Baile de disfraces

por Francisco García Olmedo

Canaletto, Fondamenta dei Mendicanti

Ciencia en la ficción: en esta serie narrativa por entregas, la ciencia no es ficticia y se presenta tal como se discutió en una reunión real sobre Evolución que se celebró en Venecia en 2006. Se cubrieron el universo, la vida, la mente, el lenguaje, la religión y, en menor medida, las artes plásticas y la música. La expresión «ciencia en la ficción» fue acuñada por Carl Djerassi.

En capítulos anteriores: Joan y Edurne han reaccionado ante las explicaciones sobre el Big Bang y la evolución del universo de modo diferente: el primero, frustrado por lo difícil de seguir el idioma cosmológico y la segunda, atraída inicialmente por lo que tiene de poética la narración del origen y, finalmente, remisa a aceptar el acto de fe que para ella supone creer lo que le están explicando. La discusión de la evolución biológica resulta para Edurne más asequible que las disquisiciones cosmológicas. La aplicación de la teoría evolutiva en dominios como el de la psicología, la moral, las emociones o la religión sume de nuevo en la confusión a nuestros protagonistas. La crisis entre ellos parece ya irreversible.

10. Baile de disfraces

«Cada trayectoria evolutiva, a través de una serie temporal de ambientes, se encuentra con tantos efectos aleatorios de gran magnitud que yo supongo que la individualidad histórica debe ser abrumadora», Gould dixit.

Más que en ninguna otra ciudad, en Venecia, los caminos posibles entre un punto y otro, entre apertura y cierre, entre origen y extinción, son infinitos, y nadie conoce a priori cuál es el más corto. El azar nos sortea y nos empuja en cada esquina.

− Evitemos San Marco, vamos a dejarlo a la derecha, tenemos tiempo de sobra. O mejor, vayamos hacia atrás para cruzar por el puente de la Academia y volver a cruzar luego por el de Rialto. Esta tarde he paseado por unos sitios misteriosos. Tenemos tiempo, crucemos... De todos modos, el Palazzo Barbarigo-Marcello no está lejos...
− En Venecia todo está cerca y todo está lejos. ¿Dónde estás tú?
− Junto a ti. Cerca o lejos, según decidas. El trecho es corto, basta con no soltar el hilo y recorrer el sencillo laberinto. Yo te espero en su corazón.
− ¿Ahora dices que estás en el corazón...? ¿Que nos separa el...? ¿Siempre...?
− Siempre he estado en este sitio... En el mismo sitio, pero sólo ahora lo he sabido.
− Yo no sé dónde estoy.
− Sabes al menos adónde puedes venir.
− Pero no cómo se va.

Si fuéramos un único río que, sosegado, fluyera hacia todos los mares; pero somos reyes sin alas de un pueblo diezmado que ha nacido una sola vez, en un raro accidente, y cuyo futuro tal vez sea inesperado. 

