ISIS, o el triunfo de la estética en la política

por Rafael Narbona

En política, a veces se subestima lo estético y lo emocional. Se presume que la política es una cuestión de argumentos, pero la historia no deja de sorprendernos con acontecimientos que se resisten a una clarificación racional. En estas mismas páginas, un analista que preserva su identidad por razones de seguridad, finaliza su pequeño ensayo con una conclusión tan sincera como desalentadora: «No está claro si nuestra cultura puede llegar a desarrollar el conocimiento, el rigor, la imaginación y la humildad suficientes para comprender el fenómeno de ISIS. Pero de momento deberíamos admitir que estamos no sólo horrorizados, sino anonadados». El Estado Islámico o Dáesh es una organización suní de carácter yihadista que se ha autoproclamado Califato, ocupando amplias zonas de Irak y Siria. Sus éxitos militares le han granjeado el control de Mosul, Faluya y las ruinas de Palmira, donde han destruido el templo de Bel y el templo de Baalshamin, un acto de barbarie que la ONU calificó de «crimen de guerra». Su capital es Al Raqa, una ciudad de la región de Yazira, con algo más de medio millón de habitantes distribuidos entre la zona urbana y el área metropolitana. Actualmente, su líder es el iraquí Abu Bakr al-Baghdadi, pero fue fundado por el jordano Abu Musab al Zarqaui, abatido el 7 de junio de 2006 por el ejército norteamericano. Ambos dirigentes se han caracterizado por su brutalidad y zafiedad. Originalmente, ISIS se llamó Organización para el Monoteísmo y la Yihad, y actuó bajo la tutela de Al Qaeda, pero en 2014 rompió con el grupo creado por Osama bin Laden. Milicias afines a ISIS se han establecido en la península egipcia del Sinaí, el este de Libia y Pakistán. La meta del Califato es ocupar la región del Levante mediterráneo que incluye Siria, Jordania, Israel, Palestina, Líbano, Chipre y el sur de Turquía, implantando la sharia y exterminando a chiítas, cristianos, yazadíes y judíos. De momento, ha restablecido la esclavitud, una iniciativa que ni siquiera contemplaron los talibanes. Sus decapitaciones con cuchillos parecen una imitación de los salvajes asesinatos de los cárteles del narcotráfico mexicano, que también filman sus crímenes y los difunden por las redes sociales.

Circulan infinidad de rumores sobre el origen de ISIS. Algunos sostienen que es una creación de Israel para derrotar a Hezbolá y destruir Siria. Edward Snowden, antiguo analista de la CIA, ha declarado que nació como un instrumento de los servicios secretos norteamericanos e ingleses para liquidar el régimen de Bashar al-Asad. Otros afirman que Estados Unidos, Turquía y las monarquías del Golfo se aliaron para fundar la organización terrorista, con el objetivo de desestabilizar Oriente Medio, de acuerdo con una estrategia de tensión permanente, y forzar una oleada migratoria hacia la Unión Europea. Alemania participa en este complot, pues necesita mano de obra barata. Desde esta perspectiva, notablemente delirante, la Primavera Árabe no fue un estallido social, sino un montaje concebido para acabar con los restos del panarabismo socialista y mejorar la seguridad de Israel, debilitando a sus vecinos. No se menciona –claro– que la inestabilidad de Egipto, que regula el paso fronterizo de Rafah, no beneficia a Tel Aviv y sí a Hamás. Presuntamente, Estados Unidos alimenta el rumor de la supuesta invencibilidad de ISIS para retrasar –algunos dicen que veinte años– una intervención militar terrestre, pues es más fácil dominar una zona devastada que un conjunto de países con leyes, instituciones e infraestructuras. Su política exterior mira a largo plazo y, esencialmente, su inspiración procede de la doctrina del destino manifiesto formulada por el periodista John L. O’Sullivan en 1845 en Democratic Review: «El cumplimiento de nuestro destino manifiesto es extendernos por todo el continente que nos ha sido asignado por la Providencia para el desarrollo del gran experimento de libertad y autogobierno. Es un derecho como el que tiene un árbol de obtener el aire y la tierra necesarios para el desarrollo pleno de sus capacidades y el crecimiento que tiene como destino». Algo más de siglo y medio después, Estados Unidos conserva intacta esta convicción mesiánica, pero ha extendido su misión a la totalidad del planeta. Actualmente, mantiene abiertos tres frentes (Ucrania, Siria y Venezuela) para extender su dominio. ISIS sólo es una pieza en un complejo tablero donde el poder se determina por el control de los recursos energéticos y sus rutas comerciales. No está claro el papel del wahabismo saudí, pero todo insinúa que colabora con Estados Unidos, organizando «banderas falsas» como el 11-S o el 11-M, dos atentados instigados por la OTAN para convencer a la opinión pública de la necesidad de intervenir en Oriente Medio.

