El cerebro grande, ande o no ande

por Francisco García Olmedo

Joseph Mallord William Turner, San Giorgio Maggiore

Ciencia en la ficción: en esta serie narrativa por entregas, la ciencia no es ficticia y se presenta tal como se discutió en una reunión real sobre Evolución que se celebró en Venecia en 2006. Se cubrieron el universo, la vida, la mente, el lenguaje, la religión y, en menor medida, las artes plásticas y la música. La expresión «ciencia en la ficción» fue acuñada por Carl Djerassi.

En capítulos anteriores: Joan y Edurne han reaccionado ante las explicaciones sobre el Big Bang y la evolución del universo de modo diferente: el primero, frustrado por lo difícil de seguir del idioma cosmológico y, la segunda, atraída inicialmente por lo que tiene de poética la narración del origen y, finalmente, remisa a aceptar el acto de fe que para ella supone creer lo que están explicándole. La discusión de la evolución biológica resulta para Edurne más asequible que las disquisiciones cosmológicas. Está abriéndose una brecha entre Joan y Edurne a propósito del deseo de ella, planteado abiertamente por primera vez, de tener descendencia, algo que él aborrece.

7. El cerebro grande, ande o no ande

Aquella madrugada de marzo siguieron el recuento de votos por televisión en casa de Agustín junto a varios de sus amigos y colaboradores. Este ya lo daba todo por perdido, conocía al dedillo las últimas encuestas y estaba resignado y de buen humor. Hasta propuso un brindis cuando se confirmó que la diferencia de votos había sido mucho menor de lo que se esperaba. Joan no estaba triste, pero tampoco para tirar cohetes. Para él era como asistir a su propio funeral en el segundo aniversario de su fallecimiento, cuando ya apenas quedaba un recuerdo fidedigno del que se había ido.

Por aquellos días, Edurne y Joan corregían las pruebas de sus respectivos libros y estaban satisfechos, aunque en distinta medida y por razones diversas. Edurne había respirado tranquila con la sensación de haber terminado la primera entrega de una investigación que le había llevado ya varios años y que le exigiría varios más. Estaba segura de haber hecho un buen trabajo y no esperaba grandes cosas de la recepción que pudiera tener su libro. Joan, en cambio, había ido sintiendo cada vez más entusiasmo por su progreso en el arte de acercar los nuevos avances de la Biología a un público general. En su cotidiano intercambio con Edurne había creído percibir en ella un creciente interés por dicha ciencia y una relación más fluida con los textos que iba presentándole. Mientras escribía la tenía presente, y cada vez que creía acertar en la forma de exponer algún concepto enrevesado casi tenía la tentación de volver a su casa para mostrarle su hazaña. Cuando lo terminó, no tardó en encontrar un editor que le pagó un razonable anticipo, dándole a entender que el libro le había parecido excelente y que, aunque nunca se sabía nada de antemano, no le extrañaría que fuera a tener una gran difusión. Le dijo que estaría a la venta justo antes de la Feria del Libro y que ya le avisaría para firmar ejemplares en la caseta de la editorial.

El libro de Edurne lo presentó el musicólogo Luis Gago en el Círculo de Bellas Artes, y fue objeto de una excelente reseña en Revista de Libros. La edición, cuya tirada fue relativamente reducida, se agotó en menos de nueve meses y cimentó de forma significativa la reputación de Edurne como musicóloga. Aparte de algunas invitaciones a mesas redondas sobre música actual, casi siempre generadas por mediación de Luis Gago, una universidad privada la invitó a impartir un curso, invitación que aceptó encantada. Edurne estaba satisfecha con la acogida de su libro y aceptó con gusto el trabajo adicional que las implicaban nuevas actividades.

Joan presentó su obra en el aula cultural de unos grandes almacenes. En el acto, que estuvo muy concurrido porque se ocupó personalmente de enviar un gran número de invitaciones, intervino Agustín, que hizo un cariñoso elogio de Joan, y también habló el conocido biólogo Pérez Taladriz, quien destrozó el libro en una falsa glosa que aludía casi en exclusiva a temas no tratados en el texto.

