ARTES
Música, exposiciones y teatro en Madrid

Cabaret

TEATRO  

The Hole 2. Teatro La Latina, 15 de noviembre.

 

El varietón. Los Quintana. Pequeño Teatro Gran Vía, 21 de noviembre.

«El primer agujero fue un éxito. Prueba con el segundo», dicen los anuncios publicitarios de The Hole 2, con un grado de sutileza que predice al dedillo la del espectáculo. Al mismo tiempo, aclara la página web oficial, «si no has visto el primer show no pasa nada, te lo pasarás estupendamente bien». Me dirán que soy un cínico, pero tengo la impresión de que, detrás de esas líneas, hay un esfuerzo muy calculado, no sólo por atraer al mayor público potencial (lo normal en publicidad), sino por otorgarles a ambos espectáculos un mismo sello de calidad. Y es como si The Hole, que actualmente cuenta con dos versiones en cartelera, la nueva en Madrid y la original en Barcelona, aspirase a convertirse en marca. ¿Qué viene a vendernos? Una mezcla non sancta de revista, burlesque, música en vivo y números de circo, en teatros expresamente reacondicionados para parecer cabarets, con mesitas redondas, lámparas mortecinas y camareros prestos a servir alcohol.

Alcohol aparte, el concepto se emparenta con una tendencia muy actual de las artes escénicas hacia la hibridación, en cuya línea llegan cada vez más espectáculos a Madrid. Hace un mes, por ejemplo, se vio en el Valle-Inclán la inclasificable obra La verità, de Daniele Finzi Pasca, rica en números musicales y de acrobacia; o, en el Teatro Circo Price, Les 7 doigts de la main, que combinaba destreza circense con una sintaxis dramática que va más allá de simples sketches. Como su antecesor, The Hole 2 tiene la particularidad de subir el tono por el lado sexual: hay «mucho canalleo» (sic), humor sicalíptico, danza más o menos erótica, striptease y, entre otras cosas, un vestuario tan barroco como reducido al mínimo indispensable: a veces, las chicas vestían lo que parecía ser hilo dental, y al menos uno de los chicos se pasó todo el rato en un taparrabos que no hacía ningún honor a su nombre. El público, encantado. Aunque se diría que también un poco sobrecogido. Me vino a la cabeza una novela de Alfred Hayes en la que la protagonista, al presenciar un cabaret, se siente «casi deforme». Ante los soberbios cuerpos de estos artistas, yo directamente me sentía de otra especie.

Pero no sólo de músculos vive el hombre, o viviría en una pista de atletismo, y no hay belleza física que compense las limitaciones dramáticas de un espectáculo. Por desgracia, The Hole tiene varias, empezando por su dudosa relación con el espectador. No es que a mí me faltaran ganas de pasarlo «estupendamente bien», pero en cuanto entró «Madame Zoltar» por la platea, para hablarle al público en un espantoso acento extranjero impostado y sentarse en las rodillas de un señor que no sabía dónde meterse, empecé a pasar una estupenda vergüenza ajena. «Por Dios, que no venga para este lado», imploré para mis adentros, aunque mi acompañante y yo estábamos sentados en una mesita lateral donde la chica no llegaría ni de milagro. El milagro, en realidad, ya había ocurrido, cuando el acomodador se disculpó por no poder situarnos en la primera fila que, al parecer, teníamos destinada. Ahora, «Madame Zoltar» se dirigía allí mismo, seleccionaba a un miembro del público y lo hacía subir al escenario. Pánico. ¿Qué indignidades nos harían sufrir en nombre del entretenimiento? (Mi acompañante, con tremenda sangre fría, se puso a jugar al Tetris en su iPhone.) Pero el miembro del público resultó ser Álex O’Dogherty, el maestro de ceremonias, y durante un buen rato el espectáculo no excedió los confines de la escena.

En escena, O’Dogherty fue desde el principio muy poco convincente como maestro de ceremonias y no parecía muy cómodo con el papel que le ha tocado en suerte. Los guionistas, hay que decirlo, no se lo han puesto fácil. Han inventado una historia sobre el fin de The Hole 1 y la vuelta a regañadientes del maestro de ceremonias que tiene la gracia del plomo. Y nadie se cree que «estuvimos a punto de dejarlo todo, pero nos dimos cuenta de que necesitas divertirte», como si las «más de doscientas cincuenta mil entradas» que llevan vendidas no hubiesen sido incentivo suficiente. Pero, de acuerdo, tal vez sí necesitemos divertirnos. A poco del comienzo, quedó claro que la mejor manera de hacerlo no es oír un monólogo que se despacha con chistes rancios sobre la batalla de los sexos, lo poco que duran las parejas en estos tiempos y lo «acojonantes» que solían ser los pactos para toda la vida. Sólo faltaron chistes sobre suegras. También se machacó con que «estábamos en el agujero», y hubo humor de actualidad, con exactamente un chiste bueno: «En este país, la gente cree que dimitir es el nombre de un bailarín ruso». O’Dogherty sólo agarró buen ritmo en su segundo monólogo, cuando, al pasar revista a la prensa diaria, encontró todo tipo de motivos para burlarse de los políticos y del huero mundo del espectáculo.

