Patria: Fernando Aramburu y la derrota literaria de ETA

por Rafael Narbona

¿Merece la pena convertir la tierra en un infierno para ganar el paraíso? Al igual que otras tenebrosas distopías, el mito de la patria vasca sembró durante décadas el terror y el desconsuelo, destrozando familias y conciencias, con el pretexto de materializar un sueño: una Euskal Herria independiente y socialista. Los gudaris que volaron hipermercados y cuarteles de la Guardia Civil, aceptando que perdieran la vida niños y transeúntes, quizá no habían leído a Hegel, pero aplicaron su filosofía de la historia, que concibe la guerra como el doloroso y necesario camino hacia una meta –presuntamente– sublime. La sangre inocente se vuelve irrelevante cuando se lucha por un ideal superior. No debe juzgarse un acto por su efecto inmediato, sino por sus consecuencias a largo plazo. Este razonamiento es la coartada de quienes masacran a la población civil, levantan campos de exterminio o ejecutan fríamente a sus supuestos enemigos. Los crímenes de ETA no habrían sido posibles sin la complicidad de una buena parte de la sociedad vasca. Ese dato escandaloso evidencia que los totalitarismos siegan vidas porque previamente han envenenado las conciencias, preparando el terreno a los pistoleros. Quien aprieta el gatillo sólo es el último eslabón de una cadena. Sin la deshumanización del enemigo, sin la justificación teórica de la violencia, sin la creación de mitos que seducen y embrutecen, la espiral del terror no fructificaría ni prosperaría.

Patria, la última novela de Fernando Aramburu, no se conforma con relatar el sufrimiento de dos familias afectadas de diferente forma por el fenómeno del terrorismo, sino que escarba en el subsuelo colectivo, buscando las raíces de una tragedia cuya última página aún no se ha escrito. Las armas han callado y ha comenzado el turno de las palabras. La derrota literaria de ETA es tan importante como la desarticulación de la banda. Hay que clarificar lo sucedido, identificar claramente a las víctimas y a los verdugos, combatir las distorsiones y manipulaciones de quienes pretenden imponer su versión de los hechos, sacrificando nuevamente a las víctimas en el altar de sus intereses políticos. La historia de ETA sólo puede construirse desde las víctimas, nunca desde la perspectiva de los asesinos. No puede situarse en el mismo plano al que murió calcinado por una bomba lapa o agonizó en una acera con un tiro en la nuca, y al que detonó el explosivo o disparó por la espalda. Los militantes de ETA y sus familias sufren y han sufrido, pero no son víctimas del terrorismo. La guerra sucia contra la banda no puede utilizarse para elaborar un retrato simétrico, según el cual el conflicto ha causado estragos en los dos lados. Es necesario dejar muy claro que la responsabilidad moral corresponde a ETA y no a sus víctimas. Las víctimas deben escribir la historia. Si lo hacen sus verdugos, su muerte se volverá irrelevante e inútil. En ese sentido, Patria constituye un verdadero acontecimiento, pues compone un extraordinario fresco de la sociedad vasca, desgarrada y dividida por la violencia de ETA.

