Nikolái Lilin: una educación siberiana

por Rafael Narbona

Nikolái Lilin nació en 1980. Originario de Bender (Transnistria), creció en una comunidad de urcas o bandidos siberianos, con un estricto código de honor que les inculcaba la convicción de ser «criminales honestos». Después de pasar una temporada entre rejas, Lilin fue movilizado por el ejército ruso y enviado a combatir en Chechenia, donde sirvió en una unidad de saboteadores. Desde 2003, reside en Italia, trabajando como escritor y tatuador profesional.

Educación siberiana (2009) relata sus años de iniciación como joven delincuente en una zona caracterizada por la violencia y por una ética peculiar, que acepta el robo y el asesinato, pero no tolera las drogas, la violación o el maltrato de niños y ancianos. Los valores de los urcas son el respeto, la valentía, la amistad y la entrega, sin que eso inhiba el impulso de matar, pues conciben la existencia como una lucha incesante, donde resultan tan inaceptables la cobardía como el sadismo. Un antiguo proverbio de los urcas siberianos resume perfectamente su filosofía: «Unos gozan la vida, otros la sufren, nosotros la combatimos».

En los años treinta, Stalin expulsó a los urcas de Siberia, su tierra natal, y los deportó a la Transnistria, una franja ubicada entre Moldavia y Ucrania. En 1990, Transnistria proclamó su independencia, pero sólo Abjasia, Osetia del Sur y Nagorno Karabaj han reconocido al nuevo Estado. Después de una breve guerra civil, se convirtió en una zona controlada por la corrupción política, el tráfico de personas, el crimen organizado y la violación sistemática de los derechos humanos. La Federación Rusa mantiene tropas en la región y no ha mostrado ninguna intención de retirarlas. De pequeño, Nikolái confiesa que no jugaba. A los cuatro o cinco años, su principal diversión era contemplar cómo su abuelo o su tío desmontaban y limpiaban sus armas, que depositaban cuidadosamente en un estante llamado el «rincón rojo». En ese espacio convivían las navajas, las pistolas, los crucifijos, los iconos y las fotografías de los parientes muertos o encarcelados. Las armas preferidas de los urcas eran los fusiles de asalto Kaláshnikov, pero no eran tan valorados como la «pica» o «navaja tradicional», verdadero objeto de culto. Las armas se dividían en «honestas» y «pecaminosas». Las «honestas» se utilizaban para cazar y las «pecaminosas» para cometer crímenes. Sólo se cazaba por necesidad, nunca por placer. Las «pecaminosas» se bendecían en una iglesia y se grababa en su superficie la imagen de una cruz o un santo. En ningún caso podían estar juntas en la misma estancia, pues el arma honesta se contaminaría y acarrearía mala suerte a su propietario.

Cuando Nikolái empuña por primera vez la mítica Tokárev de su abuelo, experimenta «una especie de euforia, de gozo de vivir». No es algo insólito, pues «en la comunidad siberiana –escribe Lilin– se aprende a matar desde pequeño. Nuestro concepto de la vida está muy ligado a la muerte, y a los niños se les enseña que el riesgo y la muerte son elementos propios de la existencia, y que, por tanto, quitar la vida o morir es algo normal si hay un buen motivo». Por eso, «hacia los cinco o seis años, los niños siberianos muestran una determinación y una seriedad envidiables, incluso en comparación con los adultos de otras comunidades. Y sobre estos sólidos cimientos descansa la educación para matar, para actuar físicamente contra un ser vivo». De ahí que a los trece años muchos adolescentes siberianos ya hayan pasado por la cárcel, acusados de homicidio, al menos en grado de tentativa. La prisión no es una desgracia, sino «una experiencia importantísima y aun fundamental en la formación del carácter». Sucede lo mismo con la «pica», que en ningún caso puede comprarse: «Hay que merecerla», apunta Lilin, y sólo puede regalarla un adulto que no pertenezca a la familia. Se le atribuyen poderes mágicos. Si estás enfermo, se coloca abierta debajo del colchón, pues corta y absorbe el dolor. Si muere su propietario, se parte por la mitad y se deposita en el ataúd, por lo general debajo de la cabeza del difunto. La familia conserva el mango y lo colca en el «rincón rojo». Se cree que de ese modo el fallecido hará de intermediario entre los vivos y Dios. La «pica» alerta del peligro, calentándose, vibrando o lanzando un pitido. Si se rompe, avisa de que un muerto no halla reposo y necesita ser recordado mediante ofrendas y rezos. Cuando Nikolái recibe su primera «pica», no disimula su fascinación: «Tras bajar una especie de palanquita, quité el seguro y apreté el botón. El ruido del mecanismo me sonó a música, como si el metal hablase. La hoja salía de golpe, instantánea, con una fuerza inmensa, y enseguida se quedaba quieta, recta, demostrando su firmeza. Era curioso ver cómo aquélla cosa extraña, que cerrada parecía un objeto de escritorio de principios del siglo XIX, al abrirse tomaba la forma clara, simple y definitiva de un arma preciosa, sutil, llena de gracia y encanto y, desde luego, no exenta de belleza».

