Desde aquella célula primigenia

por Francisco García Olmedo

Claude Monet, San Giorgio Maggiore al anochecer

Ciencia en la ficción: en esta serie narrativa por entregas, la ciencia no es ficticia y se presenta tal como se discutió en una reunión real sobre Evolución que se celebró en Venecia en 2006. Se cubrieron el universo, la vida, la mente, el lenguaje, la religión y, en menor medida, las artes plásticas y la música. La expresión «ciencia en la ficción» fue acuñada por Carl Djerassi.

En capítulos anteriores: Joan y Edurne han llegado a Venecia para asistir a un simposio sobre evolución. Gaetano Porpora y Steven Pinker se reparten la curiosidad de Edurne. Joan y Edurne han pasado la jornada anterior perdidos con la idea del multiverso, del que, al parecer, nuestro universo es un mero pliegue, y tratando de comprender la evolución de las estrellas. Tampoco una exposición de arte actual les ha resultado por completo digerible. Porpora, que de todo parece saber, ilustra a Edurne sobre el origen evolutivo del arte visual.

6. Desde aquella célula primigenia

Una lengua grande, musculosa, por momentos amenazante, se deja entrever brevemente en un movimiento de la enorme boca que, en la proyección bidimensional y ampliada que aparece en pantalla, eclipsa y suplanta al resto de las facciones de Gaetano Porpora, protagonizando su considerable expresividad; es una boca ágil, versátil, de labios carnosos, capaz de transmitir, en sus infinitos modos de plegarse, los más variados sentimientos. Ahora esboza una sonrisa y compone una faz pícara que anticipa la buena acogida que enseguida van a tener sus primeras palabras. No ha acabado de anunciar que va a hablar en italiano, a pesar de que la lengua oficial de la conferencia es el inglés, cuando una cerrada ovación rubrica su frase: los numerosos estudiantes y profesores de enseñanza secundaria le agradecen así no tener que sumar las dificultades de un idioma foráneo a su frustración con las complejidades de la ciencia. Porpora conoce a su público y sabe el tono exacto que debe dar a su presentación. Son muchas sus horas de vuelo.

Lo ha presentado Peter Atkins, en su papel de moderador de la sesión. Antes de referirse al conferenciante, Atkins ha venido a decir que el objetivo de la ciencia es mostrar lo que la religión está empeñada en ocultar, una idea que no se cansa de propagar: «Cuando la religión pretende explicar, de hecho recurre a la tautología. Afirmar que “Dios lo hizo” no es más que una admisión de ignorancia disfrazada engañosamente como explicación», ha escrito en alguna parte. Peter es un viejo conocido de Joan, con quien ha coincidido a lo largo de una década en unos seminarios hispano-británicos que han venido celebrándose cada año en uno de los dos países. Se han encontrado en el jardín, antes de entrar, y se han saludado con efusión, mientras Edurne ha se ha sentado en primera fila junto a Steven Pinker. A pocos metros de la entrada, Joan ve a monseñor Sánchez Sorondo hablando de nuevo ante un magnetófono. Aunque no participa como conferenciante, monseñor es, sin duda, la personalidad más buscada por la prensa. Joan cree oír al periodista mencionar al astrónomo vaticano y recuerda la noticia del cese de este científico, aparecida recientemente en la revista Nature. Después de treinta años de servicio, Benedicto XVI ha sustituido a George Coyne por José Funes, un astrónomo apropiadamente extragaláctico, al parecer porque el primero ha criticado en público un ataque antievolucionista publicado en The New York Times por el cardenal vienés Christoph Schönborn. Joan no oye, pero se imagina, la contestación del entrevistado. Atkins es, sin duda, el autor de textos y libros de divulgación sobre Química más leído de todos los tiempos; al parecer, ha abandonado la investigación para dedicarse a sus libros, y se pasea por Oxford en un espléndido Rolls-Royce, lujo que puede permitirse gracias a sus regalías como escritor. Pero su fama de ateo radical casi supera a la de eficaz divulgador, y basta una de sus famosas frases –«Considero que enseñar religión es como proveer mentiras»– para que no quepa duda sobre su postura. Ahora Atkins se ha sentado a la derecha de Joan, quien tiene ya a monseñor Sánchez Sorondo sentado a su izquierda. Joan queda así como frontera entre dos mundos enfrentados: uno, en el que ciencia y religión son considerados totalmente incompatibles y sin nada en común, salvo tal vez por el hecho de que en uno y otro ámbito puedan existir personas honestas en su búsqueda de la verdad del mundo, y otro que se empeña en negar ante la opinión pública que exista incompatibilidad alguna.

