Raíces profundas

por Rafael Narbona

Descubrí Raíces profundas (en el original, Shane) a principios de los años ochenta, cuando la televisión española sólo contaba con dos canales y cualquier película constituía un pequeño acontecimiento. Por entonces, el western todavía disfrutaba de espectadores fieles que se emocionaban con su exaltación del valor, la lealtad y el espíritu de aventura. Los reproductores de vídeo aún no habían inundado los hogares y no podía descuidarse la programación, pues podían transcurrir varios años hasta que surgiera de nuevo la oportunidad de ver una película. Durante las sobremesas de los sábados, la primera –la segunda no comenzaba a emitir hasta bien avanzada la tarde– solía proyectar ciclos de westerns, casi siempre organizados por intérpretes. El público español atribuía más importancia al actor que al director. Sólo Hitchcock disfrutaba de un prestigio reservado a galanes y actrices.

Aunque era un gran aficionado al western, nunca había oído hablar de Raíces profundas, pero sólo necesité unos minutos para apreciar que me encontraba ante una película épica y con grandes dosis de lirismo. Su planteamiento no era particularmente original. Shane (Alan Ladd) es un pistolero errante que huye de su pasado. Su deseo de integrarse en una comunidad lo empujará a prestar su ayuda a las pequeñas familias de granjeros que se enfrentan a los grandes ganaderos por el control de un valle fértil y apacible. Sin menospreciar el título original, considero que Raíces profundas destaca un aspecto esencial de la película: el apego a la tierra, la necesidad de echar raíces, la lucha contra la naturaleza para colonizar una tierra salvaje. Suele afirmarse que Estados Unidos es una civilización basada en el individualismo, pero su cinematografía no cesa de exaltar la importancia de la comunidad. El cine de John Ford, quizás el Homero de la conquista y decadencia del Oeste, nos muestra una y otra vez la desgracia de permanecer al margen, soportando una exclusión no deseada. John Wayne interpreta a Ethan Edwards en Centauros del desierto (The Searchers, 1956) y a Tom Doniphon en El hombre que mató a Liberty Valance (The Man Who Shot Liberty Valance, 1962), dos personajes oscuros, violentos, que oscilan entre el coraje, el cinismo y la desesperanza. Ambos se sacrificarán por sus comunidades, neutralizando peligrosas amenazas, pero su heroísmo –áspero y ambiguo– desembocará en el ostracismo y la soledad. Shane corre una suerte parecida. La sangre derramada a veces es el terrible precio de la paz, pero quienes asumen esa penosa tarea suelen malograr la posibilidad de formar un hogar, convirtiéndose en figuras malditas.

George Stevens rodó Shane entre A Place in the Sun (1951) y Giant (1956). Algunos críticos estiman que componen una trilogía sobre las grandezas y miserias del sueño americano. Las tres películas muestran que la prosperidad de Estados Unidos hunde sus raíces en la violencia. A veces, gratuita; en otras ocasiones, necesaria; pero en último término, vergonzosa. No hace falta mucha imaginación para apreciar la proximidad entre Shane y «shame» (vergüenza, remordimiento). Estados Unidos ha logrado «un lugar en el sol», desplegando una ambición sin límites que recuerda la «voluntad de poder» de Nietzsche. Se ha convertido en un «gigante», expoliando los tesoros de la tierra y avasallando a los pueblos indígenas. Su pecado original, fundacional, hipoteca su futuro, alimentando los brotes de violencia que cada cierto tiempo alteran su rutina. Shane se basa en la novela homónima de Jack Schaefer publicada en 1949. Ambientaba en Wyoming, el protagonista no es el misterioso jinete que ayuda a los granjeros, sino el pequeño Bob, que contemplaba los hechos desde el asombro de sus diez años. George Stevens respetó ese planteamiento, pero cedió el protagonismo al pistolero. Eso sí, evitó que Shane hablara abiertamente sobre sus recuerdos y expectativas. Su hermetismo permite que la mirada de Joey Starrett (Brandon deWilde) articule el relato. De este modo se acentúa su dimensión mítica. La primera escena es un plano panorámico del valle. Shane lo atraviesa a caballo, mientras se escucha la banda sonora de Victor Young y la fotografía de Loyal Griggs desprende un ligero aire de ensoñación. Joey vigila a un ciervo que cruza el río para internarse en su granja y comer de su huerto. No puede ahuyentarlo a tiros, pues su padre considera que aún es demasiado pequeño para usar armas. Sólo le deja jugar con un pequeño rifle descargado. El ciervo evoca la pureza del unicornio, símbolo de la virtud. Es tentador pensar que precede a Shane para anunciar la venida de un paladín dispuesto a luchar por una causa justa. El primer plano de Shane parece confirmar esa intuición. Sonriente, noble, cordial, se muestra afectuoso con Joey desde el principio, adoptando el tono de un padre y un maestro. Cuando de forma inesperada aparecen los hermanos Ryker y sus matones para intimidar a su familia, se alinea espontáneamente con los Starrett. Joe Starrett (Van Heflin) y su esposa Marian (Jean Arthur) agradecen su gesto, acogiéndolo en su hogar. Shane trabaja como peón en la granja, experimentando el bienestar que proporciona el espejismo del calor familiar. Los Starrett lo aceptan, sin preguntarle sobre su pasado. Sus pistolas con cachas de nácar insinúan claramente que es un pistolero. Joey le pide que le enseñe a disparar y Shane acepta, demostrando una puntería excepcional. Marian contempla la lección, pero no esconde su desagrado, comentando que desearía que todos los revólveres desaparecieran del valle. Aunque se esboza un idilio entre Marian y Shane, ninguno de los dos está dispuesto a consumar una pasión destructiva. Su relación se limita a intercambiar miradas y gestos contenidos por el pudor y la discreción.

