DISCUSIÓN

La desigualdad en España: un problema de gran magnitud

Madrid, Los Libros de la Catarata, 2016
184 pp. 16 €
 

El aumento de la desigualdad en España ha pasado a ser una cuestión central en el debate social y político. Siendo varios los elementos de discusión sobre cómo ha evolucionado el problema en la última década, un aspecto llamativo es, sin duda, el afán desde algunos sectores de negar la magnitud que ha tenido el aumento de las diferencias económicas entre los hogares españoles. Para algunos, es simplemente una cuestión de interpretación de las cifras. Para otros, se trata de una manifestación visible de la creciente ideologización del debate. Algunos analistas han empezado a hablar, incluso, de negacionismo para referirse a algunas de estas posiciones. Esta negación del fenómeno no es unidireccional, puesto que abarca diferentes dimensiones e implicaciones de la desigualdad.

Una de las reacciones ante los indicadores que sistemáticamente han ido arrojando los organismos productores de datos, tanto nacionales como internacionales, ha sido negar la importancia de las implicaciones que puede tener el mantenimiento de diferencias de renta muy amplias durante un largo período. Algunos autores y centros de opinión contraponen a esta realidad una visión simplista de las consecuencias que esas diferencias pueden tener sobre la fragmentación social, la estabilidad política o la propia eficiencia económica. Su insistencia en que buena parte de la desigualdad es un hecho natural en las sociedades contemporáneas, incluso deseable como compensación de las diferencias individuales de productividad, y que debe contemplarse –desafortunada imagen– como el colesterol «bueno», podría resultar hasta trivial si no fuera por las consecuencias que tal creencia puede tener sobre las condiciones de vida de los hogares más desaventajados.

Otra corriente asume que la extensión de la desigualdad que muestran las principales fuentes de datos e instituciones internacionales es real, pero enfatiza que su origen es fundamentalmente cíclico. La severidad de la crisis, y sobre todo el aumento del desempleo, habría llevado los indicadores básicos a niveles muy elevados. La inferencia optimista que a menudo se extrae de tal juicio es que esos mismos indicadores deberían invertir su tendencia si la economía vuelve a la senda del crecimiento y el empleo se recupera. Poner el foco, sin embargo, en las condiciones macroeconómicas como principal garantía para el bienestar social orilla los problemas estructurales de vulnerabilidad que afectan a capas importantes de la sociedad. La extensión del trabajo de bajos salarios y de la precariedad del empleo, la inercia de las rentas de capital, mucho más concentradas que en otros países, y la limitada capacidad redistributiva del sistema de impuestos y prestaciones obligan a relativizar la equivalencia entre recuperación económica y corrección de la desigualdad. Una marea alta, en contra de lo que suelen decir algunos autores, sobre todo anglosajones, no hace navegar todos los botes.

Una tercera posición dentro de la revisión crítica de los resultados más consensuados trata de mostrar que el aumento de la desigualdad es mucho menor de lo que suele afirmarse y que los juicios asociados a la evolución de sus principales indicadores son exagerados y alarmistas. Desde esta perspectiva, el aumento de la desigualdad no debería ser preocupante, porque es sensiblemente inferior a lo que apunta el retrato habitual y de reducida magnitud desde una mirada retrospectiva.

Desde esta posición debe entenderse el libro objeto de este comentario. El autor, Julio Carabaña, hace explícita su posición desde la misma introducción: «la experiencia de tantos anuncios de cambios radicales que quedaron en nada me inducían a desconfiar de otro remake de la historia sobre la desigualdad». El subtítulo del libro en la propia portada es igualmente claro: «Si también se creyó lo de la desigualdad, lea este libro».

Si el libro ha de evaluarse respecto a ese manifiesto explícito de «se está exagerando el problema», son más las preguntas que abre que las que cierra

Este posicionamiento tan decidido, honesto en cuanto a explícito y valiente, cuando menos, al pretender cuestionar un consenso generalizado, impone inevitablemente un exigente reto al autor. Recogiendo ese guante, si nos estamos creyendo lo que la estadística «bien interpretada» realmente contradice, es que alguien está informando mal sobre la realidad, ya sea por un uso incorrecto de los datos o, simple y llanamente, por hacer descansar su evaluación en juicios sesgados. Demostrar que esto es así exige recoger y ordenar los datos de manera impecable, utilizar tanto las fuentes directas que informan sobre los ingresos de los hogares como las fuentes secundarias (salarios, empleo, prestaciones, impuestos, etc.), apoyar la interpretación en juicios y análisis suficientemente robustos y extraer conclusiones ajenas a cualquier posible juicio de valor.