Edurne escucha el pausado italiano de Porpora con la expresión satisfecha de quien no tiene dificultades en seguirlo, no sólo en la literalidad de sus palabras, sino también en las ideas a que éstas dan cuerpo. La conferencia se titula «Dos ideas básicas sobre evolución», y consiste en una exposición muy simplificada del mecanismo evolutivo, reducido a su puro esqueleto: la mutación como ciego generador de variabilidad y la selección natural como agente que da sentido a una mínima fracción de las variantes generadas, la una como motor y la otra como freno y cauce del proceso. Deja para el siguiente conferenciante, el conocido biólogo del desarrollo Edoardo BoncinelliEn 2006 le concedieron el premio literario Merck Serono por el libro L’anima della tecnica. En 2008 publicó una antología de poesía griega, I miei lirici greci. 365 giorni di poesie. Corriere della Sera, con motivo del sesquicentenario de la Unidad de Italia (2011), ha incluido la aportación de Edoardo Boncinelli a la Biología entre los diez productos del genio de los científicos italianos merecedores de ser recordados de la historia de Italia., la descripción de otros aspectos relevantes del problema y la discusión de las controversias internas entre evolucionistas, y acaba señalando como contrarias a la evidencia y carentes de apoyos científicos las dos posturas antievolucionistas por excelencia: la de los creacionistas y la de los que propugnan el diseño inteligente. Joan cree percibir cierta tensión en su compañero de la izquierda, quien, sin embargo, permanece en silencio e imperturbable, salvo tal vez por un ligero fruncimiento del entrecejo. Por un momento, monseñor suscita una cierta conmiseración en Joan cuando piensa en cuánto le queda por sufrir en la conferencia. Edurne se suma con entusiasmo al mayor aplauso recibido hasta ese momento por un conferenciante.

La creación de diversidad es ciega y es fruto del error, de la infidelidad en la copia, viene a decir Boncinelli, y luego la recombinación es la lotería que adjudica a cada individuo su repertorio de variantes, su individualidad.

(Los errores empezaron con la primera célula, y de su acumulación durante milenios se han generado todas las criaturas que pueblan la Tierra, eso he creído entender, pero en el tiempo fugaz de una vida, un caballo sigue siendo un caballo… La evolución y la vida del individuo ocurren en escalas de tiempo completamente distintas, el tiempo de la evolución no hay quien lo imagine. Dice este hombre: el azar es importante… El color de los ojos de los habitantes de la isla no tiene que ver con la isla, sino con el de los primeros náufragos que la colonizaron: lo entiendo hasta yo.)

Luego Boncinelli cita a Stephen Jay Gould y se adentra en las controversias. Neutralistas frente a seleccionistas, Richard Dawkins frente a Gould: ¿es en la especie, en el individuo o en el gen donde se ejerce la presión selectiva? Gould frente a los evolucionistas radicales o frente a los sociobiólogos, batallas no faltan, piensa Edurne, mientras se siente más y más confusa. Boncinelli ha hecho sólo una de las dos concesiones de Porpora, la de hablar en un italiano pausado y cuidadosamente vocalizado, pero no ha renunciado a entrar en harina, y el aplauso que premia su exposición es más tibio.

