Margarete Buber-Neumann o la embriaguez de vivir del gulag al lager

por Rafael Narbona

Margarete Buber-Neumann nació en 1901 en Thierstein, un pueblo de Baviera. De joven militó en las Juventudes Socialistas, pero después de la Guerra del 14 y el frustrado levantamiento espartaquista, se afilió al Partido Comunista de Alemania (KPD). Se casó con Rafael Buber, hijo del filósofo judío Martin Buber. El matrimonio engendró dos niñas, pero duró poco tiempo. En 1929, Margarete –ya divorciada– se casó con Heinz Neumann, un destacado dirigente comunista. Cuando los nazis subieron al poder, se exiliaron en la Unión Soviética y colaboraron con el Komintern, propagando la estrategia de los frentes populares. Pasaron un tiempo en Francia y en la España devastada por la Guerra Civil. Su activa y fiel militancia no evitó que Heinz se convirtiera en una de las víctimas de la Gran Purga desatada por Stalin en 1937. Hasta entonces, Margarete había creído firmemente en la revolución socialista. No ya como evento político, sino como el inevitable desenlace de la Historia, de acuerdo con las profecías de Marx. El socialismo real de la Unión Soviética no era el Edén. Sin embargo, simbolizaba el triunfo de la clase trabajadora, la posibilidad de una humanidad libre de cualquier forma de opresión y explotación. Combatir ese mito significaba dejar a la intemperie a millones de personas, seducidas por una utopía que anunciaba con fervor milenarista el fin del capitalismo.

Heinz Neumann no era un comunista moderado, sino el principal teórico del KPD y el líder de su ala paramilitar, que reivindicaba la lucha armada para conquistar el poder. De hecho, participó en la planificación del asesinato de Paul Anlauf y Franz Lenck, dos oficiales de policía abatidos a balazos el 9 de agosto de 1931. El atentado sólo contribuyó a debilitar a la República de Weimar, odiada por nazis y comunistas con la misma ferocidad. Los agentes asesinados pertenecían al Partido Socialdemócrata Alemán (SPD) y, por tanto, se los consideraba esbirros del «socialfascismo». Heinz Neumann había obtenido un escaño en el Reichstag en 1930, pero lo perdió en 1932. Sus discrepancias con Ernst Thälmann, líder del KPD, y su desconfianza hacia Stalin se aliaron para despojarle de su acta de parlamentario. Acusado de trotskista, el NKVD lo detuvo el 27 de abril de 1937. Juzgado por un tribunal militar, fue condenado a muerte el 26 de noviembre y, a las pocas horas, fusilado, sin posibilidad de apelación o de un último encuentro con Margarete, que tardaría muchos años en averiguar lo sucedido.

Los totalitarismos no admiten la distinción entre público y privado, pues admitir que el individuo puede disfrutar legítimamente de una intimidad inviolable comportaría reconocer límites al poder del Estado. En consecuencia, no puede existir presunción de inocencia para los familiares de los presos políticos. Se presupone su culpabilidad, salvo que hayan delatado a los supuestos traidores, sin importar el grado de parentesco. La fidelidad al líder supremo debe estar por encima de los sentimientos pequeñoburgueses. Margarete no denunció a Heinz y eso la convirtió en «enemiga del pueblo». No tardó en ser detenida y condenada a cinco años de trabajos forzosos en Siberia. Comenzaba así un largo cautiverio que se prolongó durante siete años, pues en 1940 pasaría a manos de la Gestapo, ya que el acuerdo firmado entre Stalin y Hitler incluía la entrega de los comunistas alemanes refugiados en la Unión Soviética.
Las expectativas de supervivencia eran escasas, pero Margarete lo consiguió y contó su experiencia en Prisionera de Stalin y Hitler (Als Gefangene bei Stalin und Hitler), que salió a la luz en 1958. En 1951, Hannah Arendt había publicado Los orígenes del totalitarismo, desafiando a los intelectuales que consideraban inaceptable asimilar comunismo y nazismo. Arendt se había refugiado en Estados Unidos, después de huir del campo de internamiento de Gurs. Su experiencia era infinitamente menos dramática, pero su interpretación del totalitarismo lograba con el libro de Margarete Buber-Neumann el respaldo de una vivencia, que mostraba el desprecio por la vida y la libertad tanto del nazismo como del comunismo. Ambas ideologías, con mayor o menor grado de elaboración teórica, habían invocado la Naturaleza y la Historia como procesos ascendentes que justificaban el asesinato de millones de personas para restaurar una mítica Edad de Oro. La mística de la Idea, con sus pegajosas raíces hegelianas, no toleraba la imperfección de la política democrática, basada en el consenso y la negociación. Hitler y Stalin eran seres humanos mediocres, pero buscaban la excelencia en sus políticas de Estado. No es una incongruencia, sino algo perfectamente lógico, pues la política exige madurez o, lo que es lo mismo, bregar a favor de lo posible, lo humano y lo razonable, aceptando que el otro puede tener razón. La democracia sólo niega el diálogo a los violentos. El totalitarismo nunca aceptará el diálogo, pues esencialmente es violencia y su anhelo de dominación desemboca inevitablemente en políticas de exterminio.

