Viktor Frankl: «¡Qué bello podría ser el mundo!»

por Rafael Narbona

Hay utopías luminosas, esperanzadoras, que sueñan con el fin de la violencia y la intolerancia, pues entienden que la libertad y la dignidad sólo se convertirán en realidades efectivas cuando el ser humano conciba al otro como su semejante y no como su esclavo o enemigo. Son las utopías que nos invitan a creer en la posibilidad de un futuro mejor. Sin embargo, hay utopías que sueñan con un mundo injusto, autoritario y excluyente. El nazismo pretendía igualar al ser humano, borrando las diferencias y aniquilando a los que se oponían a su interpretación de la política y la moral. Los judíos y los gitanos, pueblos nómadas y desarraigados, debían desaparecer para que la comunidad aria pudiera realizar su destino histórico: inaugurar una nueva era basada en la Sangre y el Suelo, libre al fin de las fantasías humanitarias opuestas a la dura ley de la Naturaleza, según la cual sólo debe sobrevivir el más fuerte. En 1920, Adolf Hitler era un agitador escasamente conocido, pero ya pronunciaba discursos henchidos de odio que acusaban a los judíos de todos los males de Alemania. En el salón de celebraciones de Hofbräuhaus, la fábrica de cerveza de Múnich, disertó sobre política y cultura, pidiendo la abolición del capitalismo especulativo. Sólo un socialismo que reconciliara al obrero con el capital industrial podría garantizar un futuro de prosperidad, sin crisis recurrentes ni amenazas contra la identidad nacional. La charla se titulaba «¿Por qué somos antisemitas?» e intentaba demostrar que el «buen odio al judío» era un requisito ineludible de progreso. Durante la perorata, Hitler lanzó una pregunta retórica: «¿Cómo puedes ser socialista antisemita? ¿No te avergüenzas?» La respuesta era tan burda como inquietante: «Llegará el momento en que preguntemos: ¿cómo no puedes ser antisemita siendo socialista? Llegará el momento en que se dará por sentado que el socialismo sólo es realizable desde el nacionalismo y el antisemitismo. Los tres conceptos son inseparables».

Los alemanes tardaron muchos siglos en constituirse como nación. En tiempos de Goethe, aún se discutía si el verdadero idioma alemán era la variedad de la Alta o la de la Baja Sajonia. Germanistas, historiadores y filólogos realizaron un esfuerzo descomunal para establecer un modelo de lengua unitaria, basándose en cuentos tradicionales, códices medievales y la prosa de Lutero, cuyo protestantismo adquirió el rango de canon cultural. Se estableció como origen remoto de la cultura alemana al jefe tribal Arminio el Querusco, recurriendo a planteamientos míticos y telúricos, lo cual denotaba una profunda aversión hacia el mundo moderno. En 1800, el alemán aún buscaba su identidad, mientras que los judíos gozaban de una lengua, una escritura, una tradición y una religión milenarias. «Mal vistos por su desarraigo –escribe Götz Aly–, tenían aquello que los amigos del germanismo tanto se empeñaban en buscar: raíces profundas y significativas» (¿Por qué los alemanes? ¿Por qué los judíos? Las causas del Holocausto, trad. de Héctor Piquer, Barcelona, Crítica, 2012). En Alemania y, en el resto de Europa, los judíos soportaban el estigma religioso, pues –supuestamente– habían sido los verdugos de Cristo, pese a que todo indica que Roma se limitó a ejecutar a un alborotador más, que se hacía llamar Rey y Mesías. Los Evangelios minimizan la responsabilidad del Imperio en la Crucifixión para aproximarse al poder político, dejando claro que el implacable Poncio Pilatos era más humano que la «chusma judía». Es una grotesca falsificación del pasado, que ha avivado la llama del antisemitismo durante siglos. Tal vez porque muchos países europeos no habían logrado consolidarse como naciones, el encono hacia los judíos se acentuó, pues se percibía su presencia como un peligro para el anhelo de fundar una cultura con una religión, una historia y un idioma comunes. Escribe Götz Aly: «El antisemitismo de los alemanes fue impulsado por la envidia, el miedo al fracaso, el rencor y la codicia, esas fuerzas del mal que el hombre teme e intenta comprender civilizadamente desde que el mundo existe. […] La ciencia biopolítica sublimó el odio como conocimiento, la carencia como ventaja, y justifico la toma de medidas legales. Así, millones de alemanes pudieron delegar en el Estado sus vergonzosas agresiones motivadas por el sentimiento de inferioridad. Y así, los que ejercían el poder exculparon al individuo y transformaron la maldad individual en la necesidad suprapersonal de llevar a cabo la solución final del problema judío».

