Ciencia y glamour en el Palazzo Ducale

por Francisco García Olmedo

Canaletto, Palazzo Ducale

Ciencia en la ficción: en esta serie narrativa por entregas, la ciencia no es ficticia y se presenta tal como se discutió en una reunión real sobre Evolución que se celebró en Venecia en 2006. Se cubrieron el universo, la vida, la mente, el lenguaje, la religión y, en menor medida, las artes plásticas y la música. La expresión «ciencia en la ficción» fue acuñada por Carl Djerassi.

1. Ciencia y glamour en el Palazzo Ducale

Salen del brazo, pero enseguida se separan para poder avanzar entre la muchedumbre que deambula por la estrecha calle: orientales de diverso pelaje que siguen fielmente la banderita del guía, norteamericanos bien entrados en la tardía edad en que suelen descubrir el mundo, alemanes que calzan gruesas sandalias con calcetines, parejas de recién casados. Sin perderse de vista, tuercen hacia la Piazza di San Marco. Hay que sortear grupos atentos a la explicación de turno, o que consumen con cara de cansancio crecidas raciones de pizza recalentada; en algún momento llegan a juntarse, pero los remolinos de la marea humana los separan de nuevo. Algo le dice a Joan que tal vez no haya sido buena idea venir con Edurne a Venecia. Hay miles de palomas por todos sitios, tiene la impresión de que pisará una de un momento a otro, aunque las de la especie que puebla la plaza están bien adaptadas a la muchedumbre humana, son descaradas y agresivas, engullen con rapidez cualquier resto comestible, entran en los bares y ocupan las mesas tan pronto como las abandonan los clientes. No sería de extrañar que hubieran adquirido una especial tolerancia para las bebidas alcohólicas. Desde luego, les gustan los espaguetis. Serían unas magníficas limpiadoras si no devolvieran todo lo que afanan en forma de excrementos: todo lo que entra, sale; todo lo que comen, lo defecan desde el aire. La Piazza di San Marco huele a aguas estancadas, a cuartel y a gallinero, y Joan percibe el hedor como un mal presagio. Piensa en las palomas que copulan sin recato en medio de todas las nacionalidades del mundo. Deben multiplicarse sin tasa, a pesar de que la plaza tiene unas dimensiones fijas: ochenta metros por ciento setenta y cinco metros, dice la guía. El puesto de paloma en la Piazza di San Marco debe de estar en mayor estima que el de cardenal en Roma. «¿Cómo se repartirán esas canonjías?», se pregunta Joan justo en el momento en que el irregular flujo de transeúntes está a punto de emparejarle con Edurne.

Maledetto piccione, mi ha cagato addosso! −oye exclamar a un joven italiano, unos pasos por delante de él. Y justo cuando va a tomar a Edurne del brazo, siente él mismo un blando golpe en el pecho e instintivamente se lleva la mano al lugar de la agresión para palpar el espeso depósito de crema marrón y espuma blanca que le adorna la solapa como si fuera una condecoración.
− ¡Ené, cómo te has puesto!
− Lo estaba viendo venir, joder.
− Ya te dije que necesitarías dos trajes. Tendremos que volver al hotel.
− Queda tiempo de sobra para la sesión inaugural, pero no hace falta que me acompañes. Sigue tú, y así podrás ver el palacio con más calma.
− ¿Seguro que no necesitas ayuda? No me importa volverme contigo… −dice Edurne en un tono poco convincente.
− No. No. Vete. Vete por delante, que ya te alcanzaré.

Edurne no se hace de rogar y prosigue en ruta hacia el Palazzo Ducale, donde va a celebrarse la apertura solemne de la conferencia. Joan empieza a deshacer el camino recorrido. Está furioso contra los hados. Acaba de estrenar el traje, pieza clave en el desesperado intento de renacer de sus cenizas. Lo ha elegido con esmero, sin reparar en gastos, buscando el justo equilibrio entre tradición y modernidad, en un intento de romper su progresiva tendencia al desaliño. Había sido entre los cuatro espejos del probador donde primero había sospechado que tal vez empezaba a aparentar la edad que realmente tenía. A los cincuenta, un hombre puede sentirse treintañero, pero a los sesenta sólo los estúpidos pueden sentirse cuarentones. La diferencia de edad nunca había estado presente en su relación con Edurne. Cuando se conocieron, él estaba en su apogeo, acababa de estrenarse como secretario de Estado y una de sus primeras resoluciones había sido prestar especial atención a su aspecto físico. Muy al principio de su breve paso por la alta Administración, había asistido en Taormina a una reunión bilateral con una representación del Gobierno italiano y había quedado muy impresionado por lo que percibió como la extrema elegancia de sus miembros. Desde ese momento no dudó en tratar de imitarlos. Una vez apeado del cargo, había ido abandonando progresivamente ese ideal estético, viéndolo cada vez más como exponente de una empalagosa vanidad, pero ante la perspectiva de volverse a encontrar con alguno de aquellos maniquíes italianos, no había querido desmerecer a los ojos de Edurne.