En 1967, Luis García de Reyes tradujo al castellano Prisionera de Stalin y Hitler. En 2005, María José Viejo tradujo un centenar de páginas que no se habían incluido en la primera versión. Se trataba de los capítulos que narran el accidentado regreso a Thierstein. Después de ser liberada del campo de concentración de Ravensbrück, Margarete no quería quedar atrapada en la zona controlada por el Ejército Rojo. La perspectiva de ser enviada de nuevo al Gulag le producía un terror perfectamente comprensible. No había olvidado sus penalidades en «el país de los sueños» de la clase obrera. Cuando comenzó la Gran Purga, Margarete cruzó unas palabras con una madre cuyo hijo acababa de ser detenido. Intentó infundirle ánimos, pero la pobre mujer no se hacía ilusiones: «El que entra en esa máquina de picar carne jamás sale sano». Alfred Kurella, otro exiliado alemán, no se mostraba más optimista: «Ahogábamos todas las dudas, porque lo primero era conservar nuestra fe. Ahora hemos de pagar cara nuestra ciega credulidad». En la Unión Soviética, las autoridades controlan la prensa, la radio, la correspondencia, fomentando la delación y la «confesión». Se aventura que admitir presuntas culpas atenúa las penas, pero es un rumor tan falso como el presunto fin de la explotación laboral. Un obrero gana unos cien rublos mensuales y un kilo de carne vale diez. La ropa no es más asequible. Unos zapatos valen entre cien y doscientos cincuenta rublos. Comprar un traje es un sueño inaccesible para un obrero. Cuando es detenida, Margarete no se desmorona. Soporta los interrogatorios con entereza y regresa a la celda con una relativa calma. Otra detenida, con una actitud semejante, le dice: «Tú también eres una mujer que no perecerá en Siberia». Los traslados de la prisión a los juzgados se efectúan en los llamados «cuervos negros», unas furgonetas con unos cubículos para los detenidos con el tamaño de una alacena. La prisión preventiva se aplica en unas naves infectas, con las reclusas hacinadas en literas. Sólo les conceden cuarenta minutos para asearse en grupos de cien, utilizando unos pocos grifos de agua fría y unos agujeros que sirven de letrinas. Nada es privado y las colas siempre desembocan en disputas. En las celdas está prohibido coser, hablar, cantar, andar… El paseo diario por el pequeño patio de la prisión dura únicamente veinte minutos. El lecho consiste en dos tablas desiguales de unos treinta centímetros de ancho. Ni manta ni almohada ni saco de paja. Los interrogatorios se realizan por medio de amenazas, palizas y períodos de aislamiento. El hueco de la escalera está cubierto con rejas y alambres para evitar suicidios. Se cambia continuamente de celda a los detenidos para que no surjan lazos de amistad.

Después de una breve farsa judicial, Margarete es condenada a cinco años en Siberia. Durante el penoso viaje hacia las estepas heladas, le hablan de los riesgos del frío extremo: escorbuto, debilidad cardíaca, congelación de las extremidades, ceguera temporal, alucinaciones. En Siberia apenas hay alambradas, pues los campos yermos se perfilan como una barrera infranqueable. Aun así, los soldados disparan a los prófugos si intentan escapar. Cuando llega a su destino, Margarete recibe su uniforme: una chaqueta guateada a rayas, pantalón y gorro con orejeras. La alimentación consiste en «seiscientos gramos diarios de pan negro, un pez salado y seco del tamaño de un arenque y té tres veces al día, con un terrón de azúcar cada vez. Nada más». Los presos comunes se apoyan mutuamente y colaboran en la administración del campo. Algunos ejercen de brigadieres, que equivale a la condición de kapos en los campos de concentración nazis. Controlan el trabajo y delatan cualquier infracción de las normas. Gracias a sus conocimientos, Margarete consigue un puesto de aprendiz de estadística, pero eso no le exime del trabajo físico: picar, cavar zanjas, remover la tierra. A pesar de la dureza de su rutina, conserva su sensibilidad. Cuando descubre en un hoyo el nido de un pájaro recién nacido, recuerda un verso de su niñez: «No toquéis mi pequeño nido…». «Olvidé al momento hambre y fatiga –escribe–, y no sé por qué me emocioné. Quizá porque aquel animalito estaba desprovisto de protección y totalmente a merced de la iniquidad de la existencia». Poco a poco, se deshumaniza. Sólo es un cuerpo hambriento y extenuado. La mente se sitúa en los niveles de la conciencia animal. Admite que su deseo más ardiente se reduce a comer un pan entero, sin pensar en el mañana. Ya no cree en el comunismo, pero tampoco halla consuelo en la religión: «¡Ay, si pudiera creer…!», se lamenta, mirando al cielo, que a pesar de todo le parece hermoso.

