Mater Dolorosa

por Rafael Narbona

Hace unos días hojeaba un ejemplar de la Imitación de Cristo, el famoso libro de Tomás de Kempis, el canónigo agustino que nació en Colonia en 1380 y murió en Ámsterdam en 1471. Creo que perteneció a mi madre, pues se trata de una edición de 1954, de formato pequeño y con los cantos dorados. Apenas ocho centímetros, con una encuadernación de piel protegida por un plástico y dos guías de tela: una en verde y otra en rojo. No son simples guías de lectura, sino dos señales que indican estados del alma: esperanza, fe, aflicción, piedad, humildad, arrepentimiento, caridad. El Kempis no es un relato, sino un viaje que nunca termina. Tal vez sería más exacto decir que es una vivencia, pues cada página deja una huella profunda y duradera en el espíritu. Mis ojos viejos y fatigados apenas pueden leer su letra diminuta, pero ese tamaño minúsculo no es un capricho, sino un homenaje al espíritu de la obra. Fray Luis de Granada escribió un hermoso prólogo que explica la razón de unas dimensiones tan reducidas: «…se imprimió pequeño, como lo ves; para que así como no es pesado en lo de dentro, no lo sea lo de fuera, y tengas un compañero fiel, un consuelo en tus trabajos, un maestro en tus dudas, un arte para orar al Señor, una regla para vivir, una confianza para morir».

El Kempis no debe abordarse como una lectura ocasional, sino como una invitación permanente al encuentro y la comunión con Dios. Con independencia de su valor como obra religiosa, incluye algunas de las páginas más inspiradas de la literatura renacentista. Su prosa es espontánea, sencilla, franciscana. Comienza con una cita del Evangelio de San Juan: «El que me sigue no anda en tinieblas, mas tendrá lumbre de vida». ¿Qué significa seguir a Cristo? San Mateo, apóstol y evangelista, nos ha transmitido las palabras de Jesús: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el primero y más grande mandamiento. Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (22: 37-39). Desde sus primeras páginas, el Kempis nos ilumina con la esencia del cristianismo: «Vanidad de vanidades y todo vanidad, sino amar y servir sólo a Dios. Esta es la suma sabiduría, por desprecio del mundo ir a los reinos celestiales. Y pues así es, vanidad es buscar riquezas perecederas, y esperar en ellas. También es vanidad desear honra, y ensalzarse vanamente. Vanidad es seguir el apetito de la carne, y desear cosa por donde después te sea necesario ser gravemente castigado. Vanidad es desear larga vida, y no procurar que sea buena. Vanidad es pensar solamente en esta presente vida, y no proveer a lo venidero. Vanidad es amar lo que tan presto pasa, y no apresurarse donde está el gozo perdurable». Mientras leía estas frases, que aliviaban y refrescaban mi alma, se desprendió del Kempis una postal con una imagen de la Mater Dolorosa, con el famoso versículo del Evangelio de San Lucas: «Bienaventuradas me llaman todas las generaciones porque me hizo grande el Todopoderoso» (1: 48-49). Se trata de una estampa de color sepia, en la que una Virgen joven cruza las manos delante de unos lirios blancos, que simbolizan la pureza. Con la cabeza cubierta y una aureola de luz, sus rasgos expresan dolor, pero también serenidad y esperanza. La pérdida de su Hijo no ha menoscabado su confianza en Dios, pues sabe que el Reino de los Cielos pondrá fin a todas las iniquidades. Con la cabeza levemente inclinada, expresa esa humildad que nace del amor a Dios y no de la humillación ante los poderes temporales. En el reverso de la estampa aparece una fecha: 1934. En esas fechas, mi madre tenía nueve años, casi la edad que yo estaba a punto de cumplir cuando falleció mi padre a causa de un infarto de miocardio. Sentí que la Verdad y la Belleza se revelaban sin estrépito, ahuyentado el nihilismo de la mentalidad científica, que sólo acepta las evidencias empíricas y menosprecia lo espiritual. Sentí que la Libertad se mostraba con su potencial transformador, capaz de reescribir el pasado mediante el perdón y exceder el tiempo, con la expectativa de una eternidad donde la misericordia y la reconciliación derrotan definitivamente al odio y la injusticia. Pensé en la Virgen como una imagen salvífica que no escatima su amor a los que soportan la pobreza, la enfermedad o la exclusión. Sentí la dulzura y el amor maternal de María, Madre de Dios, que siembra la esperanza y prodiga su amor incluso a los que repudian o cuestionan su gracia. Recordé las palabras de Raissa Oumansoff, inmigrante judía de origen ruso, que se casó con el filósofo Jacques Maritain, hijo de una familia protestante. Ambos se convirtieron al catolicismo después de peregrinar por diferentes formas de pensamiento, enfrentándose con insobornable honestidad a sus dudas e inseguridades. Al escuchar el sermón de un simple párroco de pueblo el día de la Asunción, Raissa escribió: «Era la memoria de la Mujer llena de gracia, de la Madre del bello amor y del temor, de la ciencia y de la santa esperanza, de aquella a quien la Iglesia aplica las palabras de la Sabiduría: “En mí está la gracia de todo camino y de toda verdad; en mí está la esperanza de la vida y de las virtudes”. Y a quien la Iglesia ora: “En la verdad, la dulzura y la justicia tu diestra se señalará por frutos maravillosos”».