* * *

Enfiló la calle del hotel y reparó por primera vez en el nombre de éste: Hotel Casanova. «¡Vaya nombre!», pensó con un inconcreto desasosiego.

− ¿La llave de la 227, por favor?
− Veo que el caballero ha recibido ya la bendición de San Marco −dice el recepcionista con extremado acento argentino.
− A eso voy, a ver cómo me limpio toda esta mierda…
− No intente cepillarla. Sólo logrará agrandar la mancha. Puedo ayudarle.
− No se preocupe. Ya me las apaño yo. Quiero estar en el Palacio Ducal en veinte minutos. Tengo prisa.
− Hablo en serio. Tengo el quitamanchas específico. Todos los hoteles de Venecia lo tienen, un secreto a voces. Está prohibida su comercialización, porque daría mala fama a la ciudad. No se imagina a cuántos huéspedes sacamos de apuros. Napoleón se llevó el secreto de aquí, como de Colonia el del agua perfumada…
− Perdone, pero quisiera…
− Enseguida, no hay más que extender el producto sobre la mancha sin sobrepasar sus límites. Tardará unas horas en hacer efecto. Luego, lo frota con un cepillo húmedo y quedará como nuevo. Mientras tanto, procure no acercarse a las señoras.
− ¿No es de efecto inmediato?
− La mancha de la mora, con otra verde se quita, creo que dicen en su país. Esto es al revés: una suspensión concentrada de microbios que se obtiene después de dejar fermentar la palomina durante un año ─dijo con sorna el portero y siguió pontificando─. La palomina es muy potente, perfora el hierro, disuelve el mármol, aniquila las plantas si no se la diluye o las hace crecer sin tasa, a bajas dosis. Las aves no mean y tienen que cargar el nitrógeno de desecho en la palomina, en forma de gruesos cristales de ácido úrico, que cuando se disuelve lentamente en agua… Sólo estos bichitos pueden con ella… créame… aunque es cierto que durante un tiempo aumentan la pestilencia.

* * *

Edurne se dirige al Palacio, hacia la puerta contigua a la Basílica. Está molesta por el accidente, pero no con las palomas, sino con Joan; no con la veleidosa providencia, sino con su infeliz víctima. Joan tiende a irritarla en los últimos tiempos porque parece gafado, como si sufriera una plaga de pequeñas adversidades, aunque en realidad lo que pasa es que se da cuenta de que Joan está perdiendo el lustre, que empieza a no ser el que la encandiló, y no es tanto un problema de decadencia física como de quiebra de espíritu. A menudo tiene ojeras, está encaneciendo y empieza a insinuar una barriga de bebedor de cerveza, pero el verdadero problema es que está perdiendo la ambición y el gusto por el trato social. Anda ensimismado, escribiendo esos libros de divulgación científica que nadie parece leer, quejoso de la indiferencia de los lectores y de lo que percibe como una confabulación social contra la cultura.

Edurne, en cambio, ha conservado su fulgor. A sus cuarenta años sigue tan frutal y apetecible como cuando Joan se rindió a ella. Sigue tan decidida y tan ampliamente curiosa como cuando asaltó el despacho recién estrenado de Joan. Su figura no pasa inadvertida entre la muchedumbre, vestida con un ligero traje negro, espumoso y suave, de amplio escote, que resalta un busto firme y proporcionado. Lleva un hermoso collar de perlas, el primer regalo de Joan, que enmarca su rostro en triángulo equilátero, de altos pómulos, y compite con sus grandes ojos azules por la atención del observador. A pesar de la insistencia de Joan por que se deje melena, ella siempre ha mantenido el pelo corto, una especie de recia capa de peluche de color rubio ceniza.