Pasan dos años y comienzan a circular rumores. Hitler y Stalin han firmado un pacto de no agresión y los comunistas alemanes serán entregados a la Gestapo. Parece inverosímil, grotesco, innecesariamente cruel, pero Margarete Guenrichovna Buber-Neumann, la prisionera número 174.475, será transferida al campo de concentración de Ravensbrück. Previamente, pasará unas semanas insólitas, recibiendo cuidados médicos y una copiosa alimentación. Las autoridades soviéticas temen que se utilice el deterioro físico y psíquico de sus prisioneros como propaganda anticomunista. En 1940 llega a Ravensbrück. Margarete Buber-Neuman se convierte ahora en la prisionera 4.208. De nuevo se le asigna un trabajo administrativo, pero esta vez tampoco se la excluye de las tareas físicas. Sufre hambre, humillaciones, malos tratos. Soporta períodos de aislamiento en completa oscuridad. Las condiciones empeoran según avanza la guerra. Las deportadas son explotadas como mano de obra esclava en trabajos de confección, tejido y cestería. En 1942, Siemens instala veinte naves industriales para fabricar material bélico. Se elimina a los débiles y enfermos en una cámara de gas, con dos crematorios. El hedor a carne quemada se propaga por todo el campo. Se realizan horribles experimentos médicos. Las cobayas humanas –muchas veces, niñas– son sacrificadas con inyecciones letales, después de soportar toda clase de aberraciones. Los viernes se apalea públicamente a quienes han infringido las normas. No es una iniciativa del comandante del campo, que contempla con agrado los castigos, sino una orden directa de Berlín.

Buber-Neumann no oculta su estupefacción ante la actitud de las testigos de Jehová, que podrían recuperar su libertad abjurando de su fe. No oponen resistencia a la disciplina del Lager, pero se niegan a realizar cualquier actividad con fines militares. Ningún castigo consigue doblegar su voluntad. Muchas mueren por inanición, golpes o hipotermia, pues las confinan desnudas en celdas oscuras y les arrojan cubos de agua helada. Buber-Neumann no aprecia nada heroico en su comportamiento. Sólo le parecen fanáticas que se inmolan por un inexistente más allá. De hecho, piensa que el Lager y el Gulag constituyen una refutación irrecusable del cristianismo, pues el sufrimiento no purifica ni ennoblece, sino que envilece y degrada. Sin embargo, en Ravensbrück acontecerá el milagro de una amistad inolvidable. Margarete conoce a Milena Jesenská, que había mantenido una extraña relación sentimental con Kafka. Nunca llegaron a ser amantes, pues Kafka sentía cierta aversión al contacto físico y buscaba en las mujeres un amor maternal, no pasional. De hecho, en sus cartas la llamaba «Madre Milena», pese a ser quince años mayor que ella. Expulsada del Partido Comunista, Milena no había necesitado la experiencia de la deportación para advertir la incompatibilidad entre el marxismo y las libertades. Cuando los nazis ocupan Praga, se pasea por las calles con la estrella amarilla cosida a la ropa. No es judía, pero quiere solidarizarse con las víctimas. Detenida por colaborar con la Resistencia, será enviada a Ravensbrück, donde le asignan funciones de enfermera. Sus compañeras de cautiverio coinciden en destacar su coraje y profunda humanidad. Margarete y Milena intimaron enseguida, pues ambas poseían un carácter fuerte, un indomable espíritu de resistencia y un amor apasionado por la literatura. Ninguna parecía expuesta a hundirse hasta convertirse en un musulmán, el deportado que –según la jerga del campo– perdía el instinto de supervivencia y se resignaba a morir. Kafka murió el 3 de junio de 1924. Es tentador fantasear sobre su papel en un campo de concentración, pues su hipersensibilidad parece incompatible con la fortaleza necesaria para sobrevivir en un ambiente tan hostil. Sabemos que su hermana Ottilie fue asesinada en Auschwitz, después de ofrecerse voluntaria para acompañar a unos niños a los que previsiblemente esperaba la cámara de gas. ¿Cómo habría sobrellevado una tragedia de esta magnitud el hombre al que Milena describió en una breve nota fúnebre como «tímido, retraído, suave y amable, visionario, demasiado sabio para vivir, demasiado débil para luchar, de los que se someten al vencedor y acaban por avergonzarlo»?