Patria relata la historia de dos familias que transitan de la amistad al odio y el rencor. Miren y Bittori mantuvieron una estrecha amistad en su adolescencia hasta que el «conflicto» irrumpió en sus vidas. Con idéntico fervor religioso, ambas acariciaron la idea de ingresar en un convento, uniendo sus destinos en el amor a Dios. El amor frustró esos planes. Miren se casó con Joxian, un trabajador de escasas luces, pero de buen corazón. Bittori se desposó con Txato, amigo íntimo de Joxian, pero con un carácter muy distinto. Ambicioso, trabajador y honrado, Txato logró crear una pequeña empresa de camiones, que le proporcionó una buena posición económica y despertó la envidia de sus vecinos. Miren y Joxian tuvieron tres hijos: Joxe Mari, Gorka y Arantxa. Bittori y Txato engendraron dos hijos: Xabier y Nerea. El matrimonio no distanció a los amigos. Aficionados al ciclismo y al mus, la complicidad de Joxian y Txato se hizo tan estrecha que sus esposas bromeaban, afirmando que parecían marido y mujer. Bittori y Miren no descuidaron su devoción, acudiendo juntas a misa para escuchar los sermones de don Serapio, un cura abertzale, hipócrita, manipulador y autocomplaciente. El rumbo de cada hijo será la nota discordante que alejará a las familias. Joxe Mari, corpulento y primario, participará en la kale borroka, quemando autobuses y cajeros. Notable jugador de balonmano, su fanatismo aumentará con los años. Las pistolas reemplazarán a los cócteles molotov cuando ingrese en ETA y se convierta en jefe de un talde o comando. Su hermano Gorka no seguirá sus pasos. Tímido e introvertido, su pasión por los libros lo mantendrá lejos de la violencia, si bien soportará el acoso de su entorno, que le recriminará su escaso entusiasmo revolucionario. Arantxa siempre se mostrará muy crítica, repudiando los crímenes de ETA. Durante un tiempo, Nerea secundará las consignas de la izquierda abertzale, mientras que Xabier, su hermano, preferirá reservar todas sus fuerzas para su vocación como médico. La crispación entre las familias surgirá cuando Txato se convierte en objetivo de la banda por retrasarse en los pagos del impuesto revolucionario. Miren romperá con Bittori y obligará a Joxian a alejarse de Txato. Una campaña de pintadas y anónimos será el odioso preludio de una muerte anunciada.
Fernando Aramburu muestra un enorme talento para la caracterización psicológica de sus personajes, complejos, creíbles y humanísimos. Miren y Bittori encarnan a la perfección la figura del matriarcado vasco. Son mujeres dominantes, entrometidas y viscerales. A pesar de estar enfrentadas por las circunstancias, se parecen extraordinariamente. Miren habla con Ignacio de Loyola, pidiéndole favores o recriminándole su indiferencia. Bittori pierde la fe cuando la violencia le arrebata lo más querido. Ambas son tozudas y desconfiadas. No les gustan las parejas de sus hijos y hostigan a sus maridos para que se muestren más beligerantes, secundando sus opiniones. Miren es particularmente fanática. Odia lo español, apoya la violencia de ETA y cuando ésta anuncia el fin de su actividad armada, reconoce que se siente desnuda y vulnerable. Joxian y Txato comparten una amistad entrañable. No les interesa la política, pero la política se inmiscuirá en sus vidas. Txato es valiente. No se deja intimidar por las pintadas y las amenazas. En cambio, Joxian es cobarde y se aparta de su amigo para no ser acusado de españolista. Se refugia en su huerta y en sus conejos. No visitará la tumba de Txato hasta muchos años después de su asesinato. Después de depositar unas flores, se echará a llorar, con esa impotencia del hombre común arrollado por el vendaval de la historia. Txato no entiende que ETA ataque a un vascohablante, un euskaldún que no habló castellano hasta los cinco años. Tampoco comprende que se identifique a los vascos con los crímenes de ETA. Cuando asiste a un encuentro de fútbol en Zaragoza, los insultos («vascos asesinos», «etarras», etc.) le producen estupor y aflicción.