Edoardo Boncinelli

* * *

Durante la pausa del café, Porpora se ve asediado por jóvenes de ambos sexos que le piden autógrafos. Los jóvenes van vestidos formalmente, ellos con trajes oscuros y ellas en general con atuendos de factura conservadora. No han venido vestidos a la conferencia como si fueran a la discoteca, es probable que hayan sido aleccionados para imitar fielmente los modos de sus mayores, que van de punta en blanco en todo momento. Es fácil distinguir a los autóctonos de los foráneos, que adoptan vestimentas más informales para asistir a las sesiones. Joan viste camisa de verano, pantalones de dril y unas discretas zapatillas deportivas, una indumentaria en línea con la de los asistentes anglosajones y centroeuropeos, pero que no acaba de congeniar con su figura, dándole el aire de alguien que quiere aparentar una juventud que ya no posee, y lo malo es que hay momentos en que tiene la sensación de ir disfrazado. Edurne viste un percal veraniego y no aparenta sus cuarenta años bajo el benigno sol y la suave brisa matutina. Joan la mira como si la viera por primera vez mientras forman corro junto a una fuente, con las tazas en la mano. En el grupo están Vittorio y Francesca, quienes planean fugarse al final de la pausa para ver unos frescos que necesitan restauración.

− ¿Quieres venir con nosotros? Los frescos que vamos a ver están en una iglesia muy interesante. Esta noche nos tenemos que volver ya a Roma −le dice Francesca a Edurne.
− Me apetece mucho, pero quiero quedarme para escuchar a uno de los conferenciantes. Tengo una curiosidad insana por oírlo, por verlo hablar… En realidad, Joan lo sorprendió ayer ensayando... Gracias de todas formas, y hasta que nos encontremos de nuevo.
− ¿Ensayando?
− Sí, frente a la laguna... Dice Joan que parecía increpar al mismo Dios cuando lo sorprendió. Además, esta tarde quiero visitar la tumba de Stravinsky, en el cementerio de la Isola di San Michele.

Joan se entera así de los planes de Edurne y decide en el acto que la acompañará. Se disuelve el corro, devuelven las tazas y se encaminan a la sala de conferencias, pero, antes de alcanzarla, Edurne tira del brazo de Joan y le propone dar un paseo por el bosque.

− Ahora estará desierto y luego podemos volver a las charlas −dice Edurne.
− Imitaremos a los benedictinos que pasearon solitarios entre estos árboles durante varios siglos. No debía de estar mal... ser benedictino aquí en aquellos tiempos.

Han llegado hasta el banco escondido tras el arbusto parlante del día anterior y se han sentado en silencio a contemplar el incesante tráfico naval.

− Quiero tener hijos −ha dicho suavemente Edurne, rompiendo el silencio en mil pedazos, como si hubiera estallado una bomba.
− ¡Hijos! ¿Dices...?
− Ené… sí, hijos, hijas, descendientes... como quieras llamarlos.
− Así, de pronto, sin más...
− De pronto, no... ¿Te sorprendes? No deberías... Vengo pensándolo desde hace tiempo y he intentado decírtelo varias veces, pero siempre te has escurrido, no te has dado por aludido...
− ¿Yo? No soy consciente, no me ha pasado por la imaginación, y ahora no me cabe en la cabeza.
− Pues no sé porqué no te cabe... Acabo de cumplir cuarenta, es mi último tren, y no quiero pasar la vejez pensando que soy un final de trayecto.
− Mi último tren se fue hace mucho tiempo... Incluso sospecho que nunca pasó por mi estación... Hijos, dices, así, en plural.
− Dejémonos de metáforas. Tú estás y estarás por mucho tiempo en condiciones de cambiar de opinión, pero yo no. Para mí es ahora o nunca, y yo quiero que sea ahora.
− No me veo… El mundo no necesita...
− No me importa el mundo, pero sí sé lo que yo quiero.
− Pero antes no pensabas así. Has cambiado…
− Tú sí que has cambiado. Y además, no sé por qué te extrañas de que haya cambiado… Todo cambia, todo evoluciona… Es lo que ha dicho Porpora…
− ¿Porpora? No habrás ido con esto a Porpora. Sería…
− No he hablado de esto con nadie, me refería a lo que ha dicho sobre cómo los seres vivos... en la conferencia… sobre cómo están siempre cambiando.
− No me he dado cuenta de que hablara de nosotros. No creo que nos afecte lo…
− No, si quizás tengas razón, y nada de lo que ha dicho tenga que ver con nosotros…
− No digas eso. Hemos estado muy bien.
− Tú mismo lo has dicho: Hemos... Hemos estado muy vivos, hemos estado estupendamente, pero ya no…
− Yo sigo siendo el mismo, aunque más viejo…
− Podrías seguir siendo el mismo si te lo propusieras. Podrías seguir siendo el que eras, sin que importara cambio alguno.
− Estamos estropeando la mañana.