Joan había sorprendido a Edurne cuando se había presentado con los billetes de avión para asistir a una reunión en Venecia:

− La conferencia es sobre evolución; sobre el origen de todo. Van a asistir todos esos divulgadores mediáticos que tan bien acogéis en el semanario. Te he inscrito como participante, pero si no te interesa, siempre te quedará la ciudad más fascinante del mundo −le ha dicho Joan con cierta condescendencia.
− ¿Sobre evolución? Pienso asistir. Me interesa tanto o más que a ti. De eso tengo más que aprender que tú y tengo que aprenderlo por obligación. Además, siempre me han interesado esos temas. Ya me fugaré si me aburro ─ha contestado Edurne mientras echa un vistazo al programa─. Los conferenciantes son verdaderas estrellas. Todos tienen libros traducidos a varios idiomas. A casi todos les hemos reseñado sus ediciones en español −ha añadido con cierta mala intención, pues sabe hasta qué punto Joan ha luchado sin éxito para que se publicaran sus textos en otros idiomas. Edurne dirige desde hace unos meses un semanario cultural en el que ya llevaba varios años escribiendo sobre música, y se lee religiosamente todas las reseñas que aparecen en él, sean del tema que sean. Luego lee a diestro y siniestro un enorme número de los libros reseñados. Aunque le ha interesado la ciencia desde que estudió en un colegio inglés, es especialmente consciente de sus carencias desde que es directora del semanario. Recibe la propuesta de asistir a la conferencia con verdadera ilusión.

* * *

Joan logra llegar con diez minutos de antelación a la puerta del Palacio, que aparece obstruida por focos y cámaras de televisión. Están en curso dos entrevistas, a pocos metros una de otra. Más allá de la puerta, es Umberto Veronesi, presidente de la conferencia, el entrevistado; más acá, el recién nombrado ministro de Investigación Científica, Fabio Mussi, contesta a las preguntas de una pizpireta entrevistadora.

− ¿Cuál es la cuestión más importante?
− Dinero, dinero, dinero… −empieza a contestar el ministro, y a Joan se le hace un nudo en el estómago. ¡Cuántas veces ha contestado él bajo los focos en el mismo tono! Fabio Mussi, demócrata de izquierdas, debe de rondar los sesenta, lleva el pelo teñido, un frondoso y repeinado bigote y unas gafas casi invisibles. Sonríe a las cámaras con la autocomplacencia de quien se siente a gusto con el nuevo cargo.
− ¿Significa su presencia aquí una defensa explícita de la teoría de la evolución?
− La teoría evolutiva no necesita defensa. Es todavía incompleta e imperfecta, si se quiere hilar fino, pero es la única que da cuenta de lo que sabemos, de una infinidad de hechos y fenómenos. Lo que yo tengo que defender es que el contenido científico de los programas educativos sea el que los científicos determinen, y que no se incluyan en él contenidos ideológicos impuestos a instancias ministeriales, como ha intentado hacer el Gobierno del Sr. Berlusconi que nos ha precedido.

Cuando se apagan los focos, Joan entra con las autoridades a través del magnífico patio hacia la Scala dei Giganti, la amplísima escalera coronada por las masivas figuras en piedra de Marte y Neptuno. La sesión va a celebrarse en la Sala de Escrutinios, abrumadoramente ornamentada con representaciones de las victorias navales de la Serenissima y un friso con retratos de los últimos dogos, incluido Ludovico Manin, quien literalmente cerró la fiesta en 1797. El gran salón, que puede acomodar a unas cuatrocientas personas, está amueblado para estas ocasiones con incómodos sillones de lona púrpura y esqueleto metálico. El estrado está iluminado con potentes focos. Quedan pocos sitios libres y hay un cierto ambiente de expectación.

