La fe en un mundo desencantado

por Rafael Narbona

El cogito cartesiano estableció el primado de la conciencia sobre la existencia. El Discurso del método (1637) y las Meditaciones metafísicas (1641) no son simples obras de filosofía, sino la consolidación de una imagen del mundo que excluye lo trascendente y lo sobrenatural. Aunque Descartes suscribe y profundiza el argumento ontológico de san Anselmo de Canterbury, su filosofía prepara la demolición de la metafísica, reduciendo el ser a un conjunto de evidencias o, más exactamente, de objetos que pueden ser manipulados y conceptualizados. El progresivo desencantamiento del mundo nos ha llevado al escenario actual, donde el saber es un hecho de experiencia, no una pregunta que se dilata hasta enfrentarse con lo infinito. Dios, lo «absolutamente otro», no encaja en una interpretación de la realidad que no reconoce como fuente de conocimiento la pregunta filosófica, la vivencia religiosa o la experiencia estética. Esta visión, eje principal del actual paradigma científico, olvida –por utilizar las palabras de Hans-Georg Gadamer– que «el ser humano no “tiene” únicamente lengua, logos, razón, sino que se encuentra situado en zona abierta, expuesto permanentemente al poder preguntar y al tener que preguntar, por encima de cualquier respuesta que se pueda obtener. Esto es lo que significa ex-istir, estar-ahí» («Fenomenología, hermenéutica, metafísica», en El giro hermenéutico, trad. de Arturo Parada, Madrid, Cátedra, 1995, p. 36).

Podemos ignorar la pregunta por Dios, pero no la pregunta por lo que somos: como especie y como individuos: «Para los seres humanos –apunta Gadamer–, la comprensión de sí mismo es algo inacabable, una empresa y una necesidad siempre renovada. La persona que quiera comprender algo acerca de su ser se encuentra ante el hecho absolutamente incomprensible de la muerte» («Deconstrucción y hermenéutica», en op. cit, p. 78). Es difícil escapar de la metafísica, que nos obliga a ir más allá de la experiencia, pues nuestra propia vida se despeña por sus límites. Le guste o no, «el hombre es el ser que padece su propia trascendencia» (María Zambrano).

En 1968, un joven Joseph Ratzinger –más tarde, Benedicto XVI– publicaba Introducción al cristianismo. En sus páginas iniciales, señalaba que «la fe es una decisión por la que afirmamos que en lo íntimo de la existencia humana hay un punto que no puede ser sustentado ni sostenido por lo visible y comprensible, sino que linda de tal modo con lo que no se ve, que esto le afecta y aparece como algo necesario para su existencia» (trad. de José L. Domínguez Villar, Salamanca, Sígueme, 2013, p. 44). La fe no es un evento, sino un camino que se hace día a día, soportando el acoso de la duda y la incredulidad: «La fe siempre tiene algo de ruptura arriesgada y de salto, porque en todo tiempo implica la osadía de ver en lo que no se ve lo auténticamente real, lo auténticamente básico». En nuestros días, el ser se ha convertido en un concepto difuso, cediendo su espacio a lo factible, lo reproducible y lo verificable. La ciencia, entendida como techne, determina lo posible, despejando del horizonte cualquier creencia sin una base empírica. Es el «olvido del ser», del que habla Heidegger, que ha privado al hombre de una relación compleja con lo real. El imperio del saber factible conduce al nihilismo, pues la idea de sentido no transige con la exigencia de certeza y objetividad de los enunciados científicos.

La «náusea» de Sartre, que acontece como una revelación de la inanidad del mundo, o la desolación de Camus, que rescata el mito de Sísifo para expresar la inutilidad de la existencia humana, prevalecen cuando se ignora que «el hombre no sólo vive del pan de lo factible; como hombre, y en lo más propio de su ser humano, vive de la palabra, del amor, del sentido. El sentido es el pan de que se alimenta el hombre en lo más íntimo de su ser» (op. cit., p. 61). Lejos de la palabra, el amor y el sentido, la existencia se convierte en una pesada carga, sin otra expectativa que una imparable caída hacia el no ser. La fe cristiana es un desafío a la mentalidad predominante, que ha repudiado varios siglos de tradición filosófica orientados a esclarecer el origen y el fin último del ser. El triunfo del positivismo situó la fe en el estadio más primitivo de la especie humana, asociando el progreso a los logros materiales. Sin embargo, el cristiano no se apoya en lo visible, sino en el misterio. «Creer cristianamente –apunta Ratzinger– significa confiarse al sentido que me sostiene a mí y al mundo, considerarlo como el fundamento firme sobre el que puedo permanecer sin miedo alguno» (op. cit., p. 61).