El sabor, me temo, que puede quedarle al lector una vez desmenuzado el texto es que la prodigalidad de cuadros e informaciones no es suficiente para impedir que el intento de llevar la contraria se salde de manera satisfactoria. El libro incorpora elementos que hacen que resulte valioso: hace un repaso exhaustivo de las fuentes disponibles; introduce preguntas relevantes para la comprensión adecuada de los cambios en la distribución de la renta; añade a los análisis sobre la desigualdad de corte más tradicional un interesante estudio de lo que pasa en cada segmento de la distribución de la renta, aderezado, además, con una original interpretación de la desigualdad y la polarización; e incluso simula cómo cambiaría la distribución de la renta ante posibles trasvases de ingresos entre la parte alta y baja de la distribución o ante escenarios más positivos de crecimiento económico.

Si el libro, sin embargo, ha de evaluarse respecto a ese manifiesto explícito de «se está exagerando el problema», son más las preguntas que abre que las que cierra. ¿Por qué se comparan, por ejemplo, indicadores construidos con fuentes que son distintas? ¿Con qué criterio se establece la superioridad de una fuente sobre otra, o de una metodología específica de recogida de los ingresos? ¿Por qué se validan conclusiones que requerirían una metodología mucho más compleja que la que puede ofrecer un libro divulgativo (intervalos de confianza para valorar la significación estadística de los cambios que se analizan, descomposiciones que tengan en cuenta la interdependencia entre las fuentes de renta de los hogares, etc.)? Pero, sobre todo, ya que el propósito es desmitificar una «verdad arraigada» (el entrecomillado es mío), ¿por qué no se plantean las distintas interpretaciones en términos de intereses distintos? ¿Deben merecer la misma valoración los informes académicos de expertos independientes que los de fundaciones y think tanks claramente vinculados a corrientes ideológicas o grupos de presión?

El libro está formado por cuatro capítulos, precedidos de una breve introducción de conceptos básicos y una relación final de conclusiones. El primero de los capítulos, el más extenso, tiene un propósito explícito, que es describir en detalle las tendencias de la desigualdad en España desde principios de los años noventa a través de las decilas de población, y otro implícito, que es demostrar que tanto la mayoría de los autores que han estudiado el tema como los organismos internacionales que han realizado informes comparados sobre la desigualdad ofrecen a la sociedad una apreciación errónea sobre la verdadera magnitud de su aumento.

Medir el éxito en la consecución de ambos objetivos es complicado. Respecto al primero, debe reconocérsele a Carabaña el tratamiento detallado de la información y la claridad de su planteamiento. Examina lo que pasa en distintas partes de la distribución, lo resume en distintos índices, compara sus resultados con los de otros autores y pone en relación lo que obtiene con lo sucedido en períodos previos y en otros países. Los distintos análisis que realiza le permiten concluir que la desigualdad aumentó con el cambio de ciclo económico del último tercio de la pasada década, sobre todo por el empeoramiento de las rentas más bajas, aunque no califica el incremento como drástico o de gran magnitud.

Desde el plano más pragmático, esta revisión podría considerarse una aportación para la mejor comprensión de los indicadores distributivos en España durante los últimos años. Ahora bien, para poder concluir si refutan o validan resultados anteriores es necesario someter esta revisión cuantitativa al análisis crítico de algunas de las decisiones y procedimientos que adopta el autor. De un rápido análisis se desprenden algunos elementos de debilidad, que tratan de ser sustentados más con subjetividad que mediante la aportación de argumentos técnicos que validen algunas de esas opciones.