Palazzo Ducale, Scala dei Giganti

Joan se acomoda en un asiento libre de la quinta fila, junto al pasillo lateral izquierdo, mientras no deja de buscar infructuosamente la cabeza de Edurne. Por fin la ve bajo los focos, en la segunda fila, al otro lado del salón. Está sonriendo a alguien de amplia cabellera que está de espaldas. La pareja que está sentada a la derecha de Joan le pide paso y se disculpan por las molestias. La amplia melena entrecana se ha girado y Joan se sorprende al comprobar que ésta corresponde a una cara masculina finamente cincelada, de labios delgados y mejillas ligeramente hundidas, que devuelve la sonrisa a Edurne con evidente embeleso. En su sorpresa, apenas nota que varias personas de la fila de atrás abandonan sus asientos. La imagen de la melena, con el halo que le crean los potentes focos, hace que Joan vuelva a hojear el programa de la conferencia, editado a todo lujo en papel cuché, con fotografías de todos los conferenciantes. Comprueba que el interlocutor de Edurne no puede ser otro que Steven PinkerPsicólogo evolutivo. En su libro La tabla rasa argumenta que un recién nacido no es una página en blanco. Con posterioridad a las peripecias aquí narradas, publicó el libro Los ángeles que llevamos dentro. El declive de la violencia y sus implicaciones, en el que desarrolla la idea de que la violencia, desde el abuso de menores a las grandes guerras, ha disminuido históricamente, no necesariamente porque haya mejorado la naturaleza humana, sino porque ésta incluye, junto a la inclinación a la violencia, otras inclinaciones, los ángeles que llevamos dentro, que la contrarrestan. Identifica seis declives históricos de la violencia: un proceso de Pacificación, otro de Civilización, la Revolución Humanitaria, la Larga Paz finisecular, la Nueva Paz del fin de la Guerra Fría y el movimiento de los Derechos Civiles. Se ve que Steven es de naturaleza optimista., el psicólogo estrella de la Universidad de Harvard. Sólo puede verlo de hombros para arriba, y por un momento no puede evitar imaginarlo con calzas y sable, al estilo de los decadentes caballeros venecianos del siglo XVIII. Cuando vuelve a mirarlos, siguen en animada conversación, sin perder sus sonrisas. Joan conoce por experiencia el poder devastador de la de Edurne, aunque ella no se la haya dedicado con demasiada frecuencia en los últimos tiempos. En ese momento se marcha una pareja que ocupaba los asientos extremos de la fila de delante y Joan cae en la cuenta de que la palomina ha creado un invisible cordón sanitario a su alrededor. Así debían de sentirse los apestados. El recepcionista argentino no le había exagerado en absoluto cuando le advirtió que, durante su degradación, la mancha de palomina va aumentando sus emanaciones mefíticas.

* * *

Desde un podio, a un extremo del estrado, Chiara Tonelli, la elegante bióloga milanesa que actúa como secretaria de la conferencia, anuncia el comienzo de la sesión y da la palabra a quien la preside, Umberto Veronesi, reconocido cirujano especializado en cáncer de mama, exministro de Sanidad en el Gobierno de Giuliano Amato. A sus más de ochenta años sigue promoviendo la ciencia a través de una serie de conferencias anuales convocadas por la fundación que lleva su nombre, bajo el pomposo título de «El futuro de la ciencia». Su figura tiene una cierta elegancia patricia. Sus facciones regulares y amplias, la cabeza calva y la piel bronceada podrían encarnar a un senador romano, aunque en algún momento se percibe la evanescente sugerencia de algún rasgo hebraico.

«La evolución está en el primer plano de la discusión en diversas esferas, desde la astrofísica y la genética a la filosofía y la psicología. Reflexionar sobre la evolución es, de hecho, reflexionar sobre nosotros mismos, sobre nuestro futuro y sobre nuestro lugar en el universo», dice. Su previsible discurso queda abrumado por la aplastante presencia de la pintura en paredes y techos. Joan piensa que la evolución de la República llegó a su término porque ya no quedaba espacio donde representar más batallas o a más dogos.

Edurne no ha visto llegar a Joan y no parece haberle echado de menos, a juzgar por la continuada atención que presta a su nueva amistad, con quien no deja de intercambiar comentarios. Ha llegado al acto cuando el salón estaba prácticamente vacío y Steven Pinker ya estaba allí. Ha entablado directamente una conversación con él, haciendo uso de su proverbial facilidad para relacionarse con sus semejantes.

− He leído su libro La tabla rasa, que ha sido publicado en español.
− Sí, fui a Madrid a promocionarlo…
− Me interesó mucho.
− ¿Realmente…?

A partir de ese principio, todo ha sido un placentero coqueteo recíproco.

Toma la palabra Marco Tronchetti Provera, en representación de otra fundación que patrocina el evento. Para entonces Joan no está en condiciones de concentrarse en lo que dice, pero sí de dar vueltas al sonoro nombre del que habla, que le resulta familiar sin saber de qué. Sólo al día siguiente, leyendo el Corriere della Sera, caerá en la cuenta de que se trata del mismo apellido del presidente de Telecom Italia, la empresa que en esos días acapara los titulares de los periódicos italianos y los debates parlamentarios porque, al parecer, esconde un agujero negro de dimensiones siderales y está involucrada en el espionaje telefónico de miles de italianos, con fines que es mejor no imaginar. Al menos, eso se dice en el periódico. Telecom Italia figura como una de las principales empresas patrocinadoras de la conferencia. Tal vez los cosmólogos, en la primera sesión, arrojen alguna luz sobre la sustancia evanescente y oscura que parece constituir la generosa patrocinadora.