Esa confianza no debe confundirse con una adhesión ciega a lo irracional, sino como una apertura hacia una verdad que puede comprenderse, pero no corroborarse mediante las herramientas del saber factible. El diálogo entre fe y razón desborda el marco de un laboratorio. El sentido no es un objeto, sino un fundamento que se hace inteligible mediante Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre. Su muerte en la Cruz es la irrupción de la vida en la historia, el anuncio de que la angustia será vencida por la esperanza, el acontecimiento crucial que imprime un sentido a lo que parecía gratuito e insignificante. La fe no nace de una certeza indubitable, sino de una actitud de escucha. La fe cristiana es fundamentalmente una llamada: «No es idea, sino vida; no es espíritu para sí, sino encarnación, espíritu en el cuerpo de la historia y en el nuestro» (op. cit., p. 83). En El camino pascual, Ratzinger descarta la tentación de justificar la creencia en Dios con los argumentos de la ciencia, señalando que la fe nunca podrá echar raíces sin la entrega que brota del amor: «Es preciso que el hombre supere el espacio de las cosas físicas, de lo tangible, para ser redimido, para situarse en la verdad íntima de la idea creadora de Dios; únicamente superando ese espacio y abandonándolo puede alcanzar la certeza propia de las realidades más profundas y eficaces: las realidades del espíritu. Llamamos fe a ese camino que consiste en un superar y en un abandonar. La exigencia de una demostración física, de un signo que elimine toda duda, oculta en el fondo el rechazo de la fe, un negarse a rebasar los límites de la seguridad trivial de lo cotidiano y, por ello, encierra también el rechazo del amor, pues el amor exige, por su misma esencia, un acto de fe, un acto de entrega de sí mismo» (trad. de Bartolomé Parera Galmés, Madrid, BAC, 1990, p. 37).

En un mundo desencantado, la fe exige audacia. No sólo porque cuestiona el pensamiento calculador de las ciencias modernas, que menosprecian la escucha y la comprensión, sino porque –además– pone en tela de juicio nuestra idea de la felicidad. Simone Weil, un espíritu animado por la búsqueda incesante de la verdad, expresó en su última carta al padre Joseph-Marie Perrin que Dios se hace especialmente visible en el sufrimiento, prodigando la ternura necesaria para superar la sensación de abandono que nos causan el fracaso, la soledad, la muerte y la enfermedad: «Es en la desdicha misma donde resplandece la misericordia de Dios, en lo más hondo de ella, en el centro de su amargura insondable. Si, perseverando en el amor, se cae hasta el punto en que el alma no puede ya retener el grito “Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”, si se permanece en ese punto sin dejar de amar, se acaba por tocar algo que ya no es la desdicha, sino […] el amor mismo de Dios» (A la espera de Dios, trad. de María Tabuyo y Agustín López, Madrid, Trotta, 2009, pp. 55-56). Se dice que vivimos una época posreligiosa, pero el ser humano, herido por su contingencia, nunca podrá dejar de plantearse el reto de la fe, pues la sed de vida y sentido aletea en su conciencia, con la tenacidad de una pregunta incapaz de contentarse con una respuesta mediocre. Sólo la fe puede aplacar nuestro miedo, obsequiándonos con “un amor análogo al que se lee en la sonrisa de un rostro amado” (Simone Weil, op. cit., p. 42).

18/03/2016

 
COMENTARIOS

Richard Dawkins 18/03/16 11:47
Hay que tener mucho valor para escribir que las ciencias modernas "menosprecian la escucha y la comprensión". Da la sensación de que al teísmo, incapaz de seguir hablando con la racionalidad, ya sólo le queda despreciarla.

Rafael Narbona Monteagudo 18/03/16 13:46
Es curioso que hable de desprecio, señor Dawkins, cuando usted suscribe el juicio de Robert M. Pirsig, según el cual la religión es una alucinación colectiva. No se me ocurre una frase más despectiva hacia una experiencia que ha inspirado algunas de las obras más significativas de la civilización occidental. Imagino que usted recetaría clozapina y haloperidol a Teresa de Jesús. Presumo que el Libro de la Vida le parece el deliro de una mujer gravemente enajenada o, lo que es peor, de una impostora. Me ratifico en lo que he dicho: las ciencias modernas no escuchan ni comprenden. Evidentemente, no me refiero al conocimiento científico, basado en hechos empíricos. Presumo que no aprecia los libros de autores como Gadamer, Ricoeur o Hans Jonas. El ateísmo no es una teoría crítica, sino ideología y las ideologías se caracterizan por su resistencia al diálogo. Un saludo.