Pocos días después, atrincherado tras el mostrador de una de las casetas de la Feria del Libro, tuvo la primera premonición de que publicar un libro no era lo que se había imaginado. Era sábado por la tarde, hacía buen tiempo y una muchedumbre inundaba la Feria. Ingenuamente, Joan pensó que serían decenas, entre conocidos y amigos, los que, al oír su nombre anunciado por los altavoces, acudirían a la caseta, fuera a comprar el libro o, simplemente, a saludarlo. Después de una hora en la que la caseta no había dejado de estar asediada por el público, ni una sola persona se había interesado por su libro, a pesar de que estaba bien anunciado y tenía una portada muy atractiva. De hecho, casi nadie se interesó por libro alguno, y quienes lo hicieron, centraron su demanda en media docena de best-sellers que Joan había visto expuestos prácticamente en todas las casetas durante un breve paseo que había dado antes de ponerse a firmar. Al final de la tarde pensó en cómo debían sentirse las mujeres que, en los barrios rojos de ciudades como Ámsterdam o Hamburgo, exponían sus gracias en escaparates, especialmente aquellas que, por ser menos atractivas, eran ignoradas por completo.

Durante varias semanas Joan no perdió las esperanzas de que se publicaran reseñas del libro en los suplementos culturales, pero sólo apareció un breve comentario de pocas líneas en una revista interna de la universidad. El editor trató de consolarlo, haciéndole ver que se publicaban varias decenas de miles de títulos al año y que sólo se reseñaban unos pocos cientos. Las ventas de un libro, insistía el editor, no dependen de que lo reseñen y, mucho menos, de lo que digan los críticos, ya que las reseñas no las lee nadie: «Lo importante es el boca a oído», no se cansaba de repetir, pero el libro desapareció de las librerías a las tres semanas y Joan no acababa de imaginar cómo iba a funcionar eso del boca a boca o el boca a oído, o comoquiera que fuera lo que tenía que funcionar para que un libro escrito para las muchedumbres llegara a su destino.

Edurne y Joan se seguían gozando el uno al otro, se complementaban y se enriquecían mutuamente. Las circunstancias del encuentro y la diferencia de edad habían determinado inicialmente una sutil preponderancia de los criterios y opiniones de Joan sobre los de Edurne, pero ésta sabía mantener su independencia, y la relación se había establecido de forma bastante simétrica, tanto en las iniciativas sexuales como en su vida social o intelectual. Pasado el verano siguiente a las elecciones, iniciado ya el nuevo curso, Joan empezó a percibir los primeros signos de que ya no pertenecía a ese evanescente círculo que se relaciona con el poder. Dejaron de llegar invitaciones para las entregas de premios en el Palacio Real o para las inauguraciones de las grandes exposiciones temporales en los museos nacionales, y fueron numerosos los conocidos e incluso supuestos amigos cuyo trato fue desvaneciéndose como la luz en el atardecer. A Edurne le importaron un bledo todos estos cambios: «Las que importan son las verdaderas amistades», solía decir. Y a Joan tampoco es que le afectara en exceso la nueva situación, aunque no dejara de registrar que esos signos señalaban el final irreversible de la que, sin duda, había sido la aventura más relevante de su vida.

Empezaron a ir al cine y al teatro con mayor frecuencia y, a propuesta de Edurne, decidieron ir invitando por turno a sus amigos a unos almuerzos en casa de Joan, que solían celebrarse los sábados a mediodía y que consistían en plato único, vino y postre. Joan había logrado perfeccionarse en la confección del marmitako de rape y de la paella de verduras, platos que iba alternando con alguna otra receta menos ensayada.

Cuando, año y medio después, el editor le comunicó formalmente que todavía no se había ganado la mitad del anticipo, ya estaba terminando el siguiente libro. Esta vez había tratado de elegir el tema en función del mercado. Durante varias semanas llevó una rigurosa estadística de la frecuencia con que los distintos asuntos relacionados con la Biología afloraban en los titulares de periódico. El ejercicio dio como tema ganador al relativo a las células madre, y éste fue el tema que eligió. Todo lo que nunca quiso saber sobre células madre fue el título provisional que luego hubo de reducir, a instancias del editor, al menos original pero más escueto de El futuro de las células madre. Porque, efectivamente, cuando el editor se enteró de que estaba a punto de terminar un nuevo texto, se apresuró a contratárselo y a ofrecerle un buen anticipo, a pesar de que acababa de decirle que aún no se había ganado el anterior. Esta oferta le hizo ver que el editor no debía de haberse arruinado con el primer libro, y se sintió reconfortado.

