Adónde vamos

por Francisco García Olmedo

Palazzo Grassi

Ciencia en la ficción: en esta serie narrativa por entregas, la ciencia no es ficticia y se presenta tal como se discutió en una reunión real sobre Evolución que se celebró en Venecia en 2006. Se cubrieron el universo, la vida, la mente, el lenguaje, la religión y, en menor medida, las artes plásticas y la música. La expresión «ciencia en la ficción» fue acuñada por Carl Djerassi.

En capítulos anteriores: Joan y Edurne han llegado a Venecia para asistir a un simposio sobre evolución. Hay ciertos problemas entre ambos. Joan percibe que Edurne coquetea con Gaetano Porpora y con Steven Pinker. Lisa Randall ha desarrollado la noción de multiverso. Margherita Hack describe cómo al enfriarse el universo van generándose los distintos tipos de estrellas. Porpora se hace el encontradizo con Edurne, la acompaña al conservatorio y, finalmente, le enseña su palacio.

5. Adónde vamos

En la recepción del hotel, Joan ha cogido un periódico local y ahora lo lee, tendido en la cama. Casualmente ha llamado su atención un artículo sobre la exposición que más tarde van a visitar en el Palazzo Grassi. «¿Adónde vamos?» es tanto el lema de la muestra como el título del artículo. Cae en la cuenta de que ése puede ser también el lema implícito de la conferencia. Por un momento piensa con ingenuidad que quizás el arte pueda contestar mejor a esa pregunta, ya que, a juzgar por la experiencia del día, no parece que la ciencia vaya a dar muchas pistas sobre ello. Se siente frustrado intelectualmente, acaso un síntoma más de su depresión. Con frecuencia ha venido oyendo noticias sobre grandes progresos en el conocimiento del cosmos y esperaba ponerse al día sobre ellos en esta singular ciudad, pero todo lo que ha conseguido hasta el momento ha sido reavivar su consciencia de la inmensidad de lo que se desconoce.

(¿Adónde voy? ¿Adónde vamos Edurne y yo? Nuestras órbitas se han solapado durante unos años… Ahora parecen divergir: la suya, hacia arriba, hacia una mayor turbulencia y la mía… en declive, hacia el sosiego, hacia la contemplación. La geometría de una órbita es calculable, previsible, pero no respecto a los parajes en que ha de adentrarse. Sobre qué paisajes nos esperan, hostiles o placenteros,  nada sabemos. Nada sé, nada puedo saber. Me siento inerme ante los presagios…)

«Monsieur François Pinault, el conocido magnate de la industria del lujo −Gucci, Yves Saint-Laurent, Printemps…−, propietario del equipo de fútbol de Rennes, los supermercados culturales FNAC, las bodegas Château-Latour, el Teatro Marigny, el semanario Le Point y la casa de subastas Christie’s, por citar sólo algunas de sus propiedades, es el nuevo dueño del Palazzo Grassi, la joya arquitectónica que los hermanos de dicho nombre construyeron para dar cuenta de su estatus de nuevos ricos, banqueros como habían sido de la última contienda de la República de Venecia frente a los turcos. El Palazzo albergará grandes exposiciones artísticas, empezando por la actual, que bajo el título de ¿Adónde vamos? exhibe una selección de obras de la gran colección del nuevo propietario. Monsieur Pinault, quien, como en su día los Grassi, inició su fulgurante carrera empresarial en el comercio de la madera, ha decidido recientemente dedicar toda su actividad a la colección de arte.»

Joan ha mantenido siempre la puerta abierta a la novedad artística, o tal vez fuera más exacto decir que la ha mantenido entornada. Le gusta que distintas obras exhalen distintos aromas, pero rechaza de plano las que cree que apestan, y espera siempre que la contemplación de una pieza artística le provoque algún tipo de sensación, placentera o no, pero tolera mal la sensación de asco o la de que están tomándole el pelo. Aprecia la originalidad y la novedad, pero sólo acompañadas de la relevancia, y estos condicionantes, con lo que ha caído en el último medio siglo, le han llevado a un intuitivo rechazo de una buena parte de la obra plástica que se ha cruzado en su camino. Ahora, leyendo entre líneas el hagiográfico artículo de prensa sobre Monsieur Pinault y su colección, va poco a poco predisponiéndose en contra de lo que va a ver. Es como si el periodista, obligado al elogio, no hubiera renunciado a dejar ciertas pistas sobre sus verdaderas opiniones. El breve recuadro en que se consignan las credenciales de la comisaria de la exposición, Alison GingerasAlison Gingeras. Poco después de la exposición del Palazzo Grassi fue nombrada por François Pinault conservadora de su gigantesca colección de arte contemporáneo., acaban por empujarlo al rechazo prejuzgado:

