Jan Karski: el primer mensajero del Holocausto

por Rafael Narbona

En 1985, el director de cine francés Claude Lanzmann estrenó Shoah, un largo documental sobre el exterminio de las comunidades judías europeas durante la Segunda Guerra Mundial. Las diez horas de metraje incluían una entrevista con Jan Karski, un profesor de Ciencias Políticas de la Universidad de Georgetown que había sido una de las primeras voces en revelar al mundo la existencia del Holocausto, sin conseguir que ningún país se comprometiera a adoptar medidas para acabar con los crímenes: «Los aliados consideraron imposible y demasiado costoso acudir en rescate de los judíos. Después de la guerra, leí cómo los líderes occidentales, hombres de Estado, militares, servicios de inteligencia, jerarquías eclesiásticas y dirigentes civiles se horrorizaban de lo que había pasado con los judíos. Declaraban no haber sabido nada acerca del Holocausto, pues el genocidio había sido mantenido en secreto. Esta versión de los hechos persiste todavía, pero no es más que un mito. El extermino no era un secreto para ellos». Testigo presencial de las humillaciones y las matanzas en el gueto de Varsovia y el campo de tránsito de Izbica, Karski interrumpió varias veces la entrevista con Lanzmann a causa de la emoción. Cuando se recuperó, afirmó ante la cámara: «Ése no era el mundo. No era la humanidad. Era algún tipo de infierno».

Jan Karski se llamaba en realidad Jan Kozielewski. Nació el 24 de junio de 1914 en Łódź (Polonia). Hijo de una familia de clase media, de convicciones católicas y nacionalistas, pero lejos de cualquier forma de fanatismo o intolerancia, realizó estudios universitarios y sirvió como subteniente en el ejército polaco, incorporándose a las filas de la Resistencia apenas los alemanes y los rusos invadieron su país. Apresado por el Ejército Rojo, ocultó su grado, lo cual le salvó de la masacre de Katyn. Entregado por los rusos a los alemanes durante un intercambio de prisioneros, se escapó del tren que lo conducía a un centro de internamiento y viajó clandestinamente hasta Varsovia, donde pudo contactar con la Resistencia. Su inteligencia y su coraje no pasaron inadvertidos a sus superiores, que le asignaron el seudónimo de Jan Karski y le atribuyeron funciones de enlace con el gobierno polaco en el exilio. Detenido por la Gestapo y brutalmente torturado, no confesó nada. Gracias a un audaz plan de fuga organizado por la Resistencia, recobró la libertad y se recuperó de sus graves lesiones. Meses después, visita el gueto de Varsovia y se disfraza de guardia ucraniano para introducirse en el campo de tránsito de Izbica, donde contempla horrorizado la deportación y asesinato de familias enteras de judíos polacos: «Las imágenes de lo que presencié en el campo de exterminio son, me temo, mis posesiones permanentes. Nada me gustaría más que liberar mi mente de estos recuerdos». Durante muchos años, creyó que había estado en Bełżec, pero ahora sabemos que visitó un campo de tránsito. No había cámaras de gas, pero sí vagones de ganado donde los deportados eran hacinados y trasladados a un campo de exterminio. Karski presenció cómo los alemanes y los ucranianos disparaban contra los judíos por diversión: «El caos, la miseria, la atrocidad de todo esto era, simplemente, indescriptible. Había un sofocante hedor a sudor, suciedad, descomposición, paja húmeda y excrementos. […] El hambre, la sed, el miedo y la extenuación habían enloquecido a los judíos. Se me contó que, por lo general, se los dejaban en el campo durante tres o cuatro días, sin comida y sin una gota de agua». Karski se reunió con el Estado polaco clandestino e hizo un relato elocuente de lo que había contemplado, manifestando su convicción moral de que no hacer nada era un crimen execrable. Opinaba lo mismo que su admirada Zofia Kossak, la notable escritora polaca que creó con la editora y activista socialista Wanda Krahelska-Filipowicz la organización Żegota, que ayudaba secretamente a los judíos: «El mundo mira esta atrocidad y se queda en silencio –escribió Zofia–. Este silencio no puede tolerarse por más tiempo. Cualesquiera que sean sus motivos, son despreciables. Frente a los crímenes, no podemos permanecer pasivos. Aquel que permanece en silencio frente a la masacre, se convierte en un colaborador del asesino; aquel que no condena, consiente».