* * *

Según cree recordar ahora con desasosiego, fue después de publicar el tercer libro, ya en el nuevo siglo, cuando empezó a desarrollar la tendencia a perderse sin rumbo por distintos barrios de Madrid. En el mes de junio del último año del pasado siglo se había anunciado con toda suerte de fanfarrias la secuenciación del genoma humano, aunque aún quedaban un buen número de detalles por rematar, y no sería hasta febrero del año inaugural del milenio cuando se publicarían los datos. El científico Francis Collins, que había dirigido el proyecto internacional, y el abrasivo francotirador Craig Venter se habían reunido con Bill Clinton en la Casa Blanca para anunciar conjuntamente semejante hito en la larga marcha del ser humano por conocerse a sí mismo, y al editor de Joan le había faltado tiempo para proponerle que escribiera un librito sobre el genoma. Para entonces, Joan ya había aprendido que, aunque sus libros no le compensaran de forma directa el esfuerzo realizado, sí lo hacían de forma indirecta, como reclamo para las más diversas invitaciones a escribir artículos o dar bien remuneradas conferencias. Pocas serían las personas que habían leído el producto de sus desvelos, pero no eran tan pocas las que sabían que era autor de libros cuyos temas estaban de actualidad. Tanto las células madre como las plantas transgénicas, tema de su tercer libro, que se tituló Sastrería genética vegetal, lo habían lanzado a una vorágine de charlas, mesas redondas, cursos de verano y entrevistas varias en todo tipo de medio de comunicación que, aunque no le supusieron una fama duradera, sí le hicieron sentir que estaba cumpliendo una misión útil, la de educar al público sobre temas científicos de actualidad.

Sin embargo, al cabo de un tiempo cayó en la cuenta de que el público no estaba tan interesado como algunos pretendían y que educarlo no era tarea fácil sin su cooperación. Además, un buen día se percató de que estaba harto de contestar como un autómata siempre a las misma preguntas, y de repetir siempre la misma conferencia, eso sí, con distinto título y ligeras variantes. Tampoco toleraba ya como al principio los viajes en avión o las cambiantes camas de los hoteles. Cuando concluyó que debería empezar a rehusar algunas de las invitaciones, descubrió sorprendido que no iba a tener que rehusar nada, porque la demanda empezaba a desvanecerse sin ayuda de nadie: parecía como si el producto «Joan» hubiera llegado ya a todos los posibles compradores. El mercado se había saturado sin que se hubiera desarrollado un «Nuevo-Joan», con veinte por ciento de descuento.

Cuando Edurne aceptó dar un curso sobre Historia del arte en la universidad que inicialmente la había contratado para enseñar apreciación de la música, dejó de estar disponible la mayoría de las tardes, ya fuera porque le tocara dar clase o porque tuviera que prepararla, una preparación que se tomó con el vigor y el entusiasmo que le eran característicos.

Joan tenía la sensación de haber agotado ya los temas más apropiados para sus libros y no acababa de dar con uno nuevo que le estimulara, por lo que se encontró con más tiempo libre del que podía asimilar. En la universidad trató de seguir escribiendo amplios resúmenes de los temas que le interesaban, aunque sin saber muy bien con qué propósito, y de vuelta a casa no se le ocurría otra forma mejor de esperar a que Edurne se liberara de sus obligaciones que echarse a la calle y pasear durante horas. Al principio callejeaba por los alrededores de su casa, pero se acabó aburriendo y empezó a tomar autobuses hacia barrios más o menos alejados, para luego volver andando. A Edurne le dijo que había inventado una nueva práctica deportiva, a la que pensaba dar el nombre de «parapente cultural urbano», pero ella no le rió la gracia, sino que la interpretó acertadamente como algo alarmante.

* * *

Edurne y Joan han vuelto en silencio hacia la sala de conferencias y se han sentado un tanto alejados del estrado, justo en el momento en que empieza a hablar el conferenciante.