Viktor Frankl (Viena, 1905-1977) fue una de las víctimas de ese complejo de inferioridad. Psiquiatra de origen judío, sobrevivió a Theresienstadt y a Auschwitz, pero perdió a su esposa y a sus padres. Frankl formuló una utopía basada en la convicción de que el hombre sólo puede hallar la felicidad mediante una búsqueda libre y racional del sentido de la cosas. La voluntad de comprender es el único modo de existir plenamente humano y el único que nos permite preservar nuestra cordura y dignidad en medio de la adversidad. En 1959, Frankl publicó El hombre en busca de sentido, donde relataba su estancia en los campos de trabajo y exterminio nazis. Su tesis era sorprendente: «A pesar de todo, a la vida». Nadie escoge sufrir, pero sí es posible elegir la forma de afrontar el sufrimiento. Después de Auschwitz, nada es igual, pero la experiencia de la deportación, lejos de empujar hacia el silencio o el nihilismo, puede servir para crecer interiormente y renovar el compromiso con la vida. Estas observaciones pueden resultar chocantes, pero Frankl, que no se atribuye ninguna clase de excelencia moral («los mejores no volvieron»), no teoriza gratuitamente. Deportado en el otoño de 1942, conoció todos los aspectos de la biopolítica nazi. Cuando llega al Lager y supera la primera selección, descubre que la única forma de salir del recinto es por la chimenea, transformado en humo. Horrorizado, se aferra a un manuscrito que ha conseguido esconder y se dirige a un preso veterano, pidiéndole ayuda para conservarlo: «Es el trabajo de mi vida», confiesa. El preso lo observa con una mezcla de piedad y desprecio, respondiendo con una sola palabra: «¡Mierda!». Poco después le confiscan el manuscrito. Viktor comprende que ya no posee nada, salvo su «existencia desnuda». No tarda en conocer la jerga del Lager. Si se desea sobrevivir, hay que evitar a toda costa convertirse en un «musulmán». Los «musulmanes» son los que han renunciado a seguir luchando y deambulan cabizbajos y desmoralizados. Apenas los identifican, los kapos y los SS los envían a las cámaras de gas. Frankl posee una complexión física débil y teme correr la misma suerte. Su condición de médico no le proporciona ninguna ventaja, pero a duras penas logra salir adelante. Su cuerpo se adapta a las privaciones y el trabajo extenuante, mientras su mente retrocede hacia un estadio primitivo, casi prerracional, concentrándose exclusivamente en sensaciones primarias: hambre, fatiga, miedo. El proceso de deshumanización incluye la extinción del deseo sexual y la desaparición de emociones básicas como la pena, el asombro o la indignación. Sólo son «pellejo y andrajos» detrás de una alambrada. Viktor se resiste a entrar en un estado de hibernación emocional y se aferra al recuerdo de su mujer. A veces experimenta una ficticia sensación de proximidad, evocando su mirada, «más luminosa que el sol del amanecer», o escuchando el eco de su voz. La dicha que le produce esa vivencia está más allá de la mera presencia física y el recuerdo. «Por primera vez en mi vida comprendí la verdad vertida en las canciones de tantos poetas y proclamada en la sabiduría definitiva de tantos pensadores. La verdad de que el amor es la meta última y más alta a la que puede aspirar el hombre. Fue entonces cuando aprehendí el significado mayor de los secretos que la poesía, el pensamiento y el credo humanos intentan comunicar: la salvación del hombre está en el amor y a través del amor».

