Fahrenheit 451 (en guerra contra la melancolía)

por Rafael Narbona

Ray Bradbury escribió Fahrenheit 451 para denunciar la espiral represiva del macartismo y recordar las hogueras de libros de la Alemania nazi. Heinrich Heine aseguró que «ahí donde se queman libros se acaba quemando seres humanos». No hizo una profecía. Simplemente, se limitó a certificar un hecho, que adquirió proporciones colosales durante el reinado del primer emperador chino, Qin Shi Huang (260-210 a. C.), cuando se ordenó la destrucción de todas las obras literarias, históricas y filosóficas anteriores, con el propósito de borrar el pasado e inaugurar una nueva era. Algunos historiadores cuestionan el dato, que Borges hizo particularmente famoso con «La muralla y los libros», un breve y célebre ensayo de Otras inquisiciones (1952). Cierta o no, la historia expresa inmejorablemente el fervor inquisitorial de las ideologías visionarias, que consideran ofensiva cualquier obra o idea que cuestione su interpretación del mundo. Sería fatigoso mencionar todas las hogueras avivadas por la intolerancia política y religiosa, pero es un imperativo ético mencionar a las víctimas de Auschwitz, Hiroshima y Nagasaki, cuyas cenizas simbolizan el más alto grado de barbarie. Bradbury no se olvidó de ellas, pues entendió que su sufrimiento era el eco más trágico de una visión del mundo comprometida con la aniquilación de la libertad, la diversidad y la disidencia.

Fahrenheit 451 está ambientado en un porvenir donde los libros han sido proscritos y los bomberos se dedican a localizar y destruir bibliotecas clandestinas. A pesar de los grandes avances tecnológicos, el fuego continúa desempeñando una función purificadora y ejemplarizante. Los lanzallamas de los bomberos son los nuevos autos de fe que preservan el orden establecido. En ese contexto, la inminencia de una guerra no es una desgracia, sino una necesidad, pues hay que justificar de alguna manera un estado de excepción permanente, con leyes represivas que someten a la población a una vigilancia intensiva. Guy Montag es un bombero apasionado por su trabajo: «Es un placer quemar», y no hay mejor perfume que el olor a queroseno después de calcinar las obras de Faulkner, Whitman o Shakespeare. Sin embargo, sus convicciones comienzan a tambalearse cuando conoce a Clarisse McClellan, una nueva y joven vecina que desprende «una luz suave y constante», muy alejada de «la luz histérica de la electricidad». Clarisse es una muchacha sensible y soñadora que observa la luna y el rocío de la mañana. Montag opina que piensa demasiado, pero no puede evitar compararla con Mildred, su mujer, que pasa las horas delante de tres gigantescas pantallas de televisión. De hecho, su único anhelo es un nuevo televisor mural que le permita añadir una cuarta pared a su sala de ocio. Las cuatro pantallas representan la realización del sueño de cualquier familia media. En cambio, Clarisse prefiere observar los pájaros, los bosques y la lluvia. Su comportamiento se considera anómalo y le ha acarreado visitas periódicas al psiquiatra, pero su forma de actuar parece mucho más racional que la de Mildred, capaz de ingerir un tubo de pastillas de dormir, bordear la muerte y no recordar nada al día siguiente. Después de todo, el intento de suicidio es un episodio habitual en una sociedad enajenada, artificial y despersonalizada, donde la identidad individual se disuelve en la masa y no existen relaciones afectivas sinceras.