− ¿Estuviste sola toda la tarde?
− Estuve con Miguel Ángel en la Academia, y con Bellini y con Giorgione y... ¿Y tú con quién...?
− Rodeado de ateos.
− Tú también lo eres.
− Pero no militante. En verdad, no soy ni eso. Estoy en tierra de nadie, en tierra de nada. Esta tarde sí que había muchos que militaban... contra monseñor...
− Una fe contra otra.
− No compares. Estás hablando de una fe que es toda soberbia, que se predica infalible, que niega lo evidente, que nos toma por menos de lo que somos, y que ahora se agarra a la idea del diseño inteligente, una idea que, de aceptarse, dejaría sin explicar tanta monstruosidad que...
− De acuerdo, pero...
− Es una fe cuyo papel consiste precisamente en hacernos digerir lo torpe y lo monstruoso; mientras que la otra fe es humilde, es sólo fe en el método. Se construye poco a poco sobre su propia falibilidad y...
− Todo eso puede ser así, pero una y otra exigen una aceptación ciega. La ceguera puede ser de distinta índole, pero es ceguera al fin y al cabo. Siempre dependemos del intermediario. Para llegar a... ¿No has traído el mapa?
− Lo olvidé. Seguiremos los carteles indicadores. Pero hay intermediarios fiables, colectivamente fiables, y otros que sólo hablan por la voz de un amo que se esconde en el más allá, donde quiera que esté ese más allá.
− Fiables o no, la mayoría no creen en lo que predican. Esa fe tan humilde, según tú... Demasiados intermediarios para un mosaico incompleto, para un rompecabezas cuyas piezas hay que comprarlas a distintos proveedores y no acaban de casar. Y al final se compone una imagen sombría de nosotros mismos, que nos reduce a meros actores sin norte en un proceso ciego, que el azar ha permitido como podría haberlo evitado... Debemos cruzar este río para pasar por Ca’ Rezzonico.
− Estamos en el Campo de San Barnaba... Es una fe mínima, ya digo, una fe que supone el valor de aceptar las malas noticias. Así es para la mayoría de los intermediarios...
− Yo no veo la humildad de algunos... Dawkins...
− Sí, Atkins, Dawkins o, esta misma tarde, Dennett... Decir que todos los mundos están contenidos en el físico, y que ese mundo físico llegaremos a entenderlo del todo... Eso puede parecer arrogante, pero no pasa de ser una hipótesis de mínimos, pegada a los hechos comprobables...
− Eso es arrogante, difícilmente demostrable...
− Tal vez sea arrogante el tono beligerante con que... Pero es que se defienden de la rígida apelación a lo revelado desde el más allá...

Transitan por calles poco frecuentadas por los turistas, refugiados ya en los restaurantes del otro lado del Gran Canal, fieles a las instrucciones de sus guías. Marchan separados pero próximos entre sí, la iluminación es tenue y el viento, aunque ligero, hace olvidar el falso verano del mediodía.

Si, antes del caos, el azar hubiera holgado hasta concebir todos sus frutos, seríamos sus hijos unívocos, manos exactamente talladas para el guante áureo. Pero somos islas surgidas en el reflujo, ateridos supervivientes, vacuos alegatos frente a retos extinguidos, ecos perturbados de lo que no hemos sido.

− Crucemos por la Lunga de Foscari. Esta tarde pasé por aquí... Pero esa explicación adaptativa, o como la llaméis, parece como si sirviera para deshacer cualquier entuerto: para un roto y para un descosido. Así, el corsé de la evolución parece tan rígido como el de la revelación...
− Bueno, también en esto puede haber fundamentalistas, pero hay cancha amplia para la contingencia...
− No da la impresión de que...
− En relación con el sexo, sin ir más lejos... El placer, el placer disociado de su justificación evolutiva, de la procreación, de su función como mecanismo para asegurar el máximo número de descendientes...
− Hablas como si estuvieras escribiendo uno de tus libros. Eso es lo que nos pierde: tanta racionalización. Las demás especies disfrutan del sol en la ladera, copulan, procrean, fieles a sus deberes evolutivos: todo sin escribir una línea, sin buscar tesoros escondidos.
− No nos pueden contar cómo les va con ese régimen... Estamos en el Campo di San Polo y allí se indica la dirección hacia el puente de Rialto...
− Yo ya no sé dónde estamos... Pero procrear es algo común a cualquier régimen, a cualquier especie. Sólo nosotros hemos inventado los encuentros no productivos...
− No creas: hay censadas más de quinientas especies que han descubierto las gracias de la homosexualidad, desde las jirafas a las ballenas... No sé qué dirá o pensará monseñor sobre eso.
− También me gustaría a mí saber qué piensa tu amigo Atkins. Porque yo no veo cómo esos placeres disociados, como tú los llamas, pueden contribuir al éxito multiplicador...
− ¿A la derecha o a la izquierda? No hay cartel indicador.
− Me parece que tiene que ser a la izquierda... Tu amigo Atkins seguro que le encuentra alguna explicación funcional, pero no es obvio...
− Podría ser un modo más de compensar la sensación de soledad de muchos seres vivos. En cambio, tu amigo Pinker tiene más fácil la explicación: le basta con englobar toda esa casuística en su «tarta de queso», en esa hipótesis suya sobre los subproductos no adaptativos. ¿Le ha invitado Porpora a la fiesta?
− No sé por qué iba a saber yo si le han invitado. Vamos camino de la Ferrovia, según ese cartel... Nos hemos perdido. Pero no nos desviemos. Volvamos a lo de la descendencia...
− Volvamos por donde hemos venido... Para el puente hay que volver... La descendencia, dices...
− Sí, sí, hablemos sin rodeos. Me refiero a que deseo seguir mi instinto natural y tener hijos. Hay algo real, sin necesidad de teorías que lo justifiquen, que me pide tener hijos. No lo llames instinto, si no quieres, pero tampoco intentes analizarlo demasiado...
− Yo no estoy dispuesto a tenerlos. No quiero traer a nadie a este reino de la nada. Y te pido que no insistas: es mi última palabra.
− Mi última palabra: también es mi última palabra...