Durante los años ochenta, los mayores prohibían a los jóvenes siberianos cualquier producto made in USA, incluidos los vaqueros y el rock. Se vestía con humildad y discreción. Lo único que distinguía a los urcas del resto de la población era la gorra de «ocho triángulos», confeccionada con ocho trozos de tela que se agrupaban formando una especie de cúpula rematada con un botón y provista de una visera. En función de cómo se colocaba (torcida, recta, en la nuca, ceñida hasta los ojos), reflejaba un estado de ánimo: ira, relajación, peligro, aburrimiento. Los jóvenes reconocían la autoridad de los mayores y se dejaban «tallar» por los más viejos, los delincuentes ilustres, que se habían ganado el sobrenombre de «abuelos», «santos» o «benditos» por su larga trayectoria. Dentro de ese universo, los policías eran los seres más abyectos y despreciables: «Son distintos del resto de la humanidad, porque llevan dentro las ganas de servir, de tener amo –exclama el “abuelo” Kuiza, que se ocupa de “tallar” a Nikolái–. No saben nada de la libertad y temen a los hombres libres. Su pan es nuestro dolor, hijo mío. No es posible negociar con ellos». Sólo cabe combatirlos. Se aplica el mismo criterio a los banqueros, usureros y políticos corruptos. Por el contrario, se consideran sagrados los ancianos, los niños, los huérfanos, las mujeres y los discapacitados.

Los urcas siempre han mantenido una relación cordial con los cosacos, cuyos valores comparten. Ambos grupos creen en la familia, las jerarquías, la amistad incondicional, la obediencia y el sacrificio. Los cosacos constituían un ejército y en tiempo de paz se dedicaban a la ganadería. Por el contrario, los urcas siempre se movían en el terreno de la delincuencia, pero con unas reglas claras e inflexibles. «Eso era lo que me gustaba de aquel mundo, por violento y brutal que fuera; allí no cabían falsedades, mentiras ni hipocresías: todo era absolutamente verdadero y sincero, la verdad se presentaba espontánea, sin estudio ni afectación: la gente era auténtica».

El tatuaje era la principal seña de identidad del criminal siberiano. Era un rito que comenzaba a los doce años y se extendía gradualmente por el cuerpo, partiendo de los pies y las manos y finalizando en el torso. No se utilizaban los tatuajes grandes, pues cada imagen expresaba un acontecimiento de un itinerario que alcanzaba su cenit a los cuarenta o cincuenta años. Sólo entonces los dibujos se realizaban en la espalda y el pecho, y «apropiarse de un tatuaje ajeno es, en la tradición siberiana, uno de los mayores errores que pueden cometerse y se paga con la muerte». El tatuador no cobra una cantidad fija. Los urcas desprecian el dinero, refiriéndose a él como «basura» o un despectivo «eso». Por este motivo, cuando acaba su dibujo, el tatuador sólo comenta: «Dame lo que sea justo». Los tatuadores no cometían crímenes porque dedicaban todo su tiempo a su trabajo y porque en la Unión Soviética el simple hecho de tatuar ya constituía un delito que se castigaba con la prisión.

