Recuerdos de un colegio de curas

por Rafael Narbona

España es el único país donde el fascismo ganó la guerra y gobernó durante cuatro décadas. La transición a la democracia se urdió desde el olvido y la impunidad. Ese silencio constituyó un agravio a las víctimas de la dictadura, malogrando cualquier intento de reparación jurídica o moral. Sólo Camboya aventaja a España en número de desaparecidos. Se estima que cerca de ciento veinte mil personas yacen aún en fosas clandestinas. Las posibilidades de averiguar su identidad son cada vez más reducidas. Con increíble cinismo, los nostálgicos del régimen franquista afirman que exhumar las fosas sólo contribuye a reavivar las heridas. No entiendo que se pueda censurar o cuestionar el derecho de recuperar los restos de un abuelo para inhumarlos con dignidad. No aprecio ninguna clase de revanchismo en ese humanísimo anhelo. Las víctimas del «terror rojo» fueron exhumadas y sus familiares recibieron homenajes, sinecuras y pensiones. Durante la posguerra europea, se demolieron todos los edificios y monumentos de la Alemania nazi y la Italia fascista. En España, aún se mantienen en pie –por citar sólo dos casos– el Arco el Triunfo y el Valle de los Caídos, un sombrío mausoleo que se construyó con mano de obra esclava. La cruz más alta de la vieja Europa vela el descanso de Francisco Franco y José Antonio Primo de Rivera. Cualquier conciencia verdaderamente democrática se escandaliza con estos hechos.

La oposición crítica a los vestigios del franquismo no implica negar o justificar los crímenes cometidos por las milicias revolucionarias durante la guerra civil española. La rebelión militar del 18 de julio de 1936 desató una oleada de violencia contra los distintos sectores de la derecha. Se asesinó a 6.832 religiosos y a unos setenta mil presuntos fascistas. Manuel Azaña, presidente de la Segunda República, condenó los crímenes, pero socialistas, comunistas y anarquistas impulsaron, alentaron o disculparon la represión, afirmando que era una medida necesaria para ganar la guerra. Desgraciadamente, la izquierda radical aún suscribe este argumento de una forma más o menos explícita. Siempre he considerado que el terrorismo de ETA constituye el último episodio de la Guerra Civil. El odio que suscitó la dictadura de Franco, que torturó y fusiló sin tregua hasta el final, actuó como caldo de cultivo del marxismo-leninismo de ETA. Actualmente, casi todas las fuerzas políticas condenan sus atentados, pero a principios de los años ochenta la izquierda aún fantaseaba con la revolución y simpatizaba en mayor o menor grado con la lucha armada. Sólo cuando ETA incluyó entre sus blancos a políticos de izquierdas se produjo un cambio de discurso.

Puede afirmarse que en España aún sigue funcionando la «lógica de los enemigos complementarios», por utilizar una expresión de Tzvetan Tódorov. Se habla de enemigos complementarios cuando se deshumaniza al adversario y se desprecia cualquier intento de resolver las diferencias mediante el diálogo. En esa dialéctica, sólo caben la difamación, la agresión y la venganza. La sombra del totalitarismo aún planea sobre la arena de la política española, frustrando la superación definitiva de odios cainitas.

¿Cómo se vivió el franquismo en un colegio católico del centro de Madrid? Contaré mi experiencia, intentando reproducir escrupulosamente la realidad. Yo estudié en el Fray Luis de León, un colegio de padres reparadores. Con siete años, me incorporé a segundo de EGB. Corría el año 1971. En esa época, los castigos físicos eran rutinarios y contaban con el apoyo de los padres. Capones, bofetadas, tirones de pelos, humillaciones. Profesores y curas actuaban con la misma brutalidad. Recuerdo que a veces nos obligaban a arrodillarnos sobre tizas o nos sellaban los labios con celo. Las arengas a favor del régimen eran frecuentes. No he olvidado un cómic que relataba el martirio de un sacerdote asesinado por las milicias rojas. Muchos interiorizamos las imágenes de los milicianos profanando una iglesia como la expresión del mal radical. Las cosas cambiaron con el fin de la dictadura. Curiosamente, aparecieron curas vascos que simpatizaban con el independentismo y aborrecían a Franco, lo cual no impedía que se les fuera la mano de vez en cuando. No me atrevo a aventurar una fecha, pero creo que hacia 1979 la violencia desapareció de las aulas. Podría mencionar nombres o incidentes concretos. Yo he visto cómo un adulto abofeteaba brutalmente a un niño de diez años o lo obligaba a ponerse de puntillas, tirándole de las patillas. En el año 1974, un profesor exhibía una fusta en clase, casi como una broma. No recuerdo que la utilizara, pero sí que nos pasaba una goma de borrar tinta por detrás de la oreja.  Sólo se me ocurre una pobre excusa. En ese tiempo, se consideraba que pegar a los niños –especialmente a los de sexo masculino– era tan natural y necesario como enseñarles la tabla de multiplicar.