Han cruzado al fin el puente de Rialto y han torcido a la izquierda, en dirección a Santi Giovanni e Paolo. Andan envueltos en un silencio hosco y triste; van vestidos de fiesta, aunque, antes de salir, pensaron por un momento que no sería necesario acicalarse para un baile de disfraces. Han seguido titubeantes los confusos carteles indicadores, sin preguntar a nadie y sin consultarse entre sí, y han vuelto sobre sus pasos en más de una ocasión, hasta encontrarse por fin ante la cúpula iluminada y la entrada de Santi Giovanni e Paolo, en ángulo recto con la marmórea fachada renacentista de la Scuola Grande di San Marco, tras la que se esconde hoy en día un hospital en toda regla.

Un hedor dulzón emana de la riva dei Mendicanti, como de todas las aguas de la laguna, que aparecen negras, turbias de siglos de palomina y otros excrementos transustanciados, y poco profundas, por siempre a salvo de flotas adversas.

* * *

Se les ha hecho un poco tarde, pero no han sido los únicos, ya que se unen a otros rezagados en el estrecho pasadizo que bordea el río y da acceso a la entrada y al embarcadero del Palazzo Barbarigo-Marcello. Entran al hall de recepción, iluminado por varios candelabros que sobresalen de las paredes laterales en los espacios libres entre cuadros y espejos. Los pesados cortinajes de brocado bermejo y el rico alfombrado acogen tibiamente a los recién llegados. Les reciben dos jóvenes en actitud obsequiosa, vestidos de librea de color azul cobalto, entorchados plateados, calzas verde manzana y zapatillas negras con hebilla de plata. Parecen copias de un mismo clon y, por un momento, Joan los confunde con invitados ya disfrazados, aunque enseguida sale de su error al ver clones adicionales al pie de la doble escalera. Invitan a las damas a que entren por una puerta a su izquierda, que da entrada a un lujoso vestidor donde cuelgan de un largo perchero los disfraces que les han correspondido, debidamente etiquetados. Por una puerta en la pared opuesta deben entrar los caballeros a un amplio gimnasio profusamente equipado. Parece que Porpora no escatima esfuerzos para mantenerse en forma.

Joan duda si desvestirse antes de disfrazarse, pero opta al fin por ponerse encima del traje la gustosísima chilaba color café que le ha tocado en suerte. Duda también si ponerse el antifaz encima de las gafas, pero no encuentra la forma de acomodárselo y se resigna a pasar la velada sin ellas. No será ésta la única circunstancia que contribuirá a difuminar su visión del mundo esta noche. Edurne, en cambio, se disfraza a conciencia con la ayuda de una joven, quien le da instrucciones precisas sobre cómo colocarse una falda de seda carmesí con generosas enaguas y un apretado corpiño de pedrería, para luego encajarle un sombrero a juego con la falda y fijarle una nívea máscara completa, adornada con unas cenefas doradas como la pintura de los labios. Unas puntiagudas zapatillas de fieltro rojo completan su indumentaria. Se mira en el espejo y se sorprende agradablemente con su imagen virtual.

