decidió iniciar la escritura de su primer libro de divulgación, Nueva Biología para un Nuevo Siglo. Descubrió así una actividad que le resultó placentera y tuvo la impresión de que se le había abierto un nuevo horizonte.

Ahora, a pesar de que ha transcurrido más de una década, todavía le causa un vivo desasosiego cualquier conversación que tenga que ver con la política científica y cultural. Por esta razón, Joan ha desconectado de los chismes que Vittorio está contando a sus jóvenes colegas y está preparándose para abandonar el corro.

En el otro extremo del patio, ve a Edurne, que mantiene una animada conversación con Steven Pinker, cuya rizada cabellera parece desplegarse como la cola de un pavo real.

* * *

Porpora está satisfecho porque ha logrado empezar la partida por una apertura afortunada: su bien ensayado y original comentario sobre Il Paradiso, el mayor cuadro del mundo, el emblema de una república oligárquica que encarna la ambición de plasmar en la Tierra una rígida armonía jerárquica en imitación de la celeste: el poder de la Serenissima como reflejo del de Cristo. Casi nunca le ha fallado esa forma neutra de reclamo. La intensa atención de Edurne ha estimulado la elocuencia de un Porpora seguro de su mejor instrumento de seducción. Hace tiempo que se convenció de que los individuos que de nacimiento son muy atractivos nunca aprenden ese arte, porque son sujetos pasivos de un milagro repetido que les da acceso a todo lo que les entra por el ojo. Según Porpora, el verdadero reto para las personas como Edurne es lograr cribar el exceso de oferta y conseguir una relación significativa que no sea efímera. Bajo este punto de vista, la ya prolongada relación de Edurne con Joan, la primera que ella ha logrado asentar, habría que considerarla como un triunfo de su inteligencia sobre el camino trillado. Para alguien como Gaetano Porpora, todo es distinto, la conquista sólo puede resultar de un arte refinado, que requiere una inteligencia afilada y un largo aprendizaje. Porpora ha volado tan alto en ese arte como Tintoretto lo hizo en el suyo cuando pintó Il Paradiso.

Esperó durante años a que falleciera su abuelo paterno, del que esperaba heredar, y heredó, al fin, el Palazzo Barbarigo-Marcello, junto a una holgada fortuna. La herencia le permitió retirarse de su cátedra turinesa al mencionado Palazzo, una compacta construcción del siglo XVII con un pequeño jardín que da a la Fondamenta dei Mendicanti, frente a Santi Giovanni e Paolo. Inició entonces su carrera de divulgador y, en los ratos libres, refinó aún más sus artes predatorias, valiéndose a veces de su hábil ejercicio de la hospitalidad.

Ahora ve aproximarse a Joan, a quien no llegó a tener en verdadero aprecio durante el tiempo en que compartieron las tareas de aquél comité científico, por mucho que hubiera coincidido entonces con las posturas que éste defendía. Aquel Joan le había parecido volátil y superficial, aunque dicha apreciación no fuera probablemente muy objetiva porque, para Porpora, todos los hombres con buena facha adolecían de esos defectos.

− He estado hojeando el programa y apareces por todos sitios −le dice Joan en tono irónico.
− Sí, sí, tal vez me he excedido como organizador…
− ¿Ha sido idea tuya la estructura?
− Un poco sí… Hice un borrador esquemático… Luego lo propuse y…
− Yo no acabo de ver la lógica. Evolución de la materia, de la vida, de la mente… Suena bien, pero la palabra evolución significa algo distinto en cada caso, aparte de la simple idea de cambio…
− Siempre es bueno reunir a pensadores de distintos campos.
− Sí, eso se dice con demasiada frecuencia, pero la realidad es que los mecanismos de cada proceso son distintos, y yo no veo cómo van a entenderse entre sí los cosmólogos, los biólogos evolutivos y los psicólogos.
− Para eso hemos invitado a gente de primera fila.
− Sin ánimo de ofender, yo veo en el programa más divulgadores bonitos que verdaderos pesos pesados.
− Lo de divulgador bonito no lo dirás por mí −dice Porpora, desplegando su desmesurada boca en una sonora carcajada.

En ese justo momento interviene Vittorio Leopardi, que se ha unido a ellos y ha oído las últimas palabras, cortando la discusión, que está desviándose en una dirección inconveniente.