«Mostrar el culo en una revista de arte pudiera servir como eficaz lanzamiento de una rutilante carrera de comisaria o curator de exposiciones internacionales. Esto sugiere la trayectoria profesional de la comisaria de la muestra actualmente expuesta en el Palazzo Grassi. En efecto, así parece que empezó Alison Gingeras, exponiendo su joven trasero en las páginas de Artforum, bajo la dirección del conocido artista Piotr Uklanski. La foto se publicó acompañada de un sesudo ensayo, escrito por la propia dueña de la mencionada pieza anatómica: «Representando el yo» se titulaba el artículo. Alison, que es rubia, tiene poco más de treinta años y parece una estrella de hip-hop, nada con igual soltura en dos ríos tan revueltos como son el del arte y el del comercio, y se dice de ella que es capaz de entenderse sin problemas con las distintas clases de cocodrilos que en ellos pululan. Desde la famosa foto-con-ensayo, su trayectoria ha ido desde el Centro Pompidou al Guggenheim de Nueva York, y de allí a Venecia, donde Monsieur Pinault le ha confiado su exposición.»

Alison Gingeras en las páginas de Artforum, retratada por Piotr Uklanski

* * *

La lectura del tendencioso retrato de Alison Gingeras ha mejorado el humor de Joan, quien ha dejado el periódico para dar una cabezada. Veinte minutos más tarde, lo despierta Edurne, que acaba de entrar en la habitación.

− Aquí estoy, más bien cansada. Voy a darme una ducha. Toma este librito. Te lo ha comprado Gaetano. Es sobre las palomas, se titula Vita segreta dei piccioni di San Marco −dice en tono alegre, decidiendo no mentir sobre el origen del regalo.
− ¿Gaetano? ¿Has estado con él?
− Sí, me lo encontré en el vaporetto.
− Pero dijiste que ibas a ir al conservatorio.
− Fui a ver al profesor Fasan y Gaetano me acompañó.
− Te acompañó…
− Debí haber avisado a Fasan de mi visita, porque estaba ocupado y sólo pudo atenderme un cuarto de hora…
− Un cuarto de hora…
− No repitas lo que yo digo.
− Sólo trato de entender, de no perder el hilo…
− Fue muy útil…
− Gaetano.
− No, Fasan. Me ha conseguido copias de la correspondencia de Stravisnky con el cardenal Roncalli…
− Cardenal Roncalli.
− No repitas…
− Juan XXIII.
− He visto por dentro varios palacios.
− Con Gaetano.
− Sí, con él. También he visto el suyo. Es fantástico.
− Gaetano.
− No, su palacio. No me habías dicho que nos había invitado a una fiesta.
− Te lo digo ahora. Nos ha invitado a una fiesta.
− Te estás volviendo insoportable. No eras así. Venecia te está cambiando.
− Sí, me está cambiando. A ti también.
− Me voy a la ducha antes de que me suba el cabreo.

Joan hojea el folleto de Vito Torcello, quien en el prólogo dice descender por línea directa del zoólogo Stefano Torcello (1745-1817), un discípulo y coetáneo de Lazzaro Spallanzani que tuvo a su cargo los piccioni messaggeri de la República de Venecia. Estos constituían el sistema nervioso de la Serenissima, y la pequeña Isola dei Piccioni, próxima a Murano, donde Stefano había establecido el columbario, era el centro neurálgico de toda la información estratégica y secreta de la República. De los últimos confines de los dominios venecianos, de Morea, Candia y Corfú, sus reinos en Levante, de Mistras y de Gallipoli, llegaban a la Isola puntuales noticias de victorias y derrotas, de negocios felizmente consumados y de naufragios. En los tiempos de gloria, el columbario no daba abasto, y las largas distancias que las palomas habían de salvar en vuelo, desde Persia o desde Constantinopla, actuaban como factor de selección natural: sólo llegaban a la Isola las más fuertes, que eran las que en su momento procrearían y dejarían descendencia. Pero en vida de Stefano Torcello, la decadencia del poderío veneciano fue haciéndose progresivamente manifiesta hasta que Napoleón levantó su acta de defunción, la demanda de servicios de mensajería fue disminuyendo hasta extinguirse y las palomas, dadas a la molicie, fueron perdiendo vigor al tiempo que procreaban sin tasa.