Alfonso Sáenz Lorenzo 19/03/16 17:02
Quizá resulta excesivo afirmar, como hace el autor del texto, que las ciencias modernas no escuchan ni comprenden en cierto tono despectivo. Claro que intentan escuchar lo audible y de comprender lo comprensible pero, entiendo yo, siempre en el limitado ámbito de su estudio o investigación específica, en todo caso sujeta a comprobación experimental y aceptación por la comunidad científica especializada en el tema. Pero esa escucha y esa comprensión no atañen nunca a la existencia humana, privada y universal, entendida como globalidad. Difícilmente el pensamiento científico podrá decir algo significativo sobre qué demonios pintamos individual y colectivamente en este "extraño mundo", como decía Albert Einsteín. Me temo que por estar inmersos en una cultura de fuerte influencia científica seguimos confundiendo el método y las aplicaciones científicas, sometidos a un estricto control social e institucional con nuestros pensamientos, inquietudes, vivencias, experiencias personales y colectivas que son las que de verdad nos importan y ni en su génesis ni en su resolución tienen nada de científicas. El mito de la ciencia nos hace perder la perspectiva de lo universal y , lo que es peor, de lo cotidiano.

Rafael Narbona Monteagudo 19/03/16 20:40

Creo que no se ha reparado el sentido en el que empleo los conceptos de “comprensión” y “escucha”. Hans Georg-Gadamer opone la “comprensión” a la verificación empírica, inspirándose en las teorías de Dilthey. La “comprensión” es un concepto amplio que supera el horizonte de lo factible y reproducible. La ciencia no puede explicar convincentemente por qué nos fascina la obra de Rembrandt y nos dejan indiferentes los cuadros de otros pintores con menos talento. La experiencia estética puede “comprenderse”, pero no verificarse de forma objetiva, pues pertenece a un dominio particular. Algo semejante sucede con el origen y el fundamento del ser, que pueden “comprenderse”, pero no demostrarse. Heidegger intentó elaborar una ontología fundamental y no tardó en comprobar que sólo el lenguaje poético podía aproximarse al fondo último de lo real. La “escucha” es una noción similar. Al igual que otros hermeneutas, Paul Ricoeur ha caracterizado la escucha como una experiencia que no debe confundirse con la comunicación ordinaria. Escuchar es abrirse a lo que no podemos justificar con conceptos, mantener una actitud de apertura, sin menospreciar lo que nos desborda, pero se obstina en interpelarnos. Las sinfonías de Beethoven nos producen una conmoción que es difícil explicar. Wittgenstein ya apuntó que el sentido del mundo se halla más allá de sus límites. La Escuela de Viena ha logrado que la metafísica sea arrojada al desván del conocimiento, pero algunos nos empeñamos en reivindicar una tradición que incluye enunciados imposibles de verificar. Me niego a pensar que Platón, Tomás de Aquino, Kant, John Henry Newman, Chesterton, Karl Barth o Karl Rahner solo son unos cretinos, cuyos argumento no soportan las objeciones de las ciencias naturales.

Rawandi 20/03/16 18:20
El pensamiento científico ya ha descubierto la verdad sobre lo que somos los seres humanos: somos fruto de la ciega evolución por selección natural. Lo cual significa que no nos ha creado ninguna persona incorpórea (divinidad). Según el método científico, las personas incorpóreas no pueden existir.

El método científico consiste en la observación racional y funciona tanto en el ámbito de la ciencia empírica como en el ámbito de la ética. El pensamiento irracional es aquel que se elabora dando la espalda al método científico.

Alfonso Sáenz Lorenzo 20/03/16 20:04
Bien está que se aclaren el sentido en el que se emplean los conceptos. en este caso de comprensión y escucha. para facilitar el diálogo. Así empleados por el autor tienen un alto contenido filosófico alejados de lo que la Real Academia nos indica: Comprensión es toda acción de comprender o comprenderse o la facultad, capacidad o perspicacia para entender o penetrar las cosas y las ciencias naturales claro que intentan comprender y penetrar la realidad. La obra de Newton o la de Einsteín son ejemplos señeros en ese afán de comprensión de la naturaleza. Y del concepto de escucha podríamos decir algo parecido. Pero no hay que recurrir a ningún tipo de hermenéutica ni de escuela filosófica para estar básicamente de acuerdo con Rafael Narbona en que la ciencia lo tiene difícil si pretende comprender el sentido del mundo, la experiencia estética o el fundamento del ser o del existir. La historia de la filosofía es un titánico esfuerzo, aún en proceso y sin resultados incuestionables, en esa dirección. Pero estando de acuerdo en lo básico, opino que la Escuela de Viena no ha logrado arrojar a ningún desván la metafísica que sigue hoy día vivita y coleando. Y sigue viva precisamente desde la vertiente científica que en determinados enfoques en especialidades como la cosmología y la biología están pisando un el terreno fronterizo entre lo que es ciencia y lo que es metafísica. No hay más que ver la aportación que precede, firmada por Rawandi, en esta misma página, cuando afirma con total rotundidad que el pensamiento científico ya ha descubierto la verdad sobre lo que somos los seres humanos: fruto de la ciega evolución por selección natural. Afirmación claramente metafísica pero que hoy se entiende como científica. Y me sumo con el autor a reivindicar una tradición que incluye enunciados imposibles de verificar, como no, así son todas nuestras creencias sobre las que basamos nuestra vida como bien nos hizo ver nuestro Ortega y Gasset, pero y, a diferencia de Rafael Narbona que parece querer alejar al pensamiento científico de todo tipo de escucha o comprensión, entiendo que una metafísica que se precie y con algún futuro deberá estar al tanto de los descubrimientos científicos y en permanente diálogo con ellos, pues la línea fronteriza que los separa es muy tenue. No en balde ciencia y filosofía nacieron juntas de la mano de dos grandes: Platón y Aristóteles.

