Richard Dawkins en una botella

por Rafael Narbona

No me cuesta mucho trabajo imaginar a Richard Dawkins inspeccionando una botella para averiguar si contiene un genio. No hace falta estudiar ciencias naturales o teología para comprobar que la botella está vacía, pero Dawkins mezclará ambas disciplinas para exaltar la ciencia y escarnecer la fe, proclamando que la existencia es un privilegio reservado a lo que puede ser embotellado. Este experimento puede trasladarse a Dios, que nunca será un objeto de experiencia ni aceptará dormitar en el fondo de una botella, esperando que el escrutinio de un científico determine si es algo real, un fraude o una simple ficción. Dawkins, sumo sacerdote del entendimiento público de la ciencia, publicó en 2006 un best-seller titulado El espejismo de Dios, que rebajaba la vivencia religiosa a una estúpida –y peligrosa– alucinación colectiva. No aclaraba la diferencia entre fantasía o sugestión –dos procesos psicológicos que sí pueden ser colectivos– y delirio, un síntoma individual e intransferible que despunta en los cuadros psicóticos, marcando un divorcio transitorio entre la mente y la realidad. En cualquier caso, dejaba claro que la experiencia religiosa era una solemne tontería, con un trasfondo psicopatológico.

Los best-sellers no suele hilar muy fino y El espejismo de Dios no es una excepción. Dawkins asegura que el ateísmo no es una simple creencia, sino un saludable ejercicio de independencia. El agnosticismo no es deleznable, siempre y cuando no se aleje de la perspectiva que sitúa en el mismo plano a Dios, las hadas y los unicornios. No hay excusas para el teísmo, que es la triste evidencia de una mentalidad infantil y supersticiosa. La selección natural, la teoría de la relatividad y la mecánica cuántica despejan cualquier duda sobre el origen y la finalidad del cosmos. Dawkins se queja del respeto que se profesa a la religión, pese a que constituye una dañina desviación del sentido común. Las cinco vías tomistas, el argumento ontológico de san Anselmo y la apuesta de Pascal le parecen «argumentos de patio de colegio». En su opinión, el Dios del Antiguo Testamento sólo es un «prominente canalla» y los Evangelios, pura ficción, con una endeble base histórica. El «diseño inteligente» es la teoría del necio que no comprende los complejos procesos de la selección natural. Para Dawkins, la religión es un contenido mental, una «unidad de cultura» o meme, que se aloja en la mente de uno más o más individuos, replicándose como un parásito hasta producir una epidemia. El respeto hacia nuestros semejantes no brota de un mandato religioso, sino de una empatía natural y de la intervención de genes altruistas que desempeñan un papel necesario para la preservación de la especie. No se puede ser tolerante con las religiones, pues su principal seña de identidad es una lúgubre intolerancia que se opone al progreso y a los cambios sociales. Hay que librar a los niños de su influencia y aleccionar a los adultos para que busquen respuestas en la ciencia, no en absurdos dogmas.