Edurne

Joan y Edurne no se reconocen mientras suben en grupo al distribuidor de la planta noble del Palazzo. Por las dos puertas abiertas del salón de baile se derrama la música alegre y rápida de una polca y se percibe el baile acompasado de los bailarines. Joan elige la puerta de la izquierda y Edurne la de la derecha. No se han vuelto a hablar desde antes de cruzar el puente de Rialto. En la pared opuesta a la balconada hay un hueco para el estrado que acoge a los músicos y sus múltiples instrumentos de forma un tanto apretada, pues apenas hay sitio para los más voluminosos, como la batería, el piano electrónico o el contrabajo, todos ellos en reposo en ese momento, mientras los tres músicos, vestidos de arlequines enmascarados, tocan trompeta, saxo y banjo. Porpora, desde el anonimato de un extraño disfraz de verdugo, observa y controla la fiesta, camuflado en un rincón, su rostro cubierto por una impresionante careta de faz triple en la que cuatro ojos enmarcan tres caras, tres narices y tres bocas: la de la izquierda, triste, la de la derecha, sonriente, y la del centro, abierta hasta la máxima ferocidad y fundida a la propia del disfrazado.

Gaetano Porpora

 Ha elegido con esmero el disfraz de Edurne y la reconoce en el acto cuando ésta entra en el salón. Busca luego la chilaba de Joan y lo ve al fin entrar por la otra puerta.

(Un buen signo que hayan entrado separados −piensa Porpora con satisfacción.)

* * *

Joan está hambriento y sediento, por lo que toma el primer vaso que le ofrece en bandeja uno de los sirvientes clonados. No tardará en darse cuenta de que las variadas bebidas de esa noche, todas largas, frías y cargadas, se sirven siempre en el mismo tipo de vaso y que, sin darse cuenta, ha empezado a jugar una sutil variante de la ruleta rusa. Afortunadamente pasará enseguida una bandeja de medias lunas rellenas de un manjar tan exquisito como difícil de identificar. Se sorprende a sí mismo marcando con los pies el acelerado ritmo del baile, pero no hay pareja a la vista y se siente atraído por la amplísima biblioteca, contigua al salón, donde apenas hay un par de corros charlando en un extremo y pueden encontrarse sillas disponibles. Piensa que tal vez los tertulianos han convenido de antemano el modo de reconocerse, ya que él es incapaz de reconocer a nadie. Bajo dos grandes mesas de estilo regencia, pueden verse infinidad de libros en montones de desigual altura, como si ellos mismos se hubieran refugiado allí de modo provisional. En las estanterías predominan tomos antiguos ricamente encuadernados en piel, pero en un extremo hay tres estantes que rebosan de libros contemporáneos de divulgación científica, muchos de cuyos títulos le son familiares, porque él mismo los ha usado para orientarse en su escritura o los ha reseñado para algún semanario. Lo que quiera que hubiera en el vaso ha tenido el tiempo justo de incorporarse a su organismo y de elevarlo a un plano de eufórico optimismo. En ese momento termina una pieza y decide buscar pareja para la siguiente. No tiene dificultad en encontrar una de talle esbelto y de estatura parecida a la suya.

* * *

Edurne no ha tardado en identificar a Porpora, a pesar de su disfraz de verdugo. Porpora tampoco hace por mantener el anonimato, dándole de inmediato las gracias por haber venido. 

− Ya creía que no ibais a venir.
− Nos perdimos un poco mientras veníamos.
− Venecia es complicada.
− Más complicado es el laberinto emocional...
− Acerté con el disfraz.
− Sin duda alguna.
− Perteneció a mi madre, que hacía más caso a su apariencia que a mí −dice Porpora, acelerando el final de la frase ante la llegada de una bandeja con bebidas.
− ¿Podrían servirme agua? He tomado dos vasos de este brebaje, y ya es suficiente para toda la noche.
− Esta es una noche para la imprudencia. ¡Vamos a bailar!