Se refugian en el silencio, observando ensimismados una bandada de barcos de vela que evoluciona sin aparente rumbo fijo a las órdenes de un instructor que, desde un pequeño barco a motor, les habla a través de un megáfono.

* * *

Primero la derecha, luego la izquierda, y finalmente las dos manos juntas sobre el teclado, el ensayo al principio progresa renqueante y adquiere fluidez al cabo de un par de horas, como viene ocurriendo con frecuencia en las mañanas festivas. El sol entra a raudales por el ventanal, orientado al mediodía, y se refleja en la tapa acharolada del piano de media cola, cuya presencia domina el decorado de la amplia sala de estar de Edurne. Hay a quienes les horroriza oír ensayar con un instrumento musical, sea el que sea, pero no es éste el caso de Joan, que aún recuerda aquellas placenteras mañanas de domingo en las que oía a Edurne destripando una pieza hasta poder dominarla, tropezando una y otra vez en el mismo pasaje difícil, o buscando la precisión requerida en el uso de los pedales. Eran los días felices, recién inaugurados. Para Joan era una experiencia nueva, aficionado sin formación como era, una aventura mágica en la que Edurne le hacía percibir los detalles de su arte, las entretelas de la obra de Satie, de Brahms o del propio Stravinsky que estuviera ensayando.

Ese día es el turno de una sonata de Brahms. Joan lee metódicamente los periódicos mientras Edurne lucha con sus dificultades. Es una lucha esforzada pero satisfactoria, o eso parece al menos. Joan ha logrado sacudirse la sensación de pérdida, de vacío, que le ha torturado desde el martes anterior, desde el día de su cese. Apenas ocho meses en el cargo, y punto final por sorpresa, de un día para otro. Su desolación es grande, porque intuye que ya no cabe volver a la misma tarea de gestión. No cree que quien le ha sucedido tenga interés en retenerlo como asesor.

Ha pensado en distintas posibilidades respecto a qué hacer con su vida ahora, pero al final se ha quedado sólo con dos: la de que lo coopten de nuevo para un cargo de similar rango y responsabilidad, o la de volver a la cátedra. Esto último es inevitable a corto plazo, porque para conseguir un nuevo puesto habrá que esperar a que se presente la ocasión, y la excedencia del puesto académico se acaba el día del cese. Cuando terminen las vacaciones navideñas, no tendrá más remedio que pedir el reingreso; el reingreso y un sabático, ya que no se ve dando clase en enero. Tendrá que reciclarse para poder enfrentarse a los alumnos de nuevo y para ver si es capaz de volver a la investigación. Esto último en especial se le hace cuesta arriba, pues, al fin y al cabo, fue su desencanto como investigador el que lo empujó a probar suerte con la gestión cultural.

Edurne ha interrumpido su ensayo y le ha propuesto tomar un café con unos suizos que Joan ha subido más temprano, al mismo tiempo que los periódicos.