La noche del 17 de diciembre de 1942, Edward Raczyński, ministro de Asuntos Exteriores del Estado polaco en el exilio, habló en la BBC, utilizando el testimonio de Karski para denunciar el genocidio. Nadie puede negar o minimizar la importancia de esta alocución, que pulveriza el mito de que la opinión pública ignoraba lo que ocurría. Varios siglos de antisemitismo de origen cristiano habían inculcado en los estratos más profundos de la mente colectiva una mezcla de desprecio e indiferencia hacia el pueblo judío. Por eso, una buena parte de la sociedad contemplaba con agrado cualquier iniciativa de segregación y exclusión. Karski viajó a Londres y se entrevistó en dos ocasiones con Anthony Eden, ministro de Asuntos Exteriores británico. Churchill eludió recibirlo. Sí lo hizo el presidente Roosevelt, que escuchó en la Casa Blanca su relato sobre las penalidades del gueto de Varsovia, las deportaciones y los asesinatos en masa, respondiendo con vaguedades o interrumpiéndolo para interesarse por las condiciones de vida de los caballos en la Polonia ocupada. Al evocar esos encuentros a la luz de los acontecimientos posteriores, cuando la liberación de los campos de exterminio reveló la magnitud del genocidio perpetrado por el Tercer Reich, Karski manifestó: «La humanidad ha cometido un segundo pecado original: por obediencia o por negligencia, por ignorancia autoimpuesta o por insensibilidad, por egoísmo o por hipocresía, incluso por frío cálculo. Ese pecado atormentará a la humanidad hasta el fin del mundo. Ese pecado me atormenta. Y quiero que así sea». Karski se casó en 1965 con la bailarina y coreógrafa Pola Nirenska, unas de las escasas supervivientes de una familia judía polaca diezmada durante el Holocausto. Pola se suicidó en 1992. El matrimonio no tuvo hijos. Jan murió en Washington en 2000. En 2002, la Universidad de Georgetown colocó en sus jardines una estatua de Karski, jugando al ajedrez sobre un banco. Al pie del monumento, puso una placa en la que puede leerse: «Jan Karski (Jan Kozielewski), 1914-2000, mensajero del pueblo polaco ante su gobierno en el exilio, mensajero del pueblo judío ante el mundo, el hombre que alertó sobre la aniquilación del pueblo judío cuando aún había tiempo para detenerla. Nombrado por el Estado de Israel Justo entre las Naciones, héroe del pueblo polaco, profesor en la Universidad de Georgetown (1952-1992), un hombre noble que caminó entre nosotros y nos hizo mejores con su presencia, un hombre justo».

Jan Karski recreó su peripecia como enlace en Historia de un Estado clandestino, que se publicó en 1944. El libro tuvo éxito. Se vendieron cuatrocientas mil copias y se tradujo a varios idiomas. Después se hundió poco a poco en el olvido, hasta que Claude Lanzmann rescató la figura de Karski y la obra volvió a circular por las librerías y las revistas culturales, iniciando una segunda singladura. Con una prosa elegante y fluida, sin un propósito estético, pero animada por la sinceridad, el pudor y la compasión, Karski relata su experiencia como prisionero de los rusos y los nazis. Las autoridades soviéticas lo sometieron a un régimen de trabajo duro y penoso, pero los nazis actuaron con una crueldad inusitada desde el primer momento: «Por primera vez me encontré con una brutalidad y una inhumanidad de proporciones que estaban por completo más allá de cuanto había experimentado hasta el momento, y que me obligaron a revisar mis concepciones de lo que era posible en este mundo». Alojado en el campo de Radom, la alimentación consistía en una ración diaria de unos veinte gramos de pan duro y una sopa vomitiva por la mañana y por la noche. Los barracones eran precarias estructuras de madera con una delgada capa de paja que no se renovaba nunca. Dormían en el suelo y no se les proporcionaban mantas, abrigos ni asistencia médica: «Allí aprendí cuán común e insignificante puede llegar a ser la muerte». Los internos morían de hambre, frío o malos tratos. Los guardias y los oficiales seguían con entusiasmo un código brutal e inhumano, sin mostrar ninguna clase de duda o vacilación.