Sin querer entrar en profundidad en disquisiciones metodológicas complejas, que una recensión como ésta debería evitar, no puedo dejar de destacar algunas cuestiones controvertidas. Una importante, sin duda, es la comparación de indicadores mediante el uso de fuentes con información que no es homogénea. El principal resultado que encuentra el autor es que la crisis aumentó la desigualdad, pero a niveles que ya teníamos en los años noventa. Lo deduce al comparar los indicadores que resultan de la Encuesta de Condiciones de Vida para los años más recientes con los del Panel de Hogares de la Unión Europea de los años noventa. El lector debe saber que, aunque ambas encuestas tienen como propósito recabar información sobre las condiciones de vida y los ingresos de los hogares, son diferentes en la forma de recogida de las rentas. El Panel, además, era una fuente longitudinal y a medida que fueron elaborándose nuevas encuestas se perdió buena parte de la muestra inicial, lo que dificulta las comparaciones. De su observación es posible extraer y evaluar tendencias, pero comparar directamente indicadores, como hace Carabaña, puede llevar a reflejar más esas diferencias metodológicas que un cambio real en la desigualdad.

De la misma forma, estas encuestas son muy sensibles a los valores extremos, es decir, las rentas de los hogares más ricos y más pobres, sobre los que descansa buena parte de su análisis. El lector debería tener más información sobre la calidad de la información en cada caso. Esta cuestión es especialmente relevante en los datos disponibles para el período más reciente. Desde 2013, el Instituto Nacional de Estadística pasó a imputar como renta de los hogares la disponible en los registros administrativos de la Seguridad Social y la Agencia Tributaria, en lugar de preguntar por ella directamente a los entrevistados, como había hecho hasta entonces. Esta decisión no es neutral sobre la medición de la desigualdad. Hay rentas que están mejor recogidas en los ficheros administrativos, como las del trabajo y el capital, pero en otras, como las de los trabajadores por cuenta propia, sucede lo contrario. En términos de desigualdad, la información administrativa recoge mejor qué sucede con los hogares más ricos y peor la renta de los hogares más pobres. Estos aspectos no se discuten en el texto, donde se describe asépticamente este cambio como «una mejora en el método de recogida de los datos». Si se utilizan, de nuevo, los resultados con el nuevo método para hacer comparaciones con las encuestas de los años noventa, están mezclándose resultados de fuentes de carácter administrativo con datos de entrevista.

Estas valoraciones corresponden a una aproximación al objetivo «técnico» de saber qué ha pasado con la desigualdad. Pero el propósito del autor no sólo es ofrecer un cuadro de resultados, sino demostrar que las descripciones del cambio en la distribución en el período reciente son poco ajustadas a la realidad. Aquí radica, precisamente, la mayor debilidad del trabajo reseñado, al resultar poco convincente la crítica que realiza a la descripción de la desigualdad realizada tanto por investigadores como por instituciones internacionales. En un apartado llamado «guarismos y vocablos» no hay casi cabeza que quede sin recortar entre los que afirman que el incremento de la desigualdad ha sido grande: «organismos oficiales, como el Consejo Económico y Social, y organizaciones no gubernamentales como Cáritas u Oxfam Intermón han contribuido a este proceso de resonancia» o «incluso los estudiosos académicos de la desigualdad han elevado el tono de sus calificativos: muy rápido y de gran magnitud, notable, sustancial o drástico».

No se menciona que estos trabajos llegan a esas afirmaciones al encontrar que el incremento de la desigualdad en el período reciente es el mayor desde que se cuenta con información sobre los ingresos de los hogares (desde principios de los años setenta) y que la evolución de las rentas de los hogares ha sido la más regresiva de todos los países de la Unión Europea. ¿Resulta exagerado entonces decir que el aumento de la desigualdad ha sido rápido y de gran magnitud? Los únicos trabajos que no llegan a esa conclusión, alguno de ellos poco más que una ensalada de datos aderezada con juicios de valor, Carabaña los califica de «intentos de desdramatizar la cuestión». Sorprende lo poco que se indaga, aventurados ya en la búsqueda de intereses de grupo, conspiraciones o lo que se quiera, en que los nombres que cita como «desdramatizadores» estén asociados a fundaciones o instituciones poco sospechosas de contrariar los intereses de quienes más negativamente afectados se verían por la instrumentación de políticas redistributivas –por la vía de la carga fiscal– más generosas que las actuales. Parece que al autor esto no le merece ningún comentario, lo que no ocurre, por el contrario, con los «exagerados guarismos» que utilizan los investigadores (digamos) independientes.