− Por lo menos a mí no me procesarán como a Mario Conde. Por lo que dice aquí, no parece que vayan a dejarlo tranquilo... Sí, no parece que se vayan a conformar con apearlo del banco: el que no se consuela es porque no quiere.
− No compares… Tienes cada cosa… Para empezar, a ti no te han cesado, tu relevo es lo normal si hay cambio de ministro, es lo que pasa con los cargos de confianza. Además, Agustín te ha dicho que te buscará acomodo en cuanto se presente la ocasión.
− Sí, lo ha dicho… Yo sé que sirvo para lo que estaba haciendo, él quizá también lo sepa, pero nadie más, porque no he podido rematar nada en este tiempo. Y por primera vez en mi vida estaba seguro de lo que quería hacer y de cómo hacerlo: por primera vez…
− No exageres, tuviste una buena experiencia como investigador. Yo no he oído más que elogios.
− No me quejo, pero cualquier investigador en su sano juicio se siente inseguro de lo que hace. Tiene que andar inventando siempre cómo hincarle el diente a los problemas, y a los contrincantes… Siempre hay alguien capaz de hacerlo mejor que tú. Y los elogios… Los elogios te llegan gratis cuando tienes algo de poder.
− Agustín prometió que ya hablaría contigo sobre tu futuro. Nos ha invitado a su casa para despedir el año: puedes aprovechar…
− Estarán todos los del nuevo equipo, no creo que tenga ocasión.

Edurne reanudó su ensayo, ejecutando con gran acierto la obra completa, y para cuando salieron camino del Asador Frontón de Tirso de Molina, donde solían reservar los días de fiesta, Joan había recuperado todo su optimismo.

Despidieron el año en casa de Agustín y Delia con una cena, que resultó ser más restringida de lo que Joan había anticipado, y Joan tuvo oportunidad de hablar brevemente a solas con Agustín, quién le prometió hacer todo lo que estuviera en su mano para buscarle en la Administración un acomodo digno y acorde con sus conocimientos y cualidades. Joan no dudó de la sinceridad del ofrecimiento y sabía que Agustín era de los que se mantenían fieles a sus promesas, por lo que terminó y empezó año con un optimismo renacido.

No tuvo problemas para cambiar temporalmente de universidad sin salir de Madrid. Trató de explorar un nuevo tema para investigar, pero poco a poco fue convenciéndose de que no iba ser capaz de volver a la tarea con el mínimo de originalidad y vigor que se requieren para que la aventura resulte atractiva. Al final optó por intentar ponerse al día en su materia, escribiendo para su propio uso una serie de síntesis monográficas sobre distintos temas. Era evidente que tendría que volver a enseñar en el curso siguiente si no encontraba el camino de vuelta a la Administración.

Una consecuencia gozosa de su cese fue disponer de mucho más tiempo para compartir con Edurne, a cuya casa volvía temprano cada tarde. Esta lo recibía en plena faena de redactar los resultados de sus pesquisas sobre Stravinsky, en un largo informe que poco a poco fue adquiriendo las hechuras de un libro. Edurne le daba a leer su cosecha diaria y Joan acabó interesándose a fondo por el tema. Se sintió atraído por figuras tales como la de Diáguilev, con su capacidad para identificar talentos emergentes, fueran Picasso o el propio Stravinsky. Diáguilev sacó a este último del anonimato y lo hizo saltar directamente a la fama. Edurne aceptó con entusiasmo las demandas de claridad y rigor que supo imponerle Joan, acostumbrado como estaba a no dejar cabos sueltos.