El autor del folleto dice ser empleado de correos y confiesa que carece de conocimientos biológicos. Basa su decisión de darlo a la imprenta en su mala memoria, que le hace temer por la pervivencia de una historia que se ha transmitido oralmente de padres a hijos. Se cree también en el deber de sacar de la oscuridad a la figura de su ilustre antecesor, injustamente ausente del registro histórico. De creer al poco fiable cronista en sus imprecisas descripciones, el Torcello dieciochesco se habría adelantado a Darwin en más de un siglo, al entender la esencia de la selección natural y aplicar su conocimiento a la realización del primer experimento diseñado por un ser humano de selección artificial con animales:

«Las palomas superpoblaron la Isola dei Piccioni, y andaban amontonadas y hambrientas; la Serenissima, prácticamente arruinada y sin necesidad ya de sus antes bien apreciados servicios, asignaba cada vez menos recursos para su manutención. Stefano Torcello no sabía qué hacer con ellas y la situación estaba haciéndose insostenible hasta que una observación casual le sugirió una idea brillante. Paseando por la Piazza di San Marco, se fijó en que algunas de sus palomas estaban comiéndose los restos de comida que habían dejado los innumerables turistas que desde hacía ya unas décadas visitaban la ciudad, atraídos por los casi permanentes carnavales y la vida licenciosa que le habían dado fama. Se le ocurrió entonces instalar en la plaza unos puestos de cucuruchos de almortas para las palomas, servidos por unos arlequinados vendedores que animaban a los turistas a comprarlos. Al final todas las palomas de la Isola se acostumbraron a pasar el día en la plaza como si de asistir a un trabajo regular se tratara. Enseguida llegaron las protestas, porque las palomas eran demasiadas y lo ensuciaban todo, circunstancia que empujó al inventivo Torcello a diseñar el verdadero experimento.

Empezó por medir la plaza y decidir que el número de palomas por cada metro cuadrado no debía ser superior a tres. Calculó así el número de nichos de pernocta que se mantendrían en la Isola. Las primeras palomas que volvían al atardecer eran las que mejor habían tolerado el rudo trato y los caprichosos juegos de turistas y transeúntes, e iban ocupando sus dormitorios hasta cubrir el cupo, y las que llegaban más tarde, cuando todos los nichos estaban ocupados, eran sacrificadas en un matadero que se construyó a tal fin. Las mejor nutridas eran desplumadas y parcialmente deshuesadas para ser distribuidas por ciertas posadas y restaurantes selectos, que las cocinaban según una receta de paloma rellena muy en boga entonces, cuyo secreto había sido traído nada menos que por Marco Polo desde la lejana corte del Kubla Khan; las meramente saludables se desplumaban y escabechaban allí mismo y eran vendidas a establecimientos menos refinados; y, finalmente, las viejas y enfermas se sacrificaban sin más y se trituraban junto con la palomina para dar un producto que, mezclado con lodos desecados procedentes de la laguna, daba lugar al famoso abono veneciano, secreto del éxito de los hortelanos del Véneto.

La brutal presión selectiva que supuso mantener constante la población de palomas hizo que éstas evolucionaran rápidamente hacia un mayor descaro, una tozudez desmedida y una nada desdeñable agresividad. En resumen, el experimento de selección artificial de Stefano Torcello dio lugar, de hecho, a una nueva especie de paloma que, con el tiempo, fue invadiendo las grandes ciudades del mundo, ciudades que, al no disponer como Venecia de una eficaz e inclemente brigatta sanitaria dei piccioni, tienen sus edificios más representativos en grave peligro de corrosión generalizada. Para esta nueva especie urbana propongo sustituir el nombre de Columba livia, propio de la paloma campestre y mensajera, por el de Columba torcelli, en justo recuerdo de su creador. En la misma línea de hacer justicia histórica, también debería dársele el nombre de Torcello al bioquitamanchas basado en la posfermentación de la palomina, que desde que lo inventó mi antepasado, se ha fabricado sin interrupción, aunque de forma subrepticia, en la Isola.»

Joan interrumpe su lectura cuando sale del baño una Edurne alegre, recién duchada y acicalada, que le causa un auténtico vuelco en el corazón.

* * *

Edurne y Joan han venido andando desde el hotel, cogidos del brazo como recién casados. Siguen formando una espléndida pareja. Joan ha vuelto a ponerse su mancillado traje, que ya no guarda traza de la agresión sufrida, y Edurne luce un etéreo vestido plisado de seda, color verde oscuro. Han llegado al Palazzo y lo han rodeado para admirar las sobrias y armónicas fachadas, que se han cubierto para la ocasión por una red de color rosa chillón, lo que confiere al edificio un aspecto de haber sido diseñado por un pastelero. Frente a la fachada que da al Gran Canal, como aperitivo, se topan con el gigantesco Balloon Dog, de Jeff KoonsJeff Koons y Damien Hirst, entre otros, producen arte a escala industrial, con la ayuda de obreros. En el momento culminante de la crisis financiera, en 2009, Hirst tuvo que hacer hasta un ERE. Han sido acusados ‒con la connivencia de galeristas, comisarios, críticos y golfos varios‒ de manipular el precio de sus obras y llegar a alterarlos incluso en las subastas., una réplica exacta, en color magenta y a escala desmesurada, de uno de esos perros que, en los parques, los vendedores de globos anudan en un pispás ante los asombrados ojos de los niños.