Afectado por incontables penurias y desengaños, experimenté por vez primera una desconocida paz interior y recordé una frase del teólogo jesuita Karl Rahner: «Cuando estamos envueltos en nuestras devociones a María, estamos comprometidos en una comprensión cristiana de la condición humana». Por medio de María, Dios establece una relación de indecible ternura con el ser humano. María nos llama al amor y a la fidelidad, inmiscuyéndose en nuestro ser más íntimo, como sólo puede hacerlo una madre. María no se aleja de la humanidad, sino que contempla la agonía de su Hijo al pie de la Cruz, experimentando un profundo dolor. Escribe Rahner: «Pensamos que santidad y ausencia de pecado son incompatibles con la vida ordinaria sobre esta tierra dura, donde la gente ríe y gime, nace y muere. Creemos que la santidad, si de hecho existe, tiene que tener una forma celestialmente etérea o que, como mínimo, sólo puede prosperar lejos del duro mundo diario de la existencia humana ordinaria, tal vez tras los muros de un convento». Sin embargo, María no se alejó de la vida real. Sufrió como cualquier madre que conoce la pobreza y contempla a su Hijo agonizando de una forma particularmente cruenta. La santidad de María se encarnó en un camino lleno de aristas y penalidades. El Concilio Vaticano II devolvió al culto mariano el protagonismo perdido en décadas anteriores. Los obispos incidieron en su condición de madre; los teólogos prefirieron atribuirle el don de la gracia, pero todos coincidieron –por utilizar una vez más las palabras de Rahner– en que «volver al culto mariano significa volver a realizar existencial y religiosamente aquello que es propiamente cristiano». María es una persona, con una historia real encuadrada en una coyuntura histórica determinada, no un simple dogma. Su humanidad se revela en su cercanía, que nos ayuda a superar el sentimiento de orfandad asociado a nuestra finitud e imperfección moral. San Antonio de Padua afirma: «El nombre de María es la alegría para el corazón, miel para los labios y la melodía para el oído de los devotos». Siglos más tarde, San Juan Pablo II señala en una de sus encíclicas «cuán admirablemente lejos ha ido Dios, creador y señor de todas las cosas», en la revelación de sí mismo al hombre, hasta el extremo de humanizar a su único Hijo, «que se hizo hombre por medio de la Virgen de Nazaret» (1987).

Se considera que el culto a María es uno de los rasgos más conservadores de la teología católica, pero la obra colectiva Mysterium Liberationis. Conceptos fundamentales de la Teología de la Liberación (1990), coordinada por Ignacio Ellacuría, sacerdote jesuita asesinado en El Salvador, y Joan Sobrino, sitúa «a María dentro de una antropología humanocéntrica que no sólo considera al hombre-varón como constructor de la historia, imagen de la divinidad y mediador de la relación entre Dios y la humanidad, sino a toda la humanidad, hombre y mujer, como centro de la historia y reveladora de lo divino. Esta antropología recupera la acción histórica de las mujeres en favor del reino y, en consecuencia, hace justicia a María, a las mujeres, en fin, a la humanidad creada a imagen y semejanza de Dios». Se puede, por tanto, hablar de una mariología de la liberación que formula «una relectura de María desde las exigencias de nuestro tiempo y, en particular, del momento privilegiado que vive la humanidad toda con el despertar de la conciencia histórica de la mujer. […]. Reconocer a María como madre de Dios significa, de hecho, profesar que Jesús, el carpintero de Nazaret, el Crucificado, hijo de María según la generación humana, es Hijo de Dios y Dios mismo. La visión antropológica subyacente a esta afirmación es profundamente integrada y unitaria. Toda mujer es madre, no sólo del cuerpo, sino de la persona entera de su hijo».

En cuanto a su virginidad, hay que aclarar su significado, excluyendo las lecturas que presuponen una condena de la dimensión corporal de la realidad humana: «El dogma de la virginidad de María declara a la mujer para siempre espacio afirmativo donde el Espíritu del Altísimo puede posar y hacer su morada […]. La virginidad despreciada en Israel es el lugar de la shekinah, la morada de la gloria de Yavé. La preferencia de Dios por los pobres se vuelve clara y explícita al encarnarse él mismo en el seno de una virgen». La Asunción también expresa un mensaje liberador: «En la resurrección, nuestra corporeidad es rescatada y transfigurada hacia dentro del absoluto de Dios. Eso que creemos y esperamos ya es plena realidad de María. María, glorificada en los cielos en cuerpo y alma, es también imagen e inicio de la Iglesia del futuro […]. A partir de María, la mujer tiene la dignidad de su condición reconocida y asegurada por el creador de esa misma corporeidad. Lo masculino y lo femenino está, en Jesucristo y María respectivamente, resucitado y asumido a los cielos».

Contemplo la estampa que encontré en el Kempis y advierto un misterio que excede cualquier razonamiento. La filosofía es teología desde sus inicios, pues su objeto fundamental es comprender el nacimiento y el despliegue del ser. Hasta ahora, nadie ha resuelto este conflicto. La ciencia nos ha enseñado a manipular lo real, no a comprenderlo. La razón no ha aclarado, sólo ha dilatado nuestro asombro. La Mater Dolorosa simboliza el dolor y la esperanza, dos sentimientos inexplicables para el saber científico, que se abastece de hechos, no de vivencias. Sólo los poetas pueden aproximarse a lo inefable, ese límite que Kant estableció como el umbral de la fe. Las palabras más sencillas son las que más se aproximan a la verdad. En el siglo XV, escribió Fernán Pérez de Guzmán, dirigiéndose a la Virgen: «¡Oh, santa y preciosa flor! / Socorre y guía / a tu pobre servidor, / que en ti confía». ¿Para qué añadir algo más? El dolor es una bendición y la esperanza, una virtud. No restemos belleza a un mundo que nos hiere y nos besa con su corona de espinas.

26/02/2016

 
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