− Las manos del arbusto, las que increpaban a las aguas, aquí tenemos a su dueño −dice Joan al aparecer Ian Tattersall tras el atril−. Habrá que prepararse para el sermón. Debe de ser más bien borrascoso el futuro que va a predecirnos, si nos guiamos por lo acalorado que parecía ayer. En pantalla no se le ven las manos…

Ian Tattersall

«Los futurólogos han mirado sistemáticamente al pasado para predecir el futuro que nos espera, especialmente en el caso del futuro biológico del ser humano. Homo sapiens es una especie físicamente inusual, pero es todavía más rara en lo cognitivo, con la consecuencia de que toda la atención futurológica (¡vaya palabra! −piensa Edurne−, la bola de cristal) se ha centrado en el tamaño del cerebro a lo largo de la evolución.»

− El cerebro grande, ande o no ande. El tamaño importa… −susurra Joan.
− Eres grosero… vulgar… machista. El nuestro es más pequeño, pero más enrevesado: el cerebro, quiero decir −responde Edurne, airada.

«El registro fósil avala que el cerebro ha aumentado de tamaño en los últimos dos millones de años o así, pero también indica que la historia humana no ha sido de aumento de complejidad dentro de un único linaje. En lugar de esto, los indicios son de diversidad, de una experimentación evolutiva que ha involucrado numerosas creaciones y extinciones. Y es altamente probable que el aumento del tamaño cerebral represente más el éxito diferencial de especies con cerebros grandes que el ajuste fino de la capacidad cognoscitiva dentro de una línea única. (Especies cabezonas o cabezudas…, como el puñetero Porpora −piensa Joan). Y si esto es así, simplemente no se ven venir cerebros más grandes −y con mayor capacidad cognitiva− en el Homo sapiens de mañanaIdeas congruentes con los posteriores descubrimientos de restos del Homo floresiensis y del Homo naledi, especies cuyos cerebros son respectivamente de cuatrocientos centímetros cúbicos y medio litro, demasiado estrechos tal vez para que en ellos cupiera un alma, algo que para algunos requiere el litro y medio del Homo sapiens.

− Los neandertales vinieron de Abel y los sapiens vinimos de Caín. Así nos va −dice Edurne.
− Ya sabes, si ves aparecer cabezas grandes, de este o de otro planeta, prepárate para cerrar la tienda.
− Yo quiero creer que tenemos solución. No creo que necesitemos más inteligencia o más ordenadores: sólo administrar mejor la inteligencia que tenemos.

A pesar de lo susurrado de su intercambio, Edurne y Joan se ven obligados a interrumpirlo porque han empezado a llamar la atención. El orador está leyendo pausadamente su texto, bien entonado, pero un tanto hierático. Nada que ver con el ardor del día anterior. Joan mira al rincón, para ver si, fuera de lo que se proyecta en la pantalla, Tattersall está moviendo manos y brazos, para comprobar que éste permanece agarrotado, las manos aferradas a los bordes del atril.

«A la vista de lo anterior, es necesario y posible postular un mecanismo más verosímil que la (simple) presión selectiva para explicar la transición sin precedentes desde una condición no simbólica y no lingüística al estatus cognitivo actual… Si nos fijamos en la historia evolutiva del ser humano, los cambios han sido raros y altamente episódicos… La estasis ha predominado sobre el cambio la mayor parte del tiempo evolutivo. Con la creciente población de hoy, las condiciones previas necesarias para la fijación de novedades evolutivas brillan por su ausencia.»

(Joan piensa que, a juzgar por el número de especies del género Homo que se fueron al garete, el diseño del sapiens no fue realmente muy inteligente.)

«Nuestra supervivencia a largo plazo depende, por tanto, de que aprendamos a vivir con nosotros mismos tal como somos.»

Tattersall termina así su charla, en un tono mesurado, sin subrayar su conclusión, y el público aplaude con un vigor que eclipsa su verdadero significado.

− Tal como somos: eso dice, que hay que conformarse… −empieza a decir Joan.
− ¿No decías hace un rato que lo de la evolución no iba con nosotros? Ahora te parece que sí tiene que ver. Pero lo que dice es que aprendamos a vivir con nosotros mismos. No que nos neguemos a lo nuevo. Cambiar es aprender.
− Bueno, no te enfades.

