DISCUSIÓN

Arthur Koestler en París (1946)

 

Haber aprendido sus primeras letras en un Kindergarten experimental en Budapest y el hecho de que su madre hubiera sido paciente de Freud en Viena no explican, ellos solos, la vida desmedida que llevó Arthur Koestler desde su nacimiento (1905) hasta su muerte (1983). Siendo todavía adolescente, trabajó en la Viena de entreguerras dentro del movimiento sionista que entonces dirigía Zeev Jabotinsky. Después de irse a un kibutz en Palestina, de ejercer como aparejador en Haifa y de hacerse vendedor de baratijas en un bazar de El Cairo, abandonó el sionismo en 1932 y, de inmediato, se afilió al Partido Comunista alemán, trabajando a las órdenes de Willi Münzenberg.

Un tipo notable este Münzenberg, que acabó asesinado en Francia a manos de un agente estalinista durante los tormentosos días de la primavera de 1940. Fue él quien, por cuenta del Kominterm, inventó el halago político hacia los intelectuales europeos para utilizarlos en beneficio de la causa. Con cierto desdén, Münzenberg se refería a ellos como «el club de los inocentes». Cuando se impusieron los tiempos más oscuros del estalinismo, Münzenberg logró que la Unión Soviética apareciera ante la opinión progresista del mundo como el gran adversario del totalitarismo.

Pronto –en 1937− Arthur Koestler renegaría de aquella fiebre comunista. Las purgas estalinistas –a las cuales dedicará su libro más famoso, El cero y el infinito− estuvieron detrás de aquella caída del caballo. Vivía por entonces su particular tragedia española: cayó preso en Málaga, donde fue condenado a muerte por los militares franquistas y luego fue llevado a Sevilla para esperar allí una ejecución que, por suerte, nunca se produjo, pues el Gobierno británico logró que lo soltaran. Fueron las autoridades francesas las que volvieron a encerrarlo al estallar la Segunda Guerra Mundial. Esta vez lo metieron en un campo de concentración para extranjeros, del cual salió cuando las tropas alemanas entraron –como el rayo− hasta la cocina de la Francia profunda. De nuevo puso pies en polvorosa, atravesó el Canal y se sumó al ejército británico, en cuyas filas hizo toda la guerra. Su libro La escoria de la tierra se encargaría de aclarar el destino miserable de los refugiados antinazis, condenados sin motivo y sin juicio por un miedoso Gobierno francés durante los azarosos días que transcurrieron desde septiembre de 1939 hasta junio de 1940.

Arthur Koestler

No puede decirse que este raro judío (siempre sostuvo que los judíos europeos descendían de los jázaros de Asia y no de la diáspora) perdiera el tiempo: lo mismo almorzaba con Thomas Mann que se emborrachaba con Dylan Thomas o seducía a Mary McCarthy. Compartió piso en Londres con Cyril Connolly y fue amigo de Noël Coward. Siempre acabó peleándose con todos sus amigos, pero nunca antes de haberse emborrachado con cada uno de ellos hasta el coma etílico.

Y qué decir de las mujeres −conquistas de una noche o amores «para toda la vida»−, cuyo listado ocuparía varias páginas. Pero la última conquista, antes de la noche parisiense que aquí pretende narrarse, lo fue durante un par de tardes, porque la dama retornaba pronto a su casa para cumplir todas las noches con su amado maestro. «Era una burguesa –habría de recordar mucho más tarde Arthur−, lo era en todo, sus gestos, sus pujos de señorita bien, su forma de vestir y su tocado… pero esa máscara desaparecía cuando, lentamente, se desnudaba… entonces uno, al fin, podía disfrutar de aquellas nalgas prietas… y también de su ardorosa entrega. Porque Simone de Beauvoir, a la hora de la verdad, se desbocaba. No era una estrecha, como lo son ahora sus seguidoras, esas feministas que odian el sexo. Al menos el sexo masculino».

Arthur Koestler está de paso en París, acompañado de quien pronto será su esposa, Mamaine Paget, y se ha dejado caer por los rincones existencialistas del Barrio Latino, donde pernoctan, por ejemplo, Jean-Paul Sartre y su todavía amigo Albert Camus. Y es su fogosidad y su feroz iconoclastia lo que lo hace atractivo a esos ojos franceses en esta larga y loca noche parisiense del año de gracia de 1946. Una noche que madrugó para las seis personas (las cinco ya citadas y Francine, la esposa de Camus), inaugurándose en la cervecería Lipp de Saint-Germain-des-Près, donde ya reinaban Sartre y Beauvoir, aunque fuera clandestinamente, desde los días de la Ocupación. Luego se fueron todos juntos a un bistro argelino y después a una sala de baile, «iluminada con luces de neón rosa y azul», recordaría muchos años después Arthur. La juerga continuó en Schéhérazade, «un club nocturno lleno de violinistas que tocaban melodías rusas al oído de los clientes». Allí discutieron sobre el comunismo y sobre la amistad: «Ojalá fuera posible decir siempre la verdad», sentenció acerca de ambas cosas Albert Camus.

Son ya casi las cuatro de la mañana y ahora están en Les Halles, en Chez Victor, tomándose unas ostras y sopa de cebolla. Borrachos como cubas, pero lúcidos.