El patriotismo de Jan Karski no es un fanatismo ciego, sino una firme adhesión a la cultura y la lengua polacas, doblemente amenazadas por la Alemania nazi y la Unión Soviética, que nunca ocultaron su intención de invadir sus fronteras y anexionar sus territorios. Después del infame pacto Ribbentrop-Mólotov, Polonia desaparece como nación y sufre toda clase de agravios. El profundo sentido ético de Karski no puede pasar por alto el sufrimiento de los niños, que pronto adquieren «el aire circunspecto de los adultos». La ocupación alemana se basa en la estrategia del terror. Cualquier acto de resistencia acarrea responsabilidades colectivas. Por cada alemán muerto, se fusila a cien rehenes. La Resistencia se enfrenta a un grave dilema moral, pues sus actos de sabotaje comportan la muerte de civiles inocentes. Sin embargo, asumen el coste con pesar: «Abandonar sus actividades por estas tácticas crueles habría significado permitir que los alemanes alcanzasen todos sus objetivos». Además, «nadie presta su apoyo a quien se doblega. Éste no tiene ninguna seguridad, ni con respecto a su trabajo, ni a su vida, ni a su libertad». Durante su entrevista con Marian Borzęcki, antiguo ministro del Interior, el ya anciano político incide en el trágico destino de Polonia: «Dios nos ha puesto en un lugar terrible. Estamos en el más problemático de los continentes, entre vecinos poderosos y rapaces. Durante siglos, nos hemos visto obligados a pelear por nuestra mera existencia». Borzęcki piensa que la Resistencia no pude limitarse a la lucha contra el invasor. Polonia sólo podrá subsistir como nación creando un verdadero Estado clandestino. Karski señala que los socialistas son el núcleo más combativo de la Resistencia. Desempeñaron un papel esencial en la defensa de Varsovia. El socialista e intelectual Mieczysław Niedziałkowski se negó a firmar la capitulación y esperó a los alemanes en su propio domicilio. Ya en las manos de la Gestapo, Himmler le interrogó personalmente, preguntándole qué esperaba de los alemanes. Niedziałkowski alzó sus gafas despectivo y le contestó con displicencia: «De ustedes ni quiero ni espero nada. Yo combato contra ustedes». Himmler ordenó su fusilamiento. Niedziałkowski fue uno de los tres mil quinientos escritores, periodistas, intelectuales, artistas, políticos, líderes sindicales, deportistas y maestros polacos asesinados en las lindes del bosque de Kampinos, cerca de la aldea de Palmiry. Palmiry fue el escenario equivalente a Katyn. Dos lugares tristemente célebres por la barbarie totalitaria contra las elites culturales polacas. Durante la Operación Intelligenzaktion, los nazis eliminaron a sesenta mil polacos que ocupaban puestos de responsabilidad en el ámbito de la política, la educación, la judicatura y la religión. Su intención era descabezar y aniquilar la identidad polaca. Stalin, con una perspectiva más militar, ordenó el fusilamiento de veintidós mil oficiales del ejército polaco en Katyn. Según el historiador inglés Norman Davies, las autoridades soviéticas y alemanas coordinaron sus matanzas y se ayudaron mutuamente. La persecución de los intelectuales polacos no se interrumpió hasta el fin de la guerra. Es particularmente conocida la ejecución de cuarenta y cinco profesores de la Universidad de Leópolis, que murieron con sus familias e invitados. Entre ellos, se hallaba Tadeusz Boy-Żeleński, exprimer ministro polaco. Otros murieron en guetos, campos de concentración o la masacre de Ponary, donde se fusiló a setenta mil judíos, veinte mil polacos y diez mil rusos.