Porpora es un poderoso bailarín que la hace volar en un vals rápido. Cuando termina, un espadachín de buena estatura solicita a Edurne el próximo baile y Porpora cede con una inclinación de cabeza.

* * *

Joan ha bailado varias piezas y se siente agotado. Acepta el primer vaso que le ofrecen y de nuevo busca algo que comer, cogiendo de una bandeja en tránsito cuatro pequeños bocadillos con distintos embutidos parmesanos. No ha visto a Porpora y no reconoce a nadie. Las sillas libres de la biblioteca han sido ya copadas, por lo que decide explorar otras estancias de la misma planta, empezando por el esplendoroso comedor, cuya mesa central para veinte comensales ha sido habilitada como bufé. Se sirve un trozo de tarta Sacher y un par de petits fours en un plato y toma asiento de espaldas a la calle, entre dos balcones. Tiene una visión borrosa de la pared principal, por completo cubierta por un fresco del siglo XVII que representa una escena mitológica cuyo simbolismo se le escapa. No dejan de entrar y salir damas y caballeros disfrazados que repostan brevemente para luego seguir la fiesta. Enseguida encuentra incómoda la silla Luís XVI que tan bien lo recibió unos minutos antes y decide proseguir su exploración. Entra en una recogida sala de estar, justo en el momento en que una voluminosa dama deja vacante un sillón de orejas, en el cual se sienta. La sala está en penumbra, salvo en el entorno de una lámpara de pie que arroja un círculo de luz sobre la alfombra persa. En el extremo opuesto, una pareja copula sin premuras sobre un sofá. Joan no tarda en quedarse dormido.

* * *

(Soy Dios y Dogo en esta república. He elegido a sus ciudadanos y a cada uno le he asignado un papel, y ahora dejo que el azar escriba el guión de la obra. Bueno, no todo es azar: están mis músicos arlequinados, que marcan el ritmo que yo les dicto, y está mi legión de libreas azules, que actuarán impunes a partir del momento en que su agresiva ubicuidad los haga invisibles... Según mis indicaciones, ellos irán graduando la luz y la temperatura, la composición de las bebidas y la frecuencia con que se ofrecen. Aquí están algunas de las mentes más afiladas del planeta, pero no se percatan ni protestan de mi sutil dictadura. Se creen libres. Sólo Edurne la ha cuestionado al pedir agua... Gran hallazgo, el de mis arlequines, capaces de interpretar cualquier música, y de tergiversarla a indicación mía: tarantelas, polcas, valses rápidos, al principio. También tecno y pop, nada en contra. Luego enfrían el ambiente... con música cool... Mínima en sus manos, y hay que perdonarles su réquiem mozartiano, tergiversado a ritmo muy lento de fox-trot, porque nunca falla. Lo tocan, y no pasan ni veinte minutos antes de que se disuelva mi efímera república.)

* * *

Edurne se siente liberada de cualquier compromiso con Joan y no para de bailar en toda la noche. Ha sido parca en la comida y sólo en una ocasión ha vuelto a probar una de las misteriosas bebidas que dispensan los acólitos de Gaetano Porpora. Ha debido de bailar ya con la mayoría de los hombres y buena parte de las mujeres cuando es requerida por una figura ambigua, que viste una amplia túnica plisada de color celeste y se cubre con una máscara completa azul oscuro. Su nueva pareja lleva la cabeza descubierta y luce una larga y bien peinada melena entrecana. Edurne cree estar ante Steven Pinker, aunque no puede estar segura, y se entrega a la danza con una especial sensualidad que no es correspondida por el desconocido, quien al menos demuestra ser un excelente bailarín. Tras dos bailes y varios intentos fallidos de entablar conversación, Edurne se despide decepcionada de su pareja.