Las dudas de Montag se hacen cada vez más intensas. Examina a sus compañeros y aprecia que todos son el mismo hombre, absurdamente duplicado. Cuando asaltan la buhardilla de la señora Blake, que esconde un millar de libros, los bomberos se comportan con la misma alegría desenfadada que las Juventudes Hitlerianas, ebrias de odio y fanatismo. Montag se sobrecoge ante la dignidad de la anciana, cuyo «silencio acusador» propaga «un fino polvo de culpabilidad». Mientras los libros vuelan en todas direcciones «como pájaros heridos de muerte», un ejemplar aterriza en sus manos y lo aprieta contra el pecho, «con una salvaje devoción, con una despreocupación insensata». Casi de forma inconsciente, lo esconde en su uniforme después de leer una línea: «El tiempo se ha dormido a la luz de la tarde». Al finalizar el registro, el capitán Beatty se dispone a incendiar los libros, que parecen «grandes montículos de pescado puestos a secar», pero la anciana abre la mano y enseña un fósforo: «Nunca tendrán mis libros», afirma tranquilamente. y se inmola con su biblioteca.

Al regresar a casa, Montag descubre que la muerte de la señora Blake le afecta mucho más que la posibilidad de perder a su esposa. Admite que, si falleciera, no derramaría ni una lágrima. Para él, sólo es una extraña, casi una cara desconocida. Apenas hablan, pues el volumen de las tres paredes de televisión siempre está muy alto y les impide comunicarse. Cuando le relata el suicidio de la anciana y su encuentro con Clarisse, Mildred resta importancia al dramático gesto de la señora Blake y le cuenta que la joven vecina ha muerto atropellada. Montag se desmorona. Comprende al fin que quemar libros es algo monstruoso, pues detrás de cada obra hay un hombre que ha empleado años –o quizás una vida entera– en trasladar al papel sus pensamientos, esperanzas y desengaños. Acusa a su mujer de vivir una existencia estúpida y vacía y se acuesta en la cama, ocultando el libro rescatado bajo la almohada y anunciando su intención de no acudir al trabajo al día siguiente. Avisado por Mildred, el capitán Beatty le visita con una actitud conciliadora, explicándole que el conocimiento sólo produce infelicidad. Es mejor ser masa y no individuo. Es preferible pasar las horas delante de un televisor y no pensar en la muerte o el sentido de las cosas: «No aflijamos a los hombres con recuerdos. Que olviden. Quememos, quemémoslo todo. El fuego es brillante y limpio. […] No les des materias resbaladizas, como filosofía o psicología, que engendran hombres melancólicos. El que pueda instalar en su casa una pared de televisión, y hoy está al alcance de cualquiera, es más feliz que aquel que pretender medir el universo o reducirlo a una ecuación». Montag no se muestra convencido y el capitán le recuerda la importancia del cuerpo de bomberos: «Somos un dique contra esa pequeña mancha que quiere entristecer el mundo con un conflicto de pensamientos y teorías. Sostenemos el dique con nuestras manos. No lo sueltes. No dejes que un torrente de melancolía y filosofía lóbrega invada el universo. Dependemos de ti. No sé si entiendes qué importante eres tú, qué importantes somos nosotros para que no se pierda la felicidad del mundo».

Sin embargo, Montag ha iniciado un viaje sin vuelta atrás. Se enfrenta a su mujer y a sus amigas, aireando los rumores sobre países hambrientos y esclavizados, mientras ellos disfrutan de una obscena abundancia. Se pregunta por qué hay una guerra en ciernes y alude a las contiendas anteriores: «¡Hemos iniciado y ganado dos guerras atómicas desde 1960! ¿Por qué nadie habla de eso?» Recuerda su encuentro con Faber, un viejo profesor de literatura, al que interrogó en un parque y le habló de la necesidad de formular preguntas y respuestas, admitiendo el error y la imperfección como escollos inevitables. Montag sabe que pierde el tiempo discutiendo con su mujer y su pandilla. Decide marcharse y buscar a Faber. Faber le abrirá la puerta de su apartamento con recelo, pero tras la desconfianza inicial surge una conversación esclarecedora y sincera sobre la naturaleza de los libros. Los libros tienen «poros»: son como la piel. Esconden una historia, una trama que crece y se ramifica. Leer es aceptar que las palabras nos adentran en lo desconocido y nos revelan lo impensable. Después de ser denunciado por su propia mujer y huir como un fugitivo, Montag aprenderá en una extraña comunidad que los creadores modelan el mundo. Cuando muere un escritor, «se pierden millones de actos hermosos». Por eso, algunos han decidido memorizar obras enteras, pues entienden que es una manera de prolongar y renovar la vida. Leer y escribir tal vez es la forma más humana de existir. No hay que añorar la falsa serenidad de un mundo aparentemente inmutable. La seguridad no existe. El hombre sabio es «un mendigo por fuera y una biblioteca por dentro». No posee certezas, sino una ilimitada capacidad de asombro y la valentía de reconocer su impotencia frente a los misterios del universo. La duda no es un fracaso, sino el estímulo que mantiene la inteligencia en marcha, ahuyentado la apatía y el conformismo.