Durante sus conversaciones con Margarete, Milena lamenta haber dedicado tanto tiempo al periodismo, malgastando la posibilidad de haber construido una obra literaria. Opina que, después de la guerra, la poesía ha pedido su razón de ser. Sólo la prosa puede explicar el horror acontecido. «En el campo de concentración –anota Margarete–, en el que cada día puede llegar la muerte, el espíritu no es tampoco una fortaleza inexpugnable». No obstante, puede servir para crear «una isla pequeña y segura en un mar de miseria y desesperación». Esa isla serán las conversaciones con Milena sobre arte, ética, filosofía y literatura. Hacia 1944, el hacinamiento del campo se vuelve insoportable. Las mujeres mueren a centenares de tifus, tuberculosis o disentería. Milena fallece el 17 de mayo de 1944 a causa de una infección renal. Su cadáver es incinerado en el crematorio y sus restos suben hacia el cielo convertidos en humo: «La vida perdió entonces para mí todo sentido», confiesa Margarete. Sabe que hay un mundo fuera, pero parece irreal. La única realidad incontestable es la matanza que se produce entre las alambradas. En los primeros quince días de febrero de 1945, cuatro mil mujeres son gaseadas en Ravensbrück. Margarete empieza a desmoronarse: «Yo había perdido el ardiente deseo de libertad. […] A causa de la muerte de Milena, la libertad suponía solamente un débil reflejo de lo que habíamos soñado». No es un sentimiento inusual o incomprensible, pues cuando al fin llega la liberación, algunas deportadas regresan a los pocos días al Lager, después de deambular por el exterior, sin saber qué hacer ni hacia dónde encaminarse. Margarete decide volver a Thierstein, con la esperanza de hallar a su familia con vida. Durante su accidentado camino de regreso, concita simpatías cuando narra su experiencia como deportada, pero al aclarar que ha sido prisionera de Hitler y Stalin, muchos reaccionan con frialdad, incredulidad o abierto desprecio. Siente que nadie puede comprenderla, salvo los pocos que han vivido algo similar. A pesar de todo, no se deja abatir. Siete años de confinamiento le han enseñado a recuperarse de los golpes rápidamente. Cuando logra cruzar el Elba y se aproxima a su pueblo natal, experimenta «la desaforada alegría de vivir que ya creía olvidada». Milena soñaba con escribir un libro sobre la peripecia de Margarete, deportada por Stalin y Hitler. No pudo hacerlo. Margarete narró su historia y, además, escribió un hermoso libro sobre Milena, mostrando que la amistad deja un rastro profundo y edificante. Pensó que el mejor título era el nombre su amiga. «Es un fuego vivo como yo jamás había visto», escribió Kafka sobre Milena y cada página del libro de Margarete corrobora esa impresión. Desgraciadamente, recordar esos días sigue produciéndonos espanto y consternación, desbaratando nuestras ilusiones sobre un porvenir de tolerancia, justicia y fraternidad. «¿Por qué estamos condenados a seguir viviendo…?», exclamó ante Margarete otra deportada, tras conocer la verdad sobre la Unión Soviética. Tal vez porque la verdad exige que la última palabra corresponda a las víctimas. O, simplemente, porque ninguna desgracia logra aplacar la embriaguez que nos produce la belleza. Escribe Buber-Neumann: «Pensaba […] que el cielo de las estepas superaba a todo en belleza, y en Ravensbrück me pareció no haber visto en la vida un cielo tan maravilloso. […] Las nubes, las estrellas relucientes y los pájaros es lo único libre que no puede sernos arrebatado en el campo de concentración». Me acusarán de hacer teología con cualquier pretexto, pero pienso que la capacidad de apreciar la belleza en mitad del horror es una prueba más de la trascendencia de la especie humana, infinitamente más grande que sus peores pecados.

22/01/2015

 
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