* * *

Joan despierta sobresaltado por unos golpes suaves en el hombro que le está dando Porpora. Se interrumpe así una pesadilla que tiene a éste por protagonista: «La felicidad es únicamente un estado de equilibrio hormonal», le estaba diciendo a cara descubierta el personaje soñado, cuando debe enfrentarse al real enmascarado que lo toma por el brazo y le espeta:

− La noche es joven. Ya habrá tiempo de dormir.
Joan reacciona con lentitud, trata de averiguar dónde se encuentra, consulta el reloj, calcula que deben de llevar más de cuatro horas de fiesta, y dirige su mirada a la pareja del sofá, que duerme plácidamente.

− La noche será joven, pero yo no −contesta al fin.
− Me parece que esos han colonizado a la perfección su nicho cognitivo. Deberías imitarlos −dice Porpora, apuntando a los felices durmientes−. Tú eres joven, maduro y viejo y ninguna de las tres cosas a la vez. La vida no tiene dirección ni sentido, porque carece de destino.
− Ya me explicarás...
− Un día se disipa la mente, luego el individuo, unos miles de células se resisten a morir y al final devolvemos los átomos y moléculas que tomamos en préstamo, y se acabó.
− Mente, vida, materia: el sentido contrario al de vuestra ambiciosa conferencia...
− Ambiciosa o no, ha estado bien...
− Algunos me han parecido más trovadores que... En busca de un sitio entre los libros más vendidos se encuentran a veces algunas verdades, pero el sentido de la vida...
− La vida no es más un conjunto de momentos equivalentes que deben vivirse simplemente, sin preguntarse por lo que no existe y lo que, por tanto, no es ni siquiera incomprensible.
− No pretenderás que te compre a estas horas tanta metafísica barata. Ya lo escribirás en un libro...
− Lo escribiría, no creas, pero no hay demanda. La metafísica está en baja.

Al salir de la sala, Porpora habla al oído a uno de los sirvientes, quien enseguida se acerca a Joan con una bandeja de bebidas. Éste, que tiene mal sabor de boca y está sediento, apura de un largo trago el contenido de uno de los vasos y toma otro en su mano izquierda. A partir de ese momento, las clónicas libreas color cobalto parecen multiplicarse exponencialmente ante sus ojos y van esperándolo en cada esquina para ofrecerle nuevas libaciones.

* * *

(Soy el rey negro en esta partida que pienso ganar. Las piezas se mueven por los cuadros del tablero según cambiantes reglas no escritas que yo improviso para cumplir mis fines. Bastarán mis disciplinados peones para abatir al rey blanco. Luego me quedaré con su reina.)

Porpora hace una señal convenida a los arlequines, que inician una cadenciosa samba, y saca a bailar a Edurne. Forman una pareja tan descabalada en su apariencia como armónica en sus movimientos.

− Música cálida, como debe ser la vida −dice Porpora, tomando a Edurne por la cintura con ambas manos y exagerando un poco el ritmo.
− Prometiste que tocarías jazz para mí.
− Queda noche por delante. Yo siempre cumplo...

Joan

Joan entra en el salón de baile con pasos erráticos y dando muestras de estar desorientado. Alguien lo enlaza por la cintura, arrastrándolo al centro de la pista. Porpora hace girar con sus manos a Edurne y se sitúa a su espalda. Sin soltarla ni perder el ritmo, va encaminándola hacia la puerta y, ya en el umbral, la eleva lentamente con sus poderosos brazos hasta sentarla en su hombro derecho. Así sigue por el pasillo, a paso de samba, hasta que franquean la entrada de la sala de música. Joan mira perplejo a su pareja, que viste una túnica plisada azul celeste, y cree reconocer su cabellera entrecana que se mueve a ritmo brasileño. Ante la súbita revelación de que puede estar bailando con Steven Pinker, frena en seco y se suelta, dejando a su pareja que siga su trayectoria, presa de la fuerza centrífuga. Nunca sabrá si Pinker estuvo siquiera invitado a la fiesta. Está demasiado cansado para hacer averiguaciones y a su alrededor sólo ve formas borrosas de colores exageradamente vivos. Desea volver al hotel y decide ir a buscar a Edurne en el momento en que la orquesta enmudece y los intérpretes parecen prepararse para un descanso. Porpora ha sentado a Edurne sobre el piano, dejando que sus pies se posen sobre el teclado, y ha empezado a tocar algo que Edurne identifica como «’Round Midnight», de Thelonious Monk, otro exalumno de la Juilliard. Joan ha entrado y salido ya en varias estancias cuando oye los acordes del piano. Inicia entonces una sinuosa trayectoria por el pasillo hacia la puerta de donde parecen surgir los sonidos, que cesan antes de que pueda llegar a ella.