Bradbury escogió un final lírico y sobrecogedor. Las últimas páginas evocan el escenario apocalíptico del hongo nuclear. Es perfectamente comprensible. Cuando apareció la obra, ni siquiera había transcurrido una década desde el espanto de Hiroshima y Nagasaki, con sus cuerpos calcinados y sus supervivientes atormentados por el efecto de la radiación. Se ha acusado a Bradbury de apelar a razonamientos elitistas al hablar de las masas. En Fahrenheit 451, los seres humanos no nacen iguales: «se hacen iguales», gracias a la manipulación y la censura. En una sociedad libre, la desigualdad es inevitable y no es injusta cuando se funda en la inteligencia y el esfuerzo. Bradbury no es un radical ni un revolucionario. De hecho, apoyó la presidencia de Ronald Reagan, pero nunca perdió la ocasión de manifestar su repugnancia moral hacia el uso de armas nucleares, cuyo poder de destrucción obedece a la misma lógica de extermino que los campos de concentración nazis. En ambos casos, mueren inocentes y la sociedad lo tolera mientras las huellas del magnicidio permanezcan invisibles. Las dictaduras lo saben y por eso cultivan el secretismo. Los nazis llamaron «Noche y niebla» a su campaña de asesinatos contra judíos y gitanos, y Stalin obró con sigilo y astucia, camuflando hábilmente sus crímenes. Las autoridades rusas ni siquiera hoy admiten la responsabilidad de la Unión Soviética en la masacre de Katyn o en las violaciones masivas de mujeres alemanas. Estados Unidos cometió horribles crímenes en Vietnam y, más tarde, ha convertido sus zonas de intervención en espacios opacos, donde los corresponsables realizan su trabajo bajo la supervisión de unidades militares. No es menos cierto que adentrarse en esos escenarios sin otra protección que una cámara constituye un verdadero suicidio, pues las milicias insurgentes, cada vez más radicales y violentas, secuestran y asesinan a los periodistas, en muchas ocasiones delante de las cámaras, convirtiendo su agonía en un repugnante y cruel espectáculo. La alianza entre la tecnología y fuerzas ferozmente antidemocráticas, casi medievales, como el Estado Islámico, ha engendrado una pesadilla de final incierto, que nos recuerdan a las matanzas de las Cruzadas o de las guerras de religión en la Europa de la Edad Moderna.

Fahrenheit 451 anticipó muchos aspectos de las décadas posteriores. Los televisores murales ya son una realidad cotidiana y la industria del entretenimiento audiovisual se ha impuesto sobre la lectura. Los libros empiezan a ser una rareza y apenas influyen sobre las personas y los acontecimientos. Creo que Bradbury no era un visionario, sino una inteligencia despierta, que identificó las tendencias más poderosas de su tiempo. No es una especie de Nostradamus, sino un fino analista, con grandes dosis de clarividencia. Quizá por ese motivo, Fahrenheit 451 es un clásico vivo, actual, desoladoramente moderno. En sus páginas tal vez se hallan las claves de un futuro que desearíamos no conocer.

26/06/2015

 
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