Karski actuó como mensajero de los cuatros grandes partidos polacos: el Partido Socialista, el Partido Nacional, el Partido Campesino y el Partido Cristiano del Trabajo. Su misión era transmitir sus proposiciones al gobierno en el exilio, sin utilizar su cargo para beneficio personal y sin revelar la información confidencial que reservaba cada partido para sus representantes en Londres. Karski se sintió muy honrado y consideró que reflejaba fielmente la voluntad de sus compatriotas: «El pueblo polaco jamás reconoció la ocupación alemana, y no podía haber más dudas en cuanto a esto porque, de todos los países ocupados, Polonia fue el único en el que nunca surgió algo ni remotamente parecido a un cuerpo legal o pseudolegal de polacos que colaborasen con los alemanes. De hecho, en toda Polonia, en la administración controlada por los alemanes, no hubo un solo cargo político ejercido por un polaco; ni una sola provincia tuvo a un polaco a la cabeza».

Karski es traicionado y cae en manos de la Gestapo. Encerrado en el cuartel militar eslovaco de Presov, un inspector gordo y brutal le advierte que el heroísmo de los polacos sólo le produce indiferencia. Golpeado con porras de caucho, la violencia física se alterna con la manipulación psicológica. A pesar del dolor y la humillación, Karski no confiesa, pero intenta suicidarse con una cuchilla de afeitar, abriéndose las venas en su celda. No es una decisión fácil para un católico convencido, pero entiende que la prioridad es proteger a sus camaradas de la Resistencia y no está seguro de aguantar una nueva sesión de tortura: «A menudo me había preguntado qué pensaban las personas que morían por un ideal. Estaba seguro de que se veían absortos en grandiosos y elevados pensamientos acerca de la causa por la que pronto iban a dar la vida. Francamente, me sorprendió descubrir que no era así. Sólo sentía un odio y un asco inmensos, que superaban incluso el dolor físico». Trasladado a un hospital de las SS, la Resistencia logra rescatarlo y devolverlo a la lucha clandestina, pero su carácter reflexivo y escrupuloso no se adapta a la crudeza de la guerra. Cuando sus compañeros ahorcan a un traidor, experimenta horror y repugnancia. «Eres demasiado delicado para el trabajo duro», le comenta Danuta, una joven de la Resistencia, que más tarde sería torturada y fusilada con toda su familia: «No tienes que sentirte avergonzado por no haber ayudado con el ahorcamiento. Ése era un trabajo para un muchacho de campo, musculoso y con buen estómago». Estremecido por la experiencia, Karski continúa pese a todo con su labor de enlace, viajando por Europa bajo una identidad falsa. Pasa varias temporadas en Alemania, confirmando que la sociedad apoya a Hitler, sin cuestionar el exterminio de los judíos ni las tácticas de la «guerra total», que contempla el salvaje bombardeo de las ciudades, incluso después de su rendición, como fue el caso de Róterdam. Detenido por los nazis, su hermano mayor, Marian, pasa un tiempo en Oświęcim, el cuartel de la antigua unidad militar de Karski. Los nazis han cambiado su nombre. Ahora se llama Auschwitz y funciona como un campo de exterminio. Marian es liberado por una confusión burocrática y le habla del espanto que acontece entre sus alambradas. Aún no se han instalado las cámaras de gas, pero se asesina a los deportados con el monóxido de carbono de los camiones.