− Lo peor de las novelas es que tienen sentido… y la realidad nunca lo tiene –aseguró Koestler.
− ¿Nunca? –se sorprendió Simone.
− Quizá la realidad tenga sentido para Dios, pero yo no creo en la existencia de tal individuo. De hecho, las novelas que más se aproximan a la realidad son también las más inverosímiles.
− El arte –y, sobre todo, la novela− siempre hace la competencia a Dios –apuntó, de pasada, Camus.
− ¿Puedes poner algún ejemplo? –reclamó a Koestler la Beauvoir.
− Claro que sí. ¿Has leído Los hermanos Karamazov? Pues ahí lo tienes: es muy real, pero carece de sentido, cosa que no le ocurre a tu última novela, que cuando roza la realidad se desmorona como las momias al contacto con el aire.
− Y a ti, querido húngaro, ¿nunca te han explicado que la sinceridad es un signo de mala educación? –intervino Sartre en defensa de su querido «castor».
− Yo no he dado mi opinión acerca de la calidad de esa novela que se titula –y no por casualidad− La sangre de los otros. He hablado del contacto de esa literatura con la realidad, la realidad que es, en este caso, la de la última guerra por la cual vosotros, los franceses, habéis pasado como los rayos del sol a través del vidrio: sin romperlo ni mancharlo... La sangre derramada durante esta horrible masacre ha sido para los franceses, en efecto, «la sangre de los otros».
− Alguna ventaja había de aportarnos tener un ejército tan incompetente como el nuestro –replicó, sarcástico, Sartre.
− Ya me sé esa canción: «Mejor que digan aquí corrió un cobarde que allí murió un valiente» –concluyó Koestler.
− Bueno, dejemos eso –intervino Camus−, pues el pasado no tiene arreglo...
− Y tú crees –interrumpió, fogoso, el húngaro− que el futuro sí lo tiene. Me gusta tu optimismo, aunque no lo comparta.
− Tengo que irme –dijo Sartre mirando su reloj−. Mañana temprano he da dar una conferencia en La Sorbona. Además, sobre un tema apasionante: el compromiso del escritor... y no puedo contarles algo tan común entre los escritores como la juerga etílica que estamos teniendo.
− En cualquier caso, tendrás que dar esa charla sin mi presencia –advirtió un agotado Camus.
− También a mí me gustaría darla sin mi presencia –remachó el bizco.

Cuando se despidió el duelo y las parejas se dispersaron. Eran ya las siete de la mañana. Regresando hacia Montmartre, y al pasar sobre el Puente Nuevo, Simone de Beauvoir se detiene, se agarra a la balaustrada y mirando al Sena declara:

− No entiendo por qué no nos tiramos al río.
− De acuerdo, vamos a tirarnos –replicó Sartre, que nunca rechazaba una provocación−. Pero, ¿por qué llora usted? Por favor, cálmese.
− Lloro porque he bebido como una esponja y porque no soporto la tragedia en la que vive toda la Humanidad.
− Una tragedia demasiado grande como para poder abarcarla con nuestros cortos brazos. Vámonos a casa e intente dormir largo y tendido, usted que puede... yo no podré hacerlo. Me tomaré unas píldoras milagrosas y me iré, maldita sea, a esa universidad... Tiene usted mucha razón: sería mejor tirarse al río.

La española Amelia Marino, como suele hacer casi todos los días, ha acudido esta lluviosa mañana de marzo de 1983 al dúplex que los Koestler ocupan en Londres para hacer la limpieza y se encuentra con una nota de Cynthia, secretaria que fue de Arthur Koestler y que ahora es también su esposa: «No subas al piso de arriba. Por favor, llama a la policía y diles que vengan a casa». El inspector David Thomas llegó pocos minutos después y se dirigió al piso de arriba. Los encontró plácidamente sentados en sus lugares habituales: Arthur en su sillón, de espaldas al balcón y Cynthia en un sofá, a la izquierda de su marido. Una sobredosis de barbitúricos los había matado treinta y seis horas antes. Sobre la mesa de Arthur había una nota escrita hacía ya casi un año, el 3 de junio de 1982:

Mis razones para decidir poner fin a mi vida son sencillas y convincentes: La enfermedad de Parkinson y una variedad de leucemia que mata lentamente. He mantenido esta última enfermedad en secreto incluso a mis amigos íntimos para evitarles aflicciones. Después de un declive rápido durante el último año, el proceso ha alcanzado un estado agudo con complicaciones añadidas que me aconsejan buscar mi autoliberación ahora, antes de que sea incapaz de preparar las cosas adecuadamente.

Joaquin Leguina es estadístico y fue presidente de la Comunidad de Madrid (1983-1995). Sus últimos libros son El duelo y la revancha. Los itinerarios del antifranquismo sobrevenido (Madrid, La Esfera de los Libros, 2010), Impostores y otros artistas (Palencia, Cálamo, 2013), Historia de un despropósito. Zapatero, el gran organizador de derrotas (Barcelona, Temas de Hoy, 2014) y Los diez mitos del nacionalismo catalán (Barcelona, Temas de Hoy, 2014).

14/06/2017

 
COMENTARIOS

Darío de la Puente Sans 14/06/17 19:24
¿Hace referencia este artículo a algún libro concreto escrito por Leguina sobre Koestler? En tal caso, ¿Podrían decir el título y la editorial? No consigo encontrarlo. Muchas gracias.

Juan Torres 23/06/17 12:08
Joaquin,gracias.
Un delicioso articulo que dice mas cosas interesantes que las que aparenta

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