− Lo que pasa, Joan, es que no pareces darte cuenta de por dónde van los tiros. No es sólo el tonto de Bush el que es ahora antidarwinista… Al fin y al cabo, le debe los votos a la secta Moon, a los evangélicos, a los creacionistas… Estamos hablando del último gobierno de Berlusconi, de su beata ministra Letizia Moratti, que ha querido borrar de las escuelas la teoría evolucionista, del debate que ha llegado al Parlamento Europeo… De los hermanos clónicos que gobiernan Polonia, para quienes la teoría evolutiva es un error legalizado que hay que declarar ilegal… De que en Paris hay una universidad privada que vende las teorías neocreacionistas… Hay que reivindicar el fuero de la Ciencia y hay que hacerlo en el terreno social, en los medios de comunicación. Por eso ha hecho bien Gaetano en hacer que inviten a esos que tú llamas comunicadores bonitos…
− Estoy en desacuerdo. Si la Ciencia renuncia a sus reglas, cederá su fuero y, a los ojos de la sociedad, el resultado del debate ni siquiera lo resumirá un texto periodístico, sino un mero titular de prensa, sesgado y sin matices −contraataca Joan con vehemencia.

En ese momento, Vittorio atina con una perversa forma de dar por terminada la discusión.

− En Venecia siempre apesta todo: ¿no te lo parece, Joan? −dice, y Joan responde demasiado rápido, en un tono defensivo que le delata.
− Pues yo no lo había notado hasta ahora.

* * *

Joan se da cuenta de que no ha comido nada y decide subsanar su carencia, asaltando el bien surtido buffet, del que se sirve distintas especialidades venecianas basadas en las berenjenas. Aprovecha también para rellenar su vaso de prosecco. El patio está espléndido y acogedor, decorado con espaciadas mesas circulares, vestidas de ricos manteles de hilo y adornadas con hermosos ramos de flores. En los corros se conversa en voz baja. El quinteto no cesa de interpretar a Vivaldi, cuya música le transmite siempre una sensación de bienestar, opine lo que opine Edurne. Esta sigue monopolizando a Pinker, lo que empieza a inquietarle, por mucho que esté acostumbrado a esa tendencia de ella a pegar la hebra con cualquier desconocido y a explotar hasta la última gota de cualquier venero de interés que éste pueda ofrecer. Esta noche tiene la sensación de que Edurne ha estado esquivándole y, desde luego, lleva demasiado tiempo con el norteamericano.

Edurne, hija única, se ha criado en el seno de una familia bilbaína bastante acomodada. Su padre es un prestigioso traumatólogo de vagas inclinaciones nacionalistas a quien Londres le ha caído siempre más cerca que Madrid. Esto ha determinado que la atípica educación de su hija haya incluido largos períodos en Inglaterra, primero en internados y luego en plena libertad. Herencia y crianza han conspirado para hacer de ella una persona sin timidez ni inhibiciones, segura de sí misma, ciega a toda noción de jerarquía o a cualquier barrera de clase o sexo.

Formaron una espléndida pareja, no sólo a los ojos de los observadores, sino también en lo que importaba más: en su vida cotidiana, en su convivencia. Edurne trajo a la vida de Joan su contagiosa alegría y su insólita capacidad de relación: consideraba a cualquiera su igual, se tratase de magnate o pordiosero, y entablaba conversación con alguien que se cruzara en su camino con una naturalidad no fingida, segura de que iba a encontrar algo nuevo de interés. A sus treinta años, acumulaba ya una considerable experiencia en sus relaciones con el sexo opuesto. Con frecuencia había entrado sin dudarlo por aquellas puertas que prometían dar paso a la exaltación o al placer, pero había procurado no hacerlo en menoscabo de su libertad y siempre había cancelado sus aventuras antes de que empezaran a declinar o de que desembocaran en la rutina. Con Joan había sido distinto, quizá porque éste no había parecido esperar de ella más que lo que ella estuviera dispuesta a darle, y desde el principio había evitado cualquier exigencia. La diferencia de edad había operado como un bálsamo, como un benigno factor de estabilidad que, de pronto, al volver la esquina de los treinta, había creído necesitar. En su relación con Joan se había atenido siempre a la más estricta monogamia, sin que éste se lo hubiera exigido, salvo de una forma implícita, al dar por terminado legalmente un matrimonio que había muerto ya años atrás. Aparte de este convenio, no por tácito menos firme, se habían dado siempre un amplio margen de maniobra.