Karski descubre que la poesía no es un simple género literario, sino la expresión de los anhelos más profundos del ser humano. Durante los tiempos de paz, el poema puede ser la expresión de una subjetividad exasperada, pero en las épocas de crisis se convierte en un acto de resistencia: «Hasta la guerra, nunca había comprendido la tremenda influencia que podía ejercer la poesía en la gente que lucha por un ideal. Prácticamente no había periódico clandestino que no publicase versos de nuestros poetas, entre ellos, Adam Mickiewicz, Juliusz Słowacki, Cyprian Norwid y Maria Konopnicka». Los periódicos clandestinos consiguen el papel gracias a las autoridades alemanas, que «son corruptas hasta la médula». Karski homenajea a las mujeres de la Resistencia, señalando su heroísmo y su capacidad de sacrificio, raramente recompensados por honores y cargos. Es inevitable pensar en Irena Sendler (Varsovia, 1910-2008), la enfermera y trabajadora social polaca que salvó la vida de más de dos mil quinientos niños judíos del infame gueto de Varsovia. Hija de un médico católico que murió por atender a los enfermos de tifus rechazados por sus colegas, Irena presenció cómo su padre prestaba indistintamente sus cuidados a las familias judías y  gentiles. Su ejemplo le empujó a integrarse en la red clandestina Żegota, con el seudónimo de Jolanta. Irena comenzó a sacar del gueto a niños judíos, ocultándolos en sacos, bolsas de patatas, cajas de herramientas, cestos de basura, ataúdes. Los nazis le permitían entrar en el recinto amurallado para que tratara a los afectados por enfermedades contagiosas, pues temían la propagación de epidemias al resto de la ciudad. Irena entregaba los niños a familias polacas dispuestas a esconderlos, pese a que los alemanes habían establecido la pena de muerte para cualquiera que ayudara o escondiera a los judíos. Irena, que a veces paseó con la estrella amarilla por solidaridad o, simplemente, para pasar inadvertida, elaboró un archivo para anotar los nombres de los niños y sus nuevas identidades, con la esperanza de que algún día se reunieran con sus familias o, al menos, conocieran su verdadera historia. El 20 de octubre de 1943 fue detenida por la Gestapo y encarcelada en la terrorífica prisión de Pawiak, donde los alemanes asesinaron a unas treinta y siete mil personas. Torturada sin piedad, no dijo ni una palabra. Gracias a un soborno de la Resistencia, se libró de ser ejecutada. Un soldado le permitió escapar cuando se dirigía al paredón con otras reclusas que no tuvieron la misma suerte. A pesar de sus graves heridas, Irena participó en el levantamiento de Varsovia en octubre de 1944 e, increíblemente, sobrevivió. Doscientos cincuenta mil compatriotas perdieron la vida y Varsovia fue destruida casa por casa, con lanzallamas y explosivos. Al otro lado del Vístula, el Ejército Rojo contempló la tragedia sin intervenir. Stalin no permitió que sus tropas cruzaran el río y apoyaran la rebelión, pues entendía que una Polonia destruida no podría oponerse al dominio soviético. Socialista y católica, el régimen comunista hostigó e interrogó a Irena, mientras relegaba el genocidio judío a una posición marginal en la historia polaca. «La razón por la cual rescaté a los niños –explicó Sendler años más tarde– tiene su origen en mi hogar, en mi infancia. Fui educada en la creencia de que una persona necesitada debe ser ayudada de corazón, sin mirar su religión o su nacionalidad». En 1965, el Yad Vashem le otorgó el título de Justa entre las Naciones y la nombró ciudadana honorífica de Israel. En 2003, el Gobierno de Polonia le concedió la Orden del Águila Blanca, la más alta distinción para el mérito civil, y en 2007 presentó su candidatura al premio Nobel de la Paz, con el apoyo del Estado de Israel. Lamentablemente, Al Gore le arrebató el galardón. Objeto de inacabables visitas y reconocimientos, comentó espontáneamente: «Estoy muy cansada; esto no es para mí». Y añadió: «Mis actos a favor de las víctimas fueron la justificación de mi existencia en la tierra, y no un título para obtener la gloria».