El revisionismo llega a su punto culminante con la acusación a la OCDE de utilizar comentarios poco ajustados al comparar la evolución de la desigualdad en España con la de otros países miembros de dicha organización. Merecería la pena que se nos ofreciera alguna hipótesis de por qué una de los organismos internacionales más importantes tendría tanto interés en «cebarse» con el aumento de la desigualdad en España. Me temo que el lector despistado que lea las páginas correspondientes podría pensar que alguien puso en marcha una conspiración internacional para hacer creer que los españoles están muy mal. Como ejemplo, el autor dice cosas del tipo de «ahí está el indicio de que la OCDE (los redactores del informe) no tenían la conciencia del todo tranquila». Añadiría que «para fisgar en su cocina», como dice el autor, merecería la pena empaparse más de la metodología que utiliza dicha institución para elaborar sus estadísticas sobre desigualdad. La OCDE elabora sus propios índices, en contra de lo que se dice en el texto, y creo que aclarar las diferencias metodológicas daría más fruto que comparar directamente sus indicadores con los de las fuentes nacionales o extraer de distintos informes comentarios aislados.

En mi opinión, esta insistencia en el uso de guarismos supuestamente inapropiados o en la peculiar exégesis que, según el autor, hace la OCDE de la evolución de la desigualdad, resta atractivo a un análisis que, por minucioso y didáctico, podría añadir novedad o, si se quiere, controversia a un cuerpo empírico de resultados sobre la desigualdad en España bastante más sólido que lo que parece deducirse de la crítica que impregna el libro. El énfasis, sin embargo, en demostrar lo equivocada que está dicha institución, y por añadidura buena parte del trabajo académico, aporta poco y desluce lo otro.

El resto de los capítulos, menos afectados por esta búsqueda de incoherencias interpretativas, abordan otras cuestiones. En el segundo capítulo se analizan las clases de renta, tanto en términos relativos como anclando sus umbrales delimitadores en un momento del tiempo. Se estudia también la evolución de las rentas de los extremos de la distribución y se examinan las relaciones entre pobreza, polarización y desigualdad. Aunque la comparación de fuentes con metodologías distintas puede producir resultados poco consistentes, los datos confirman la conclusión de otros estudios en el sentido de que los principales paganos de la crisis fueron los más pobres. Este resultado lleva al autor a hacer una afirmación ciertamente controvertida: la desigualdad puede reducirse a una cuestión de pobreza. En otras palabras, para rebajar aquella bastaría con concentrarse en las rentas más bajas. Esta conclusión, tomada literalmente, parece olvidar la evidencia contundente de los estudios comparados sobre crecimiento económico, desigualdad y pobreza. Países con tasas similares de crecimiento económico pueden diferir notablemente en la evolución de la pobreza si traducen de manera distinta el crecimiento de las rentas en mayor o menor desigualdad. En otras palabras, una misma tasa de crecimiento económico puede tener una capacidad mucho mayor para reducir la pobreza si se acompaña de una disminución de la desigualdad. Ambas realidades no son, por tanto, independientes.

¿Resulta exagerado entonces decir que el aumento de la desigualdad ha sido rápido y de gran magnitud?

En el siguiente capítulo, Carabaña examina si la desigualdad y la pobreza se reducen más con crecimiento económico y empleo que con políticas redistributivas. Tal disyuntiva orilla, de nuevo, la realidad bien conocida de las interdependencias entre crecimiento y redistribución. En esta línea, el autor concluye que mientras que el crecimiento económico disminuye la pobreza, no suele reducir la desigualdad. El efecto, sin embargo, dependerá de cómo crecen las distintas fuentes de renta y, muy especialmente, de los cambios en los salarios y las horas de trabajo.

Al ser el capítulo más breve, se dedica poco espacio a algunas cuestiones que la extensa literatura sobre redistribución ha puesto de relieve. Las simulaciones aritméticas que realiza el autor consisten en transferir renta de unas decilas a otras. Son varias las preguntas que surgen: ¿a través de qué instrumentos del sistema de prestaciones e impuestos se conseguirían las propuestas de mejora de las rentas de los más pobres que sugiere el autor? ¿Serían neutrales los efectos de esas políticas en términos de participación laboral y ahorro? ¿Cómo cambiaría el comportamiento tanto de los que transfieren renta como de quienes la reciben? Hay otras cuestiones que tampoco quedan claras. Por ejemplo, cuando se dice que la mejora de la renta de los pobres vendría de reducciones de gasto en otras partidas como sanidad o educación, ¿está asumiéndose que estos gastos no afectan a la distribución de la renta? Se trata, precisamente, de gastos muy redistributivos.