Fernando Aramburu se adentra en el mundo de ETA con el personaje de Joxe Mari. Hombre de acción y no de reflexión, el hijo mayor de Joxian y Miren se incorporará a la banda muy joven. Su primera víctima será el dueño de un bar que supuestamente trafica con drogas. Después de pegarle varios tiros, se marchará orgulloso, pues no ha robado la caja, pese a que nada se lo impedía. Su lucha es limpia, honesta, revolucionaria. ETA no asesina: ejecuta. Duro y autoritario, Joxe Mari repite una y otra vez que su misión no es pensar, sino cumplir órdenes. Cuando descubre que Txato está en la lista de objetivos de ETA, comenta que mataría a un miembro de su propia familia si fuera necesario. De niño, Txato jugó con él, le hizo regalos, siempre se mostró afectuoso y generoso. Detenido por las fuerzas de seguridad, sufrirá vejaciones y torturas. Condenado a más de cien años y sometido a la política de dispersión, acabarán sucumbiendo a las dudas, que poco a poco lo llevarán hasta un difuso remordimiento. Necesitará diecisiete años para arrepentirse de sus actos y pedir perdón a sus víctimas.

Lejos de partidismos, Fernando Aramburu recrea los interrogatorios del régimen de incomunicación. Joxe Mari es torturado en el cuartel de Intxaurrondo y en la Dirección General de la Guardia Civil, situada en la madrileña calle de Guzmán el Bueno. Puñetazos, patadas, asfixia inducida con una bolsa, descargas eléctricas. Casi siempre se aborda esta cuestión desde una óptica partidista. La izquierda abertzale esgrime estas prácticas para justificar la lucha armada, señalando que ETA mata, pero no tortura. Es un argumento insostenible, pues es difícil imaginar una tortura peor que sufrir un secuestro y temer –o saber– que el desenlace consistirá en un tiro en la nuca. La imagen de Ortega Lara poco después de ser rescatado por la Guardia Civil muestra con elocuencia que la tortura física y psicológica forma parte de la historia de ETA. La tortura siempre constituye una infamia, pero es una infamia que se repite cada vez que la sociedad sufre el azote del terrorismo. Antes o después, el Estado recurre a la violencia. Por rabia, impotencia o desesperación. Ante la falta de resultados, la tortura siempre representa un atajo. Al margen de las valoraciones morales, el terrorismo es un fenómeno que acaba provocando que las sociedades democráticas vulneren sus propias normas. Tal vez la conclusión que pueda extraerse de esta cadena de calamidades es que la violencia terrorista corrompe a la sociedad, a las instituciones, a los seres humanos que recurren a ella, invocando un ideal.

Aramburu no pretende ser neutral. Su novela se moviliza contra la humillación y olvido de las víctimas, denuncia la connivencia entre el clero y el nacionalismo, reivindica el papel de la memoria para reparar y restañar las heridas, señala el trasfondo racista y excluyente de cualquier utopía basada en principios identitarios. Sin moralizar o sermonear, Aramburu destaca la humanidad de quienes son asesinados por ocupar un acta de concejal o enfundarse un uniforme, desmonta el patriotismo concebido como una misión sagrada, apunta que la violencia es un mecanismo imparable cuando se pone en movimiento, y recuerda la tibieza de las fuerzas nacionalistas –PNV incluido– con el terrorismo independentista. No observa los acontecimientos desde la orilla del camino: se sumerge en ellos y los revive. Es particularmente emotiva su recreación del asesinato de Manuel Zamarreño, concejal del PP asesinado en Rentería cuando regresaba de comprar el pan.

Desde el punto de vista formal, Patria es un prodigio de precisión. Los capítulos se suceden con una exactitud asombrosa, manteniendo vivo el relato en todo momento. Las peripecias de los distintos personajes se encadenan sin estorbarse mutuamente. La prosa es poderosa, pero no retórica. Está al servicio de la narración. Su desnudez y eficacia deja espacio al lirismo y la ternura, pero no a ese ensimismamiento estético que paraliza la trama, produciendo fatiga y dispersión. Posee profundidad, textura, resonancia, sin caer en estériles preciosismos. La portentosa arquitectura de Patria evoca la sabiduría narrativa de Tolstói y Galdós, convenientemente actualizada. No me parece exagerado afirmar que nos hallamos ante una de las grandes novelas de la literatura española contemporánea.