Karksi elogia a las mujeres que participaron en la Resistencia («eran quienes más sufrían y la mayor parte de las veces perdían la vida»), sin condenar a las que mantuvieron relaciones con los alemanes, muchas veces bajo coacciones insalvables. El extraordinario temple moral de Karski se manifiesta al comentar el caso de una mujer obligada a ser la amante de un funcionario alemán, sin que eso le impidiera distribuir periódicos clandestinos: «Todo el mundo la mira con ira, [pero] no es tan sencillo. En esta guerra, las mujeres sufren más que los hombres». Poco antes de entrar clandestinamente en el gueto de Varsovia y el campo de tránsito de Izbica, Karksi se entrevista con dos líderes de la Resistencia judía: el abogado y exdiputado Ignacy Schwarzbart y Szmul Zygielbojm, figura destacada de la Unión General de los Obreros Judíos. Los dos se quejan de la pasividad de los aliados ante la Shoah: «¿Por qué el mundo permite que muramos todos? ¿No hemos contribuido a la cultura, a la civilización? ¿No hemos trabajado, combatido y sangrado?» Le informan de que más de un millón ochocientos mil judíos ya han sido asesinados. «Vosotros, los demás polacos, sois afortunados. Sufrís también. Muchos moriréis, pero al menos vuestra nación seguirá viva. Después de la guerra, Polonia resucitará, […] pero los judíos polacos ya no existirán más. Todos desapareceremos. Estaremos muertos. Tres millones. Hitler perderá su guerra contra la humanidad, la justicia y el bien, pero ganará su guerra contra los judíos de Polonia. No, no será una victoria; el pueblo judío será asesinado». Szmul Zygielbojm, llamado «Artur», había nacido en una familia humilde cerca Borowica, en las proximidades de Chełm (Lublin). En 1939 participó activamente en la defensa de Varsovia y, cuando se firmó la capitulación, se ofreció para ser uno de los veinte rehenes exigidos por los alemanes para ocupar pacíficamente la ciudad. Viajó a Londres, París y Nueva York para denunciar el genocidio de los judíos polacos, pero sólo cosechó indiferencia o buenas palabras. Su mujer y su hijo perecieron en la rebelión del gueto de Varsovia entre abril y mayo de 1943. Abatido y desesperanzado, se suicidó, no sin antes escribir una carta dirigida al presidente de la República de Polonia, Władysław Raczkiewicz, y al primer ministro, Władysław Sikorski: «Por medio de mi muerte, desearía alzar la protesta más ardiente contra la pasividad con la cual el mundo contempla y tolera el exterminio total del pueblo judío. […] Quizá, con mi muerte, contribuya a vencer la indiferencia de quienes aún pueden salvar a los judíos de Polonia». Meses más tarde, Karski escribiría consternado que el suicidio de Szmul Zygielbojm era uno de los hechos más trágicos noticias de la guerra. Su muerte «no tuvo ni un atisbo de consuelo. Fue autoimpuesta y por completo desesperada. Me pregunto ahora cuántas personas pueden comprender lo que significa morir como lo hizo él, por una causa que sería victoriosa, aun con la certeza de que la victoria no impediría el sacrificio de su pueblo, la aniquilación de todo aquello que más sentido albergaba para él. De todas las muertes acaecidas en esta guerra, la de Zygielbojm es, ciertamente, una de las más aterradoras, la revelación más cruda de hasta qué punto el mundo se ha vuelto frío y hostil, y las naciones y los individuos se encuentran separados por inmensos abismos de indiferencia, egoísmo y crueldad».