Cuando se encontraron, tenían sus respectivos apartamentos, que por casualidad no estaban muy lejos uno de otro, y decidieron seguir con ellos, aunque desde el principio los usaron como si fueran una sola morada, un régimen que a veces generó ciertos desajustes. El piso de Edurne era más amplio y acogedor, con un salón iluminado por tres ventanales, cuya elegante decoración incluía un par de sofás y varios butacones que invitaban a la lectura o la tertulia, así como un piano que Edurne tocaba a menudo, ofreciendo a Joan una experiencia nueva que le emocionaba profundamente. Allí solían citar a sus amistades, salvo cuando se trataba de una cena formal, en cuyo caso era Joan el anfitrión y cocinero, pues Edurne no era lo que se dice una mujer de su casa, y Joan, al cesar en su cargo, había descubierto con placer el arte culinario y se dedicaba a él con el furor del recién converso y con unos resultados que, juzgados con generosidad, podían calificarse de dignos.

En un puesto como el que acababa de ocupar Joan, los presuntos amigos surgen como hongos después de la lluvia, y a los actos y fiestas oficiales se le suman infinidad de invitaciones en el ámbito privado. La recién formada pareja entró a ese trapo con avidez. Aunque solían llegar juntos a los actos sociales, luego preferían hacer las rondas cada uno por su cuenta, y pronto resultó evidente que Edurne se manejaba con mayor soltura y disfrutaba más que Joan, quien poseía menos reflejos y recursos para lidiar con el alud de zalamería que con frecuencia se le echaba encima. Joan siempre había echado de menos un instinto certero para distinguir entre el oro y el latón.

Joan había supuesto un importante estímulo intelectual para Edurne, quién logró completar el proyecto sobre Stravinsky, aquel que había propiciado su encuentro, y luego utilizar parte de los resultados de su investigación para dar a la imprenta un primer texto. La publicación del libro Stravinsky y los Ballets Rusos: la reinvención de un género musical tuvo una buena acogida, a la que Joan contribuyó de diversos modos. En primer lugar, se tomó un gran interés en leer los sucesivos borradores de la obra y, aunque el tema le era por completo ajeno, supo exigir claridad y rigor, planteando críticas de un modo que Edurne supo apreciar en lo que valía, y luego su consejo y sus contactos facilitaron que el manuscrito fuera aceptado para su publicación por una editorial de prestigio. Con ese libro, Edurne recibió un claro reconocimiento como especialista en el tema, lo que le allanó el camino para la posterior publicación de dos entregas más que habían aparecido en los últimos años. Casi desde el principio, Edurne había dividido su tiempo entre esa investigación continuada y un curso sobre historia del arte, que impartía en una universidad privada. Más tarde, empezó a ejercer la crítica musical en un semanario de cultura.

* * *

Joan decide ahora rescatar a Edurne de su aparente embobamiento con Pinker. Hace rato que los asistentes han empezado a abandonar la fiesta y Joan piensa que va siendo hora de que ellos también vuelvan al hotel.

La impulsiva curiosidad de Edurne la lleva con frecuencia a saltarse los preámbulos. Se ha aproximado a Steven Pinker y ha empezado por espetarle:

− Creo que al presidente de su universidad tuvieron que darle la patada porque declaró algo así como que las mujeres no eran tan aptas como los hombres para la investigación.
− Se refiere a Larry SummersLawrence H. Summers. Tuvo que dimitir como presidente de Harvard por comentar en una conferencia de Economía que la subrepresentación de científicas en las universidades de elite puede deberse en parte a diferencias «innatas».. Sí, más o menos, tuvo que dimitir… por su imprudencia, tal vez.
− ¿Sugiere que lo que quiera que dijera puede pensarse, pero no decirse?
− Pensar es un acto libérrimo… Puede pensarse cualquier cosa, pero esa idea concreta carece por el momento de evidencia que la apoye… o, para el caso, que la refute. De todos modos, aunque lo que dijo Larry hubiera estado bien fundado, se hubiera formado la misma trifulca. Estas cuestiones siempre acaban en agrios debates.

Para un espectador, la evidente cara de placer con que Pinker contesta a las preguntas de Edurne puede resultar tanto de la contemplación de la mujer bella como del halago que supone el genuino interés por su obra que ésta da a entender con ellas. Joan, desde el otro extremo del patio, no duda en achacarla a la primera causa.

− Un biólogo que conozco dice con frecuencia que la Psicología no es ciencia, sino ficción −dice Edurne con un toque de agresividad, recordando una frase de Joan.
− Su amigo no es nada original, puesto que son muchos los que piensan así, lo que no quiere decir que tengan razón. Somos muchos los psicólogos que nos esforzamos en investigar con el mismo rigor que el más exigente de los biólogos. Se trata de aplicar el conocimiento y los principios de la biología evolutiva a desentrañar la estructura de la mente humana, una estructura innata y universal desarrollada por los procesos adaptativos de la selección natural.
− Pero Freud…
− Ninguna de las propuestas de Freud son contrastables. En cambio, nosotros no formulamos ninguna hipótesis que no pueda someterse a prueba… El complejo de Edipo sí que puede considerarlo su amigo como ficción, pues no hay nadie que pueda demostrar su existencia, pero es fácil demostrar que los rostros simétricos son más atractivos sexualmente que los que no lo son.
− Mi cara… ¿es simétrica?
− Usted es muy atractiva… Y, además, lo sabe.
− Su rostro sí que es realmente muy simétrico.