La beligerancia de Hawkins invita a responder a sus diatribas con la famosa frase de Tertuliano: «Creo porque es absurdo» («Credo quia absurdum»). No voy a caer en la trampa de rebatir sus opiniones con evidencias o certezas, pues Dios no es un genio atrapado en una botella ni un fósil sepultado en el subsuelo. Si alguien alberga la esperanza de toparse con Dios en una plaza pública, un laboratorio o un ascensor, lamento comunicarle que su expectativa se verá defraudada una y otra vez: Dios no es un vecino, un político o un divulgador científico que frecuenta los platós televisivos. No es menos insensato definir a Dios mediante una frase, pues el lenguaje sólo puede rendir cuentas de lo finito y contingente. Ya sé que identificar a Dios con lo inefable es decepcionante, pero es una forma de decir que ciertos ámbitos son radicalmente distintos y no permiten conmutaciones. El Dios cristiano –como católico, no me corresponde hablar de otras confesiones– no es una fuerza tenebrosa que nos intimida con su poder ilimitado, sino el amor que se hizo carne, aceptando morir como un esclavo: «Es –por utilizar las palabras del teólogo protestante Karl Barth– quien nos ayuda, quien cuida de nosotros, quien nos trae la salvación en medio de la desgracia». Dios es alegría y la alegría produce asombro, pues «es lo más raro e infrecuente del mundo». La alegría que produce el Dios vivo no puede expresarse con ideas claras y distintas: «Al Dios vivo –continúa Barth– sólo lo barruntamos. No cabe afirmar que lo conozcamos, que lo “tengamos”. ¡Todo se convierte en torpes suspiros y balbuceos cuando intentamos decir algo de él! […] Dios es no sólo indemostrable e inescrutable, sino inconcebible». Sólo conocemos su amor, que adquirió un rostro con Jesús de Nazaret: «Dios no sólo ama, sino que es el amor. Y precisamente en la humanidad de Jesús se realiza y se anuncia en el mundo como amor eterno». Barth justifica su interpretación mediante la segunda multiplicación de los panes narrada por Mateo: «Jesús llamó a sus discípulos y dijo: “Siento compasión de estas gentes, porque llevan ya tres días conmigo y no tienen qué comer; no quiero despedirlos en ayunas, no sea que desfallezcan en el camino”» (15, 32). Sería una simpleza no advertir el carácter metafórico de este relato, que refleja la relación de Dios con el hombre. Jesús se compadece de la multitud que le sigue. Advierte su fatiga, su miedo y su desamparo y decide cargar con su aflicción, liberándoles de todo padecimiento. Decide ser su alimento y su cayado, su sostén y su esperanza.

El teólogo católico Hans Küng expresa la misma idea del Dios cristiano: «Dios no quiere nada para sí, para su provecho y mayor gloria. No desea otra cosa que el beneficio del hombre, su verdadera grandeza, su auténtica dignidad. […] Dios quiere la vida, la alegría, la libertad, la paz, la salvación, la gran felicidad última del hombre, en cuanto individuo y colectividad». A diferencia de Küng, Karl Barth no cree en argumentos racionales para llegar a Dios. La fe es el único punto de partida y no es una prueba, sino una certeza interna que se obtiene mediante la experiencia del amor. De acuerdo con la distinción de san Anselmo de Canterbury, la humanidad se divide en creyentes e insensatos. Los creyentes han experimentando la ternura de Dios. Los insensatos no conocen esa sensación, que puede compararse con una caricia o una iluminación. La virtud del creyente es escuchar, mantenerse abierto, no cerrar el corazón a la posibilidad de la gracia.

Dios es trascendente. Nunca podrá ser subsumido bajo esquemas o razones. Es más, suele revelarse cuando la razón entra crisis. La razón no conduce a la fe, pero la fe alumbra un sentido racional para la historia, rescatando al hombre de sus fracasos. Leszek Kołakowski lo explica de forma elocuente: «Un mundo iluminado por la fe es más inteligible que un mundo sin fe o, más bien, el mundo no es en absoluto inteligible excepto a la luz de la fe». No creo equivocarme al afirmar que este razonamiento sólo es una variación de la célebre frase de san Agustín: «Comprende para creer, cree para comprender» («Intellige ut credas, crede ut intelligas»). En nuestros días, todos los que intenten demostrar racionalmente la existencia de Dios se darán de bruces con Richard Dawkins, con el ceño fruncido y los ojos rebosantes de ironía. Tal vez mi artículo le parezca una soberana estupidez, pero me atrevo a objetar que la fe es un encuentro, no la conclusión de un silogismo. Dios nunca será un ídolo escondido en una botella. Si queremos buscarlo, debemos abrir nuestro corazón y no oponer resistencia al amor, pues «allí donde se ama, allí tiene Dios puesta su cabaña en medio de los pescadores» (Karl Barth).