(Koons ha debido de comprar uno de esos globos transfigurados y luego irse a una empresa hi-tech para que se lo agranden lo más posible en el mejor y más costoso acero inoxidable. A Koons no parece gustarle que le pinchen sus globos −piensa Joan−. Un artista de ordeno y mando: hágame estos calzoncillos en latón esmaltado, color rosa, aumentados veinte veces, botones de nácar… No, no importa el precio, estamos hablando de un producto de alto valor añadido.)

Cuando entran al bellísimo patio central, las mesas están ya dispuestas para la cena, presidida por Hanging Heart, otro falso globo que, con sus toneladas de peso, burla claramente la ley de la gravedad.

Balloon Dog, de Jeff Koons, delante del Palazzo Grassi

− El post-pop es tan alegre… −dice con entusiasmo Edurne.
− Pop, pop-pop. Pop, post-pop. Pop, neo-pop… −tararea Joan a ritmo de rap.
− No seas ganso. ¿Es que no te gusta?
− Sí, sí, bonitu, bonitu, San Valentín, mi cumpleaños, McDonald’s… Espero que aquí las hamburguesas y los perritos calientes sean de calidad. ¿Te imaginas una salchicha del tamaño de una pierna del Balloon Dog?
− El cambio de escala cambia el significado del objeto.
− Yo no veo más cambio que el de un juguete para niños en uno para mayores aburridos. Si reprodujera las llaves de mi llavero a la escala de ese corazón, el cambio habría sido de objetos útiles a…
− Parado… Tienes el reloj parado, Joan.
− Un reloj parado a nadie engaña, pero un reloj que adelante sin pausa nos empuja al manicomio.

(Peligroso seguir replicando, lo dejaré en tablas… Estos pugilatos siempre los pierdo. Es mal consejero este arte, saca lo peor de mí… Edurne es lo mejor que me ha ocurrido y no sé por qué me empeño en irritarla, o por qué me irrito con ella con tanta frecuencia ahora, o por qué me empeño en llevarle la contraria, esta noche debo ver por sus ojos… Comprenderla, esta noche… Ese artículo del periódico no es para ponerse de tan mala leche, después de todo, últimamente siempre reacciono por exceso o por defecto, pero nunca con serenidad, estoy haciéndome un cascarrabias.)

Esperan pacientemente al pie de la escalera principal a que se forme el primer grupo para la visita guiada. Los guardas y los vigilantes destilan elegancia, vestidos de negro, como sacados de una película de James Bond. Por el hueco de la escalera parecen caer gotas de lluvia vivamente coloreadas: según el catálogo, se trata de una instalación temporal de Urs Fischer, titulada «Violencia de otro tiempo», y las mil setecientas gotas están «hechas a mano». «Extravagante como el pop, poético como el povera...», se resalta más adelante. Y, sobre todo, hecho a mano.

(Este artista no es de los de ordeno y mando −piensa Joan.)

Edurne oye un fragmento de la conversación que mantienen junto a ella dos señoras muy elegantes:

− Figúrate, más de dos mil obras, todas del último medio siglo. Aquí sólo expone doscientas…
− Eso no es coleccionismo. Eso es bulimia.
− François es un alquimista que convierte el humo en lujo y el lujo, en oro.

* * *

«En nombre de Monsieur François Pinault, les damos la bienvenida al Palazzo Grassi y a esta muestra selecta de las obras de su colección. Monsieur Pinault quiere compartir con un público heterogéneo sus vivencias como amigo de artistas y el fruto de sus desvelos de muchos años, su experiencia de coleccionista comprometido que siente y ama el arte de su tiempo.

«El título de la exposición que, como ya saben, es ¿Adónde vamos?, alude a las célebres tres preguntas que formuló Paul Gauguin y que plasmó en un cuadro −¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos? ¿Adónde vamos?−, preguntas que, más allá de la pintura, tienen una intención claramente metafísica, al plasmar el simbólico dilema humano en los albores de la modernidad.»

(Y yo que creía que esas preguntas venían de más antiguo… Ahora resulta que son de ayer mismo. Nunca es tarde para aprender cosas nuevas −piensa Joan.)

«Por encargo de Monsieur François Pinault, el conocido arquitecto minimalista Tadao Ando ha restaurado el interior del Palazzo, desmantelando una intervención anterior de Gae Aulenti.

El emblema de la exposición es el cuadro de modestas dimensiones que pueden ver en el primer rellano de la escalera. Este Sin título, que parece a primera vista una bandera pirata con la calavera y las dos tibias, es obra de Piotr Uklanski y juega con la figura del mecenas, la de Monsieur François Pinault. Es, por así decirlo, un retrato de su espíritu, obtenido mediante una termografía de rayos X de su cabeza y sus huesos.»