Entra Joan en la sala de música para enfrentarse a una escena que tarda varios segundos en poder enfocar, primero, y entender, después. Es Edurne la que está recostada sobre el piano, apoyada en sus codos, con los ojos cerrados por debajo de su máscara, que aparece subida en la posición propia de una visera. Su rostro delata un intenso placer. Sus pies descalzos asoman por debajo de su falda, apoyados por los talones en las espaldas de Porpora, que está sentado en la banqueta del piano, con las manos apoyadas en el teclado y el torso y la cabeza ocultos bajo la seda carmesí.

La excepcional lengua de Gaetano Porpora ha logrado colonizar por fin su nicho cognitivo más ansiado y su proverbial elocuencia ha encontrado el más sublime de los foros posibles. Joan queda atónito, paralizado, sin digerir lo que está viendo, hasta que de forma inconsciente se aproxima a la extraña quimera y golpea con una mezcla de rabia e impotencia uno de los brazos hercúleos que se apoyan sobre el piano. El brazo se pone en movimiento, lento y poderoso, para empujar al intruso sin golpearle, lo que basta para hacerle retroceder, dando traspiés, hasta chocar contra la pared y quedar sentado en el suelo. Desde allí Joan puede ver cómo la quimera se transfigura y se pone en movimiento hacia la puerta. Los blancos muslos de Edurne brillan ahora alrededor de la cintura de Porpora, cuyos pasos deben dirigirse hacia alguna recóndita estancia de una planta menos noble del edificio, donde acabará de exponer ante Edurne, con toda la calma del mundo, hasta la última sílaba de su discurso. Su elocuencia no reside exclusivamente en la lengua y tiene necesidad de encontrar plena expresión. Edurne se ha enfrentado a un misterio que ni siquiera se insinuó en la conferencia.

Joan sigue en el suelo un buen rato, completamente anonadado, y al fin logra sacar fuerzas de donde no las tiene para levantarse. Quiere volver al hotel. Se dirige titubeante a la escalera, que baja a trompicones. Cruza el hall de entrada como quien ha tenido una visión de la strega. Está a punto de cruzar la puerta de salida cuando oye a sus espaldas una voz que parece reclamarle el disfraz. Vuelve la cabeza sin intención de detenerse y sin quebrar su trayectoria que cruza el estrecho pasadizo de acceso al palacio y lo lleva de cabeza a las frías y oscuras aguas de la riva dei Mendicanti. 

Joan ha tocado fondo, un espeso légamo putrefacto que casi le aprisiona los pies. Está a punto de abandonarse, de ceder a un destino que parece inexorable, cuando de algún oscuro recoveco de su organismo surge una orden inapelable que induce en los músculos de sus piernas el preciso mecanismo del salto. Un segundo después, Joan tirita, curado de celos y espantos, agarrado a uno de los protectores del embarcadero del Palazzo Barbarigo-Marcello.

Alguien lo ha visto caer y ha avisado a las emergencias del contiguo hospital de la Scuola Grande di San Marco. Una lancha ambulancia está en camino. Venecia se hunde y las aguas del planeta se elevan. Un día no lejano, Venecia quedará bajo las aguas. Cada noche son decenas quienes deciden buscar el fondo subacuático, adelantándose así al destino inevitable de la ciudad, y la ambulancia recoge sólo a los arrepentidos, pues la laguna nunca devuelve los cadáveres de los ahogados, los cuales acaban disueltos en sus corrosivas aguas.

17/03/2016

 
COMENTARIOS

María 04/05/16 21:14
¿Va a continuar "Enredos científicos en Venecia?
Espero su respuesta.
Gracias

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