08/04/2016

 
COMENTARIOS

Morgan de Pojo 08/04/16 13:38
Ahora comprendo mejor Rafael su ataque furibundo contra Nietzsche en otro artículo. La muerte de dios es un sapo (para muchos) difícil de tragar y no digamos de digerir. Cuando en verdad os digo que es un acontecimiento feliz (en palabras del propio Nietzsche). Vendrán dos siglos (y ya llevamos uno) en que las contorsiones nihilistas pondrán en peligro a la humanidad. Y luego...

Rawandi 10/04/16 23:02
"No hay excusas para el teísmo, que es la triste evidencia de una mentalidad infantil y supersticiosa."

No se puede negar que Dios se parece al amigo invisible con el que fantasean algunos niños: una persona incorpórea que "nos ayuda, cuida de nosotros".

"La selección natural, la teoría de la relatividad y la mecánica cuántica despejan cualquier duda sobre el origen y la finalidad del cosmos."

Eso solo es verdad a medias. La selección natural ya ha explicado el origen del ser humano, pero en cuanto al origen del cosmos aún queda bastante trabajo por delante, ya que la relatividad y la cuántica son mutuamente incompatibles, lo cual significa que queda por descubrir una teoría cuántica de la gravedad (¿quizá la teoría de cuerdas?).

Rafael Narbona Monteagudo 12/04/16 10:14
Me asombra la facilidad con que se arrojan a la basura varios siglos de reflexión filosófica. Es evidente que el Círculo de Viena ha triunfado en su cruzada contra la metafísica. Tendré que pensar que hago con mis libros de Platón, Aristóteles,San Agustín, Santo Tomás,Descartes, Leibniz, Kant, Paul Ricoeur, Karl Barth, Hans Jonas o Levinas. Eso sí, las preguntas esenciales perduran como un desafío, invitando a pensar más allá de la mota cuántica y la teoría de las cuerdas. Imagino que Santa Teresa era una pobre loca o una impostora, que se dejó seducir por Cristo, un enajenado que se atribuyó la condición de hijo de Dios. Ridiculizar un argumento no es suficiente para liquidar una tradición de 2000 años, que ha contado con plumas tan notables como San Juan de la Cruz, Karl Rahner o Wener Heisenberg, que escribió: "Donde no se dejan ideales que guíen, que señalen el camino, la escala de valores desaparece y con ella el significado de nuestros actos y sufrimientos, y al final solo puede venir la negación y la desesperación.La religión es por lo tanto la base de la ética, y la ética de la presuposición de la vida."

Félix López 12/04/16 10:24
Estoy de acuerdo con el Sr. Narbona en separar dos planos: uno el de la racionalidad, "la beligerancia de Hawkins", y otro el de la pura fantasía, por mucho sentimiento que se le ponga (y el Sr, Narbona se lo pone en la segunda parte del artículo). Éste plano fantástico está claramente condicionado en cada persona por la educación más o menos traumática que recibió y que le hace perseverar en creencias fabulosas (cualquier religión) que parece que la lectura, el estudio y la reflexión no consiguen apartar.

Rafael Narbona Monteagudo 12/04/16 19:45
Las alusiones a la experiencia personal no aportan ninguna luz. En cuanto a la lectura, el estudio y la reflexión, hay una amplia tradición literaria y filosófica que sostiene la fe. Quizás la historia de la filosofía debería comenzar con Comte, pues todo lo demás es -para muchos- pura fantasía. Ionesco sostenía que la fe es una cuestión de audacia. Quizás es lo que ha perdido el ser humano al convertir su percepción empírica en el único criterio de verdad.

Ricardo Gamboa 13/04/16 00:21
Si hay un dios, no merece ser incluido en ninguna religión. Y si " Dios es no sólo indemostrable e inescrutable, sino inconcebible " como dice el señor Rafael Narbona, no entiendo entonces que se diga algo de él ni que se hayan perdido tantos siglos de teología inútil. Observando la miseria y la injusticia que reina en este mundo, lo único que pudiera justificar a un dios omnipotente sería que no existiera. Y si el señor Narbona no cree en Zeus, en Isis, en Odin, en Alá, en Buda, nos parecemos en eso mucho, solo que yo agregué uno más a la lista.