Joe y Shane lucharán juntos contra los ganaderos. Aunque Joe es el líder de la comunidad, carece de los recursos para enfrentarse a Wilson (Jack Palance), un pistolero de Cheyenne contratado por los Ryker. Palance es la antítesis de Shane. Sombrío, desafiante, vestido de negro, no conoce otra motivación que el dinero. Matar no le causa ningún problema. Torrey (Elisha Cook, Jr.), un granjero que presume de sus hazañas como soldado sudista, no puede igualarlo en el manejo del revólver. Torpe e intempestivo, sólo es un pobre hombre que juega a ser un héroe, profiriendo fanfarronadas. Ryker piensa que su muerte pondrá en fuga al resto de los granjeros. Wilson le provoca y lo mata en un duelo desigual y particularmente trágico. Al igual que en El hombre que mató a Liberty Valance, la violencia de los ganaderos intenta preservar la ley del salvaje Oeste; los granjeros, en cambio, luchan por fundar una comunidad con iglesias y escuelas.

Su impulso civilizador se manifiesta en la fiesta del 4 de julio y en el entierro de Torrey, dos largas escenas que no ocultan su deuda con el costumbrismo de John Ford. Stevens salpica la acción con referencias nostálgicas al Sur y recurre a los niños, explotando el contraste entre su inocencia y las penosas cargas del mundo adulto. Esa diferencia se hace especialmente visible al inicio de la película, cuando Shane y Joe emplean horas de duro trabajo para desarraigar un viejo tronco que impide labrar la tierra. Shane sacrificará su precaria dicha para asegurar la paz en el valle. No desea volver a empuñar las armas, pero no le quedará otra alternativa para acabar con Wilson y los hermanos Ryker, que han preparado una trampa mortal para Joe. Su victoria está teñida de melancolía. Sabe que debe alejarse, que su tiempo se ha terminado, que los pistoleros como él encarnan los valores de un mundo abocado a la extinción. Joey, que ha presenciado el dramático tiroteo, le suplica inútilmente que no se marche. Shane le agita el pelo y le ruega que cuide a sus padres, convirtiéndose en un granjero honrado y trabajador. Es su última lección, la única herencia que puede dejarle. Shane se aleja del valle de noche, bordeando el cementerio donde yace Torrey. Está herido, quizá de gravedad. Su destino es vagar sin rumbo y morir sin el consuelo de una familia y unos amigos.

No he olvidado el entusiasmo que me produjo Shane hace más de treinta años. He vuelto a ver la película quince o veinte veces. Nunca me ha defraudado o aburrido. Y siempre he pensado que la civilización no se abriría paso sin grandes dosis de épica, pero una vez que se ha consolidado sólo produce una prosaica tranquilidad.