* * *

Gaetano Porpora ha llegado al acto con bastante antelación y se ha sentado junto a Steven Pinker, con quien comparte programa como conferenciante. Cuando llega Edurne, se queda prendado de ella en el acto, pero ésta no parece registrar su presencia y se presenta directamente a Pinker, en cuyo campo magnético parece quedar orbitando inerme durante toda la sesión. Porpora se ha mantenido de espaldas al estrado hasta el inicio de los discursos, escrutando a los recién llegados, entre los que hay muchas caras que le son conocidas. Reconoce a Joan tan pronto como éste toma asiento al otro lado de la sala, a pesar de que ha cambiado mucho desde los lejanos tiempos en que ambos formaron parte del comité científico de una prestigiosa institución europea. Joan era entonces un científico en activo y sus repetidas y beligerantes intervenciones en aquel comité se habían centrado en la defensa de los sistemas de investigación que empezaban a desarrollarse dentro de la Unión Europea frente a los ya desarrollados. Los países fuertes se inclinaban por concentrar los recursos en los centros de excelencia, un criterio que, si se aplicara a la alimentación vacuna, haría que las vacas gordas se pusieran cada vez más gordas, y las flacas, cada vez más flacas. Porpora compartía la postura de Joan, pero por temperamento nunca había intervenido en su apoyo, salvo a la hora de votar. Ambos compartían también un inevitable complejo de inferioridad frente a los componentes de aquel selecto comité, dos de los cuales eran ya premios Nobel cuando se incorporaron y otros dos obtuvieron el galardón durante su mandato. Pero si Joan había vencido la timidez mediante la sobreactuación, Gaetano parecía haberse refugiado en el silencio y en una permanente sonrisa de sutil escepticismo. En más de tres años, Joan apenas le había oído pronunciar algunas frases cortas, farfulladas en un inglés ininteligible, y casi no lo había tratado fuera de las reuniones oficiales. Sin llegar a despreciarlo, Joan había subestimado a Gaetano, ignorando además su notable contribución científica a la ingeniería genética, aspecto éste sobre el que ni siquiera se había molestado en indagar. Vicio muy extendido en la cultura actual, el de juzgar la entidad intelectual e íntima de un individuo a partir de su realidad física, de su apariencia, de su comportamiento externo.

(La contemporánea es una cultura de niños bonitos −piensa Joan).

A Gaetano Porpora, metro sesenta, anchos hombros, poderosa musculatura, ligero sobrepeso, cara de luna y tez cetrina, no se le acreditaban de entrada las cualidades intelectuales y las gracias del espíritu que sin duda poseía. Era miembro del patronato de la Fundación Veronesi y no debía de estar muy conforme con que Kathleen Kennedy Townsend, agraciada y famosa, figurara como vicepresidenta de la conferencia, por mucho que fuera uno de los pocos miembros potables que quedaban de la mítica familia.

Mientras la escuchaba en su fluido discurso, que seguía fielmente las reglas de hablar en público que se enseñan en el high school norteamericano, no podía dejar de sorprenderse de la banalidad del contenido y de la irrelevancia de lo que decía en relación con el tema de la conferencia. Ante estas situaciones, Gaetano Porpora era propenso a padecer terremotos de furia que, sin embargo, no llegaban a alterar su semblante, quedando contenidos en su fuero interno. Cuando, a continuación, Jean-Jacques Aillagon afirmó que mientras había sido ministro francés de Cultura y Comunicación había descubierto que la Ciencia tenía que ser considerada como parte de la Cultura, le provocó una desmesurada sacudida de ira que logró aguantar impertérrito, mirando fijamente al suelo durante el resto del discurso.

Se serenó con la actuación de Luc MontagnierDos años después de esta historia recibió el premio Nobel de Medicina (2008), sacudiéndose por fin a su tramposo competidor Robert Gallo, que fue excluido del premio., también miembro del patronato, quien tampoco se refirió al tema del día, sino que se dedicó a promover la acción humanitaria contra el SIDA en África. Porpora estaba entre quienes consideraban a Montagnier como un científico mediocre que había tenido la suerte de hacer un descubrimiento relevante.