Una tarde, un grupo de prisioneros sale de su barracón para contemplar un atardecer que oscila entre el azul acero y el rojo bermellón. «¡Qué bello podría ser el mundo!», exclama uno, sin olvidar su triste situación. Frankl se pregunta si tanta belleza es casual o está asociada a una finalidad. Mientras cava una trinchera, escucha un victorioso en su interior. Existe una finalidad última. No vivimos en un universo ciego e irracional. No hay que buscar el sentido en el exterior, sino dentro de uno mismo. El ser humano es pura trascendencia, no porque sea el centro del cosmos, sino porque aporta con su inteligencia la noción de sentido y puede ordenar sus actos conforme a un fin. Ese hallazgo no se manifiesta como una evidencia empírica, sino como una prueba de nuestra libertad interior, «esa libertad espiritual que no se nos puede arrebatar» y que es «lo que hace que la vida tenga sentido y propósito». Es cierto que el Lager intenta igualar a todos los hombres, abocándolos a un estado de apatía, embrutecimiento e indignidad, pero algunos se niegan a seguir ese camino, ofreciendo consuelo y solidaridad a sus compañeros. Son pocos los que recorren los barracones compartiendo su pan, pero suficientes para probar que «el ser humano puede conservar un vestigio de libertad espiritual, de independencia mental, incluso en las terribles circunstancias de tensión psíquica y física». Frankl no pretende responsabilizar a los «musulmanes» de su desmoronamiento. Nada más lejos de su intención. Su propósito es recordar a todos, especialmente a los que han perdido la esperanza, que ningún hombre puede ser totalmente aniquilado, pues siempre cabrá la posibilidad de sobreponerse y elegir una actitud ante los hechos. Sin esa creencia, el ser humano se hundiría en la noche más oscura, perdiendo cualquier noción de meta o realización. Frankl cita un aforismo de Nietzsche: «Quien tiene un porqué para vivir, encontrará casi siempre un cómo». Sin un objetivo o un porqué, no se puede sobrevivir a Auschwitz. Sería un error esperar algo de la vida. Es «la vida la que espera algo de nosotros». El ser humano no puede eludir esa responsabilidad sin destruir su propia esencia moral y racional.

Frankl sobrevive, pero ha perdido a su familia y millones de inocentes han sido inmolados en el altar de una ideología perversa. Al contemplar las abominaciones cometidas por los nazis, parece inevitable preguntarse: ¿qué es el hombre en realidad? ¿Un animal depravado y cruel? Frankl cree que no: «El hombre es el ser que ha inventado las cámaras de gas, pero asimismo es el ser que ha entrado en ellas con paso firme musitando una oración». La perplejidad inicial de la liberación –«habíamos perdido la capacidad de alegrarnos»– se transformará en el caso de Frankl en una nueva concepción de su trabajo como psicoterapeuta. Frente a Freud y Adler, que consideran respectivamente que el impulso primordial del ser humano es «la búsqueda del placer» o «la búsqueda de poder», Frankl crea la logoterapia, o «tercera escuela vienesa», según la cual lo verdaderamente humano es «la búsqueda de sentido». No se trata de una «racionalización secundaria» de impulsos instintivos, sino de una fuerza primaria que expresa la meta más profunda de la psique humana. La logoterapia se diferencia del psicoanálisis en que no hace hincapié en lo retrospectivo o introspectivo, sino en la capacidad de pensar y realizar un proyecto. Si el paciente mira hacia el futuro y no al pasado, su ensimismamiento neurótico se relajará. El hombre no inventa el sentido, sino que lo crea al percibir su vida como algo abierto y creativo, donde lo esencial no es la adaptación al entorno o la gratificación del instinto, sino la tensión hacia un fin noble y racional: «El sufrimiento deja de ser en cierto modo sufrimiento en el momento en que encuentra un sentido, como puede serlo el sacrificio». El ser humano es responsable de su propia vida y, al mismo tiempo, no puede desentenderse del dolor ajeno. Frankl no evita la perspectiva teológica. No habla abiertamente de Dios, pero asegura que «nada está irrecuperablemente perdido. Todo se conserva irrevocablemente. Yo diría que haber sido es la forma más segura de ser. El único aspecto verdaderamente transitorio de la vida es lo que en ella hay de potencial. En el momento en que se realiza, se hace realidad, se guarda y se entrega al pasado, de donde se rescata y se preserva de la transitoriedad». Años más tarde, Hans Jonas formularía una prueba sobre la existencia de Dios en términos similares, pero notablemente más desarrollada: «La comprensibilidad de nuestra propia existencia temporal, dotada de la capacidad de conocer, exige una presencia objetiva del pasado». Y esa presencia sólo puede garantizarla «una subjetividad que vive lo concreto efectivo, tal como se produce, incorporándolo en su memoria creciente. Se trata, pues, de un espíritu eternamente existente, pero siempre en devenir» (Pensar sobre Dios y otros ensayos, trad. de Angela Ackerman, Barcelona, Herder, 2012).