Al evocar mis recuerdos, alumnos de generaciones posteriores han cuestionado mi versión. Otros han corroborado mis vivencias. He hablado con alumnos de otros colegios religiosos y casi todos los que superan los cincuenta años reconocen haber sufrido experiencias semejantes. Imagino que hoy en día el Fray Luis de León es un colegio más, mixto –en mi época, sólo lo era el último curso de bachillerato– y con una rutina exenta de violencia. Las heridas de la Guerra Civil no se han cerrado, pero la sociedad ha cambiado radicalmente. Pegar a los niños se considera hoy un delito. En los años setenta no era así. Las dictaduras corrompen el alma de la sociedad. Su crueldad se infiltra en todos sus estratos. De todas formas, la protección de la infancia es un concepto relativamente moderno. Durante siglos los niños han sido ciudadanos de segunda categoría, expuestos a toda clase de abusos. ¡Arriba Hazaña!, una película de José María Gutiérrez Santos estrenada en 1978, reproduce con bastante rigor los cambios que se produjeron en los colegios religiosos y, por extensión, en toda la sociedad.

Pienso que la normalización democrática de España sólo se habrá completado cuando las víctimas del franquismo disfruten del mismo reconocimiento que las víctimas del «terror rojo». La desaparición de los símbolos de la dictadura no me parece menos urgente. El Valle de los Caídos no escenifica la reconciliación, sino la victoria de los militares sublevados. Un antiguo campo de concentración nunca podrá ser un icono de la paz, salvo que reciba el mismo tratamiento que Auschwitz o Dachau. Por último, la izquierda debe reconocer que ha flirteado con la violencia durante mucho tiempo, alegando que las transformaciones sociales sólo podrían materializarse mediante estallidos revolucionarios. Olvidaba que una revolución no es una verbena, sino una sangrienta guerra civil.

El pasado duele, pero ese dolor es un tributo a la autocrítica, la honestidad y la clarividencia. Sin esas virtudes, prosperan el encono, la mentira y la deshumanización del otro.

22/07/2016

 
COMENTARIOS

Rafael Narbona Monteagudo 28/07/16 14:18
En Miedo de ser dos, mi primer libro, dediqué un capítulo a mi paso por el Fray Luis de León. Me tomé ciertas licencias literarias que ahora lamento, pues se han utilizado para restar credibilidad a mi relato. El señor Bustillo, profesor de matemáticas, no tenía un ojo de cristal y no recuerdo que nos pegara, pero sí nos llamada idiotas, subnormales, imbéciles. Cuando salías a la pizarra, temblabas de miedo y la mente se bloqueaba. Con todo, no era un mal hombre. En cambio, el padre Daza, con el pelo cortado al estilo marine, actuaba como un verdadero psicópata. Nos pegaba unos capones terribles. En una ocasión, un compañero dormitaba con la cabeza apoyada en la mano, cuando le propinó una brutal bofetada, que impulso su cara contra el pupitre, produciendo un ruido sobrecogedor. El padre Zaya, prefecto de disciplina, no era menos violento. En clase nos hablaba del terrorismo vasco, justificando los atentados de ETA pm. No era lo habitual, pues los profesores mayores simpatizaban con el franquismo. Yo visité varias veces el Cuartel de la Montaña, escuchando elogios al valor de los que se amotinaron contra la Segunda República. Al regresar al colegio, cantábamos la canción nazi “Yo tenía un camarada”. Corría el año 74, más o menos.
Recuerdo al padre Julián pegando bofetadas a niños de nueve años. Después, les obligaba a arrodillarse, con la boca tapada con celo. Los profesores seglares no eran menos bestias, incluidas las señoritas. Por entonces, se podía dar clases –incluso en bachillerato- sin un título universitario. Yo no aprendí nada en el Fray Luis de León, salvo a tener miedo y a rebelarme, lo cual me acarreó castigos humillantes. Creo que hacia los catorce o quince años dejaron de pegarnos, gracias a que finalizó la dictadura. Podría contar más cosas, pero creo que el relato ya es bastante espeluznante.