Edurne trata de recuperar el control de sí misma, que no sabe cómo lo ha perdido por un momento:

− Pero de todos modos, lo que ustedes concluyen carece de valor predictivo… No me parece que tenga aplicación en la vida real.
− Es cierto que la Psicología no es una ciencia exacta y que, por ahora, no puede predecirse el comportamiento del individuo concreto, pero, por ejemplo, sí somos capaces de entender muchos comportamientos colectivos. Pregunte si no a los gobernantes o a los ejecutivos de los grandes almacenes... Bueno, más vale que no siga con mi sermón: está haciendo decir cosas que no vienen a cuento… Mi conferencia no es hasta dentro de dos días.
− Allí estaré a escucharle −dice Edurne al ver que Joan se aproxima.

(¿Será este pájaro por dentro como aparece por fuera? Es difícil calar a una persona así. No se puede dudar de que es inteligente… Además, es listo, que no es la misma cosa… Y pocos hombres hay así de guapos… Demasiado delicado para mi gusto… De todas formas, es una gozada hablar con alguien así. Me quedan todavía muchos temas que me gustaría discutir con él… Tiempo habrá −piensa Edurne).

− Los músicos ya recogen sus instrumentos. Parece que va siendo hora de dar por terminada la velada −dice Joan con un esbozo de sonrisa, y Pinker asiente mediante una inclinación de cabeza.

Steven Pinker

* * *

Edurne y Joan emprenden la vuelta al hotel Casanova. Atraviesan longitudinalmente la Piazza di San Marco, que aparece vacía, excepto por los turistas que a izquierda y derecha ocupan respectivamente las mesas al aire libre del Florian y del Quadri, tocando las palmas al ritmo de músicas chabacanas que no pueden sino profanar sus propios asientos, en los que les han precedido tantos y tantos músicos ilustres. Las palomas han desaparecido, y la pareja traza sobre el mármol dos trayectorias paralelas, lo bastante separadas entre sí como para no rozarse en sus ocasionales vacilaciones. Esta noche ambos han sido moderados en su consumo de alcohol, pero la pequeña molécula, como a veces la llama Joan, no deja por eso de ejercer sobre sus respectivas mentes efectos sutiles, que tienen y no tienen que ver con la herencia evolutiva. A un mismo individuo, una misma dosis de ese alcohol de dos carbonos puede llevarle a la euforia o a la depresión, según las circunstancias, según la compañía. Por esta razón, la conversación que ahora emprenden los dos caminantes puede acabar volando hacia los destinos más imprevistos.

− No sabía que te interesara tanto la Psicología −dice Joan con ironía.
− La Psicología ha sido siempre muy interesante…
− Los psicólogos también lo son.
− Algunos sí, pues.
− Pues el que acabas de dejar está muy interesado en sí mismo. Es Narciso redivivo.
− Es la amabilidad en persona… Oye, nunca me habías hablado en ese tono. ¿Te pasa algo?
− Vittorio me ha dicho que tu amigo es el primer miembro del Club de los Científicos de Lujuriante Cabellera Fluyente, del CCLCFThe Luxuriant Flowing Hair Club for Scientists (LFHCfS). El club nació de un sueño que tuvo Robin Abraham, coeditora de la revista Annals of Improbable Research. En el sueño, Robin recibió el encargo de editar un número de una prestigiosa revista de Psicología en el que todos los autores debían mencionar el lujurioso pelo de Steven Pinker..
− Tú te has pasado con el prosecco…
− Vittorio dice que ha visto la web del CC…LC…F. Dice que allí consta que los siete miembros fundadores lo eligieron como número uno por unanimidad. Para ingresar como nuevo miembro hay que incluir una fotografía con el pelo al viento, o desplegado por la corriente de un arroyo. Luego te clasifican por el color del pelo.
− Te aprovechas de lo cansada que estoy. Me estás tomando el pelo.
− Difícil lo tengo, cortado casi al cero como lo tienes. A lo mejor, eso es lo que le ha atraído de ti.
− Estás que no te conozco.
− Quizá nunca me has…
− Esta noche no dices más que bobadas.
− Te está hablando mi mente altamente evolucionada, mi corazón herido…
− Es la primera vez que te oigo algo cursi.
– No hablo en serio.