* * *

Joan y Edurne deben posponer su discusión porque está a punto de empezar a hablar Tecumseh Fitch, quien ha rastreado los elementos físicos que permiten articular sonidos en las más variadas especies animales, incluidos reptiles, ciervos, pájaros y monos. De pronto aparece en pantalla un loro que habla:

− Habla como si supiera lo que está diciendo. Como el ministro el primer día −susurra Edurne.
− Seguro que eso le pasa a la mayoría de los ministros.

Aparecen distintas especies de ciervos, y puede verse cuánto han de bajar la laringe para poder emitir los típicos sonidos de su dificultosa berrea. Luego les dirige la palabra una foca: «Come over», «Ven aquí», dice con el tosco acento del marinero de Maine que la adoptó cuando era niña foca.

Tecumseh Fitch

«Incluso aspectos únicos de nuestra especie, como el habla y el lenguaje, se entienden mejor mediante la comparación con otras especies. Comprender nuestro parentesco con otras especies tiene, además de gran importancia científica, algunas implicaciones éticas y filosóficas que son cruciales» 

− No ha dicho nada sobre si hablaban los neandertales −dice Edurne tan pronto como cesan los aplausos.
− Los antropólogos andan a tortas sobre eso. Muchos confunden lo necesario con lo suficiente.
− ¿Lo necesario...?
− Sí, el hueso hioides, creo que se llama, y la laringe deben descender en la madurez, y la lengua también debe extenderse por debajo de la mandíbula inferior.
− No habrán encontrado ninguna lengua suelta de los neandertales..., supongo.
− Basta con la lengua de Porpora para imaginarse la de los neandertales.
− No digas burradas. ¿Llegará a saberse algo sobre...?
− Hay quienes se imaginan a los neandertales cantando, pero la realidad es que no se ponen de acuerdo ni siquiera sobre si cumplían o no los requisitos anatómicos...
− ¿Cantaron los neandertales? ¿Se han ocupado también de la música los evolucionistas?
− Vaya usted a saber. Hay veces en que me parece que lo que arman los antropólogos son novelas sobre los escasos datos fiables que brinda la investigación, aunque, bromas aparte, ya Darwin pensó que los ritmos y cadencias de la oratoria derivaban de una capacidad musical previa, desarrollada como parte del protolenguaje. Probablemente cantamos antes de que desarrolláramos la sintaxis y construyéramos frases. Los pájaros y las ballenas cantan a su manera… La música tiene una funcionalidad: es comunicación.
− ¿Algo con función, con propósito?
− Para engatusar al sexo opuesto, pensaba Darwin. Por eso yo, que tengo un oído enfrente de otro, no logro...
− No parece...
− También se han dado otras razones... Para cohesionar el grupo... Para acunar a los niños... Las nanas... Pero otros piensan que la música es un mero subproducto no adaptativo del lenguaje hablado. Tu amigo Pinker, sin ir más lejos, opina algo así: «la música como tarta de queso», creo que es su hipótesis. Siempre astuto para nombrar...
− No me importaría que fuera mi amigo, si insistes con tus ironías... Eso de tarta no me parece un nombre tan afortunado para una hipótesis.
− Para Pinker, la literatura y la música, las artes, responden a retos sin sentido biológico. La música sería como una tarta auditiva apañada para excitar algunos puntos sensibles de varias de nuestras facultades mentales.
− Pero del lenguaje dicen que es frío y, en la música, la emoción...
− Sí, al menos en parte, los circuitos del lenguaje y de la música son independientes; se ve en ciertas lesiones cerebrales, pero también parece que comparten elementos.
− No hace falta apelar a las lesiones. Tú eres pico de oro, pero sólo te funcionan los circuitos de oír música: no eres capaz de entonar ni los anuncios de la radio.
− Por eso me cuesta tanto trabajo que me prestes atención. En cambio, Pinker debe de cantar como los ruiseñores.