JOAN LUCENA 13/04/16 14:54
Estoy totalmente de acuerdo con Richard Dawkins y su beligerancia contra toda forma de ignorancia, y la religión además de ser una expresión de ignorancia lo es sobre todo de engaño.

El origen de toda religión es intentar domar la incertidumbre vital y responder a preguntas que nunca serán resueltas.

El ateísmo es la asunción de la incertidumbre como un elemento que todo ser humano ha de asumir y es abandonar las respuestas fáciles y falsas que la religión y otros fenómenos culturales nos ofrecen como un tipo de prozac.

La religión ha cumplido históricamente el papel jugado hoy día por la psicología en que los problemas y angustias vitales que, aunque no sean reales o lo sean pero irresolubles, son PERCIBIDOS como ciertos.

La religión juega en el campo de la percepción y se ha demostrado que para vivir
lo importante no es la realidad sino cómo se percibe.

Es el mismo mecanismo que explica el funcionamiento de nuestro cerebro en que este nos ofrece no tanto la realidad como una representación.

En definitiva la persistencia del fenómeno religioso en nuestras sociedades tiene que ver con la incapacidad de aceptar la finitud y contingencia de la vida humana, precisándose de un manto explicativo acogedor que nos impide alcanzar la mayoría de edad tan necesaria para mejorar este mundo para cada uno de las personas que lo habitamos durante un periodo de tiempo insignificante dentro del tiempo cósmico.

Rafael Narbona Monteagudo 13/04/16 21:46
La inmortalidad personal nunca me ha parecido especialmente tentadora. Sin embargo, me duele que no haya una reparación para las víctimas de Auschwitz, Hiroshima, Srebrenica o Ruanda.
No leo argumentos, sino descalificaciones. Entre otras cosas, se dice que religión es infantil y dañina. Es cierto, pero sólo cuando pretende imponerse como un dogma y excluye el diálogo.
Por otro lado, no creo que la ciencia esté contribuyendo a crear un mundo más humano. Pienso que la Dialéctica de la Ilustración de Adorno y Horkheimer no ha perdido vigencia.
En cualquier caso, me sorprende el beligerante ateísmo que condena a la basura a varios siglos de reflexión filosófica. La filosofía tiende a desaparecer de los planes de estudio. Sin Platón, Aristóteles o Kant, el porvenir será infinitamente mejor, con una humanidad en paz, solidaria y rebosante de madurez. Es una pena que en el siglo XX, hayan despuntado idiotas como Lévinas, Ricoeur, Hans Jonas, Martin Buber o Karl Rahner. En un futuro, sólo se leerá a Richard Dawkins. Me parece una perspectiva inquietante.

JOAN LUCENA 14/04/16 08:46
Aún nadie ha respondido con solvencia por qué razón, un mundo sin religión supuestamente será peor que el mundo actual.

Habla que el ateísmo condena a la basura siglos de pensamiento filosófico cosa que es falsa; pero lo que es indudable, como decía Jesús Mosterín, que la filosofía es una de las ramas del saber humano que, a diferencia del método científico, continúa manteniendo principios hace tiempo inconsistentes y claramente alienantes.

Dice que le duele que no haya una reparación para las víctimas de Auschwitz, Hiroshima, Srebrenica o Ruanda; no entiendo qué tipo de reparación puede traer la religión, la única posible es la que consiga establecer el ser humano y también se ha de asumir que la reparación es posible que nunca se dé, que en muchas ocasiones la maldad no es castigada, que la bondad no impide la enfermedad, que los esfuerzos y ayuda a los demás no son recompensados, que el comportamiento humano no se guía por una cadena de causalidad donde cada acción tiene su correspondiente reacción.

Cuando vemos que la reacción no es la correspondiente, el ser humano se descoloca, duda y se frustra porque cree que debe haber un orden.