Nikolái siempre respetó y apreció a los discapacitados físicos y psíquicos. Los urcas los consideraban «mensajeros divinos» o «queridos de Dios». Cuando, en los años cincuenta, las autoridades soviéticas establecieron que las familias debían enviar obligatoriamente a los enfermos mentales a centros especiales, Transnistria se llenó de familias que no querían separarse de sus hijos, padres o hermanos, pues sabían que les amparaba la tradición siberiana. El internamiento forzoso de los discapacitados reveló a Nikolái que «la libertad individual» era más sagrada que cualquier bandera o ideología. Desgraciadamente, los urcas no mostraban las mismas contemplaciones con los homosexuales, a los que se hostigaba, humillaba y maltrataba. Ese machismo elemental explica que las gafas se interpretaran como un signo de debilidad o algo tan vejatorio como una silla de ruedas. A pesar de eso, Nikolái traba amistad con Gueka, un muchacho miope, cuya madre le presta los primeros libros: «Así fue como conocí a Dickens y Conan Doyle, y sobre todo al único personaje literario que, aun siendo un poli traidor, me ha caído bien: Sherlock Holmes».

Durante una excursión por un barrio ajeno, Nikolái y sus amigos sufren el ataque de una pandilla, que les acusan de invadir su territorio. Nikolái se defiende a navajazos, neutralizando con tres fulminantes pinchazos en el muslo a un adversario mucho más corpulento y armado con un cuchillo de cocina. Ese incidente lo convierte en un «famoso escritor», pues en la jerga siberiana se llama escritor al que maneja con destreza un arma blanca. Después de varias refriegas, algunas con una inmerecida y penosa derrota, Nikolái llega a la conclusión de que «con cuchilladas y hostias» no se resuelve nada y pasa a las pistolas. No esperaba que una pelea finalizara con la inesperada aparición de la policía y un año en una cárcel de menores. Lejos de asustarse, cuando el juez dicta la sentencia, siente que se encamina hacia «algo grande e importante», algo que llevaba toda la vida esperando. Al quedar en libertad, regresa a su barrio con su reputación fortalecida, pues ha conseguido mantener a raya a los violadores, los matones y los funcionarios. No habría sido posible sin la protección de los reclusos siberianos. Su apoyo no fue un regalo, sino una recompensa a su coraje y dignidad.

Pero la tranquilidad dura poco. La violación de Xiusa, una joven siberiana hermosa y autista, exige una venganza ejemplar. Nikolái y sus amigos encuentran a los agresores y los matan a tiros, después de una breve persecución. Al contemplar los cadáveres, Nikolái no experimenta alivio o alegría, sino «rabia y cansancio, es decir, dos sensaciones primitivas, animales, pero nada, absolutamente nada humano y elevado». Confuso y abatido, se marcha a Rusia y empieza a estudiar Educación Física. No le resultará sencillo acostumbrarse a la «vida normal», pero cuando adquiere una rutina de estudio, ejercicio físico y abundantes lecturas, recibe una orden de reclutamiento. Acude a un cuartel y mantiene una discusión temeraria con un coronel, que lo destina a una de las unidades más duras del ejército ruso en Chechenia. Su «educación siberiana», que le ha incitado una vez más a enfrentarse con la autoridad, le reserva un nuevo capítulo de violencia.

Elogiada por Roberto Saviano (autor de Gomorra, el famoso libro sobre la Camorra), la primera edición de Educación siberiana se agotó en pocas horas en las librerías italianas. La suerte o desgracia de un libro en el mercado editorial no dice nada significativo o importante, pero, en este caso, el interés del público coincidió con el valor objetivo de la obra. Lilin narra su atípica vida sin grandilocuencia ni moralismo. No es un arrepentido que invoca el perdón y la redención, sino un hombre que reflexiona e intenta transmitir una experiencia muy alejada de las vivencias comunes. Su prosa es sencilla, fluida, elegante, incisiva, con las dosis necesarias de emotividad e inteligencia. Habla de un mundo que ha desaparecido, pues la desintegración de la Unión Soviética abrió la puerta a una nueva delincuencia que sólo se mueve por afán de lucro, ignorando cualquier código moral. Los «criminales honestos» pertenecen a otra época y no son muy distintos de los «malones» celebrados por Borges. Lilin no oculta su nostalgia, pero tampoco lamenta su situación actual, donde ya no escribe con una «pica», sino con agujas esterilizadas y un procesador de textos. Educación siberiana se lee sin esfuerzo, pero sus historias perduran. En sus páginas no hay una lucha entre el bien y el mal, sino una vocación testimonial que constituye un reflejo de las paradojas de la condición humana, tan propensa a la ternura como a la aniquilación despiadada del adversario. Durante siglos, el amor a los ancianos, los enfermos o los niños fue tan natural en los urcas como el ritual de abrir una navaja y hundirla en el cuerpo de un rival.

19/02/2016

 
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