(¡Qué cabrón! Uklanski empezó con el culo de la comisaria y ha seguido con los interiores del mecenas: aquí, el que no corre, vuela. Este ha entendido de qué depende el valor del arte: de cuánto te pagan y de en qué sitio cuelgan tu obra −piensa Joan.)

(Ya está Joan con el ceño fruncido. De un momento a otro dirá una impertinencia. Es un malasombra, cada día está más malasombra.)

− Me gusta la sensación de estar bajo esta lluvia arcoíris −apunta una Edurne sonriente.
− ¡Canta bajo la lluvia! No te prives, nadie va a protestar. Creerán que es parte del espectáculo −dice Joan en broma, mientras toma la mano de Edurne para subir la escalera. Pone cara de bobo al pasar delante de la radiografía de Monsieur François Pinault y Edurne tira de él con cierta brusquedad.

(No son gotas de agua, sino de sangre, la lluvia roja que asoló el antiguo Egipto, una de sus famosas plagas: esa es la antigua violencia a que alude el título… Pero no debo estropearle la fiesta a Edurne, ella está bien viva y yo no hago más que revolcarme en el desencanto.)

«Aparte del prólogo, del ground zero de la exposición (McDonald’s, McDonald’s, San Valentín, perritos calientes −piensa Joan), lo que se muestra no sigue un orden cronológico, sino temático. Empezaremos con las obras agrupadas bajo la divisa «Descifrando la vida moderna», entre las que resalta la pieza que tienen ante ustedes: «Él», de Maurizio Cattelan.»

En la sala vacía, hay una frágil figura infantil, de rodillas, con una cabeza ligeramente desproporcionada, de cara a un rincón, como cumpliendo un castigo, y vestida de forma anticuada, con chaqueta y pantalón corto, calcetines altos y zapatos bien lustrados.

− ¡Es Hitler! Castigado, como debe ser…−exclama Edurne, rodeando la figura.

(El artista consiguió su probable objetivo: sorprender a alguien. Habrá que ver qué queda después de la sorpresa. ¿Cuál hubiera sido la reacción si no estuviera mirando al rincón?)

− Poco castigo me parece… −dice Joan, procurando sonreír.

La siguiente sala parece estar en obras, a juzgar por la exclusiva presencia en ella de un trozo de valla metálica y de una barra de cortina sin cortina, tirada en el suelo con todas sus arandelas y prendedores en completo desorden. Los ojos se van automáticamente al rico techo que mandaron pintar los Grassi.

«Arte post-povera. Monsieur François Pinault es uno de los mayores coleccionistas de povera

(Esto es más bien arte inmobiliario posbélico. Edurne ni siquiera se ha sorprendido −piensa Joan, ausentándose mentalmente de lo que están mostrándole.)

− Continente derrota a contenido: pasa con frecuencia en estos tiempos −dice Edurne, quizá con otro ejemplo en mente.

Bajo las divisas «Material como metáfora» y «Estilos de negación», que no son mutuamente excluyentes, Joan piensa que podría haberse puesto la totalidad de la muestra, aunque se sentiría feliz con un Rothko en su casa o tal vez con un Warhol, y no le disgusta echar un vistazo a algunas obras de Cy Twombly o de Bernard Frize. Edurne tiene, en cambio, gustos más católicos y una actitud receptiva, abierta a posibles sorpresas en ese laberinto selvático en el que no parece que se distinga entre arte y moda, entre la galería de exposiciones y el escaparate, sea éste de una tienda de lujo o de unos grandes almacenes.

(Ni pop, ni pap: todo es apariencia, brillo, da igual que no lleve prefijo o que lo lleve. No importa a qué se llame minimalismo, povera, informal, nuevo-realismo, pop-revisitado, nuevo-expresionismo, neo-geo, abstracto-europeo o humanismo poshumano: es irrelevante qué pretende ser perturbador, transgresivo, provocador o «épatante». Nada de eso me importa: lo que me importa es buscar y encontrar algo que me eleve, que signifique algo para mí, y el reto es adivinar qué se salvará del naufragio, cuál será la mínima fracción de esta enorme masa sin digerir que llegará a ser apreciada por nuestros descendientes. Parece como si este señor francés hubieraa querido comprar todos los billetes de esa lotería. A mí me bastan unas pocas intuiciones para hacerme la ilusión de que estoy en el juego, para pasármelo bien −piensa Edurne.)

«La cuarta divisa es “Esto es hoy”. Aquí está lo más palpitante, la tendencia del último minuto, lo que humea recién salido del horno. Aquí cabe añadir al pie de cada obra no sólo la firma y el año, sino también el día, la hora y el segundo de su terminación.»