− Deberías pensar en publicar esto. Empieza a tener ya peso suficiente.
− Sí, pesa ya más de dos kilos, si es a eso a lo que te refieres.
− Sabes de sobra que no me refiero… Creo… Parece, al menos, que has encontrado mucho material inédito para…
− Bueno, sí, sobre todo hasta el final de su relación con los ballets rusos. Para el resto tendré que…
− Pero eso sólo ya tendría entidad suficiente.
− Primero no tengo más remedio que terminar el mamotreto del informe, y luego ya hablaremos.
− Yo puedo ayudarte con la logística. Voy a tener tiempo de sobra, ahora que no creo que vaya a volver a la investigación.
− ¿Hablas en serio?
− Sí, tengo que ser realista y admitir que he perdido el tren, no para hacer investigación, que eso siempre podría, sino para poderme asomar con dignidad por ese mundo.
− Tú sabrás, pero deberías pensar en la eventualidad de que no puedas volver a lo que quieres. Agustín está tomándoselo en serio, de verdad, y no para de moverse para ver qué consigue, pero hasta ahora…
− A mí también me ha pasado por la imaginación que podía escribir un libro, pero…
− Entonces, ni pero ni pera, debes ponerte ya a la tarea: no esperes, no dejes que el tiempo libre te coma el coco. Yo te ayudaré… Con el látigo, si no te aplicas, usaré el látigo.
− Mira, es una idea, eso del látigo no lo habíamos probado hasta ahora…
− No seas ganso. Para ese látigo no cuentes conmigo…

Ahora que Joan estaba menos sujeto, no solían perderse las conferencias importantes, las inauguraciones de exposiciones, las presentaciones de libros o las lecturas de poemas cuyas invitaciones seguían llegando a la casa de Joan. Asistían con frecuencia a los conciertos que Edurne se encargaba de elegir y ponían especial interés en estar presentes en todos los actos que tenían que ver con Agustín y su entorno, así como los que se relacionaban con su antiguo cargo. También seguían invitando a Joan a dar conferencias y a participar en mesas redondas, actos que nunca rehusaba y que preparaba con esmero.

De vuelta a su universidad, lo acogieron bastante bien, aunque comprobó que algún colega le había retirado el saludo. Su despacho y sus laboratorios de antaño hacía ya varios años que habían sido adjudicados a otros investigadores, pero el director del departamento le había prometido ocuparse de hacerle sitio para cuando terminara el sabático. Tampoco tuvo problema alguno en deshabituarse al coche oficial; ocho meses de uso no habían sido suficientes para crear adicción. Antes había usado a diario su propio automóvil y ahora le había encontrado la gracia al transporte público. Cada mañana tomaba el tren de cercanías para llegar a su refugio sabático, aprovechando para leer el periódico durante el trayecto, y por la tarde volvía por el mismo medio, casi siempre releyendo las notas que había tomado durante el día.

No tardó en adaptarse al nuevo régimen, menos exigente que el que acababa de abandonar. Empezó a escribir un primer libro de divulgación, siguiendo el consejo de Edurne, y enseguida se sintió a gusto con el reto que suponía hacerse entender por un público poco versado en cuestiones científicas. Edurne había sugerido en broma el título de Biología para ignorantes y Joan había contestado en la misma vena que iba a titularlo Biología para Edurne. Y a Edurne fue sometiendo cada tarde sus primeros borradores, entrando ésta de lleno en su papel de lectora tipo a la que iba destinado el texto. El libro de Joan aspiraba a llegar al máximo número posible de lectores, mientras que el que finalmente abordó Edurne se orientó decididamente hacia un público más restringido y exigente. Alcanzaron así esa armonía que se le supone a un matrimonio ideal, salvo que siguieron manteniendo sus domicilios separados, decidiendo cada noche, a menudo en el último momento, qué cama o camas ocuparían.