Sin ser exactamente un musical, The Hole 2 cuenta después una tenue historia de amor triangular, entre O’Dogherty, el hombre del taparrabos y una rata. Sí, tal como se lee. Puede que para entender esa parte sí sea necesario ver el primer espectáculo. En cualquier caso, la rata pronto se transmutó en un cuerpo humano, con un disfraz acorde. Milimétricamente torneado, el cuerpo pertenece a María Adamuz, que no sólo baila y actúa con gracia y desparpajo, sino que, en los números cantados, se revela como la voz más espectacular del elenco. El del taparrabos no abre la boca en toda la obra, aunque se entiende: su función parecería ser dejar a parte del público con la boca abierta. En cuanto a la historia, el triángulo apunta al principio para un lado, luego para el contrario, y hay un final feliz. Por supuesto, no desestimo la ligereza en el teatro de revistas, pero las letras y actuaciones eran tan poco inspiradas que lo mejor que podía hacerse durante las canciones era concentrarse en la bebida. Y, en el caso de mi acompañante, en el Tetris del iPhone.

Las copas quedaron en suspenso y la atención se despertó al entrar la trapecista, que voló sobre el proscenio mientras mimaba palabra por palabra «Ay, pena, penita, pena», que sonaba a todo volumen en playback. En la segunda parte del show, la misma acróbata cambió el trapecio por la cuerda volante, y a Lola Flores por Portishead («Give me a reason to love you»), pero su destreza fue igual de asombrosa. El único problema que supuso su acto, de hecho, fue para los demás artistas, que quedaron por debajo del listón, o muy por debajo, como en el caso de la magia, ejecutada con una sobreactuación que haría sonrojar a David Copperfield. Los acróbatas fueron correctos, e hicieron cosas que uno ni siquiera imagina posibles, pero basta compararlos con una compañía de primer nivel como Les 7 doigts para darse cuenta de sus limitaciones. No era sólo una cuestión de pericia técnica; también se echaba en falta la capacidad actoral para hacernos creer en la naturalidad de una acción físicamente muy comprometida. Ya lo dijo Fred Astaire: «Si parece difícil, es que no estoy esforzándome lo suficiente» (el truco es así de simple). Demasiado a menudo, aquí se notaba el esfuerzo.

Los acróbatas también interpretan, con una rutina que es mitad danza moderna y mitad gimnasia, un número erótico. Fue entonces cuando, aforísticamente, mi acompañante dio en el clavo: «Sexo sin amor y sin sexo». En efecto, para tratarse de un show que se las da de libertino, The Hole 2 acaba resultando muy poco sexy, incluso mecánico, como si la necesaria profesionalidad de los artistas cancelara cualquier amor al arte. Por mi parte, no los culpo. Ha de ser difícil tenerle amor a un arte tan banal y chabacano como el que se expone en este espectáculo, que, ni con todo el dinero que se ha invertido en escenografía, vestuario, utilería e instalación, deja de tener pinta de barato. Se trata de un arte, o «arte», que todos conocemos. Y es que, pese a su panoplia de disciplinas, The Hole 2 sólo lleva a escena un programa de televisión.

También El varietón, un show mucho más modesto, es impensable sin el precedente televisivo, y hasta exhibe en medio del escenario una pantalla de bordes redondeados como los televisores antiguos, que participa activamente de su desarrollo; pero cuadro tras cuadro el show parodia y deconstruye cierta estética de la pantalla chica: la de la exageración mal calculada, el ridículo involuntario, los melodramáticos primeros planos, los colores chillones y, por parte de los actores, los gestos sobrehumanos. La compañía Los Quintana, creadora e intérprete, ha ideado un concepto tan sencillo como efectivo. En playback suenan anuncios publicitarios, una canción de Valeria Lynch, llamadas a centros de atención al cliente, fragmentos de teleseries viejas (Dinastía), diálogos de películas de culto (Mamita querida) o discursos evangelistas; y los intérpretes, en simultáneo, miman las voces y les ponen gestos. Tres factores acentúan la incongruencia: casi todos los fragmentos pintan dos mujeres al borde de un ataque de nervios, los actores son hombres y están espléndidamente vestidos de mujer.

El vestuario, que cambia a ritmo vertiginoso, es uno de los grandes protagonistas del show, una cornucopia de color y texturas. Comparado con los Quintana, Liberace era minimalista. Hay una alegría palpable en esa veta kitsch, que resuena en el maquillaje (en ambos actores no sólo es exagerado, sino expresionista) y en la escenografía setentera, con sillas de plástico y un fondo de círculos blancos que grita «disco». La obra se anuncia como una antología de veinte años de trabajo, pero se diría que el viaje en el tiempo llega aún más atrás, hasta esos años setenta que coinciden con la infancia de sus creadores, cuando reinaban las telenovelas y el consumo de cultura popular era mucho menos reflexivo que hoy en día. De ahí, quizá, que sea difícil encontrarle al humor otra razón que una especie de gozo infantil. Tampoco vale la pena buscar mucho por el lado de las políticas de género o sus agendas, aunque conviene notar que, al parodiar mujeres estereotipadas, estos dos transformistas se ríen de los estereotipos mismos, de ciertas expectativas culturales, pero ciertamente no de las mujeres. En este sentido, aunque practica un filoso humor de segundo grado, El varietón está casi libre de crueldad. Persigue menos la condena que la risa.

Como bien se sabe, la risa es un fenómeno social, y un show de estas características depende de cuánto se involucre el público, lo que a su vez suele depender de una cuestión numérica. Lamentablemente, en la función que vi quedaban muchas butacas vacías, por lo que la respuesta no era todo lo viva que hubiera podido ser. Hacen falta más espectadores, entre otras cosas, para que los espectadores puedan crear la retroalimentación que lleva a la auténtica risa colectiva. Suena a tautología: es una invitación.

27/11/2013

 
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