Joan y Edurne oyen esas palabras mientras contemplan cómo una arrugada bruja expele por su vagina una sarta excremental de sanguinolentas salchichas, mientras los labios del orificio sonríen aliviados. Por primera vez desde que entraron en el Palazzo se sienten en completa sintonía, sin necesidad de expresarlo en palabras. Y así siguen cuando se encuentran con el «Cerdo mecánico» de Paul McCarthy, que es, en realidad, una descomunal cerda durmiente, hecha en silicona, que mientras respira, mueve las pezuñas, sus ubres palpitan y el esfínter anal guiña como el ojo de un demonio. Se toman un respiro con un mero tractor caterpillar reproducido en aluminio a mitad de escala:

«Es una réplica exacta. Está reproducido pieza por pieza y el artista tardó ocho años en completarlo.»

Joan y Edurne se sienten agradecidos de que les hayan hecho ver un mérito que de entrada no han sabido apreciar, pero esta buena sensación no dura mucho, porque enseguida han de contemplar la enorme pieza de vacuno que el ínclito Damien Hirst11 ha seccionado y distribuido en doce cubos transparentes que levitan algo distanciados entre sí, aunque, eso sí, respetando las posiciones relativas que el arduo proceso evolutivo ha asignado a cada parte de la anatomía.

(Es un arte que nos lleva al matadero −piensa Edurne.)

La sala se completa con embriones en formaldehído, vitrinas repletas de píldoras medicinales de todos los colores y esqueletos de reptiles y aves, limpiados hasta una blancura impoluta.

− Pinault es, desde luego, el mayor coleccionista de arte agropecuario del planeta −dice Joan.
− Yo lo llamaría más bien arte fecal… y sobran los esqueletos −comenta Edurne.

Damien Hirst

− No, a mi me parece una excelente idea convertirlos en objets d’art, sobre todo si son de paloma. Tengo que terminar de leer el folleto de Torcello. Lo mismo ésta es en realidad una de sus invenciones. ¿Te imaginas si Pinault  pusiera de moda los esqueletos de paloma en los museos y colecciones del mundo? Se solucionaría el problema…
− Esta sala me recuerda el pequeño museo de historia natural de mi colegio en Inglaterra. Sólo falta el cabrito de ocho patas.

«Aquí pueden contemplar la conocida pantalla de seda de Barbara Kruger, de clara intención metafísica. Esta avariciosa mano sin dueño sostiene un cartel que resume en el latín contemporáneo la esencia de nuestro tiempo: I shop, therefore I am; Voy de compras, luego soy.»

(Esta Barbara sí que ha sabido captar el alma de Pinault, aunque la idea de la bandera pirata tampoco es desacertada. Eso es lo que me ha irritado del artículo anónimo que he leído en el hotel: el enaltecimiento de la piratería. Los neopiratas y los neotraficantes son, desde luego, los héroes de nuestro tiempo, aunque, bien pensado, lo han sido en todos los tiempos, en todos los terrenos. Desde luego, son los más admirados… Arnault, otro que tal baila, creía haber comprado Gucci en buena ley cuando, en realidad, Pinault le había pirateado la pieza. Ar-nault contra Pi-nault: entre pillos anda el juego, y el que no lo aprenda… El mejor tramposo, el más aplaudido… La trampa como suprema hazaña… Comprar barato para vender caro. Un tercio de la fortuna en paraíso fiscal, por si se tuercen. Primero sube la Bolsa, luego el ladrillo, luego se pone por las nubes este arte estúpido para tiempos estúpidos, y sólo los avisados neonaults saben saltar a la comba sin perder el ritmo, lo que no tiene tanto mérito si se considera que son ellos mismos quienes lo marcan y lo anticipan: no en vano, dominan el arte de la subasta y la perfidia de la moda. Precio es igual a calidad: ladran, luego publicitamos. Edurne está a la altura de los tiempos, Edurne es capaz de sobrevivir a la riada sin mancharse, pero yo ando descolgado y me ahogo. La imaginería no es necesariamente arte: si Marcel Duchamp levantara la cabeza, no se le mearían en su famoso urinario, sino encima, porque ya no son los artistas quienes apabullan a los burgueses sino que son los neonaults los que defecan sobre los artistas. Su estiércol es más corrosivo que la palomina, y ay de ti si te cae encima, porque no hay quitamanchas que te salve. Primero los mercaderes intermediarios usurpan el gusto de los que administran la hucha común y dictan el gusto de los mecenas, y se hacen dueños del teatro, de los actores y del público, poniendo a sueldo a comisarios y a críticos; luego esos mercaderes se disfrazan de mecenas que compran y venden y hacen del artista una figurilla de veleta que cambia de orientación, ajena a la dirección del viento. ¿Adónde vamos? Visto lo visto, cuesta abajo… Pronto estaremos a cotas subacuáticas, porque esto se hunde más deprisa aún que Venecia, y las aguas del planeta no dejan de aumentar su nivel. Las alas de las palomas de San Marco devendrán en aletas para que éstas puedan ocupar el nuevo nicho ecológico que se creará, que está creándose ya. Y podemos imaginarlas buceando, mientras examinan los pecios de este naufragio, preguntándose qué habrá sido de los turistas que les daban sentido. Así debía ser antes del Big Bang, un bodrio de este calibre. Si ahora tomáramos todo esto de nuevo, a Pinault y a Gingeras, a todos nosotros, desorientados turistas en una ciudad que se hunde, a las palomas… No hay que olvidar a las palomas. i concentráramos todo en un punto de densidad y temperatura infinitas, reducido todo a sus componentes subatómicos, entonces, primero ¡Big!... y luego ¡Bang!, barajaríamos de nuevo y tal vez saliera una mano más favorable. Más vale que no siga con estas visiones apocalípticas, porque puedo lesionarme de un modo irreversible. Mejor será que me serene, que la noche es larga −piensa Joan.)