* * *

Empieza la última conferencia de la mañana, a cargo de Luigi Luca Cavalli-Sforza, quien va a tratar de la interacción entre genética y cultura en la evolución de los modernos seres humanos. La reconstrucción de la evolución humana adolece de la debilidad de todo estudio histórico, de toda indagación de un fenómeno no repetible ni repetido que no se presta a la experimentación. Y Cavalli-Sforza propone sustituir el método experimental por una búsqueda que contraste las hipótesis basadas en observaciones genéticas con las derivadas de datos lingüísticos o con las formuladas desde el punto de vista de la arqueología y otras disciplinas históricas. La inspiración le viene de Darwin y de su idea de que el conocimiento de la genealogía humana nos proporcionaría la mejor clasificación de los lenguajes que se hablan en la actualidad sobre la faz de la Tierra. En sus manos, los imperfectos árboles genealógicos y los todavía más incompletos árboles lingüísticos se han ido iluminando y perfeccionando recíprocamente.

«Se puede mostrar que la evolución cultural está dirigida por fuerzas que en el ámbito cultural corresponderían, como motores del cambio, a las mutaciones en biología, y la selección cultural operaría de modo análogo a la selección natural, como freno y cauce que marca el tiempo y da sentido al cambio. También la deriva, o el azar, y la migración afectan tanto a lo biológico como a lo cultural.»

Cavalli-Sforza

Joan ha conocido a Cavalli-Sforza años atrás, en una visita que este hizo a Madrid para dar una conferencia, y luego publicó un largo ensayo sobre el conjunto de su obra, lo que le obligó a releerla con detenimiento. Desde entonces siente una genuina admiración por este hombre que supo ver a sus congéneres de una forma enteramente nueva. Ha pasado medio siglo desde que Cavalli-Sforza se adentró en África y empezó a determinar las frecuencias de los distintos grupos sanguíneos en los diversos grupos étnicos, los primeros genes humanos estudiados en poblaciones. Ahora, cuando afirma que la evolución biológica ha dejado de ser una mera hipótesis para convertirse en una certeza, gracias a los estudios de genómica comparada que permiten describir en detalle cada paso que se ha producido en el proceso natural, su voz tiene la autoridad de quien habla con un profundo conocimiento de causa.

¿Qué pensará monseñor Sánchez Sorondo sobre todo esto? Joan no ha parado de hacerse esta pregunta a lo largo de la conferencia y empieza a darse cuenta de que no debe obsesionarse con ella. El conferenciante no está diciendo cosas nuevas, sino más bien reafirmándose en ideas y conclusiones que lo fueron cuando las propuso o que se clarificaron cuando las hizo objeto de debate.

«Existe una gran heterogeneidad genética entre los individuos, cualquiera que sea su población de origen. Esta variación invisible es siempre grande dentro de cualquier grupo, sea definido por un continente, una región o una ciudad, y, de hecho, es mucho mayor dentro de cada grupo que entre grupos. En consecuencia, no existe la pureza de raza ni puede darse ésta de forma espontánea. Además, en contra de las decimonónicas nociones racistas que tanto eco han tenido en el pasado siglo, los estudios genéticos indican que la búsqueda de la raza pura conduce a la decadencia por consanguinidad y que el vigor está en la mezcla, en la hibridación. Hay naciones que pasan por períodos de esplendor, e incluso de supremacía, pero la duración de los imperios es fugaz cuando se mide en la escala de tiempos del cambio genético, de la evolución biológica: los romanos del ascenso eran esencialmente los mismos, en términos genéticos, que los de la decadencia.»

Al hilo de las ideas de Cavalli-Sforza, la noción orteguiana del «yo y sus circunstancias» podría formularse en términos del yo genético, su herencia cultural colectiva y su historia individual. No hay que mostrar asombro porque dos gemelos idénticos separados al nacer descubrieran, al reencontrarse por primera vez, ya adultos, que ambos usaban la misma espuma de afeitar y el mismo dentífrico, además de fumar ambos Lucky Strike, viene a decir el venerable profesor. A Edurne le resulta reconfortante oírle decir que lo que llamamos inteligencia no es más que una mezcla por partes más o menos iguales y revueltas de genética, herencia cultural y accidentes de la vida; y también Joan siente que el discurso reposado, espontáneo y sabio de Cavalli-Sforza le transmite optimismo, aunque ciertamente termina con una pregunta inquietante:

«¿Eclipsará la evolución cultural a la biológica?»