Por último, no puedo evitar introducir una nota personal. Ideológicamente, siempre me he movido en el terreno de la socialdemocracia, pero la crisis que empezó en 2008 me empujó hacia posiciones radicales. La socialdemocracia española parecía indistinguible del neoliberalismo y el cuadro de emergencia social provocado por el paro y los desahucios parecía exigir el regreso de una izquierda revolucionaria, capaz de contener –o revertir– los excesos del capitalismo. La aparición de una izquierda populista que reivindicaba la Cuba de Fidel Castro y la Venezuela de Hugo Chávez puso en circulación un discurso semejante al de mayo del 68. El Che volvió a ocupar los altares de la izquierda insurgente, con su obscena exaltación de la violencia. En ese contexto, cobró fuerza la exculpación y dignificación de la izquierda abertzale. En el País Vasco no había terrorismo, sino un conflicto. ETA mataba, sí, pero el Estado torturaba. La lucha armada es un derecho de los pueblos oprimidos. En fin de cuentas, los grandes cambios históricos no se habrían producido sin violencia. La Revolución francesa había hecho rodar cabezas, pero nos ha convertido en ciudadanos. Durante dos años y medio, suscribí ese discurso, pero el dolor de las víctimas acabó imponiéndose sobre una monserga que disfrazaba el odio de internacionalismo, y el deseo de aniquilar al adversario, de anhelo igualitario. Escribí un artículo rectificando y pidiendo perdón por las ideas expresadas, minuciosamente calcadas de la ideología de la izquierda populista y revolucionaria. Con la perspectiva del tiempo, creo que había automatizado un discurso cargado de oportunismo y demagogia, sepultando temporalmente mi capacidad de enjuiciar conforme a opiniones propias, personales. Mi artículo me costó un desagradable linchamiento virtual que en otro contexto podría haberse convertido en una campaña de acoso. Comprendí lo que significaba vivir amenazado, hostigado. En ese momento, Fernando Aramburu y Francisco Javier Irazoki –dos vascos ejemplares, dos seres humanos de indudable integridad– me transmitieron su apoyo. No conozco personalmente a ninguno de los dos, lo cual acrecienta el valor de su gesto. Desde entonces, desconfío de cualquier utopía política. La esencia de la política no es la excelencia, sino lo posible. Cuando se intenta ir más allá, se desemboca en la estridencia y el fanatismo.

Aramburu insinúa que el único paraíso verdaderamente humano se encuentra en un pequeño huerto como el de Joxian, donde el trabajo y la amistad se dan la mano y el porvenir se dibuja como algo apacible. Es una patria que no pide inmolaciones. No es una bandera por la que morir, sino un buen motivo para vivir. Patria es una lección de vida, un prodigio literario y un ejercicio de responsabilidad cívica. En mi opinión, marca un hito en nuestras letras y desarma definitivamente a quienes intentan justificar la barbarie.

30/09/2016

 
COMENTARIOS

Juan Carlos 11/10/16 13:59
He leído la novela, me ha gustado. Soy nacionalista vasco. Sobre todo es una buena novela. Tan solo mencionar que en muchas zonas del País Vasco la situación no era tan asfixiante como en los pequeños pueblos de Gipuzkoa. La comentaré con mis amigos y creo que dará lugar a debates interesantes. La novela no es maniquea y se agradece.

Pedro Menor 06/10/16 19:57

La acabo de terminar. Y he llorado, me he enrabietado, y he entendido muchas muchas cosas. La obra TOTAL Y DEFINITIVA sobre la sociedad vasca durante 30 años conviviendo con ETA y el nacionalismo. NO quería acabarla, y seguro que a no mucho la vuelvo a leer. Obra maestra, que tendría que ser de lectura obligatoria en los colegios, no sólo del País Vasco. Es una vacuna contra la intolerancia y el fanatismo. Sin duda libro del año, o del lustro, o de la década.