Esta ilusión de orden y de confort es como toda ilusión falsa, ilusión proporcionada por la religión.

Es preferible un mundo en que el ser humano sepa que la bondad es preferible en si misma, que la maldad únicamente puede ser castigada en este mundo, que la lucha contra la injusticia es nuestra lucha y es indelegable en posteriores instancias.

Asumir que los humanos somos muy humanos, es decir animales con conciencia de su propia existencia y que la sociedad que construimos depende únicamente de nosotros.

Estamos solos, no hay nadie ni nada mirándonos, y somos dueños de nuestros destinos, de nuestras acciones y de sus consecuencias.

Ricardo Gamboa 14/04/16 21:22
La religión no sirve para contestar muchas preguntas que sin religión ni siquiera existieran. Y así va tejiendo su propio laberinto de ignorancia y manipulación. Como diría Jorge Luis Borges: " El infierno y el paraíso me parecen desproporcionados. Los actos de los hombres no merecen tanto. "
Muchos de esos filósofos que menciona el señor Narbona se parecen a Kant según palabras de Bertrand Russell, que a la hora de hablar de dios, Kant se convertía en un niño de 5 años sentado en el regazo de sus madre. La costumbre es más fuerte que el amor, como dice una canción. Lástima que suceda ese tipo de imposición y de terror desde tan temprana edad, porque los niños generalmente nunca eligen ni sus miedos ni su religión.

Rawandi 14/04/16 22:09
Don Rafael, le recuerdo que en el bando descreído también hay grandes pensadores (Demócrito, Spinoza, Darwin, Russell...) que no tienen nada que envidiar a los del bando religioso.

Ha citado usted al cristiano Heisenberg, cuyo comportamiento durante la II Guerra Mundial fue sencillamente abyecto. Las convicciones cristianas del gran científico alemán no le impidieron colaborar activa y voluntariamente con el totalitarismo nazi. Lo mismo hicieron la mayoría de los cristianos durante el Tercer Reich.

El caso de Heisenberg demuestra lo que puede ocurrir cuando las personas le dan la espalda a los valores ilustrados (la racionalidad y las libertades individuales). Las idelologías nazi y comunista tenían en común precisamente su carácter antiilustrado. Lo que el mundo necesita urgentemente es más Ilustración.

Por cierto, no todos los ateos somos posivistas enemigos de la filosofía. El Círculo de Viena no nos representa.