Uno de los productos de esta última, el cerebro humano, ha dado lugar a otros entes que también se autorreproducen, las ideas, y primero mediante el lenguaje y luego a través de una tecnología globalizada, como es Internet, la velocidad de transmisión de éstas ha pasado a ser tan enorme que ha desbordado a la de los genes y esto asusta a Joan, que lo percibe más como posible causa de un final catastrófico para la especie que como instrumento de adaptación al medio y de modificación favorable de éste.

* * *

Al terminar la conferencia, Joan se ha acercado con Edurne a saludar al conferenciante, quien les ha acogido con deferencia, una vez que Joan le ha recordado su anterior encuentro, y él les ha presentado a su mujer, una elegante octogenaria que parece haberse mantenido en buena forma, al igual que su marido.

(Una magnífica pareja −piensa Joan−. Y seguro que además, bien avenida).

Juntos se dirigen hacia el buffet y acaban ocupando sillas contiguas en una de las mesas.

− He leído que ahora alterna San Francisco con Milán.
− Sí, llevo un tiempo alternándolos. Hasta hace poco iba y venía cada dos meses, pero ahora, a mi edad, me cansa demasiado ese ritmo y hago el cambio cada seis meses. No quiero perder de vista el laboratorio.

(Más joven que yo, aunque me lleva veinte años −piensa Joan.)

− ¿Todavía cree viable el Proyecto sobre la Diversidad del Genoma Humano?
− Bueno, levantó suspicacias y no pudimos… Pero conseguimos al menos una serie de líneas celulares que otros podrán utilizar. Con la globalización, las poblaciones están mezclándose muy deprisa y la reconstrucción genealógica será cada vez más difícil de hacer…
− Ahora que se abarata… Parece que podría llegar a costar menos de mil euros cada genoma individual.
− Sí, pero esa ventaja se aplicará a otros fines.
− Algunos perversos, sin duda…
− No hay que ser pesimistas.
− Aquí… Edurne es de Bilbao y piensa que nadie sabe de dónde proceden los vascos…
− ¡Joan! Déjate de bromas.
− Hace poco estuve en Pamplona.
− Recuerdo su trabajo sobre la migración démica. En uno de sus esquemas salía el mapa de Europa, rayado según la frecuencia de genes humanos procedentes de Oriente Próximo, y el País Vasco aparecía como un círculo negro: como un agujero negro.
− A Joan le gusta hacerse el gracioso.
− No había ninguna intención simbólica: fue el distintivo que le tocó en suerte al confeccionar el esquema con un programa de ordenador. De lo que no cabe duda es que el vasco es el menos levantino de todos los grupos de población europeos que investigamos.
− Hay un político vasco que anda todo el tiempo presumiendo de Rh negativo.
− Como he dicho en la conferencia, se trata de una cuestión de grado. Si hiciéramos caso en lo del Rh a ese político, sólo la mitad de sus votantes potenciales serían vascos, pero también serían vascos el cuarenta por ciento de los ingleses y los franceses y hasta el veinte por ciento de los lapones.
− Un partido basado en el Rh negativo arrasaría en unas elecciones europeas… Pero disculpe mi osadía. Desde que escribí sobre su obra, siempre he tenido la curiosidad de saber si usted es descendiente de los Sforza que fueron duques de Milán.
− Sí y no. Algo de su herencia espiritual sí he recibido. Mi abuela casó en segundas nupcias con Francesco Sforza, descendiente directo de Ludovico el Moro.
− Sin embargo, si se calcula, todos los habitantes arraigados en el Milanesado, incluidos los descendientes por línea directa del gran duque, tienen las mismas probabilidades de haber heredado parte del ADN ducal, que son a su vez las mismas de haber heredado parte del ADN de cualquier ladrón, asesino o violador de la época, en el caso de que, por ejemplo, las profesiones de duque y asesino fueran mutuamente excluyentes.
− Yo no sé Biología y no entiendo, pero si eso es así, los aristócratas…
− La aristocracia se basa en los pergaminos, no en los genes, aunque algunos lo pretendan −dice Joan, despertando una sonrisa en sus interlocutores.

Empieza a ser hora de volver a la sala de sesiones, en la mesa de al lado sólo quedan Lisa Randall y su vaquero, y Joan hace un gesto a Edurne señalando la salida.

25/02/2016

 
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