Durante el encuentro, Schwarzbart y Zygielbojm le comunican que se prepara un levantamiento en el gueto de Varsovia: «Veremos si los judíos aún podemos hacer valer el derecho a morir luchando, y no, como ordenó Hitler, morir sufriendo». Le advierten que lo que presenciará en el gueto y en el campo de concentración le producirá una conmoción interior y dejará terribles secuelas en su memoria. Karski accede por un pasadizo secreto, con un traje viejo y andrajoso y una gorra hundida hasta las cejas. De inmediato, se encuentra con hambre, miseria, cadáveres desnudos. Las familias arrojan los cuerpos a la calle, pues no pueden pagar la tasa de enterramiento impuesta por los alemanes. Les quitan la ropa, pues cada trozo de tela es importante en un ambiente de extrema pobreza. Algunos niños juegan en la calle, con sus bracitos y sus piernas desnutridas y sus vientres monstruosamente hinchados: «Juegan antes de morir –observa el acompañante de Karski–. En realidad no juegan. Sólo hacen como si jugasen». Su visita al campo de tránsito de Izbica es aún peor, pues allí observa a una multitud desnuda que es introducida en trenes, obligando a los últimos a trepar sobre las cabezas de los que han subido primero. Sin alimentos ni agua desde hace varios días, actúan como animales acorralados, que luchan por sobrevivir a cualquier precio. En el interior de los vagones, hay cal viva, que burbujea y echa vapor al absorber el sudor, generando calor y horribles quemaduras en la carne. La intención de los nazis es que se cumpla la voluntad del Führer, según la cual los judíos debían agonizar lenta y dolorosamente. Karski ha llegado hasta allí gracias a un guardia ucraniano, que ha aceptado un soborno. Su primera impresión es que se trata de «un hombre simple, común, ni particularmente bueno ni malo. Sus manos eran las de un buen granjero, callosas y ágiles.

Probablemente, eso haya sido en tiempos normales, así como un buen padre, un hombre hogareño, que iba a la iglesia con regularidad». Sin embargo, hablaba del exterminio de los judíos con la tranquilidad de un carpintero que comenta los aspectos técnicos de su oficio. Una vez más se confirma la tesis de Hannah Arendt sobre la banalidad del mal. El genocidio de judíos, gitanos, eslavos, discapacitados, testigos de Jehová, homosexuales y otras minorías fue concebido por mentes diabólicas (Hitler, Himmler, Heydrich, Eichmann, Goebbles, Goering e incluso Speer, que logró seducir al tribunal aliado de Núremberg con su inglés perfecto y sus modales de alta burguesía), pero fue ejecutado por hombres comunes, que sucumbieron a las tendencias más destructivas y perversas de la especie humana.

Jan Karski no pudo contemplar el resurgimiento de Polonia como nación libre y soberana. La Unión Soviética de Stalin frustró ese sueño. Exiliado en Estados Unidos, dedicó el resto de su vida a la docencia universitaria en la Escuela de Servicio Exterior de la Universidad de Georgetown. Entre sus alumnos, hay que citar a Bill Clinton. En 2012, Barack Obama le concedió a título póstumo la Medalla Presidencial de la Libertad. Historia de un Estado clandestino es un documento de importancia capital, que contribuye a desmontar el presunto desconocimiento aliado del genocidio del pueblo judío. Karski afirmaba que él era un hombre insignificante, pero su misión, en cambio, era muy importante: «Yo sólo era un disco de gramófono que reproducía mensajes o relataba los hechos». Con el aliento de los grandes historiadores y diplomáticos, Karski actualiza el sufrimiento de los polacos y los judíos durante la Segunda Guerra Mundial, subrayando la naturaleza excepcional de la Shoah. No es el único genocidio, pero su carácter sistemático e industrial lo convierte en un fenómeno inaudito que cuestiona nuestra tradición cultural. Karski era católico, pero no albergaba prejuicios antisemitas. Detestaba a Stalin, pero admiraba a los socialistas y a los líderes obreros. Era demócrata, pero le repugnaba el frío pragmatismo de Churchill y Roosevelt, que no hicieron nada para evitar el exterminio de los judíos. Su clarividencia fue una rareza en una época dominada por el fervor totalitario y la cobardía de las sociedades democráticas, que evitaron la confrontación hasta el último momento, sin advertir el profundo nihilismo de Hitler, cuya visión política se reducía a un histérico «todo o nada». Karski fracasó en sus gestiones, pero su ejemplo nos ayuda a conservar la fe en la especie humana.

24/04/2015

 
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