Mystic River: lobos, vampiros y pelotas en una alcantarilla

por Rafael Narbona

¿Existe el destino? ¿Puede lucharse contra la fatalidad? ¿Somos libres para elegir o, sencillamente, sobrevivimos? En Mystic River (Clint Eastwood, 2003), la vida de tres amigos quedará marcada por una brutal agresión sexual acontecida durante su infancia. Jimmy Markum (Sean Penn), Dave Boyle (Tim Robbins) y Sean Devine (Kevin Bacon) juegan al hockey en la calle de un barrio obrero de Boston. Dave es torpe e inseguro; Jimmy, avispado e inteligente; Sean, sensato y tranquilo. Sus personalidades ya están definidas, pero aún permanecen abiertas y permeables. Cualquier incidente podría ser crucial para su futuro. Dave, que juega de portero, envía la pelota a una alcantarilla. Su desafortunado golpe interrumpe el partido. Los intentos de recuperar la pelota fracasan y Jimmy propone coger un coche prestado para dar una vuelta. Sus amigos se niegan, pero aceptan escribir sus nombres en el cemento fresco de una acera en obras con una pequeña navaja. Jimmy y Sean completan sus nombres, pero Dave se queda a medias. Un hombre que finge ser policía los amenaza con arrestarlos y obliga a Dave a montar en un coche, donde lo espera otro hombre, algo mayor. Durante cuatro días, el niño sufrirá toda clase de abusos en un sótano, pero logrará escapar, huyendo por un bosque. Su alocada huida parece una auténtica fuga de la muerte, pero no de la locura, que ya ha anidado en su mente, condenándolo a un sufrimiento inextinguible. Por primera vez ha descubierto que los seres humanos pueden ser lobos, implacables depredadores sin un resquicio de compasión hacia sus víctimas.

Veinticinco años después, los tres amigos se han separado. Jimmy ha pasado dos años en la cárcel por robo, pero se ha reformado y ahora es dueño de un pequeño autoservicio de comida, bebidas, tabaco y prensa. Mientras cumplía condena, murió Marita, su primera mujer, y madre de su hija Katie (Emmy Rossum), que acaba de cumplir diecinueve años. Se ha vuelto a casar con Annabeth (Laura Linney) y ha sido padre de dos hijas más. Sean se ha convertido en inspector de policía. Su mujer lo abandonó hace seis meses con una niña recién nacida. Le llama por teléfono a menudo, pero se mantiene en silencio. Sean es incapaz de comprender por qué se ha alejado de su lado. Dave se casó con Celeste Boyle (Marcia Gay Harden) y tuvo un hijo, un niño de siete u ocho años al que ha contagiado su espíritu de eterno perdedor. El inesperado asesinato de Katie pondrá de manifiesto que un crimen puede quedar impune, pero siempre producirá una alteración, un desorden, que acarreará consecuencias impensables, incluso cuando han transcurrido muchos años. Ray Harris, un pequeño ratero, traicionó a Jimmy Markum para librarse de la prisión, pero Jimmy lo averiguó y no le perdonó. Estar entre rejas significó no poder cuidar de Marita mientras agonizaba por culpa de un cáncer. Cuando pisó la calle de nuevo, buscó a Ray, le pegó dos tiros y lo arrojó al Mystic River, con la ayuda de los hermanos Savage. Ambos lloraron, pues habían sido buenos amigos, pero el anhelo de venganza prevaleció sobre cualquier otra consideración.

Desde el principio, la policía sospechó que Jimmy era el responsable de la desaparición de Ray, pero no pudo probarlo y nunca encontró el cadáver. Katie, que desconoce la historia, se enamora de Brendan Harris (Tom Guiry), hijo de Ray. Ocultan su relación, pues Jimmy nunca ha disimulado su antipatía hacia la familia Harris, y acuerdan fugarse para casarse en secreto en Las Vegas. Cuando Katie aparece asesinada, el dolor no tarda en fundirse con el sentimiento de culpa. Aunque no logra explicarlo, Jimmy sabe que ha contribuido de alguna forma a la muerte de su hija. Su pérdida parece la penitencia impuesta por el asesinato de Ray. De hecho, cuando Sean identifica el cadáver de la joven, brutalmente golpeada y tiroteada, se pregunta: «¿Y ahora qué coño le digo al padre? Hola, Jimmy, tenías una deuda pendiente con Dios y hoy se la ha cobrado». Obsesionado por vengar la muerte de su hija, Jimmy seguirá una pista equivocada y cometerá un trágico error. Aunque su mujer le dice que ha obrado bien, que tiene un gran corazón, que sólo piensa en proteger a su familia, su cara no expresa felicidad ni paz cuando se encuentra en un desfile con Sean y éste –que sabe lo sucedido− le apunta con el dedo, indicándole que siempre vivirá acosado, no sólo por la ley, sino por su propia memoria, que no se cansará de recordarle que ha cometido un monstruoso error. Jimmy nunca ha dejado de enviar dinero anónimamente a la viuda de Ray Harris, que aún lo cree vivo. Ese gesto no le ha redimido y no ha evitado que mataran a Katie. Muchas veces ha pensado cómo habría sido su vida si hubiera subido al coche que secuestró a Dave. El pasado a veces le parece mucho más real que el presente o el porvenir, una espesa bruma de culpa y fatalidad. Cuando apuñala y dispara al presunto asesino de su hija, exclama: «Aquí enterramos nuestros pecados y lavamos nuestra conciencia». La escena transcurre de noche a orillas del Mystic River. Es el mismo escenario donde ajustó cuentas con Ray Harris. La frase es falsa, inverosímil. Los pecados de Sean no se borran y su conciencia continúa manchada, agravada por un nuevo crimen, esta vez sin ninguna justificación.