El último capítulo ofrece información interesante sobre cuáles son las características de los hogares y personas que forman los distintos grupos de renta. Han sido varios los trabajos que han llevado al debate la identificación de las categorías de población más afectadas por la crisis económica. Varios de ellos han puesto el acento en las diferencias por tipo de hogar y edad, siendo los hogares con niños uno de los colectivos donde los efectos de la crisis han sido más severos. En el libro se opta por poner el foco en categorías definidas según la relación con la actividad económica.

En mi opinión, hay al menos tres límites en el análisis que se ofrece. El primero es, de nuevo, la comparación de fuentes distintas, que puede producir resultados sujetos a la forma en que cada encuesta recoge la información sobre ingresos. Las rentas por cuenta propia, fundamentales en el capítulo, están representadas de manera muy diferente en los registros administrativos y en las entrevistas a los hogares. En segundo lugar, se intenta descomponer el efecto de la desigualdad en cada fuente de renta y categoría, omitiendo las interrelaciones que puede haber entre ellas. La desigualdad de un país no es ni una suma ni una media ponderada de las desigualdades parciales. Existen interrelaciones entre los distintos componentes de la renta que contribuyen también a la desigualdad total. En tercer lugar, los resultados no se contrastan con los de los estudios de la desigualdad en la distribución de las rentas del trabajo, que dejan pocas dudas sobre la relación de las diferencias de salarios con el ciclo económico en España: se reducen durante las expansiones y aumentan en las recesiones. Lo sucedido en la crisis, con un aumento muy rápido de estas diferencias, se corresponde poco, por tanto, con la idea que apunta el libro de una contribución marginal de las rentas de los asalariados al aumento de la desigualdad en la crisis («la desigualdad no se debe a los asalariados y probablemente poco a los salarios»). Parecen factores suficientemente importantes para contemplar con cautelas los resultados. Los juicios del autor son, sin embargo, tajantes: «el aumento de la desigualdad durante la crisis viene del mercado, pero no de la desigualdad de los salarios» o «se acepta erróneamente que si la desigualdad crece es culpa del Estado por no gastar lo suficiente».

Como valoración global, cabe concluir que, a pesar de la profusión de datos y comentarios de cifras, se trata de un libro que se lee bien y que pretende provocar y llevar la contraria a lo que la mayoría de los investigadores han dicho hasta ahora. Me temo, sin embargo, que para alterar ese cuadro hace falta afinar más en el tratamiento homogéneo de la información, utilizar procedimientos que vayan más allá de la intuición y, sobre todo, centrar el esfuerzo –más que en guarismos y vocablos– en qué explica que la desigualdad haya crecido más que en cualquier otro período desde que se tienen datos de ingresos de los hogares y por qué el comportamiento de las rentas ha sido el más regresivo de todos los países de la Unión Europea. Ambos datos nos obligan a hablar, cuando menos, de un crecimiento de la desigualdad rápido y de gran magnitud.

Luis Ayala Cañón es catedrático de Economía en la Universidad Rey Juan Carlos y ha sido subdirector general del Instituto de Estudios Fiscales. Es autor de numerosos trabajos sobre desigualdad y pobreza en España, como Las rentas mínimas en la reestructuración de los Estados de bienestar. Un análisis económico desde una perspectiva comparada (Madrid, Consejo Económico y Social, 2000), y coautor de Desigualdad y bienestar en la distribución intraterritorial de la renta, 1973-2000 (Madrid, Instituto de Estudios Fiscales, 2005) y El tratamiento de las fuentes de renta en el IRPF y su influencia en la desigualdad y la redistribución (Madrid, Instituto de Estudios Fiscales, 2006), entre otros. Es coordinador de Desigualdad, pobreza y privación (Madrid, Fundación FOESSA, 2008).

19/04/2017

 
COMENTARIOS

casius 14/05/17 19:38
Lógico que la reseña nos cuente esto y la crítica sea a la totalidad cuando su autor ha colaborado con la fundación FOESSA-Caritas cuyo mensaje único ya conocemos (¿es entonces independiente?)

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