(Como creo que dicen los economistas, no había visto nunca hasta qué punto la moneda falsa puede desplazar a la auténtica. En esto me identifico con Joan: las salchichas de colores arrinconan al único Tàpies que se han dignado colgar, o a los Rothko, que quedan eclipsados. Estoy con Joan, aunque está haciéndose cada vez más intolerante ante lo nuevo, está cerrándose en banda y no hay quien lo saque del hoyo que él mismo está cavándose… Mira que lo intento, pero creo que es inútil… −piensa Edurne.)

* * *

Edurne y Joan han bajado las escaleras desde el tercer piso, sumidos en sus propios pensamientos. Al llegar al patio, un camarero les ofrece una copa y enseguida se encuentran con Vittorio y Francesca. Esta última es restauradora y no parece muy entusiasmada con lo que acaba de ver, aunque no tiene oportunidad de explayarse porque enseguida se les une Gaetano Porpora, quien acaba de entrar al Palazzo.

− Te has perdido la exposición −le dice Edurne a modo de saludo.
− Perdido… Perdido no es el verbo. No se pierde lo que no se tiene, lo que no se desea… −contesta Porpora con un toque de sorna.
− ¿No te interesan las últimas corrientes?
− Nada después de Auschwitz… Nada… Dijeron que no se podría escribir poesía después de Auschwitz, y yo pienso que ni poesía ni nada…
− Pero no entiendo lo que quieres decir, porque sí que se escribe y se pinta y se hace arte… Este Pallazo está a rebosar de supuestas obras de arte.
− Supuestas. Tú misma lo has dicho. El artista ha perdido la inocencia y, lo que es peor, la ha perdido el destinatario de su arte. Los ojos de quien ha de contemplar el milagro de un arte nuevo ya no creen en los milagros. Bueno, los tuyos, todavía, parecen esperar sorpresas.

(Este hombre parece sólido en su roca −piensa Edurne−. Ve el mundo con seguridad en sí mismo y contagia a los demás esa sensación. Sus pensamientos cortan como cuchillos. Parece saber lo que quiere y estar dispuesto a trabajar para conseguirlo, y no le interesa la experiencia por la experiencia. Es como si supiera evitar a priori lo que no le va gustar, como si dijera: «¿Y si no me gusta, por qué lo voy a comer?», sin aceptar la lógica de «¿Y si no lo has probado, por qué sabes que no te gusta?»)

Deciden ocupar juntos para la cena una de las grandes mesas redondas, arrastrando con ellos a los discípulos de Vittorio. Acaban cubriendo todos los sitios libres, excepto uno a la izquierda de Joan, que es finalmente ocupado por un desconocido que se presenta a sí mismo como Antonio Storni, presidente de una ONG cuyas siglas nadie es capaz de retener. Edurne se ha sentado junto a Joan, y Gaetano, a la derecha de ésta. Durante la mayor parte de la cena, Gaetano monopolizará la conversación de Edurne.