Xabier Mendizabal 15/12/16 13:00
Sr Rafael Narbona:

Analizar en unas líneas, o hasta en un libro la convulsa historia que nos ha sacudido en los últimos 80 años (particularmente en los últimos 50) es extremadamente difícil por lo complejo de múltiples situaciones de injusticia y barbarie que por ambas partes se han dado. Como bien sabe UD, y me consta que hasta lo ha denunciado, 120.000 personas aún se pudren bajo las cunetas, en un país que se jacta de ser el adalid de la "democracia" y de ser el ejemplo mundial de un "estado de derecho". Nada más lejos de la realidad, en un país en el que la ley mordaza le puede a uno mandar a la cárcel simplemente por una opinión clara y contundente en contra de, por ejemplo, la monarquía imperante hoy e impuesta en el 69 por el régimen de Franco. De independencia, de nacionalismo (ambos conceptos diferentes a todas luces) se podría discutir, al albur de una verdadera DEMOCRACIA con mayúsculas. Claro está, ese estado del cual no me considero integrante JAMÁS HA PERMITIDO, PERMITE NI PERMITIRÁ DISIDENCIA NI SENTIMIENTO IDENTITARIO ALGUNO, que no vaya más allá del mero folklore inofensivo que pueda suponer, por ejemplo, el mero hecho de bailar un aurresku delante del monarca impuesto. Reitero mi independentismo absoluto, mi marxismo internacionalista y mis ansias de vivir en un mundo en el cual los pueblos puedan ser lo que quieran ser, y nadie se marche a la cama pasando hambre, frío e injusticia. Sí, conozco personas que se alegraban cada vez que ETA ponía un coche bomba y mataba hasta a niños, (muy mal hecho), como asimismo puedo leer en diversos foros LEGALES a personas que se alegran de la muerte en carretera de un familiar de algún preso de ETA cuando iba a visitarle, cubriendo distancias indignas y no propias de un "estado de derecho" que se precie (y no pasa nada). En Colombia, por ejemplo, creo saber que las FARC han negociado con el gobierno sin haberse disuelto ni haber entregado las armas. Creo que ese país llamado España adolece gravemente de cualquier atisbo de democracia para hacer algo así. Por último, hacerle saber que el diálogo es la madre de todo, algo que creo que en ese país no están preparados para asumir. Nuevos tiempos han llegado, espero que para quedarse, nuevos tiempos en los cuales algún día podría ser posible el sentarse en una mesa, arrancar postillas de heridas cerradas en falso y, por qué no, abordar temas que hoy por hoy son considerados "inabordables".
Yo también le deseo paz, y un alejamiento de odios y resquemores hacia quienes un día fuimos sus amigos.
Cordialmente...
Xabier Mendizabal Migliaccio.