(Algo tontorrón debe de ser, pensaba Porpora, cuando se ha dejado robar tan fácilmente parte de la gloria del descubrimiento del famoso virus por un bucanero tan notorio como Robert Gallo, un científico listo donde los haya, pero desaprensivo como el que más.)

* * *

Joan despierta de su hipnótica concentración en Steven Pinker y Edurne, pareja que en su fantasía se ha transformado en la de Giacomo Casanova y su próxima víctima. Llama su atención ahora el ministro Fabio Mussi, que toma la palabra para cerrar el acto. Le sorprende el estilo del discurso, más propio de un sermón que de una declaración programática. Tampoco él alude al tema de la conferencia, sino que se embarca en una vigorosa exposición de la política que piensa implementar: cada loco con su tema. Joan se siente plagiado por el ministro, quien propugna un cambio radical en el estatus jurídico de los organismos de investigación, una ampliación decidida de las infraestructuras científicas y una nueva institucionalización de la carrera investigadora. Repite palabra por palabra lo que él había dicho en su primera rueda de prensa, no sabe cuántos años atrás. Cuando Mussi concluye en términos metafóricos, diciendo que «hasta ahora la política italiana ha consistido en paliar la escasez de gasolina para un parque móvil obsoleto, pero en adelante tendremos que dar prioridad a la renovación de dicho parque», un Joan alucinado piensa que se ha reencarnado, antes de morir, en la persona de un ministro italiano.

Por el micrófono, Chiara Tonelli sugiere que, antes de bajar, se visite la Cámara del Gran Consejo, y Joan se apresura a cruzar el salón para reencontrarse con Edurne, quien no lo ve venir. Porpora sí se ha dado cuenta de su aproximación y lo espera en actitud de bienvenida, aunque se siente desconcertado cuando percibe que Joan no lo ha reconocido.

− Soy Gaetano Porpora… Me recordarás…
− ¿Porpora? Ya, ya… claro. Perdona, soy un fisonomista desastroso… Claro que te recuerdo… Torino, estabas en la Universidad de Torino…
− Sí, pero ahora vivo aquí en Venecia y ya no investigo. Me dedico a escribir libros populares… A divulgar…
− No me digas: a eso me dedico yo también… aunque sin éxito… Nunca logro vender todos los ejemplares que quisiera de mis libros; parece que no he aprendido a recorrer el camino completo desde el rigor de la ciencia al público…
− Es que yo recorro el camino al revés. Parto de la ignorancia para aproximarme al conocimiento. Si el lector se queda por el camino, al menos se acerca al objetivo…
− Joan, te presento al profesor Steven Pinker… −dice Edurne, mientras el aludido se limita a hacer una inclinación de cabeza, sin sonreír.
− Aquí, un antiguo amigo… el profesor Gaetano Porpora −murmura Joan.
− Apestas: lo sabes, ¿no? −le espeta Edurne, apartándolo previamente del grupo, y luego pone espacio de por medio, uniéndose a Porpora, quien le indica cortésmente la dirección de la Cámara del Gran Consejo.

Joan les sigue a distancia, viendo cómo el italiano acapara la atención de Edurne con sus comentarios sobre las pinturas que ocupan hasta el último centímetro de paredes y techos. Joan se siente abrumado por Tiepolo, Tiziano, Bellini y, sobre todo, los omnipresentes Tintorettos, cuyas gracias compiten y se neutralizan ante la atención del visitante. Piensa que en su día los consejeros, aburridos mientras se discutían asuntos de trámite, tal vez tuvieran tiempo de asimilar tal riqueza, una pintura que, además, representaba algo tan próximo para ellos como los grandes logros y los egregios hombres de la Serenissima.

 Tintoretto, Paradiso

Porpora está exultante, pues Edurne destila interés y se muestra por completo absorbida por sus apasionados comentarios sobre pintura. Se ha detenido ante el descomunal Paradiso de Tintoretto, situado tras el trono ducal, como si fuera uno más de los territorios venecianos, y como si el trono fuera su elusiva puerta. Joan es consciente de que Edurne está en posesión de una cultura más amplia y sólida que la suya y de un interés insaciable por los asuntos más diversos. Cuando llega a oír lo que está diciendo Porpora, tiene que reconocer que el discurso dista mucho de ser trivial.