La Red Voltaire y el canal RT (anteriormente Russia Today) difunden estas teorías que presuponen un maquiavelismo tan esperpéntico como inverosímil. Si fuesen ciertas, el Pentágono sería una oficina de Lex Luthor animada por una inteligencia diabólica. Es evidente que las grandes potencias luchan por sus intereses, cometiendo muchas veces crímenes deplorables, pero la experiencia histórica indica que la torpeza y la falta de previsión superan con creces a las grandes visiones estratégicas. Estados Unidos se ha equivocado en Vietnam, Irak y Afganistán, cosechando derrotas o victorias pírricas. Es cierto que es el primer fabricante y exportador de armas, con una cuota de mercado del 31%, pero Rusia le pisa los talones con un 27%. Putin no resulta simpático. Sin embargo, no se le atribuye un propósito secreto de dominar el mundo. Casi nadie recuerda los crímenes perpetrados durante la segunda guerra de Chechenia, cuando las tropas rusas practicaron sistemáticamente la tortura, el saqueo, las violaciones, las ejecuciones extrajudiciales, el contrabando y la malversación. Sólo la periodista rusa Anna Politkóvskaya se atrevió a denunciarlo reiteradamente. Su gesto le costó la vida en un atentado que nunca se esclareció por completo. Es posible que Estados Unidos haya proporcionado financiación y armas a ISIS, como lo hizo con los muyahidines afganos. No es un secreto que anhela el fin de Hezbolá y la caída de la dictadura de Bashar al-Asad, pero todo sugiere que el Califato se ha escapado de sus manos, sumándose a la corriente de odio contra el mundo occidental que fluye caudalosamente por Oriente Medio.

He escuchado a algún fundamentalista católico especular con que ISIS es una creación de Satanás, «príncipe de este mundo». Algo semejante opinan de Occidente los casi veinte mil voluntarios extranjeros que se han incorporado a la milicia islámica, que cuenta aproximadamente con un contingente de cincuenta mil combatientes, la mayoría con una insuficiente formación militar. Hay voluntarios de procedencia francesa, canadiense, noruega, catarí o norteamericana (se calcula que un centenar). Otros provienen de países árabes moderados, como Marruecos, Túnez, Argelia, Egipto y Turquía. También hay voluntarios bosnios, chechenos, yemeníes y afganos. La lista se prolonga hasta llegar a noventa países. Es evidente que la pobreza y la exclusión no son el único caldo de cultivo de este fenómeno. La ideología del Estado Islámico es pobre, elemental, y casi se reduce a consignas, con un trasfondo nihilista. El islam inspiró el sufismo, una espiritualidad compleja y de enorme riqueza, pero el Califato considera que esta escuela constituye una ofensa a las enseñanzas del Profeta. Por eso la condena y la reprime. No puede hablarse, por tanto, de seducción intelectual, algo que sí sucede con el marxismo, con una escatología mística heredada de la filosofía de la historia de Hegel.

El Estado Islámico se mueve en un terreno más primario, alentando emociones básicas. La cuidadosa escenificación de sus atrocidades obedece al mismo impulso. No se busca convencer, sino aterrorizar y fascinar. Los jóvenes musulmanes yemeníes, cataríes o franceses experimentan una poderosa atracción por una causa que divide el mundo en amigos y enemigos, articulando una dialéctica semejante a la del nazismo. No hay espacio para la duda o el matiz. Se lucha por una idea que proporciona una identidad a jóvenes que no se identifican con su modelo social de origen. Por su miseria, como puede ser el caso de Afganistán, o por su incapacidad de generar normas que despierten ilusión y un modelo de conducta. El capitalismo, con sus terribles asimetrías, no puede competir con el carácter épico de una cruzada contra infieles decadentes. La bandera negra, los cinco pilares o preceptos del islam y el odio al enemigo –real o imaginario– despiertan sentimientos escasamente racionales, pero con la fuerza necesaria para inhibir la compasión, la tolerancia o el aprecio por la propia vida. Para el fanático, el martirio es el mayor honor que puede concebirse.

No procede hablar de choque de civilizaciones, pues el nazismo también rindió culto a la muerte y exterminó a sus adversarios sin piedad, sino del fracaso de sociedades que no logran transmitir sus valores a las nuevas generaciones. Es más difícil ser un individuo que pertenecer a una milicia que desprecia la idea de un yo forjado desde una perspectiva autónoma y autocrítica. Hay algo común entre el nazismo, el salafismo yihadista o, por referirnos a nuestro país, la violencia de ETA: el retorno a lo tribal, la resistencia a la modernidad, la hostilidad hacia la diferencia, el nihilismo del «todo o nada». Varios generales británicos y el expresidente George W. Bush han pedido una intervención terrestre para aniquilar al Estado Islámico. Es una alternativa arriesgada y de resultados imprevisibles. Es muy probable que la presencia de un ejército de «cruzados» en Irak y Siria fortaleciera a la milicia suní, pues muchos de los civiles que han permanecido neutrales hasta ahora podrían incorporarse a sus filas. Las intervenciones se viven como invasiones en los países ocupados, especialmente cuando hay grandes diferencias culturales. En Chechenia, muchos de los que no apoyaban los anhelos secesionistas cambiaron de opinión por culpa de la brutalidad de las tropas rusas. Y conviene recordar que no hay intervención limpia. Siempre surgen un Abu Ghraib o un My Lai. O aparece una posguerra como la de la segunda guerra de Irak, donde proliferaron la incompetencia, la ineptitud y el oportunismo. Pienso que la incertidumbre es la nota dominante de la historia. La astucia de la razón es una vana ilusión. ISIS es la evidencia de que la estética y lo emocional son fuerzas mucho más poderosas que la razón. Para una inmensa mayoría, siempre será más atractiva una multitud vociferante desfilando con banderas que el silencio de una biblioteca, donde el espíritu sólo disfruta de la compañía de hileras de libros, invitándole a cuestionar todas sus certezas.

18/09/2015

 
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