Xabier Mendizabal Migliaccio 01/12/16 12:06
Vayamos por partes...Esta extensa oda a la MENTIRA (se entiende como tal al acto de simplificar de manera infantil algo que ha costado muchas vidas, sufrimientos y odios enquistados), se extiende hasta los límites del vómito literario. Muy lejos de analizar los motivos, (QUE NO A JUSTIFICAR BARBARIE COBARDE NI SANGRIENTA ALGUNA), se reduce a envilecer a TODO LO QUE SUENE A DISIDENCIA, INDEPENDENCIA O CUALQUIER IDEOLOGÍA QUE SE SALGA DEL CARRIL ÚNICO DEL NAZIonalismo católico y unionista Español. Yo, nacido en 1.962, en un barrio obrero de la capital Donostiarra, viví de primera mano la vil manipulación que desde los estamentos "democráticos" de ese estado bananero inducía a la pujante y desconforme juventud a no luchar por un mundo mejor. No hablo de lucha física, de tiros en la nuca, bombas, secuestros etc...hablo de conceptos que van mucho más allá del mero holocausto convivencial. Hablo de decenas de conocidos, que sucumbieron, en la flor de su vida, por culpa de esa maldita droga, que pretendió acallar, sin conseguirlo, el espíritu rebelde e inconformista de toda una generación. Galindo, de todos conocido por ser el TERRORISTA QUE INUNDÓ A EUSKAL HERRÍA DE HEROÍNA (particularmente a sus barrios obreros, susceptibles de una vulnerabilidad que les proporcionaba la marginalidad en la cual vivían), salió prácticamente de rositas (solo 5 años de "cárcel") por la SALVAJE, BRUTAL Y VIL TORTURA (asesinatos sumarísimos incluídos) de dos jóvenes Tolosarras (Lasa y Zabala), y tanto él como sus secuaces "representantes de la ley, el orden y el estado de derecho", apenas cumplieron una mínima pena de las largas condenas a las cuales habían sido condenados (más de 70 años). Podría extenderme hasta la extenuación, pues torturas las ha habido POR MILES, asesinatos de estado los ha habido a cientos, y siempre bajo la connivencia del ministro del interior de turno, que haciendo gala de la frialdad a las que nos tenía acostumbrados, aludía a que todo había sido "un error", "o "se le había disparado el arma", cuando un miembro de la FOP (las entonces Fuerzas del Orden Público), excediéndose claramente en sus atribuciones, y valiéndose de la impunidad que le daba ese estado torticero, mentiroso y fascista, ejecutaba a un simple manifestante (por ejemplo, en Tudela, en 1.977), Gladys del Estal, ecologista que, sentada en el suelo, Y DESARMADA, fue ejecutada a sangre fría por uno de esos mercenarios, hijos del espíritu del golpe del 36. NO PAGÓ POR ELLO Y AÚN HOY SUS FAMILIARES SIGUEN PIDIENDO JUSTICIA. Aquí no hablamos de vencedores ni vencidos (sería un infantilismo simplista aludir a ello), aquí hablamos de UNA GUERRA ABIERTA, que, desde mediados del franquismo, sacudió, por una parte, a la sociedad Española, y por otra, a la Vasca. Esto no pretende ser una oda ni una justificación a la violencia sangrienta. Esta opinión pretende hacer justicia, dar un paso adelante, construir sobre las ruinas, y, sobre todo, poner en su lugar a este SR Rafael Narbona, que por cierto de su falsa "amistad" de la que fui una víctima engañada, pasó a una feroz crítica contra quienes SIMPLEMENTE PENSAMOS QUE EUSKAL HERRIA ES UNA NACIÓN POR DERECHO POPIO, POR UNA HISTORIA GESTADA HACE 1.200 AÑOS EN NAVARRA, y, sobre todo, porque España, ese país al que él tanto alaba, ha hecho, hace y seguramente seguirá haciendo una alarde de la más vomitiva y recalcitrante falta de democracia. Yo, como ciudadano del mundo, como Vasco, y COMO SER HUMANO (sobre todo por esto último), condeno tajantemente esa violencia sangrienta de ETA, que dejó más de 800 víctimas mortales y su sufrimiento colateral añadido. Por contra, todavía estoy esperando que, por ejemplo, la X del GAL (todos sabemos de sobra quien es), sea juzgado, o tan siquiera PIDA PERDÓN por aquellos asesinatos de esa banda parapolicial. Mikel Zabalza (a quien conocí en persona), no era más que un obrero, conductor de autobuses de la compañía municipal de autobuses de Donostia. Abertzale convencido, no me consta de militancia alguna en ETA. Fue detenido por los acólitos de Galindo, torturado y echado a las aguas del río Bidasoa. Aquello, una vez más de entre cientos, tal vez miles de casos, QUEDÓ UNA VEZ MÁS IMPUNE. Le pese lo que le pese a Este Sr. Narbona, Euskal Herria ES UNA NACIÓN, por lengua, cultura, idiosincrasia y por derechos de historia propios, y algún día (lejano tal vez) nos podremos independizar de ese estado que basó su imperio en la mentira, la imposición antidemocrática y la razón de la fuerza. Si, SR. Narbona, me dejó UD de lado, me tildó de terrorista (me acusó de que cada vez que ETA mataba, los independentistas brindábamos por ello), y yo, la única vez que he brindado por algo que memoraba algún suceso así, fue cuando mi Aita (padre) abrió una botella de cava para celebrar la muerte del dictador aquel 20 de noviembre de 1.975. 41 años después, ese país al que este SR. Narbona ama y justifica, sigue manejado por los hijos y nietos de aquella violencia secular, que tuvo su máxima expresión el nefasto 18 de julio de 1.936, y cuyas heridas, le pese a quien le pese, AÚN NO HAN SIDO RESTAÑADAS, porque sencillamente aquella mafia sigue en el poder, hoy más vigente que nunca. Adiós, SR. Narbona, ex "amigo", seguiré, en el derecho que me otorga la libertad de expresión que debe de ser el adalid de toda sociedad moderna, DISCUTIENDO SUS POSTULADOS Y SUS IDEAS UN TANTO SESGADAS DE LA TRISTE REALIDAD. Agur, gero arte (adiós, hasta luego)...