06/05/2016

 
COMENTARIOS

Francisco de Borja 11/05/16 14:56
El amigo Rafael Narbona nos viene a recordar, entre despectivo y resignado, el empobrecimiento material de España en los años 80 (solo dos canales en la TV) y el empobrecimiento espiritual y cultural de los españoles en esa época (que no admiraban, dice, al director de una película, sino solo al galán o a la estrella, como los cerriles que son) Y que en la TVE de entonces había que esperar “varios años” para ver una película.
Lo único cierto de esas cosas que ha dicho es que solo había dos canales.
Lo demás es mentira. Yo vi centenares de westerns mucho antes de los años 80 porque para entonces, en los 80, lo que molaba era Kurosawa y los guerreros medievales tipo Ran. El amigo Rafael Narbona, después de insultarnos y de insultarse, se nos desparrama en un ditirambo de los estadounidenses y de los Estados Unidos, tipo Tony Leblanc en “Los Tramposos”, hechicero de los paletos hispanos, a los que encanta y subyuga para sacarles unas pesetas. Y encantado y subyugado el amigo Rafael Narbona se nos queda y se nos presenta con los héroes estadounidenses del Oeste, según él, héroes colectivistas o comunistas o comunitarios, quienes también le sacan unas pesetas, por paleto (las que paga por ver sus westerns enajenados para enajenarse él también) y a quienes describe en este artículo como si fueran semidioses homéricos que en vez de matar indios y mexicanos en sus polvorientos estados occidentales hasta atiborrarse aniquilaran a aqueos en la Guerra de Troya. Qué descripciones de los vaqueros, válgame Dios. Qué epopeya del mastuerzo a caballo. Qué épica del agricultor devenido en pistolero. Como si fuera todo ello plata cuando solo es cobre. Sólo nos falta ahora que en un siguiente artículo nos adoctrine sobre lo machotes que son los jugadores de béisbol de “las grandes ligas”. O los “navy seals” de Vietnam. O los gángsters de Chicago. Cria un cuervo proyanki y acrítico y te sacarán las vergüenzas de España.

Inazio Acha 11/05/16 15:23
Me llama mucho la atención la extrema agresividad de Francisco de Borja. Sus motivos tendrá, pero la lectura del texto de Rafael Narbona, se esté o no se esté de acuerdo con él, dificilmente justifica semejantes dosis de veneno y mala leche.
Que le vaya bien.

Miguel Pérez Giménez 11/05/16 15:29
No sé la edad que tendrá el Sr. Rafael Narbona. Posiblemente descubriera "Raíces profundas" a principios de los 80 porque no tenía edad para ver la televisión antes, pero yo ví éste y otros westerns, amén de otras muchas películas más, en televisión antes de esas fechas.
Por cierto, la película que utiliza como epopeya americana es pobre como pocas. Yo la he visto dos veces y en la segunda ocasión ya me provocó una aguda indigestión, no quiero ni pensar lo que será verla quince o veinte veces. La imagen del inexpresivo Alan Ladd a caballo como prototipo del pistolero pacífico que repudia la violencia resulta patético incluso para el sueño americano.

Julián Arroyo 11/05/16 22:09
Rafael:
Estoy de acuerdo contigo en que la película es un encanto, que muchas veces conmueve, incluso. Por poner un ejemplo, son inolvidables las llamadas a pleno pulmón de Joe a Shane para que no se vaya. El entusiasmo y la sensibilidad del chico resultan dignas de admiración y son envidiables. Afortunadamente, antes de hacerlo, deja resuelta definitivamente la cuestión del malvado Wilson. Después, tiene que seguir su destino irrefragablemente. Espero que Narbona pueda continuar disfrutando del cine y que nos lo siga contando. Un afectuoso saludo

Francisco de Borja 12/05/16 08:02
Don Inazio, hombre, no se me encabrite, pardiez, que no pretendo yo molestar a nadie. Ni siquiera al amigo Rafael Narbona, quien escribe muy bien, por cierto. El único que se molesta en realidad soy yo. Por razones muy personales y peregrinas. Seré breve al respecto, don Inazio. Me molesta que los intelectuales españoles alaben los productos del espíritu realizados en Estados Unidos cuando ese país nos desprecia a todos nosotros, a todos los españoles, en especial, justamente a los intelectuales. Y hete aquí que el odio yanqui por lo hispánico es contestado por el hispánico con admiración de patán por lo estadounidense. Cosa que me pasma y entristece. Eso nada más, don Inazio.

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