Javier Díaz 28/07/16 15:58
Interesante y justa reflexión de Narbona. En cuanto a los castigos físicos y las arengas/himnos patrióticos quisiera añadir mi modesto testimonio. En Canarias asistí a un colegio de escolapios hasta 1954, donde los castigos físicos eran un lugar común. Algunos constituían verdaderas palizas de carácter brutal. Todavía recuerdo (desde mis nueve años) los golpes que con una caña de bambú asestó un inmisericorde clérigo abulense a un jovencísimo condiscípulo a causa de sus abundantes faltas en el dictado (nos preparábamos para el ingreso)...En otro colegio religioso, lasaliano este, al que asistí posteriormente, los capones y las bofetadas abundaban, por no hablar de los "reglazos" a que alude un comentarista. En este último centro los himnos patrióticos se entonaban todas las mañanas: hoy el Cara al sol, mañana el Juventud Española, pasado La mirada clara lejos y la frente levantada etc. Está claro que el sr Raimundo Ortega tuvo suerte, no digo en recibir los violentos castigos (a mí tampoco me tocaron personalmente) sino en no tener que presenciarlos a su alrededor, así como en no tener que entonar cotidianamente aquellas canciones ultrarreaccionarias...


Raimundo Ortega 27/07/16 13:32
Compadezco, Sr. Narbona, sus terribles experiencias en ese colegio católico del centro de Madrid: Yo estudié bastantes años antes que usted en colegios privados e institutos públicos y jamás recibí castigo físico alguno ni arengas a favor de un régimen que entonces era bastante más opresivo que en 1971.
Lo dicho, tuvo usted muy mala suerte o yo me "libré por los pelos" de tirones de patillas y profesores con fusta. ¿Qué complicada es la historía basada en nuestros recuerdos!

José Luis García Ruiz 27/07/16 13:42
Yo estudié con el Real Colegio de las Escuelas Pías de San Antón entre 1969 y 1976, siendo un alumno excelente, pues era la única forma de obtener matrícula gratuita, que es la que se podían permitir mis padres. Con todo, recibí capones y "reglazos" (golpes con reglas) por las cosas más nimias y hasta una vez un profesor (seglar) me elevó sobre el suelo tirando de mis (tiernos) mofletes. Como dice Narbona, todo esto le parecía perfecto a nuestros padres. Me contó mi hermano menor, que también estudió en ese colegio, que cuando soplaron los primeros vientos democráticos él vio cómo un compañero le quitó la vara a un profesor (seglar) que acostumbraba a zurrar de lo lindo y le dijo que con Franco muerto ya no se podía pegar. El profesor se quedó de piedra y abandonó para siempre su costumbre favorita. Me parece estupendo recordar estas cosas para entender de verdad qué fue el Franquismo y qué significó la Transición.

Luis Miguel Rodríguez Cobos 27/07/16 15:59
Yo también estudié en las Escuelas Pías de San Antón, en mi caso entre los años 1967 y 1974. Es cierto que había disciplina, pero los golpes y malos tratos no eran algo general. Normalmente les caían los capones y golpes de regla a los alumnos gamberros y sinvergonzones. En mi caso, también becario, no me caían más que castigos relacionados con mi aplicación académica y fueron muy puntuales. Quiero decir que todo dependía de la personalidad de los maestros. He conocido curas a los que todos tomaban el pelo y no eran agresivos y sin embargo profesores seglares que utilizaban más los castigos. Creo que eran situaciones puntuales y no se puede caer en la acusación generalizada.

Edward Baker 27/07/16 16:03
Intervengo, como es natural, desde mi condición de norteamericano nacido y criado en Nueva York. Estudié en colegios públicos de mi ciudad natal de 1947 a 1959, año en que terminé el bachillerato. En mi país la clave del comportamiento de los profesores fue, desde luego, el desenlace de la segunda Guerra mundial que, ciertamente, no ganó el fascismo. Antes, como ha atestiguado en numerosas ocasiones mi hermano, que tiene siete años más que yo, se pegaba a los alumnos de la misma forma descontrolada que cuenta el señor Narbona, mientras que tras en desenlace de aquella guerra cambiaron las cosas de forma bastante sistemática. Y también para eso se ganó la guerra. Something is something.