Rafael Narbona 01/12/16 13:04
Estimado Xabier:

No voy a rebatir su extensa argumentación. No dudo que usted condena la violencia, pero ambos conocemos a personas que sí brindaban cada vez que se cometía un atentado y se reían del dolor de las víctimas. Mi conocimiento del País Vasco es infinitamente menor que el suyo, pero me he relacionado con suficientes simpatizantes de la izquierda abertzale que lamentaban el fin de la violencia de ETA y añoraban el regreso de la lucha armada. Yo no soy partidario de la autodeterminación, pues creo que sólo crearía tensiones y conflictos. No olvide que muchos vascos se consideran españoles. Eso sí, quiero dejar muy claro que no he dirigido mis críticas contra los abertzales (patriotas), sino única y exclusivamente contra los simpatizantes de ETA. Si mis textos han producido otra impresión lo lamento. Comprendo que un sector muy amplio de la sociedad vasca se plantee la posibilidad de la independencia o la anhele ardientemente, pero lo que me horroriza y repugna es que muchos vascos gritaran en un pasado reciente: ¡ETA, mátalos! Usted y yo conocemos a personas que han coreado esas consignas. El independentismo es una opción legítima; el crimen sólo es un ejercicio de crueldad que no puede justificarse amparándose en los excesos policiales en la lucha contra el terrorismo. Siempre he condenado el terrorismo de estado, pero la violencia podría haber desaparecido mucho antes si ETA hubiera dejado las armas. Para mí, no hay ninguna diferencia entre un miembro del GAL y un militante de ETA. Lamento la muerte de Mikel Zabalza y de otras víctimas inocentes, como los niños del cuartel de Vic. Simplemente, he resaltado el valor de la novela de Aramburu, pues muestra la miseria moral de los que apoyaron y jalearon a ETA, a veces empujando a chavales de dieciocho años a integrarse en la banda. Creo que usted habla con buena fe, pero no distingue entre abertzales y terroristas. Los abertzales defienden una causa política, con la que se puede estar de acuerdo o no. Los terroristas matan por odio e intolerancia. Yo sólo escribo contra esos individuos, que han sembrado el dolor durante décadas. También escribo contra los que han recurrido a la tortura y a las ejecuciones extrajudiciales bajo distintas siglas (BVE, GAL, etc).

Le envío un cordial saludo y mi deseo de paz

Rafael Narbona

MAX 23/01/17 11:23
Bastante floja en el estilo. No pasará a la historia por su prosa, desde luego. El tema daba para mucho más. Pero está claro que ya era hora de empezar a abordar el tema del terrorismo. Es un comienzo. Ahora, desde el punto de vista literario muy mejorable. Parece que la ha terminado deprisa y corriendo. Otra vez será.

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