− Eres un hombre contradictorio.
− Eso no es pecado grave. Ya me has acusado esta tarde de lo mismo. ¿Tienes más de qué acusarme?
− Acabas de decir eso de nada después… Es una actitud que no casa con que te guste tanto salir en televisión, al menos eso me han dicho: que te pirras…
− Habrá sido Vittorio, pero no importa: tiene razón, la televisión es lo mío, sirvo para ello, sí, me gusta, llego a la gente con algo que necesitan, y me encantan los beneficios colaterales, porque seguro que Vittorio te habrá fantaseado con mi dominio de las azafatas. Eso es lo que hace siempre. Pero no veo el problema. No había televisión antes del Holocausto.
− ¿No necesita la gente nada de este arte que te has negado a contemplar esta tarde?
− No. Lo que necesita es que no le vengan con esas monsergas decadentes, la gente necesita que le alegren la vida, que le hagan ver que merece vivirse: cosas así. La capacidad de arte visual es una de las gracias de la especie humana, pero la de apreciarlo ya la tenían los pavos reales y muchas otras especies. Lo que se creó en dos y tres dimensiones en el Paleolítico Superior, hace al menos treinta mil años, ya era tan moderno como lo que llena este palacio, cumplía los mismos requerimientos cognitivos, la misma capacidad simbólica y la misma percepción anatómica. El arte nació en África, antes de dispersarnos por el mundo. Los primeros dibujos no eran distintos de los productos involuntarios del sistema visual: todo estaba en las neuronas. Ahora se sabe que el arte y el lenguaje comparten algunos de los circuitos neuronales requeridos. Bueno… Perdona el sermón, pero la verdad es que el arte, para no estancarse está evolucionando hacia atrás… Lo repito…  Perdona.
− ¿Y con la música te pasa igual?
− Me quedé en tu Stravinsky, en La consagración de la primavera. Bueno, estoy dispuesto a concederte que me gusta tu Stravinsky.
− ¿Y nada más?
− Sí, el jazz y el rock sinfónico y Bruce Springsteen. Me encanta el jazz.
− Cualquiera te entiende. ¿Y lo tocas?
− Me gusta tocar modern jazz, pero no creo…
− ¿Tocarás mañana?
− Sólo si tú lo pides…

Antonio Storni ha repartido el juego a su izquierda, en un italiano rápido y difícil de entender, y Joan ha pasado en silencio todo el primer plato, tratando de seguir la conversación que mantienen Edurne y Gaetano, pero se le escapa la mayor parte del tiempo.

− ¿Es usted científico? −le pregunta Storni de pronto.
− Fui investigador en activo durante muchos años, pero luego me dediqué a la gestión cultural y ahora hace tiempo que he vuelto a la enseñanza y me ocupo de divulgar, de escribir libros, conferencias… ¿Usted dirige una ONG?
− Bueno, la presido. Actuamos en el África subsahariana.
− ¿Y cómo es que participa en esta conferencia?
− No, no participo, he venido a entrevistarme con Luc Montagnier. Queremos establecer una colaboración con su Fundación contra el SIDA. Hay que unir fuerzas.
− No he visto hoy a Montagnier. Su discurso en la inauguración parecía…
− Los que estamos en esto somos obsesivos con el proselitismo. Sólo vino a eso, aprovechando que es patrono de la Fundación Veronesi. Se ha marchado hace un par de horas.
− Lo del SIDA en África debe ser una cuestión de mucho dinero, pienso, aunque no estoy muy al tanto de los problemas.
− Sí y no. Los mayores fracasos vienen a veces con proyectos que no cuestan casi nada. Parecería fácil evitar que varios bebés compartan el mismo biberón, para impedir que uno que herede el virus lo transmita, pero es muy difícil actuar desde fuera y se fracasa con demasiada frecuencia. Con el uso del condón pasa otro tanto. Hacer llegar los medicamentos que se necesitan es otra historia, para eso hace falta dinero y más.
− ¿No han aprovechado usted y Montagnier para hablar con Sánchez Sorondo? Participa en la conferencia.
− Sí, ya sé… No hemos hablado con él. Lo de los preservativos... una actitud enfermiza, irracional... Pero cualquiera convence al pontífice.
− Empezarían por salir ganando los propios eclesiásticos. No tendrían tantos que esconderse de la justicia.
− Bueno, el que esté libre de pecado… Esta exposición, que yo no he visitado, y la propia conferencia a la que usted asiste no son más que frívolos despilfarros de país próspero, aun en el caso de que el arte que aquí se alberga fuera excelso y de que en su reunión lograran avizorar de verdad el futuro de la ciencia.
− De acuerdo, sí,  pero la conferencia, aunque tengo mis críticas, creo que no puede ponerse en el mismo saco.
− Yo diría que no hacen falta tantos fastos para intercambiar y difundir ideas científicas. Pero dejemos eso: Pinault podría haber usado su botín para fines más nobles, como ha hecho Bill Gates…
− ¿Adonde cree que vamos?  Yo creo que nos hundimos...
− Se hunde África, desde luego, y si se hunde África, se hunde Europa... Y todos.

Edurne y Gaetano seguían enfrascados en su conversación; Joan tuvo que sacarlos de su nido, porque ya estaban levantándose todos los asistentes.

11/02/2016

 
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