* * *

Ahora, sentado en silencio, abstraído por completo frente a la laguna, no recuerda Joan que, en aquella época feliz, hubiera hecho Edurne la menor sugerencia sobre posibles hijos o expresado la menor insatisfacción con lo que él consideraba un pacto tácito. Las únicas perturbaciones que Joan puede recordar tienen que ver casi exclusivamente con las sucesivas oportunidades que fueron presentándose para volver a un puesto relevante. Al principio, Agustín le había mantenido al día de sus gestiones y las habían discutido abiertamente en las frecuentes cenas que compartían, ya fuera en casa de Joan o en la de Agustín y Delia. Sin embargo, después del segundo intento frustrado, Agustín optó por una mayor discreción en sus gestiones, temeroso de que su posible fracaso afectara innecesariamente a Joan. Poco a poco los encuentros de las dos parejas fueron haciéndose más espaciados, y cuando se veían, en sus conversaciones fue orillándose lo que había llegado a ser el tema estrella. No es que Agustín se hubiera desentendido de su promesa, pues a Joan siguieron llegándole noticias vagas e indirectas de que ése no era el caso: sencillamente había perdido buena parte de su confianza en un final feliz y no quería levantar expectativas injustificadas.

Isola di San Giorgio Maggiore

Y entonces surgió con vigor el rumor de que Joan iba a hacerse cargo de la Fundación General del Ministerio de Cultura. A Joan le llegó el cuento a través de varios mensajeros que parecían haber bebido en fuentes bien informadas, y esperó en vano alguna señal de Agustín. Estuvo a punto de planteárselo abiertamente, pero no lo hizo porque a esas alturas dudaba ya seriamente de que fueran a acordarse de él. Pero el rumor se extendió como la pólvora, hasta el punto de que en su círculo de amistades se empezó a dar por hecho el nombramiento, y la subida de popularidad que el mero rumor trajo consigo le hizo consciente de cuánta de ella había perdido poco a poco durante los últimos meses. Egregios presidentes de reales academias, profesores de universidad especializados en centenarios, directores de museos y escritores en precario empezaron a buscarlo, a pedirle audiencia o a invitarlo a restaurantes de lujo para presentarle los más variados proyectos, todos susceptibles de subvención institucional. Y de nada le servía negar su posible nombramiento, jurando que nada sabía, que nada le habían dicho, que no era ni probable, para que el cerco se estrechara aún más. Todos los demandantes decían estar seguros de su fuente de información y querían asegurarse un lugar de privilegio en la cola para recibir la sopa boba. Cuanto más tardaba la incógnita en despejarse, mayor era la tortura de Joan al tener que desautorizar el rumor, algo que el demandante tomaba con frecuencia como una forma de desaire, obligándolo a aceptar invitaciones y a mantener verdaderos diálogos de besugos en los que el interlocutor poseía y le suponía unos conocimientos de los mecanismos administrativos específicos que él ignoraba por completo. Por mucho que deseó que la incógnita se despejara lo antes posible, ésta nunca llegó a desvelarse. De hecho, por lo que pudo saber por casualidad tiempo después, nunca llegó siquiera a ser una incógnita, porque nunca se había planteado la sustitución de quien detentaba el cargo. Alguien le dijo que el rumor lo había orquestado alguien a quien no sólo le habían denegado una importante subvención, sino que habían asignado a otro un proyecto muy similar al suyo. En cualquier caso, las casi ya desvanecidas esperanzas de Joan se disiparon por completo cuando se anunciaron las próximas elecciones generales. No era de esperar que se hicieran nuevos nombramientos en plena campaña electoral y, por otra parte, todas las encuestas vaticinaban un cambio de la veleta política.

Al levantarse del banco, una cierta tristeza invade el espíritu de Joan mientras trata de asimilar su actual conflicto con Edurne y de desechar sus recuerdos más sombríos.