Salen en silencio de la plaza y enseguida llegan al hotel.

− La 227 −dice Joan.
− Al señor le conviene colgar el traje en el baño y dejar el extractor puesto −dice el recepcionista argentino, alargándole la llave. −Le sorprenderá que por la mañana no quede ni rastro del mal olor −añade casi con solemnidad.
− Gracias, gracias… buenas noches −se apresura a contestar Joan, un tanto incómodo por la expresión de desagrado de Edurne. −¿Podrían despertarnos a las siete de la mañana? −añade, ya en dirección al ascensor.

* * *

El ascensor, difícil injerto en un edificio del siglo XIX que no contaba con él, es angosto en extremo, y los cuerpos de Joan y Edurne han de acoplarse a la fuerza mientras sus miradas se evitan en silencio y sus mentes deambulan por las zonas más distales de sus respectivas órbitas. Cuando salen de esa trampa, Joan se adelanta, abre la puerta de la habitación, toma una percha del armario y se encierra en el baño. En ese espacio confinado, le resulta evidente que la palomina y su antagonista siguen en plena lucha metabólica, a pesar de que un débil ronroneo indica que el extractor está en funcionamiento. Pensaba ducharse, pero sólo ha encontrado la alcachofa de la ducha para poder colgar el traje y se siente muy cansado. Ve entonces un frasco de loción de afeitar, regalo sin estrenar de Edurne, lo abre como un autómata y con secos golpes de muñeca se rocía con el oloroso líquido. El agujero del frasco es demasiado ancho, por lo que Joan no puede evitar que parte se vierta en el suelo y ha de extender con las palmas de las manos la loción sobrante por su cuerpo desnudo. Las partes por millón de esencia de mofeta, el toque de almizcle y las trazas de esteroides, ingredientes secretos del lujoso mejunje, proyectan sutiles aromas que se añaden sin eclipsarlo al denso efluvio animal; se crea así una mezcla inédita en la infinita combinatoria de lo natural, que es percibida y analizada sin demora por los receptores del epitelio vomero-nasal, donde se produce una explosiva señal feromónica que se dirige al cerebro. El cuerpo y la mente de Joan ponen en marcha múltiples respuestas confluyentes, tan rápidas en producirse como lento ha sido su aprendizaje a lo largo de miles de milenios de evolución.

Joan sabe enseguida lo que le está pasando; no en vano ha dedicado un año de su vida a escribir el libro Afrodisíacos y anafrodisíacos alimentarios, el más popular de los que ha escrito, el único que superó los mil ejemplares vendidos. En su investigación, desde los sagrados gorriones de Afrodita o las sencillas e ingenuas propuestas de Plinio, Dioscórides y Pablo de Aegina a las enrevesadas recetas renacentistas, ninguna fórmula se había mostrado eficaz, más allá del efecto placebo, cuando se había evaluado según el método científico. Al final, Joan sólo había encontrado un afrodisíaco fiable, el alcohol a bajas dosis, especialmente para la mujer, y un anafrodisíaco definitivo, el alcohol a altas dosis, especialmente para el hombre. Ahora, que por primera vez experimenta en carne propia el artificial beso de Afrodita, no duda que, dado lo inesperado de la respuesta, ésta no puede ser sino genuina.

Desconcertado, decide salir del baño, procurando disimular su circunstancia, y se cruza con Edurne, que entra apresurada y sin prestarle atención. Joan se tiende boca arriba en la cama y va poniéndose cada vez más nervioso porque su incandescencia va en aumento en lugar de apagarse, hasta que oye cómo se abre la puerta del baño, aparece Edurne en su gloriosa desnudez y, sin titubear, se le echa encima con la mirada ligeramente estrábica.

Es un encuentro a brazo partido, fluido, dinámico, violento, interminable, en el que ninguno de los dos llega a dominar o a ser dominado. Nunca han vivido una tormenta tan intensa ni tan prolongada. El trueno final, el rayo postrero, la última gota de lluvia, tercamente exprimida de la nube exhausta, no han de arribar hasta bien entrada la madrugada y, en un raro momento de relativo reflujo, un destello de lucidez en la mente cautelosa de Joan le hace dudar de que esa sea la Edurne cuyo reencuentro esperaba propiciar en Venecia. Ve también que una vorágine de la intensidad de la que están viviendo siempre ha de devorar su propio futuro, aniquilando toda posibilidad de perpetuarse o de repetirse, excepto en la probable rememoración gozosa o triste.

21/01/2016

 
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