Al margen del «mal moral» simbolizado por Auschwitz, que se supera mediante el sentido aportado por el esfuerzo individual de cada ser humano en la planificación ética de su existencia, el problema del «mal metafísico» como deficiencia histórica y ontológica plantea un nuevo interrogante: «Todo este sufrimiento, estas muertes en torno a mí, ¿tienen algún sentido? Porque si no, definitivamente, la supervivencia no tiene sentido, pues la vida cuyo significado depende de una casualidad –ya se sobreviva o se escape a ella– en última instancia no merece ser vivida». Frankl sostiene que el valor de la vida se restituye cuando se reconoce la existencia de la libertad. Si se sostiene que el hombre no puede elegir, porque las condiciones biológicas, sociológicas y psicológicas le condicionan irremediablemente, no puede hablarse de responsabilidad ni de curación. Sin libertad, el bien y el mal se confunden en la misma ciega y oscura necesidad, y el neurótico refuerza su fatalismo, renunciando a luchar activamente contra la enfermedad. Frankl se rebela contra esa posibilidad, pues considera que «el hombre no está totalmente condicionado y determinado; él es quien determina si ha de abandonarse a las situaciones o hacer frente a ellas. En otras palabras, en última instancia el hombre se determina a sí mismo». Dicho de otro modo, «el hombre se trasciende a sí mismo; el ser humano es un ser autotrascendente». No puede acusarse de utópico y poco realista a Viktor Frankl después de haber sobrevivido a la Shoah: «Nuestra generación es realista –escribe–, pues hemos llegado a saber lo que realmente es el hombre. Después de todo, el hombre es ese ser que ha inventado las cámaras de gas de Auschwitz, pero también es el ser que ha entrado en esas cámaras con la cabeza erguida y el Padrenuestro o el Shema Yisrael en sus labios».

El hombre en busca de sentido se ha leído abundantemente en las escuelas por su valor pedagógico y humano. Tal vez no posee la calidad literaria de Sin destino, de Imre Kertész, o la dolorosa clarividencia de Más allá de la culpa y la expiación, de Jean Améry. Tampoco es tan minucioso como Primo Levi en su famosa trilogía (Si esto es un hombre, La tregua, Los hundidos y los salvados), que recrea la rutina de Auschwitz con enorme rigor y sin ninguna clase de optimismo antropológico. El hombre en busca de sentido no está en un escalón inferior, sino en un terreno mucho más fértil, pues ofrece una alternativa a las víctimas de las injusticias, absolviendo al ser humano y justificando el mundo. Améry y Primo Levi se suicidaron, algo impensable en Viktor Frankl. Por eso es fundamental volver a su obra, pues tiene la autoridad del que ha sufrido y no ha perdido la esperanza. Erich Fromm ya nos enseñó que la libertad nos inspira un miedo profundo y ancestral. La ascensión de Hitler al poder es el ejemplo más pavoroso de ese temor. El coraje de Frankl constituye la prueba de que la libertad es posible y necesaria. Sin ella, sucumbiríamos a nuestros peores demonios y nada podría salvarnos.

29/05/2015

 
COMENTARIOS

Carme 30/05/15 18:38
Quien no ha sufrido nunca un gran desastre ignora la fuerza qué tenemos los humanos para crecernos y superarnos a nosotros mismos.

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