(Este no es el Porpora de otro tiempo: ahora parece que le han dado cuerda. No hay nada como la mirada límpida de unos grandes ojos azules para que surja petróleo donde no lo hay. Forman una pareja improbable: cualquiera puede apreciarlo. Si fuera por Porpora, le explicaría una por una las quinientas figuras del cuadro… Seguro que los turistas no le dedican más de dos minutos: no creo que puedan digerir tantas figuras por segundo… ¿Se basaría Tintoretto en modelos reales? ¡Vaya usted a saber! Bueno, a lo mejor Porpora es capaz de saberlo −piensa Joan.)

(Su boca es lo que más llama la atención… Ya es enorme en reposo, cerrada, pero, cuando se despliega para hablar, alcanza durante unos momentos dimensiones increíbles. Luego, en pleno discurso, el efecto desaparece. Este hombre es sabio… erudito, elocuente… me resulta difícil clasificarlo… De cerca, se nota que tiene un cuerpo hercúleo, que contradice la edad que aparenta su cara… la edad que probablemente tiene −piensa Edurne.)

(Quién hubiera creído que el peso ligero de Joan fuera capaz de enredar a una mujer de este calibre o, para el caso, qué habrá visto esta Edurne en Joan… A las mujeres no hay quien las entienda, ese es el tópico… y es también la verdad, pero no seré yo quien lo lamente. Después de todo, Joan me la ha traído a Venecia y por las grietas de esta incomprensión mía es por donde más de una vez he logrado colarme.)

* * *

Joan y Edurne bajan la gran escalera, sincrónicos pero separados. Edurne parece empeñada en no acercarse demasiado a Joan. Mientras bajan, pueden ver en el patio las mesas dispuestas para el buffet y, sobre una tarima, un quinteto de cuerda en plena interpretación.

− Los conciertos de Vivaldi me ponen siempre en las nubes −aventura a decir Joan, por romper el silencio entre ellos.
− Compuso más de quinientos, pero son todos el mismo, pura redundancia, ejercicio inútil. Es lo que venía a decir Stravinsky −dice despectivamente Edurne.
−No seré yo quien contradiga al maestro −contesta Joan en tono irónico, renunciando a defender su opinión, porque sabe que sería jugar en terreno contrario.

Stravinsky había mediado el primer encuentro entre Joan y Edurne. Joan lo recuerda vívidamente. Acababa de estrenarse en su nuevo cargo de secretario de Estado y precisamente andaba enfrascado haciendo averiguaciones sobre asuntos heredados cuando fue interrumpido.

− Hay una señora que insiste en ser recibida por usted y no se aviene a que le dé cita para más adelante −dijo una de las secretarias desde la puerta.

Joan no había desarrollado todavía los reflejos defensivos propios del nuevo cargo y dio instrucciones para que dejaran pasar a la visitante, quien no era otra que Edurne en el esplendor de sus treinta años.

− La comisión de Musicología me ha denegado una ayuda para hacer una investigación sobre Stravinsky, a pesar de que mis credenciales son sólidas. Y no me han dado una razón convincente para la denegación −le espetó Edurne sin más preámbulos. Su tono era educado y directo, y su actitud, ni sumisa ni arrogante.
− Bueno, yo estoy aquí recién llegado. Tendría que averiguar qué ha pasado en realidad. Tal vez la comisión haya considerado que el estudio de la vida de Stravinsky no es una prioridad aquí… −empezó a decir Joan para ganar tiempo y recuperarse de la fuerte impresión que la visitante le había causado.
− Somos ya parte de Europa y no creo que se pueda seguir sosteniendo una visión tan pueblerina de la cultura −interrumpió Edurne de forma serena, sin énfasis, pero dando por descontado que no había otro enfoque posible.

Joan optó por salir del entuerto, citándola para el día siguiente.

− Escríbame sus datos y veré lo que puedo hacer. Si le parece bien, puede venir a verme mañana a la misma hora −propuso para concluir, intuyendo que la nueva cita suponía quizá la acumulación de un error sobre otro.

Edurne recuerda más vagamente aquel primer encuentro. Un despacho tal vez excesivo, presidido por una gran mesa de trabajo, desde detrás de la cual había salido a recibirla Joan, un hombre maduro, de facciones afiladas, tez bronceada, estatura media, esbelto y todavía sin canas, vestido con elegancia y todo amabilidad Recuerda mejor el encuentro del día siguiente, cuando la había acogido con una gozosa sonrisa y la había tuteado desde el principio.