Carlos Janín 28/07/16 10:48
Fui al colegio de los HH Maristas de Pamplona a la tierna edad de cinco años en los años 50, y desde que pisamos el umbral de aquella institución, a buenos alumnos y a malos, a "gamberros" y a obedientes, nos llovieron palos y toda clase de castigos físicos de una crueldad y un sadismo que aún no he acabdo de digerir ni de comprender, y que me siguen pareciendo, al cabo de tantísimos años, algo monstruoso. Claro que también se nos hacía cantar himnos fascistas: entrábamos en clase al son de "Isabel y Fernando, el espíritu impera, moriremos besando la sagrada bandera"

Antonio Viñao 02/08/16 11:40
Hace varios días envié una breve noticia bibliográfica a la lista informativa de la Sociedad Española de Historia de la Educación, sobre un libro, recién aparecido, que guarda una relación estrecha con el tema comentado. La transcribo, no porque mi experiencia personal fuera similar (estudié el bachillerato interno en un colegio del Frente de Juventudes, aunque acudíamos como alumnos oficiales al Instituto; es decir, no recibí una educación clerical, pero sí fascistoide), sino por el interés del tema.
SÁDABA, Javier, "Memorias comillenses". Madrid, Akal, 2016, 127 páginas. ISBN: 978-84-945283-4-7.

Nos hallamos ante unas memorias de colegio o institución similar, un género de relativa abundancia, y dentro del mismo, sucesivamente, ante unas memorias de internado, de internado católico y de internado católico jesuita ―la Universidad Pontificia de Comillas―, un subgénero que, al menos en España, cuenta con una amplia literatura entre la ficción y lo autobiográfico. El autor, conocido filósofo que ya nos ha dado algún otro producto memorialístico (Dios y sus máscaras. Autobiografía en tres décadas, 1993), entró con 16 años ―una vocación algo tardía para la época― para cursar sus estudios como “retórico aspirante” al sacerdocio desde 1957 a 1961, año en el que sus dudas, y algún episodio del que da cuenta en el libro, determinaron su salida de la institución referida.
El libro, escrito con un estilo entre irónico y sarcástico, se articula en torno a una serie de “aforismos” o frases pronunciadas en determinados momentos por los padres jesuitas responsables de su formación, educación, guarda y cuidado. Frases significativas que revelan la mentalidad y criterios formativos que regían, o pretendían regir, la institución. A las páginas dedicadas a los años de estancia en Comillas, se añade un capítulo sobre los recuerdos de la primera comunión, bien conectado con todo lo dicho en relación con el régimen de vida y prácticas religiosas en el internado, lo que no puede decirse del capítulo último, dedicado a la “tía Sandalia”, salvo que se entienda como un ejemplo que contrasta con todo lo anterior.
Dejo a un lado “la dura crítica” que se efectúa, “de la religiosidad rancia que dominaba no solo la Pontificia, sino la vida cotidiana de la España de la época”, como se dice en la contracubierta del libro. Eso sería lo más fácil. Estamos en los años 1957-61, el Concilio Vaticano II sería convocado en 1959 y comenzaría en 1962. Bien, tras la lectura del libro de Sádaba se aconseja leer el texto, asimismo autobiográfico, de Felipe Trillo Alonso sobre su estancia entre 1972 y 1975 en el colegio jesuita de Santa María del Mar de A Coruña (Sarmiento. Anuario Galego de Historia da Educación, nº 16, 2012, pp. 72-80) donde cursó los últimos años del bachillerato y el Curso de Orientación Universitaria. Fromm, Reich, Freud, Marx, Vilar, Bottomore, “Hiroshima mon amour”, El Pozo del Tío Raimundo, Jarcha, Serrat, Machado, Paco Ibáñez, Sender y Ferlosio. Eso fue una buena parte de lo que Felipe Trillo leyó, vio, escuchó o conoció como colegial. Tales cambios en solo los diez años de la década de los 60 ― y los que vinieron después como reacción―, requieren explicación, análisis y estudios.
Saludos

Enilio 17/08/16 22:19
Yo leí el libro de Sadaba y estudie del 1964-69 en Comillas.

El libro me pareció muy superficial, hay críticas mucho más profundas y reales al sistema de entonces, parece más bien una pequeña vendetta q tenía guardada Sadaba en algún cajón.

Y no se q tiene ver todo lo demás con su tía Sandalia y la primera comunión

Un libro para vender, sin tundamento(Arguiñano dixit)

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