Dave no logrará superar la experiencia del secuestro y el abuso sexual. Su mirada nunca chispea, apenas sonríe, su conversación carece de brillo. Es un hombre triste y apático que a veces se deja llevar por extrañas efusiones verbales, donde compara a sus agresores con lobos. No se engaña. Sabe que cualquiera puede despertar un día y descubrir que se ha transformado en una criatura maléfica. Cuando golpea hasta la muerte a un pederasta que abusa en un coche de un adolescente, regresa a su casa aturdido y profundamente perturbado. No está satisfecho, sino horrorizado: «Uno se siente solo cuando le hace daño a alguien. Te sientes como un extraño». Dave sueña con la juventud que jamás tuvo, con no haber subido al coche, con ser invisible, silencioso, con habitar en un mundo de luciérnagas, flotando en una luz fantasmal. Pero sabe que en realidad sólo es un muerto viviente, que se transformó en un vampiro en el sótano donde lo violaron y vejaron. En un momento de enorme angustia y tensión, le pregunta a Celeste: «¿Sabes que en el barrio hubo prostitución infantil?» El mal no es algo ocasional, sino un agua putrefacta que ha colonizado el subsuelo, destruyendo cualquier forma de inocencia. Sean parece más equilibrado, pero la tragedia de Dave también le ha marcado. Su incapacidad de expresar afectos y compartir su intimidad ha destruido su matrimonio. «¿Cuándo viste por última vez a Dave?», pregunta a Jimmy, después de comunicarle que ha detenido a los asesinos de su hija. «Hace veinticinco años», responde su amigo, con el rostro ensombrecido. «Subiendo por esa calle». Sean comprende lo que ha sucedido. Jimmy ha matado a Dave, creyéndolo culpable del asesinato de Katie. Celeste le confesó que esa noche había vuelto con la ropa manchada de sangre y que cada vez actuaba de una forma más incoherente. Hondamente abatido, Sean comenta, casi como si pensara en voz alta: «A veces creo que los tres subimos a aquel coche, y que todo esto es un sueño. En el fondo seguimos siendo niños de once años encerrados en un sótano, imaginando cómo serían nuestras vidas si hubiésemos escapado». «Es posible», responde Jimmy, alejándose con paso tambaleante.

Mystic River no esboza ninguna concesión a la esperanza. Dave no consigue aplacar su dolor matando a un pederasta. De hecho, su acto sólo propicia su propia muerte. Sean recobra a su esposa y a su hija, pero los recuerdos no le dejarán vivir tranquilo. Jimmy convivirá con los sentimientos de culpa y pérdida el resto de sus días, preguntándose si hay redención posible para sus pecados, si es posible sepultarlos y limpiar su conciencia. Cuando Sean le interroga poco después del asesinato de Katie, contesta con una pregunta inquietante: «¿Te has parado a pensar alguna vez cómo una decisión sin importancia puede cambiar totalmente el rumbo de tu vida?» Clint Eastwood parece sugerir que no podemos hacer casi nada ante la fatalidad, que el ser humano no puede cambiar su destino, que sólo nos cabe aguantar la desgracia con entereza y seguir adelante, aunque no haya un motivo claro para hacerlo. Nuestras vidas se parecen a la pelota que Dave arroja a la alcantarilla. No elegimos la oscuridad, pero avanzamos hacia ella sin poder evitarlo.

01/09/2017

 
COMENTARIOS

Dario Milan 01/09/17 14:14
Buena película, mejor artículo.

edgard moncayo 06/09/17 21:22
Buena literatura la del artículo, pero resiento el hecho de que , como la mayoría de las cr´ticas cinematográficas, se limita a reconstruir el argumento de la película, lo que en fondo equivale a comentar solo el guión de la misma.No hay alusión alguna a la calidad de las actuaciones o la técnica o los recursos del director para expresar mediante las imagenes o escenas o secuencias su mensaje.Cómo logra acentuar el dramatismo o la comicidad de determinadas situaciones.

En Mystic River, por ejemplo, me impresionó mucho la escena en la que Jimmy se entera de la muerte de su hija y tienen que atajarlo varios policías para evitar que se lanze sobre su cadáver ( un plano largo, creo). Emite un grito que me recordó al de Al Pacino abrazando el cadáver de su hija en un teatro de palermo.Antes Sean le ha revelado la tragedia con una mirada llena de angustia, compasión e impotencia Me gustó mucho la sobriedad y el profesionalismo ( en su papel de detective) de Kevin Bacon que sabe su oficio..La actuación de Martia Ray Harden cuando acusa a su marido frente a Jimmy, es de primera clase.Ella tampoco volverá a tener una segunda oportunidad sobre la tierra
Creo, por último ,que el articulo confunde a Jimmy con Sean en uno o dos de sus párrafos

Francisco Martínez 06/09/17 23:17
Impresionante historia.

Rafael Narbona Monteagudo 07/09/17 20:34
Estimado Edgar Moncayo:

En algunas de mis críticas de cine, hablo de planos y, en menor medida, de interpretaciones. Esta vez no lo he hecho, quizás porque nunca me ha gustado el enfoque formalista. En cuanto al grito de Al Pacino, creo que constituye uno de los momentos más bochornosos de una trilogía que declina en la última entrega. Personalmente, la escena me produce bochorno y cierta irritación. Elogio que destaque la interpretación de Kevin Bacon, escasamente mencionada en las críticas en circulación. En cuanto a mi supuesta confusión entre personajes, creo que se equivoca.

Saludos

Rafael Narbona

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