− Todo solucionado, sin problemas… Tienes un currículo excepcional… El Royal College of Music de Londres, la Juilliard School…: no cabe pedir más. Ha sido fácil, el presidente de la comisión ha estado de acuerdo conmigo y no ha tenido inconveniente en retirar el criterio de exclusión.
− Le agradezco que se haya tomado… −empezó a decir Edurne, siendo interrumpida.
− Tutéame, por favor −dijo Joan, señalando al tresillo, invitándola a sentarse.
− Te agradezco que hayas solucionado el problema −repitió Edurne, mientras se sentaba en uno de los sillones. Su tono era el de quien reconoce al otro que ha cumplido con su deber, sin nota alguna de auténtico agradecimiento.
− ¿Te apetece un café… un té? −dijo, mientras apretaba un timbre bajo el tablero de la mesa baja, dando por aceptada su invitación.
− Un té, tal vez.
− Para mí será un café con leche.

La secretaria, que procedía del antedespacho, desapareció por una pequeña puerta que había a la izquierda, tras la mesa de trabajo. Como pronto tendría ocasión de comprobar, la puerta daba a una habitación de regulares dimensiones que había sido recientemente decorada con una mesa redonda, cuatro sillas, un amplio sofá-cama y cortinas que cubrían el amplio ventanal. Joan se hacía subir allí bocadillos y cerveza los días que no tenía comida de trabajo, o se vestía de chaqué, si tenía algún acto público que lo requiriera. De la pequeña puerta pronto emergió la secretaria con una bandeja.

− Cuéntame tu proyecto.
− Quiero situar al músico en el panorama cultural ruso finisecular, que ha sido poco estudiado y es extraordinariamente rico. Luego quiero seguirlo en su búsqueda, en su peregrinar de apátrida, en su intento de romper en cada obra con la anterior.
− ¿Crees que podrás completar el proyecto dentro del plazo?
− Sí, estoy segura, llevo ya muchos años investigando y he acumulado gran cantidad de notas. El proyecto está maduro para rematarlo.
− ¿Tienes ya editor?

No tuvo Edurne ocasión de contestar a la pregunta, porque en ese momento vertió por accidente el contenido de la taza en el traje.

− ¡Joder! −exclamó Edurne, mientras Joan se tiraba al suelo de rodillas para recuperar los trozos de porcelana esparcidos por debajo del sofá−. ¿Un baño…? −añadió Edurne al cabo de unos segundos.

Joan hizo un signo de asentimiento y le abrió la pequeña puerta, indicándole a continuación la de su baño privado. Edurne se encerró en él, pero enseguida asomó la cabeza y pidió una percha para colgar la falda y la chaqueta. Joan le dio rápidamente una y quedó a la espera de nuevas demandas, que no se produjeron, hasta que eventualmente emergió Edurne sin chaqueta y sin falda, con una blusa roja sobre una combinación de seda blanca.

− He repasado las manchas con una toalla húmeda. Tendremos que esperar a que se sequen −dijo, con una carcajada, enlazando a Joan por la cintura e iniciando unos lentos pasos de vals que acabaron en un feliz desplome sobre el sofá-cama. Un pequeño accidente había quebrado el curso de dos vidas, y Joan siempre consideraría a Stravinsky como padrino de su relación con Edurne.

14/01/2016

 
COMENTARIOS

Marta 23/01/16 14:57
Hola

ENVÍA UN COMENTARIO
Nombre *
Correo electrónico *
Su comentario *
 
 
 
 

Normas de uso
Los comentarios en esta página pueden estar moderados. En este caso no aparecerán inmediatamente en la página al ser enviados. Evita las descalificaciones personales, los insultos y los comentarios que no tengan que ver con el tema que se trata. Los comentarios que incumplan estas normas básicas serán eliminados.

 
Deseo mostrar mi email públicamente
 
He leído y acepto la cláusula de privacidad.
 
 
 
Por favor, para evitar el spam necesitamos que resuelvas la siguiente operación matemática:
3 - 2  =  
ENVIAR
 
 

 

BÚSQUEDA AVANZADA

Te animamos a bucear en el archivo de Revista de Libros. Puedes realizar tus búsquedas utilizando los siguientes criterios.

Todas las palabras
Cualquiera
Coincidencia
ENVIAR


Apúntate al boletín de Revista de Libros
ENSAYOS ANTERIORES
Descarge el índice de contenidos del nº 192
RESEÑAS
 
  Apúntate a RdL
BLOGS
 
  Archivo RdL
 
Patrocinadores RDL