Alfonso Sáenz Lorenzo 15/04/16 13:42
Confieso que el debate suscitado entorno al artículo de Rafael Narbona me está interesando de tal forma que no me resisto a entrar en él.
Para empezar, y refiriendome exclusivamente al artículo de marras, entiendo que para rebatir las tesis ateas de Ridchard Dawkins hay que colocarse en su mismo plano y utilizar ideas claras y distintas, a modo cartesiano, y para ello no es lo más adecuado enfrentarle al gran teólogo protestante Karl Barth, que no cree en argumentos racionales para llegar a Dios.
Pero, dicho esto, la verdad es que en la valoración de los argumentos de Dawkins en su conocido libro “El espejismo de Dios” estoy más cerca de Rafael Narbona que con el resto de participantes en el debate que expresan su acuerdo entusiasta con las ideas del biólogo. A mí personalmente me parece mucho más interesante y sólido “El relojero ciego”, libro con que se dio a conocer al gran público, seguramente porque en él se mueve fundamentalmente en su terreno de la biología.
Y esa valoración, de forma muy concentrada y breve, está justificada al analizar los argumentos centrales del libro de marras que los expresa condensados en seis puntos en el capítulo cuarto, que titula de forma muy expresiva “Por qué es casi seguro que no hay Dios”. Y todos ellos, desde mi modesta opinión, dejan mucho que desear desde el punto de vista filosófico y también científico.
Para empezar, con el fin de cargarse de un plumazo la idea de Dios, no distingue entre contingencia y necesidad. Conceptos bien establecidos y aclardos por la filosofía griega y que están en el origen mismo de la ciencia moderna. Si solo hubiera contingencia, como parece indicar Dawkins, no tendríamos leyes físicas, y sin ellas sería difiil explicar el mundo como lo hace la ciencia desde Galileo y Newton.
En segundo término, el concepto de simple y simplicidad es el gran mantra utilizado por Dawkins para explicarnos el origen y la evolución de todo lo existente. Por lo visto lo simple, por el hecho de ser simple, lo explica todo. No es eso lo que dice la física moderna para explicarnos las partículas elementales. Hoy gran parte de los físicos de primera línea están mas cerca de Platón que de Demócrito en su descripción de la materia y la energía. Descripción por cierto solo apta para muy, muy, iniciados.
En tercer término, el famoso principio antrópico, que en su versión más simple no deja de ser una tautología, explicaría por sí solo el ajuste fino de las constantes fundamentales de las leyes de la física, Eso sí, y lo escribe textualmente, con mucha suerte por en medio. ¡Somos tan afortunados que estamos encantados de habernos conocido! Yo he desconfiado siempre de los alumnos que me han justificado todo por la buena o mala suerte. No descarto el estar equivocado.
Y es que si solo con argumentos es dificil llegar a Dios, solo con argumentos también el ateismo lo tiene complicado. A mí eso de salir de la nada para volver a ella, sin intentar explicar que demónios hacemos aquí mientras tanto, no me ha convencido nunca.
Tengo la impresión que el neoateismo actual (Dawkins, Hitchens, Harris,..)no han entendido lo que realmente significa la religión y que la entendieron mejor los grandes maestros de la sospecha: Marx, Freud y Nietzsche, que criticaron en profundidad a la religión desde la economía política, la psicología y la ética cultural y alguna de sus críticas siguen vigentes hoy día. La neurociencia ha desmostrado hoy las apreciaciones freudianas fundamentales de que el fundamento de nuestra mente, como señala Juan Lucero en el coloquio, tiene una gran dimensión incosciente y que los propios raciocinios más estrictamente racionales tiene gran componente emocional. Cosa que no debemos olvidar al abordar este tipo de debates.
Y no cabe duda también que muchas de las críticas clásicas a la religión son acertadas. A mi entender el razonamiento más potente contra la existencia de un Dios bueno y misericordiosos es el de la existencia del mal en el mundo, que tan bien formula en el coloquio Ricardo Gamboa. Además el riesgo de degeneración de lo religioso es muy grande. Hay están las guerras de religiones en Europoa, la Inquisición y actualmente el resurgimiento de todo tipo de fundamentalismos y terror asociado a ellos.
Pero hay que decir también que de las intuiciones espirituales de las grandes religiones históricas aún vive hoy la humanidad. Las religiones, claro, aportan consuelo, como dice Joan Lucena, pero ese consuelo estimo que no es malo mientras no sea engañoso, es decir mientras sea una apuesta, arriesgada como todas las apuestas, por la trascendencia garantizada por Dios.En todo caso, entiendo que una fe que eludiera las preguntas, liberada de angustia y de cualquier incertidumbre, no sería auténtica. Hay más fe en una duda honrada que en muchos de los credos . Siempre me ha impresionado en ese sentido un verso de Antonio Machado: “Buscando a Dios entre la niebla” que empieza con “un terrible y eterno no saber si Dios está aquí o allí, si dentro o fuera o en todas partes, si acaso está” y que termina expresando el drama de su posible falta: “Si no existieras, oh Dios, todo sería una terrible y anónima broma imperdonable”. La broma, añado yo para terminar esta ya larga aportación, sería en todo caso sin bromista.

Alfonso Sáenz Lorenzo 15/04/16 15:00
PD. de la aportación anterior. En el penúltimo párrafo y en el último punto y seguido se ha colado una falta ortográfica imperdonable. Debe escribirse: "Ahí están las guerras de religiones en Europa, ..." y no lo que aparece en el texto.Disculpas a los lectores por no revisar adecuadamente el escrito antes de enviarlo.

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