Rawandi 20/03/16 22:33
Alfonso, en realidad la filosofía y la ciencia nunca se han separado. En tiempos de Newton llamaban "filosofía natural" a lo que hoy llamamos ciencia empírica, así que no veo inconveniente alguno en considerar la ciencia empírica como una rama de la filosofía.

El método científico (razón + observación) es el mejor para descubrir las verdades éticas y las verdades de la ciencia empírica. Prescindir del método científico nos aboca al pensamiento irracional, constituido por creencias carentes de base empírica. Este tipo de creencias sin apoyo observacional son características tanto de la pseudociencia como de la religión.

Richard Dawkins 21/03/16 10:46
Como era de esperar, la respuesta del autor es insistir en el menosprecio. Para eso se emplean varias técnicas, por otro lado bien conocidas.

La primera es la que podríamos llamar "inasibilidad": la "escucha" y la "comprensión" de las que se habla no son las que todo el mundo entiende y, muy importante, puede entender, sino que se trata de otras "escucha" y "comprensión" sólo aptas para iniciados. Así me pongo a salvo de cualquier crítica.

Otra técnica es la del objetivo móvil. El texto inicial menciona en el título a la fe. Pero en las respuestas el objetivo se traslada a la metafísica. Es casi inevitable pensar que para el autor son la misma cosa, algo que en mi opinión perjudicaría la defensa de sus puntos de vista. Pero es lo que se lee en sus palabras.

Tanto la fe como la metafísica llevan siglos batiéndose en retirada (aunque de forma distinta y separada, es cierto). El mismo título del comentario inicial hace referencia a este hecho pues al hablar de un mundo desencantado nos recuerda que hace tiempo los humanos pensaban que el mundo sí estaba encantado. No han sido la religión ni la metafísica las que han desmitologizado la existencia humana, sino la ciencia. Incluso cuando la ciencia padeció delirios de encantamiento, su propio método le ayudó a liberarse de ellos. No creo que haga falta recordar la síntesis de la urea con la que Wöhler derribó el vitalismo.

Como señala un comentarista, una metafísica que se respete tiene que estar atenta a la ciencia. Y, añado yo, también debe saber cuándo retirarse de un campo que la ciencia ya haya esclarecido.

Nunca se dejará de hacer filosofía porque para refutarla es imprescindible ponerse a su nivel, es decir, hacer filosofía. Pero si se desprecia a la ciencia, ese bucle podría llegar a sostenerse formalmente sin contenido material alguno. Un comentarista dice que la ciencia no podrá abordar "el sentido del mundo, la experiencia estética o el fundamento del ser o del existir". Sobre cada una de esas cuestiones la filosofía puede decir muchas cosas pero, debido a la ciencia, no puede decir cualquier cosa.

Steven Pinker 28/03/16 00:02
Richard, vámonos de aquí. A esta gente no le interesa debatir con nosotros. Ven que te voy a presentar al Dr. García.

ENVÍA UN COMENTARIO
Nombre *
Correo electrónico *
Su comentario *
 
 
 
 

Normas de uso
Los comentarios en esta página pueden estar moderados. En este caso no aparecerán inmediatamente en la página al ser enviados. Evita las descalificaciones personales, los insultos y los comentarios que no tengan que ver con el tema que se trata. Los comentarios que incumplan estas normas básicas serán eliminados.

 
Deseo mostrar mi email públicamente
 
He leído y acepto la cláusula de privacidad.
 
 
 
Por favor, para evitar el spam necesitamos que resuelvas la siguiente operación matemática:
7 - 5  =  
ENVIAR
 
 

 

BÚSQUEDA AVANZADA

Te animamos a bucear en el archivo de Revista de Libros. Puedes realizar tus búsquedas utilizando los siguientes criterios.

Todas las palabras
Cualquiera
Coincidencia
ENVIAR


Apúntate al boletín de Revista de Libros
ENSAYOS ANTERIORES
Descarge el índice de contenidos del nº 192
RESEÑAS
 
  Apúntate a RdL
BLOGS
 
  Archivo RdL
 
Patrocinadores RDL