* * *

(Somos como otros seres vivos que no son esclavos de una civilización y cumplen sus ciclos vitales sin hacer caso a fábula alguna, ni occidental ni oriental… Y no son ni más ni menos felices que nosotros. Nada contra la cópula por la cópula, pero en algún momento habrá que usarla para lo que se inventó, no sólo para el placer sin brújula. Quiero tener hijos y no tengo por qué justificar mi deseo, mi urgencia. El instinto nunca me ha fallado para lo mejor que me ha ocurrido: para la música, para Joan... ¡Cuánto mejor y más rica ha sido nuestra relación en comparación con otras más premeditadas! Para el amor debería bastar con el puro instinto, aunque nunca hemos pronunciado esa palabra, Joan o yo, y mejor así, porque no sólo es una palabra innecesaria, sino que es hasta contraproducente: basta pronunciarla para enturbiar un poco lo que representa. Y si se pronuncia con demasiada frecuencia... Ahora Joan ha dejado de respetarse a sí mismo, dice que se vería como abuelo y no como padre, que no quiere correr más aventuras. Lo ve todo gris, cuando no negro, piensa que no hay misión que cumplir ni papel que representar, que nunca los ha habido, que ha visto clara la redundancia de cualquier individuo en una especie desbordada. Ideas de ese tenor... La línea de menor sufrimiento: así es como llama a su actitud, y eso yo no puedo aceptarlo, no puedo vestirme de blanco cual viuda india e inmolarme en su pira. Lo hemos pasado bien, incluso en los peores momentos. Siempre nos hemos entendido, hemos compartido el humor y la confianza en el futuro y la visión de las cosas, y qué se yo... Pero de un tiempo a esta parte no es así: parece como si esperara más de mí, como si dependiera de mí para justificar su vida, como si fuera mi responsabilidad encontrar su futuro perdido. No hay reflexión o razonamiento que dé vida a un organismo, la vida es una cuestión de biología, o de fisiología, como diría Joan: de hormonas, digo yo, que no sé biología. Es cierto que a Joan la vida le dio a probar un licor espeso y embriagador y luego se lo quitó bruscamente, antes de que se saciara, pero tendría que haber sabido adaptarse. A mí me hubiera gustado interpretar en público, pero no tenía lo que hace falta: la seguridad, la ambición… Tengo talento, pero… Hay que saber vivir con lo que se tiene, pero sin conformarse, sin dejar de buscar otras cosas, que siempre se encuentran. Nunca sabremos del todo lo que podemos hallar y hay que seguir buscando, sin frustrarse si no se cumple algún deseo, por importante que sea. Sí, Joan ha tardado en perder la esperanza de recuperar su apogeo, su época dulce, pero, cuando la ha perdido, la ha perdido para eso y para todo: se ha entregado, aunque lo haya venido disimulando. Dice que el panorama no está para traer hijos al mundo, pero yo digo que si ahora no lo está, nunca lo ha estado y nunca lo estará. El siglo XX: un desastre, de acuerdo, pero también un éxito, si se compara con los anteriores. La esperanza de vida aumenta en todos sitios: bueno, en África, no... El hambre es la mayor lacra, pero hace medio siglo había más hambrientos y éramos la mitad de habitantes, y la gente ahora es más dueña de su vida. No todo el mundo, pero… Nuestros hijos no tienen por qué vivir peor que nosotros, ni por qué ser menos capaces de enfrentarse a la vida que les espera. Tenía que haberlo pensado antes: lo de los hijos tenía que haberlo intentado cuando... Pero todavía estoy a tiempo, y Joan también está a tiempo, aunque diga que no. Está perfectamente, bien saludable, y no es todavía viejo, como va diciendo a todo el que lo quiere oír, aunque parece como si estuviera moribundo por dentro. Y si se muere, será un muerto viviente y yo, su viuda... En secreto, pero su viuda, y no puedo aceptarlo... Ya digo, no puedo vestirme de blanco e inmolarme en su pira. Quiero hijos y voy a tenerlos, pese a quien pese, y quiero tener hijos con alguien que quiera tenerlos: joven o viejo, pero que quiera tenerlos.)

* * *

Se han dado la mano y han seguido el paseo hasta el otro extremo de la isla. Antes paseaban así con frecuencia, pero ahora no lo hacen casi nunca. Joan quisiera pensar en el futuro, borrar así presente y pasado, pero el del recuerdo es un caballo difícil de embridar.

18/02/2016

 
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